Bueno aqui esta el capitulo 3 antes de lo esperado, pero, bueno es el cumpleaños de Mamakoto y lo queria subir para festejarlo. Y aclaro, si se que me equivoco en la redaccion, pero no lo puedo evitar XP soy algo torpe.

Y bueno gracias por sus reviews nos leemos hasta el proximo capitulo.

Beshotes -3- que tengan buena semana.

Atte: SouMako 3

Venganza

Una semana, dos a lo sumo, y aquel joven habría desaparecido de su vida. Podía cuidar de él durante dos semanas, mantenerlo a salvo y no recordar el pasado, no recordar al hombre cuya vida él había destrozado en una carretera oscura trece años atrás.

Siete pasos desde la puerta hasta el borde de la cama. Cinco pasos desde la cama a la cómoda y cuatro hasta el armario. Todo su mundo se resumía en contar los pasos.
Shintarou se dejó caer sobre la cama, suspirando.

—Me llamo Tachibana Makoto—susurró para sí mismo—.Tachibana Makoto. Tachibana Makoto~

Como un mantra, lo repetía una y otra vez, temiendo que uno de aquellos día Tachibana Makoto dejara de existir.
Tachibana Makoto tenía el mundo a sus pies. Era un reconocido entrenador infantil y su club de natación era cada día más conocido en Tokio. Poseía un precioso apartamento con vistas al lago Ashi(*), una vida social ajetreada y una buena relación con su mejor amigo y el novio de este.

En ese momento, tuvo que ahogar un sollozo. No quería pensar en Nagisa y Rei ni en aquella noche… Si esas horrendas visiones se repetían, se volvería loco.
Cuando pensaba en el pasado, el dolor lo abrumaba. Si intentaba anticipar el futuro, el miedo y la desesperación lo angustiaban. Tenía que concentrarse en el presente.
A tientas, sacó la maleta del armario, la colocó sobre la cama y sacó su ropa, colocada cuidadosamente en perchas.
Absolutamente todo se lo había comprado una oficial de policía cuando Makoto salió del hospital. Una pijama, dos pares de pantalones, un par de pantalones de vestir, dos camisas, tres camisetas y dos sudaderas, todo en diferentes tonos de azul para que pudiera intercambiar las prendas sin que desentonaran.
La bolsa de viaje contenía las cosas de baño, ropa interior, shorts y un par de zapatos. Después de colocarlo todo, se sentó en la cama. Al menos, sería agradable estar en el mismo sitio durante más de tres días.
El último mes había ido de hotel en hotel y tenía moretones en las espinillas por no haber tenido tiempo para recordar las distancias. Cuando tenía asumidas las medidas, cambiaban de hotel y vuelta a empezar.
Makoto pensó en su anfitrión. Yamazaki Sousuke. Solo sabía de él que era el capitán de policías de Iwatobi.
Y también sabía que tenía una voz profunda, tan cálida como el terciopelo. Olía a colonia masculina y, mientras la llevaba a su habitación, le había dado la impresión de que era un hombre alto y fuerte.
No sabía qué edad tenía, ni cuál era su aspecto ni… si podía confiar en él. Aunque imaginaba que Aomine Daiki y Kagami Taiga no la habrían dejado en aquella casa si Sousuke no fuera un hombre de toda confianza.
Makoto frunció el ceño al recordar a los dos hombres bajo cuya custodia había estado durante aquel mes. Había tardado algún tiempo en confiar en ellos lo suficiente como para contarles lo que había visto desde el armario.
Cuando el médico dijo que se encontraba suficientemente recuperado, lo dejaron al cuidado de Daiki y comenzaron los viajes de hotel en hotel. Makoto se quitó las gafas de sol que llevaba en la cabeza y se dejó caer sobre la cama.
Las lágrimas asomaron a sus ojos cuando pensó en lo que había perdido. Todo. Lo había perdido todo.
Pero aceptaría encantado seguir ciego durante el resto de su vida si, de ese modo, pudiera devolverles la vida a Nagisa y a Rei.
Pero sabía que eso era imposible. Rei y Nagisa habían muerto. Asesinados en su casa. Y ningún sacrificio por su parte, ningún pacto con el diablo podría devolverles la vida. Lo único que Makoto podía hacer era intentar ayudar a la policía para que los responsables de aquellas muertes acabaran en la cárcel.
Como había hecho durante las últimas cuatro semanas, Makoto secó sus lágrimas, negándose a dejarse vencer por el dolor. Venganza. Esa era la razón de su existencia. Los culpables debían ser castigados.
Aquel era el objetivo que lo hacía seguir adelante, que le impedía caer en la desesperación. Sobreviviría hasta que los responsables de la muerte de Haru y Rin pagaran por su horrible crimen.
Por el momento, se suponía que era Shintarou Ryouta, un joven ciego de veinte años, nacida en Kioto.
Era una identidad falsa destinada a protegerlo, pero no se había sentido a salvo ni un instante durante el último mes.
Un par de semanas más, eso era lo que Daiki le había prometido. Un par de semanas más, y la investigación habría terminado y los asesinos estarían entre rejas. Entonces, podría volver a hacer su vida… o, al menos, podría recuperar las piezas que quedaban.
Makoto cerró los ojos, esperando, rezando para que llegara el dulce alivio del sueño. Para que desaparecieran las horribles pesadillas que habían plagado su reposo durante todo ese tiempo.

Sousuke miró el reloj por tercera vez en veinte minutos. Su invitado llevaba casi tres horas en la habitación y no había oído ningún ruido.

Mientras dormía, él había preparado hamburguesas y patatas fritas de cena. No era comida para un gourmet, pero esperaba que a él le gustase.
Imaginaba que se levantaría cuando tuviera hambre y, mientras tanto, lo único que podía hacer era esperar.
Sousuke había llamado a la oficina un rato antes para decirle a Mikoshiba Seijurou, uno de sus oficiales, que iba a tomarse un par de días libres. Aunque Daiki le había dicho que siguiera con su rutina diaria, no podía dejar sola a un chico ciego en una casa que no conocía.
A Seijurou le contó que un amigo suyo había ido a visitarlo y el oficial le aseguró que él y sus compañeros se harían cargo de todo, y que lo llamaría en caso de que encontraran nuevas pistas sobre el caso Casanova, que tenía en jaque a toda la comisaría de Iwatobi.
Sousuke colgó, sintiéndose un poco más tranquilo.
Pero, en ese momento, un grito rompió el silencio de la casa.
Por un instante, Sousuke se quedó helado. El grito había llegado de la habitación de invitados. A toda prisa, sacó la pistola del cajón, le quitó el seguro y se acercó con sigilo hasta la puerta.
¿Habrían conseguido localizarlo?
¿Habría alguien en el dormitorio con Shintarou? Maldito fuera Daiki por no haberle contado nada más. Maldito fuera Kagami por no advertirlo de que Shintarou podía estar en peligro inminente.
Cuando llegó a la puerta, intentó escuchar algún sonido que le indicara lo que estaba ocurriendo al otro lado. Nada. Ni el menor ruido.
¿Estaría muerto? ¿Abriría la puerta y se encontraría su cuerpo sin vida tumbado sobre la cama? Si alguien hubiera entrado por la ventana, Shintarou no habría podido verlo. No habría sabido que no estaba solo en la habitación hasta que las manos de alguien se cerraran sobre su garganta o hasta que una hoja afilada hubiera tocado su piel…

Sousuke tomó el picaporte y lo giró suavemente. El entrenamiento y el instinto le advertían que fuera despacio, que se enfrentara con lo desconocido con precaución. Abrió la puerta con cuidado y entró en la habitación, empuñando la pistola.
Nada.
No parecía haber nadie. El edredón estaba arrugado, la ventana cerrada y las cortinas en su sitio. Todo parecía estar en orden. Excepto que Shintarou Ryuota había desaparecido.
Sousuke escuchó entonces un golpe dentro del armario y, pistola en mano, abrió la puerta. Allí estaba él.
Sousuke murmuró una maldición. Cuando lo vio, hecho un ovillo, con los ojos cerrados y las mejillas húmedas de lágrimas, se preguntó por qué infierno habría tenido que pasar y… en qué infierno se había metido él.

(*) Ashi; lago en Tokio, situado al los pies del Monte Fuji