Los días seguían pasando y las obligaciones de Ben empezaban a pesarle conforme la fecha del aniversario se acercaba. Faltaba a los entrenamientos con mas frecuencia y pasaba menos tiempo con su novia y amigos.

Aquella situación entristecía a Ben. No dejaba de mandarle notas a Mal todas las mañanas y siempre estaba en sus pensamientos pero no verla, le estaba pasando factura. Por otra parte, aunque no lo admitiera en voz alta ni lo expresara abiertamente, Mal también estaba triste. Los estudios, sus amigos y su pasión por el dibujo la mantenían ocupada pero no podía evitar pensar en Ben de vez en cuando. Para colmo, se acercaba su cumpleaños y estaba nerviosa porque no sabia si él tendría tiempo para celebrarlo juntos y poder darle el regalo que le había comprado en el mercado.

- ¿Por qué no le escribes? –le dijo Evie de repente.

Estaban todos juntos en el descampado con las mesas donde solían merendar. Mal estaba entretenida dibujando.

- ¿Decías? –dijo sin apartar la vista de su dibujo mientras le daba unos retoques.

- ¿Qué por qué no le escribes? –repitió pacientemente.

- ¿A quién?

- Pues a Ben, genio –respondió como si fuera obvio.

- No seria buena idea. Probablemente lo molestaría. Está muy ocupado –replicó con suavidad, siendo totalmente lógica. Frunció el ceño, borró algo en el papel y volvió a empezar.

Evie soltó una exclamación de frustración, farfulló algo sobre lo testaruda que era y se entretuvo con su merienda. Por el rabillo del ojo, observó lo que dibujaba. Lo reconoció enseguida. Mal estaba retocando la esfera del árbol de la vida.

- Lo echas de menos, ¿verdad? –murmuró para que solo lo oyera ella.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de la joven artista, pero no se detuvo. Sus pinceladas eran suaves y precisas. La pregunta de su amiga le había recordado lo poco que estaba viendo a Ben y Evie apreció la tristeza en sus ojos.

Jane apareció de repente trotando hasta ella, llamándola. Mal desvió ligeramente el rostro en su dirección.

- Hola, Mal, ¿estás ocupada? –quiso saber inquieta. La respuesta fue simplemente alzar su mano con el lápiz- genial, necesito tu ayuda, bueno en realidad unas chicas.

- Jane, no es un buen momento… -intentó persuadirla la peliazul.

- No, es igual –la cortó Mal. Con desgana, cerró su libro de artes y guardó el lápiz. Se levantó de la mesa para acompañar a Jane.

- ¡Estupendo! –sonrió ampliamente dando palmaditas- muchas gracias.

- Nos vemos luego, ¿vale? –tranquilizó a Evie que la miraba preocupada.

Llegó el día del cumpleaños de Ben. El joven rey había planeado pasar el día con su novia pero no iba a ser posible, al menos, no en su totalidad. Había logrado, no sin esfuerzos, hacer un hueco en su agenda para estar con ella. La echaba mucho de menos. No la veía desde hacia días. Aquella mañana se despertó de muy buen humor. Se estiró cuan largo y ancho era en su gran cama real y bostezó abiertamente. Apartó las sábanas, deslizándose por el colchón y miró la foto que tenia en su mesa de noche. Eran ellos dos juntos en el día de la coronación. Estaba preciosa con ese vestido de color lavanda. Sonrió como un idiota y se incorporó de un salto. Se estaba vistiendo cuando tocaron a la puerta.

- ¿Quién es? –quiso saber, terminando de abrocharse la camisa.

- Tus padres –respondió Bestia desde fuera.

Un minuto después, ya estaban entrando con una gran sonrisa.

- Hijo mío, muchas felicidades –dijo Bella, abriendo los brazos hacia él.

- Muchas gracias, mamá –sonrió Ben, abrazando a su madre con cariño.

- Casi, casi, llegas a la mayoría de edad –bromeó su padre palmando su hombro y dándole un apretón con afecto.

- Gracias, supongo –se rió alegre.

- Parece que fue ayer cuando te cogí en brazos –murmuró Bella con nostalgia, mirándolo con cariño.

- Todos los años me dices lo mismo, mamá.

- No le hagas caso a tu madre, está en esos días –susurró esto último pero Bella lo escuchó y le propinó un leve codazo en las costillas.

- Cuidadito con lo que dices –le advirtió mirándolo de mala gana pero le guiñó un ojo a su hijo, divertida.

- Por cierto, tengo algo para ti –sacó una caja envuelta en regalo de su elegante chaqueta y se la dio a Ben.

- ¿Qué es? –pregunto con curiosidad.

- Ábrela –le indicó sonriente mientras abrazaba por los hombros a su mujer.

Intrigado, el joven rey desanudó el lazo. En su interior, había otra caja mas pequeña, semejante a las cajitas de joyerías. Cuando la abrió, se quedó maravillado. Era un anillo de oro adornado con diamantes.

- ¿Qué…? ¿Qué es esto?

- Es una reliquia de familia. Se ha guardado durante mucho tiempo. Mi padre quiso dármela cuando tenia tu edad pero no tuvo oportunidad, así que he esperado el momento adecuado para hacerlo yo contigo. –le contó su padre con un tono de voz especial.

Ben observó la mirada de amor entre sus padres y volvió a mirar el anillo. Era una joya realmente preciosa. Su corazón se aceleró con fuerza al pensar en la posibilidad de aquello.

- ¿Por qué me la das ahora, papa? –alzó la cabeza para mirarlo con una sospecha.

- Es bueno que lo preguntes –sonrió aunque Ben detectó cierto nerviosismo en su voz- porque tenemos una noticia que contarte.

- ¿De qué se trata? –intentó que su voz se notara normal y una forzada sonrisa asomó sus labios.

Bestia miró a su hijo y luego a su mujer un par de veces antes de detenerse en su hijo de nuevo e inspiró hondo antes de soltar la bomba:

- Vas a casarte dentro de un año

El tiempo pareció detenerse y el mundo de Ben se vino abajo en cuestión de segundos. Sintió que se ahogaba y tuvo que apoyarse en una silla de terciopelo que tenia cerca. Sus padres se preocuparon. Bella se acercó a él y se arrodilló.

- Cariño… -dijo dulcemente mientras tomaba su mano.

Ben la miró sin verla con los ojos desorbitados del asombro. ¿Qué clase de noticia era esa? ¿Y por qué en su cumpleaños?

- ¿Con quién? –musitó a duras penas en un hilillo de voz.

- Perdona, cielo, no te he oído, ¿puedes repetir?

- He dicho que con quien me voy a casar –alzó la voz con dureza mientras sentía que se enfadaba a cada segundo.

- Hijo, cálmate

- ¿Qué me calme? –se incorporó de golpe, sobresaltando a su madre y observando a su padre con incredulidad- ¿cómo quieres que me calme cuando me dices que me voy a casar? Y me huelo que no será con alguien que yo elija, ¿no?

- No te consiento que me hables así, jovencito –comenzó a decir Bestia, poniéndose serio- es un tema delicado, no debes tomártelo a la ligera.

- La verdad es que me importa bien poco. ¿Cómo podéis hacerme esto? –inquirió con la decepción pintada en su rostro.

- Es lo mejor para el reino –replicó su padre.

- No pienso casarme con nadie que no sea con Mal, papá –le aclaró por si había alguna duda- mi voz tiene voto, soy el rey de Auradon y no pienso ni quiero casarme.

- Ya está decidido –le informó implacable.

Ben palideció pero no iba a rendirse. No sabia que había ocurrido exactamente pero toda aquella situación lo ponía enfermo.

- Es increíble que tú me estés haciendo esto, papá. Tu, que precisamente has pasado por tanto sufrimiento y desgracias y pudiste casarte con la mujer de tu vida –le echó en cara con enfurecida calma.

- No te atrevas a compararte conmigo, hijo –le advirtió. Bella lo retuvo a su lado, enmudecida por la discusión de los dos.

- Yo quiero a Mal y es con ella con quien me voy a casar, con o sin tu aprobación –sentenció dando por concluida la conversación. Cerró la cajita, la guardó en un joyero de su cómoda y salió con dignidad de su habitación.

Bella y Bestia se miraron durante un largo rato y supieron que estaban perdiendo a su hijo. Aquello había ido demasiado lejos.

Demasiado alterado para concentrarse y ser responsable, Ben encargó a varias personas de su confianza las diferentes labores de aquella mañana y se dirigió a la academia. Deseaba con todo su corazón encontrarse con su amada. La necesitaba. Saludó a algunos amigos y preguntó por Mal de paso. Era la hora del recreo así que era el momento perfecto. Se la encontró sentada en un banco con su libro de dibujo. Alzaba la cabeza de vez en cuando, mirando a un punto fijo y luego volvía la mirada al papel. Fue verla y automáticamente todas sus preocupaciones y miedos se disiparon. Se acercó con sigilo para no asustarla y tapó sus ojos con las manos. El corazón de Mal dio un vuelco, sobresaltada.

- Jay, no tiene ninguna gracia –protestó la joven.

Ben contuvo la risa y pasó al plan b. Sus dedos acariciaron suavemente su mejilla y se percató que su ritmo cardiaco aumentaba. Mal no lo resistió mas y reconociendo esa caricia, se viró hacia atrás. Cuando sus miradas se cruzaron, una oleada de felicidad la invadió.

- Ben… -logró murmurar y el sonrió cálidamente , encantado de mirar su rostro otra vez.

- Hola, Mal –la saludó con cariño.

La joven dejó de dibujar al instante y se levantó del banco. Los dos se fundieron en un fuerte abrazo y fue un bálsamo reconfortante para sus corazones. Los suspiros no se hicieron esperar y Ben acarició sus cabellos. Se sentían tan bien ahora mismo. Mal se separó un momento para poder mirarlo.

- Y hasta que por fin se te ve la cara, rey novato –bromeó con una tierna sonrisa.

- Lo siento –se disculpó con sinceridad, acariciando suavemente su rostro- he estado muy ocupado.

- Lo sé, tranquilo. Me alegro de verte –confesó con naturalidad, algo que le sorprendió hasta ella.

- No he dejado de pensar en ti ni un segundo

Ella lo miró con ternura con esas mariposas en el vientre. Era como estar en un sueño increíble donde nada podía ir mal. Se tomaron de la mano y empezaron a caminar.

- ¿Hoy tienes dia libre? –quiso saber la joven. Normalmente no solia verlo hasta por las tardes.

- Digamos que me he escaqueado –respondió con cierto aire de picardía.

- Ohh… eso es muy… malo –se rió ella, encantada con la respuesta.

- No se de quien se me habrá pegado –se burló con mirada critica. Recibió un empujon de su parte y acabaron riéndose- ya se que aun te quedan clases, pero ¿te gustaría hacer novillos conmigo?

- ¿Dónde esta Ben? ¿y qué has hecho con él? –exclamó escandalizada con su proposición y riéndose divertida.

- Venga, hazlo por mi –le puso ojitos tiernos y Mal supo que no podía resistirse. Sin embargo, iba a hacerlo sufrir un poquito.

- No se, déjame que me lo piense –se hizo la interesada, acariciándose la barbilla.

Cuando se ponía asi, Ben se volvia loco. Le encantaba esa faceta de ella. La abrazó por detrás, estrechándola entre sus brazos y apoyó la barbilla en su hombro.

- Ven conmigo –la invitó, mimoso.

- Mmm… todavía no me convences –musitó fingiendo aburrimiento pero en el fondo estaba que se derretia. Nunca se lo diría en voz alta pero los abrazos por la espalda eran su debilidad.

El joven deslizó su nariz hacia arriba con suavidad y depositó un dulce beso en su cuello justo donde latia el pulso de su novia. Ella se estremeció. Esa reacción animó a Ben a seguir adelante.

- Ven conmigo –susurró en su oído con calidez. Sus labios rozaron su mejilla.

Las emociones amenazaban con desbordarse dentro de Mal. Se sentía como gelatina en sus brazos. Su corazón acelerado, las mariposas moviéndose a toda velocidad en su vientre, el vello de punta.

- Esta bien, me iré contigo –susurró rindiéndose a sus atenciones.

Se giró suavemente sin separarse y quedaron cara a cara. Ben sonreía ampliamente.

- Lo vamos a pasar genial. Habia pensado ir a caballo, ¿te gustaría?

- Mucho. Suena divertido –sonrió, contagiada por su alegría- por cierto…

- ¿Si?

- Tengo un regalo para ti –se separó lo suficiente para sacar de su bolsillo un paquete plano.

- ¿Un regalo para mi? –se sorprendió gratamente. No se habia olvidado de su cumpleaños, eso lo hacia aun mas feliz.

- ¿Puedes cerrar los ojos? –le pidió, nerviosa de repente.

El obedeció de inmediato, confiando plenamente en ella y esperó pacientemente. Con dedos temblorosos, Mal extrajo el collar del papel de regalo y con sumo cuidado, lo colocó en su cuello. El árbol de la vida descansó en su pecho y sus manos reposaron allí también, cerca de su corazón. Ben abrió los ojos lentamente al sentirla. Su rostro fue todo un poema cuando vio el amuleto. Lo sostuvo con una mano para apreciarlo mejor.

- Mal, esto es… -musitó sin habla.

- Feliz cumpleaños, Ben –le dijo ella con una dulce sonrisa.

El chico la abrazó impulsivamente, muy agradecido. Su alegría contagiaba a la joven que se sentía muy bien de saber que le gustaba el detalle.

- Es el mejor regalo que me han hecho. Muchas gracias –susurró para que pudiera escucharlo, enredando los dedos en su pelo.

- La dependienta me dijo que quien llevase el collar, lo protegería –le confió entre susurros, cerca de su oído- asi que espero que te proteja siempre.

Aquellas palabras emocionaron mucho al joven rey. Era tan especial, tan única. No se imaginaba cuan duro podía haber llegado a ser para ella regalarle ese collar pero se sentía el hombre mas afortunado de todos por tenerla con el. Se separó para mirarla a los ojos y tomó su rostro delicadamente.

- Eres lo mejor que tengo en mi vida, ¿lo sabias? –juntó su frente con la de ella suavemente.

La intensidad de su mirada y sus palabras sinceras y llenas de sentimiento abrigaron el corazón de Mal. Cerró los ojos, dejándose llevar por aquel momento tan intimo. Estaban muy cerca. Percibia su calida respiración y el latir desbocado de su corazón en la palma de su mano. Tragó saliva. Ahí estaba de nuevo esa sensación de vulnerabilidad pero deseaba tanto estar con él, no queria separarse. Ben ya no podía pensar. Tenerla tan cerca anulaba sus sentidos y una vez mas, ese deseo irrefrenable de sentir sus labios se apoderaba de él. Pero ante todo no queria forzar a su chica, no haría nada que ella no quisiese, la respetaba por encima de todas las cosas. Reprimiendo sus impulsos, acarició su espalda con una mano y la dejó descansar a media altura y con la otra, acunó su mejilla. Aquella caricia provocó que sus narices se rozaran.

- Mal… -susurró su nombre con adoración.

Un suspiro los separaba, casi podía sentir los labios de su amado. "Escucha a tu corazón y cuando estés preparada, sabrás lo que tienes que hacer", las palabras de Evie rondaron en su mente. ¿Qué le decía su corazón? Sus latidos eran frenéticos y parecía que cada uno lo llamaba a gritos, lo llamaba a el, a su Ben. Era una emoción poderosa y hermosa al mismo tiempo. Sabia que si queria, podía apartarlo y el no la obligaría. Pero ¿y si en realidad no queria eso?

Su debate interior duró apenas unos segundos antes de que se decidiera. Con un estremecimiento, se besaron. Fue un beso inocente, tierno y lleno de cariño. La inexperiencia los ponía nerviosos pero sus labios se movian con tanta suavidad, acompasándose al otro, que pronto se dejaron de llevar. Cuando sus pulmones demandaron oxigeno, tuvieron que alejarse.

Ben estaba maravillado. Aun sentía el calor y el sabor de los labios de Mal en los suyos. En aquel beso habia sentido tanto de su corazón. Sin duda alguna, aquella frase que decía "En un beso sabrás todo lo que he callado" se habia visto reflejado en ese momento. Su pecho estaba henchido de felicidad por compartir esa experiencia con ella. Si ya estaba enamorado de ella, todavía lo estaba aun mas después de haberla besado. Se quedo perplejo en cuestión de segundos al notar humedad en su brazo.

- Mal… ¿estas llorando? –dijo entrecortadamente.

- No, no.. se me ha metido algo en el ojo –replicó ella, secándose los ojos rápidamente, avergonzada.

Quiso separarse de él pero Ben la retuvo, negándose a dejarla ir y la besó. Mal no se espero tal acción y tembló entre sus brazos. Fue apenas unos segundos pero sorprendentemente, sirvieron para tranquilizarla.

- ¿Por qué lloras? ¿He hecho algo malo? –se preocupó entristeciéndose por momentos.

- No has hecho nada malo, no es eso –logró responder, inspirando profundamente. Lo miró con cariño y sonrió provocando que el corazón del chico diera un vuelco- solo me he emocionado… que tonta…

- Ha sido… en realidad no tengo palabras –admitió con una risita nerviosa.

Mal no era capaz de expresarse mejor que el asi que optó por apoyar la cabeza en su pecho y rodear su cintura con un suspiro. Ese beso que habían compartido habia sido muy bonito, quizás se quedaba corto, pero era lo que sentía en su corazón. Esperaba haberle demostrado sus sentimientos de esa manera tan especial.

El resto del dia lo pasaron juntos. Salieron a caballo y cabalgaron por el reino de muy buen humor, e incluso se alejaron hacia el bosque. Bromearon y rieron muchísimo, echándose carreras a ver quien ganaba. Después del largo paseo, soltaron a los caballos para que pastasen y ellos se recostaron en la hierba bajo la sombra de un árbol. Jugaron a ver figuritas en las nubes y hablaron mucho de varios temas: de ellos, de Auradon, de sus amigos, del torneo de hurling. Tambien compartieron algún que otro beso, siempre con cariño y se olvidaban del mundo. El tiempo pasaba volando. Ben pensó que, sin lugar a dudas, era el mejor cumpleaños de su vida.