Bueno por fin llego el capitulo 3 y les quiero agradecer sus reviews y bueno...
Beshos o3o
SouMako 3
La verdad
A través de los listones de madera de la puerta del armario, vio a dos hombres entrar en la casa armados con pistolas.
—¡Un momento! —exclamó Rei—. ¿Qué es esto? ¿Qué pasa?
Makoto observó con horror cómo su mejor amigo y el novio de este, daban un paso atrás y se paraban frente al armario dentro del que el estaba escondido.
—No hagan nada… —la voz de Rei se apagó bajo el sonido de un disparo.
Se oyeron más disparos. Un total de seis. Explosiones silenciadas, sonidos que no podían oírse fuera, que no podían ser una llamada de ayuda.
Pero que sí servían para matar a Nagisa y a Rei.
Rei cayó hacia adelante, como un árbol cortado por un leñador. Nagisa se desplomó hacia atrás y su cuerpo golpeó la puerta del armario. Una bala chocó contra la pared, justo sobre la cabeza de Makoto.
La sangre entró a través de los listones de madera y le cayó, como una fina lluvia, sobre la cara y el pecho.
Poniéndose una mano en la boca, Makoto intentó ahogar un grito de terror. ¡No! ¡Dios mío, no! Aquello no podía estar pasando. Su mente intentaba frenéticamente buscarle sentido a lo que acababa de ocurrir.
Tuvo que luchar contra el impulso de ayudar a su amigo, pero, en algún rincón de su aterrorizada mente, el instinto de supervivencia la hizo permanecer inmóvil.
Tenía que quedarse callado. Si lo encontraban, lo matarían a el también. Tenía que mantenerse con vida para contarle a la policía lo que había pasado…
—Shintarou…
La voz llegaba de algún lugar lejano, pero no tenía nada que ver con el. Makoto cerró los ojos y se apretó con fuerza una mano sobre la boca.
Sangre. Había mucha sangre. Nagisa estaba muerto, asesinado, su sangre sobre la cara de Makoto. Toda aquella sangre. ¿Por qué había ocurrido? ¿Por qué?
—Shintarou… —volvió a escuchar la voz masculina.
Makoto se hizo un ovillo, apretando la espalda contra la pared en un intento de escapar.
Entonces, una bofetada lo hizo salir de la pesadilla y volver al presente. En un instante, se dio cuenta de que no estaba en casa de Nagisa y Rei. Estaba en Iwatobi.
—¿Comandante Yamazako? —susurró.
—Sousuke —la corrigió él—. Estoy aquí.
Sousuke le dio la mano para sacarlo del armario. Una mano que a el le pareció grande y cálida: un consuelo, a pesar de su tacto poco familiar.
Cuando el levantó la mano, rozó la ropa que colgaba de las perchas.
—Estoy en el armario, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué no sales de ahí?
Había vuelto a tener aquella pesadilla. No, no una pesadilla, más bien había vuelto a vivir el horror de aquella noche. Y, como siempre, había buscado refugio en el armario más cercano.
¿Cuándo iba a terminar aquello? ¿Volvería su vida a ser normal alguna vez?
El bochorno se mezclaba con una abrumadora desesperación a medida que salía de su confinamiento.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó, tuteándolo por primera vez.
—Porque te he oído gritar.
—Lo siento. Estaba teniendo una pesadilla —explicó Makoto—. Veo que Daiki no te ha contado lo de mis pesadillas.
—Daiki no me ha contado nada. ¿Te encuentras bien?
Makoto suspiró.
—Avergonzado. Mortificado, pero sí, me encuentro bien.
—No tienes por qué sentirte avergonzado. Todo el mundo tiene pesadillas de vez en cuando —intentó consolarlo él.
Makoto no dijo nada, pero hubiera querido decir que no todo el mundo tenía pesadillas que llevaran a meterse en un armario—. He hecho algo de cena.
Cena. La normalidad de aquella palabra la hizo sentirse aliviado.
—Si no te importa, voy a lavarme la cara.
—Claro. Te esperaré en el salón para llevarte a la cocina —asintió él mientras lo acompañaba al cuarto de baño.
Al cabo de un momento, se estaba lavando la cara y mirando la pared, donde imaginaba habría un espejo.
Makoto intentaba obligarse a sí mismo a ver. Un rayo de luz, un milímetro de iluminación en la oscuridad…
Deseaba desesperadamente ver algo. Pero el pozo negro en que se había convertido su mundo seguía siendo impenetrable.
Era como si se lo hubiera tragado la oscuridad de la noche y las tenebrosas sombras lo hubieran devorado.
Era raro que en la oscuridad, dormido y teniendo una pesadilla, hubiera podido encontrar el armario.
¿Lo habría buscado tocando la pared con las manos? ¿O habría recuperado la vista momentáneamente mientras soñaba para encontrar el único lugar en el que se sentía a salvo?
Makoto buscó la toalla para secarse antes de salir del baño y dirigirse, a tientas por la pared del pasillo, hasta el salón. Se sobresaltó cuando alguien le tocó el brazo.
—Lo siento, no quería asustarte —dijo Sousuke.
—No te preocupes. Es desconcertante que te toquen cuando no puedes ver a la persona.
—Espero que te gusten las hamburguesas —dijo Sousuke cuando llegaron a la cocina.
—Claro que me gustan —aseguró el, tocando el borde del plato para orientarse.
—¿Mostaza o tomate?
—Un poco de mostaza, por favor.
—¿Patatas?
—Bueno —asintió ,Makoto, con desgana. Comer era una de tantas actividades que se habían convertido en una tortura desde que había perdido la vista. Comieron en silencio, como dos extraños que no sabían bien qué decirse el uno al otro—. Háblame de Iwatobi —dijo ella por fin, haciendo un esfuerzo para romper el silencio.
—No hay mucho que decir. Es un pueblo muy pequeño, pero es un buen sitio para crecer y mejor para retirarse.
—Te gusta mucho, ¿verdad?
—Sí. Es buen sitio para vivir. Estuve cuatro años fuera, mientras estudiaba en la universidad, y después fui a la academia de policía, pero mi corazón nunca salió de Iwatobi.
—¿Tienes familia aquí?
En cuanto la pregunta salió de sus labios, la desesperación de su propia soledad pareció clavarse en su corazón. Nunca más podría volver a compartir risas o lágrimas con su casi hermano. Nunca volvería a disfrutar de un abrazo de Nagisa.
—No, no tengo familia. Mi padre murió hace tres años en un accidente de coche y mi madre falleció siete meses después. Los médicos dijeron que fue un infarto, pero yo siempre he creído que murió porque tenía el corazón roto —explicó Sousuke. Después, se aclaró la garganta, como avergonzado por haber contado aquello—. La verdad es que, aunque no tengo familia, los vecinos de Iwatobi se portan como si lo fueran.
Aquí todo el mundo conoce la vida de los demás y, si tienes algún problema, siempre hay alguien para echarte una mano.
—Si todo el mundo conoce la vida de los demás, creo que lo sensato sería que inventáramos una historia para nosotros—dijo el. Sousuke asintió con la cabeza—. No me gustaría decir que nos conocimos haciendo acampada porque nunca lo he hecho.
—¿Nunca has salido de camping? ¿Nunca has dormido bajo las estrellas cuando eras niño? —preguntó él, incrédulo.
—No —contestó el—. Lo más cerca que he estado fue cuando mi mejor amigo y yo hacíamos una tienda en mi habitación, cuando lo invitaba a dormir.
Aquel recuerdo lo reconfortó.
Cuando eran pequeños, Nagisa y el habían hecho una tienda con las sábanas y se habían metido dentro con una caja de galletas mientras inventaban historias de miedo. Su madre los castigó a la mañana siguiente porque la habitación parecía una leonera, pero la aventura nocturna había merecido la pena.
El calor de aquel recuerdo contrastaba con la frialdad de la pérdida de su amigo, creando un huracán de dolor en el interior de Makoto.
—¿Shintarou? —la llamó él, al verlo perdida en sus recuerdos.
—Podemos decirle a todo el mundo que nos conocimos en un camping —propuso el, cambiando de opinión repentinamente—. Podemos decirles que yo estaba con un amgo y tú en la tienda de al lado. No creo que nadie se ponga a hacer averiguaciones.
—Muy bien. Les diremos que, desde entonces, no hemos dejado de llamarnos por teléfono.
Makoto asintió.
—Entonces, es oficial. Ahora tienes novio —afirmó, terminando su hamburguesa—. ¿No pensará la gente que es raro que te hayas enamorado de un chico ciego?
—A la gente le parecerá raro que me haya enamorado, no importa de quien.
—¿Por qué? —preguntó ella con curiosidad.
—He sido el solterón de Iwatobi durante años. Todas las madres intentan emparejarme con sus hijas y me arrinconan en cuanto pueden para hablarme de las virtudes de sus niñas.
—Debes de ser muy guapo —dijo Makoto.
Sousuke soltó una carcajada. Tenía una risa preciosa. Profunda y ronca, con una calidez que parecía calentar el hielo que recubría su corazón.
—No soy particularmente guapo. Solo uno de los pocos solteros de Iwatobi. Además, ya sabes lo que dicen de las mujeres y los hombres con uniforme.
Hombres de uniforme. De repente, Makoto se puso rígido. Rei y Nagisa llevaban uniforme de medicos.
Les gustaba su trabajo en el hospital general de Tokio. Uniformes con nombre. Símbolos de salun. Y, sin embargo, el recuerdo de esos uniformes era para el, aterrador.
Pero Makoto debía apartar de su mente aquellos pensamientos y se concentró en el hombre que tenía enfrente, un hombre al que podía oler y sentir, pero que no podía ver.
—¿Cuántos años tienes?
—¿No te dijo tu madre que no se le pregunta la edad a la gente? —rio él.
—Mi madre me enseñó que, para saber algo, hay que preguntar.
—Muy lista tu madre. Voy a cumplir treinta.
—¿Por qué no te has casado? Creí que la gente en los pueblos pequeños se casaba muy joven.
—Las relaciones son muy complicadas. A mí me basta con mi trabajo y mi casa.
—No me extraña que seas un buen partido. No hay nada que abra más el apetito de una mujer que un solterón recalcitrante.
—Hablando de apetito, ¿quieres otra hamburguesa?
—No, gracias —contestó el. Makoto escuchó el ruido de la silla y supo que él se había levantado—. Siento no poder ayudarte a recoger.
—No te preocupes.
—No es real —murmuró Makoto entonces. Había dicho aquello sin pensar.
—¿Cómo dices?
