Los entrenamientos de hurling no se hicieron esperar y la inminente llegada de un próximo torneo tenia a los jugadores en constante excitación. El campo se llenó de vida en cuestión de días. Cualquier preparación era poca para lo que les esperaba, los reinos vecinos darían caña. Así que todas las tardes los jugadores entrenaban y las animadoras hacían sus coreografías para su equipo.
Para Ben, volver a jugar al hurling era complicado. Sus obligaciones como rey lo absorbían pero logró cuadrar su agenda real para participar un año mas como el delantero estrella. Suplir las necesidades de su pueblo no era tan agotador como preparar el décimo aniversario de la academia. Menos mal que contaba con la ayuda de sus padres, su apoyo era indispensable. Con todo, sus padres se sentían orgullosos de él. En los pocos meses como rey, había demostrado ser ejemplar, un rey bondadoso, recto y de buenas intenciones. Era muy joven, era cierto pero poco a poco, empezaba a entender lo que significaba ser rey.
Ahora se dirigía a los vestuarios para reunirse con los chicos. En cuanto entró por la puerta, lo recibieron con mucha alegría y algunas burlas del tipo "Aquí viene su majestad", "Larga vida al rey", "Mira, ya le está creciendo pelo en la barbilla" "Eres el rey del campo, ¿dónde está tu corona?" y cosas por el estilo. Se sentía genial. Agradecía aquellos momentos de normalidad en su ajetreada vida real. Era uno mas del grupo. Con motivación extra gracias a sus compañeros, se cambió de ropa y salieron juntos entre gritos de guerra y mucho jaleo con los uniformes hacia el campo.
Ya había gente merodeando por las gradas. Las animadoras ensayaban y en cuanto vieron a su querido equipo, se desinhibieron en chillidos de emoción y animo.
- ¡Ey, preciosa! –exclamó Jay dirigiéndose a Audrey- si sigues animándome así, te dedicaré todos los goles del torneo.
- En tus sueños, guapo –se burló la castaña riéndose.
- Allí te espero, encanto –le guiñó un ojo con una sonrisa seductora.
- ¡Uhh! –exclamaron las chicas emocionadas con aquel duelo de seducción.
Audrey frunció el ceño ante el descaro del atleta pero debía admitir que se sentía halagada. Aquel pervertido no dejaba de atosigarla desde que se conocieron y tampoco es que Chad, su actual novio desde que Ben se fijase en Mal, hiciera algo al respecto. Jay le lanzó un beso volador y volvió a la realidad de golpe. Orgullosa, le dio la espalda ondeando dramáticamente su coleta.
Ben buscó con la mirada a Mal y cuando vislumbró su pelo púrpura, se le aceleró el corazón. Justo acababa de llegar a las gradas y se encaminaba a donde estaban Evie y Doug que charlaban animadamente. Quiso ir a su encuentro pero el entrenador llamó a todos los jugadores. Un poco triste, iba a dar media vuelta cuando sus ojos conectaron y una amplia sonrisa apareció en sus labios. Lo había visto. Agitó la mano en su dirección y ella imitó su gesto, respondiendo con otra sonrisa. El solo hecho de haberla visto, había iluminado su día. Mucho mas animado que antes, se reunió con el equipo para empezar el entrenamiento.
En el descanso, Ben no perdió la oportunidad de ir con su novia y parece que ella le leyó el pensamiento porque bajó de las gradas para encontrarse con él.
- Hola, linda –la saludó con cariño. Estaba muy sudado así que no se atrevió a abrazarla, aunque ganas no le faltaban.
- Hola –dijo ella con una sonrisa y sorprendiéndolo, apoyó una mano en su hombro y se estiró ligeramente para darle un beso en la mejilla- ¿cómo estás?
- Vaya, es el mejor saludo que he recibido hoy –sonrió, feliz por su gesto cariñoso. La miró a los ojos con ternura- agotado pero nunca me he encontrado tan bien.
- Entonces necesitas reponer energías –le devolvió la mirada. Se alegraba muchísimo de verlo. Sacó una bolsa de plástico de su chaqueta- mira lo que te he traído.
- ¡Galletas! –exclamó encantado y su estómago rugió en ese instante. Se sonrojó y ella se rió suavemente.
- Con pepitas de chocolate y nueces como te gustan –movió la bolsita delante de él, tentándolo.
- Eres increíble –cogió su merienda, rozando sus dedos con los de ella. La sensación hizo que ambos se estremecieran.
Sus palabras provocaron una reacción inmediata en el corazón de Mal. Era tan fácil sentirse bien a su lado.
- No digas tonterías –lo contradijo dándole un golpecito amistoso en el hombro, rehuyendo su mirada.
Con un dedo, él alzó su barbilla para encontrarse con sus ojos verdes, misteriosos y hermosos como la esmeralda. Compartieron una mirada intensa. Mal creyó que iba a besarla pero Ben se limitó a sonreír y depositó un suave beso en su frente.
Evie contemplaba embelesada la escena de los enamorados desde las gradas con la barbilla apoyada en su mano.
- Oye, Evie, ¿me estás escuchando? –dijo Doug chasqueando los dedos en su cara.
- ¿Eh? ¿qué decías? –farfulló con los ojitos llenos de ilusión como si estuviera soñando.
- ¿Qué andabas mirando? –miró por encima de su hombro, curioso- ahhh, esos dos.
- Es tan bonito… -suspiró con expresión soñadora.
- Tú si que eres bonita –soltó sin darse cuenta y horrorizado, se tapó la boca mientras se sonrojaba. Se encogió haciéndose pequeño.
La peliazul se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, despertando de su mundo imaginario. ¿Doug había dicho eso? ¿En serio?
- ¿Qué has dicho?
- Naa… nada… olvídalo –tartamudeó nervioso.
- Doug –dijo con advertencia, mirándolo fijamente.
El muchacho tembló. Cuando Evie le dirigía "la mirada", no tenia escapatoria alguna. Tenia un efecto poderoso en él. Odiándose a si mismo, se enderezó a duras penas.
- Yo… dije… que eres… -inspiró hondo, tamborileando los dedos en sus rodillas, sin mirarla- que eres muy bonita… que digo… eres preciosa… ya está, ya lo dije.
Contuvo el aliento a la espera. Evie abrió y cerró la boca varias veces con incredulidad al mismo tiempo que sonreía abiertamente. A punto estuvo de lanzar un gritito de emoción.
- ¿De verdad lo crees así? –se mordió el labio, observándolo.
Doug asintió enérgicamente- vamos, Doug, mírame, por favor.
Tocó su rodilla y él se sobresaltó un poco. No se esperaba aquello. Estaba muy nervioso. La miró como ella le había pedido, aunque no sin esfuerzos.
- Pensaras que soy un…
- No pienso nada malo de ti, Doug –buscó su mano sin timidez y la apretó con afecto- me ha encantado lo que me has dicho.
La dulce sonrisa de Evie disipó todos los temores del chico. Respiró aliviado y le devolvió la sonrisa con timidez. Entrelazó sus dedos con los de ella y una oleada de confianza lo invadió.
- ¿De verdad te ha gustado? ¿No he sonado como un tonto?
- Claro que no. Ha sonado muy tierno… como tú –admitió con un ligero sonrojo.
Doug se quedó mirándola embobado. Era sorprendente como aquella chica lo dejaba sin habla. Podía parecer muy confiada y al mismo tiempo dejarse llevar por la timidez. Era tan encantadora. Acarició sus nudillos con cariño y observó sus uñas pintadas de azul.
- Tienes unas manos perfectas. Te las debes de cuidar mucho –comentó, llevándose los dedos a sus labios.
Evie se derritió con ese gesto tan simple, propio de un príncipe con su princesa. Suspiró encantada.
- Eres un cielo, Doug –se arrimó un poco mas a él, abrazándose a su brazo y apoyando la cabeza en su hombro.
Sin creerse su suerte, el chico ni se movió, contento de su cercanía y nervioso al mismo tiempo. Despacio, dejó caer su cabeza con suavidad con la de ella y respiró el aroma de su pelo. Olía a vainilla y fresias. Exquisito y dulce. Sencillamente perfecto.
Se reanudó el entrenamiento y los chicos se concentraron en el juego. Como era de esperar, el destacado era Jay con sus increíbles habilidades físicas y su desmesurada fuerza. Carlos había mejorado con los meses pero todavía le costaba adaptarse al ritmo de juego, gracias a su velocidad de piernas y su capacidad estratégica, era ideal en muchas jugadas. Ben seguía siendo un gran delantero y junto a Jay, formaban un dúo formidable. Iban a dar mucha guerra en el torneo.
- ¡Jay! ¡Jay! ¡Jay! –lo llamaron las animadoras entre contoneos.
- ¡Ya voy, preciosas! –les respondió el atleta. Bebió un último trago de agua, se secó el sudor y trotó hasta ellas con una encantadora sonrisa.
- Has estado fantástico hoy, Jay –lo halagó una de ellas tocándose el pelo, coqueta.
- Eres todo un portento físico, guapetón –dijo otra, mordiéndose el labio con sensualidad.
- Por favor, chicas, me vais a hacer sonrojar –se rió Jay, dejándose mimar y siguiéndoles el juego.
- ¡Wow! Vaya músculos, debes entrenar muchísimo –dijo una chica atrevida, tocando sus bíceps y fingiendo sentir lástima por él.
- La genética ayuda, encanto –le guiñó un ojo. Se fijó entonces que Audrey estaba apartada, recogiendo sus cosas- ¿ya te vas, bellezón?
Apartó a las animadoras sin brusquedad, dejándolas sin habla y se acercó a la castaña. Esta rodó los ojos. Otra vez venia ese engreído. Cuando lo tuvo cerca, la peste a sudor le llegó a su delicada nariz y arrugó el entrecejo.
- Por dios, parece que te ha rociado una mofeta. Apártate de mi
- Si quieres te dedico mi sudadera –se burló el chico.
- Ni se te ocurra –cerró su bolso y se alejó de él.
- Espera, preciosa –llegó hasta ella y se colocó justo delante- ¿saldrías conmigo bien duchado y perfumado?
- A ver si te enteras, guaperas barato –lo señaló con el dedo pero sin tocarlo- ni en sueños saldría contigo. Además por si no te has dado cuenta, tengo novio, así que piérdete.
Lo apartó de un empujón y se arrepintió enseguida de hacerlo. Hizo una mueca y se sacudió los dedos, algo húmedos por el sudor del chico.
- Oh, vamos –insistió persiguiéndola de cerca- nunca digas nunca. No podrás resistirse a mis encantos y lo sabes. Ambos sabemos que Chad no es el hombre que buscas.
La seguridad de sus palabras y las dotes de seducción unido al imponente físico que ofrecía Jay parecían no tener limites y Audrey se dio cuenta.
- Perdona, no te he oído. Tengo cosas mas importantes que hacer. Chao chao –lo despachó automáticamente, acelerando el paso.
Jay sonrió divertido pero le hizo caso y se detuvo mientras veía como se alejaba aquella diva. Si, lo admitía, le gustaba aquella chica. Lo retaba y estaba dispuesto a conquistarla, costara lo que costase. Tenia que armar las posibles estrategias para que ella se diera cuenta de que estaban hechos para estar juntos, aunque lo negara mil veces. Esto pensaba mientras daba media vuelta y se dirigía a los vestuarios.
