N/A: De nuevo, me disculpo por la tardanza eterna del nuevo capítulo. Desde este mismo momento les prometo que actualizaré seguido. Muchas gracias por leer.

— ¿Te aprieta el vestido, querida?

—Sí, un poco, pero…

Sube el cierre con fuerza, y ahogo la respiración para que el vestido no salga volando.

—Listo, querida. Ya está—concluye Arnold, mi estilista.

En un principio me causaba impresión, sobre todo por el tatuaje de serpiente que parecía bajar de sus cejas. Es… bueno, un estilista. Al menos no es grosero…

Me dice que me vea al espejo, ese que este frente mío, decorado por lucecitas titilantes. Esa… esa no soy yo. Es demasiado hermosa para ser yo, por supuesto. Sin embargo, creo reconocer un atisbo de mi persona al fijar la mirada en los ojos grises. Sonrío ampliamente, y me despido de Arnold. Desde dentro, ya se oyen los bullicios de la gente, que ansiosa, espera por nosotros, los tributos.

Hiperventilo al empujar la puerta dorada, que me separa del desfile. Siento que me vuelve el alma al cuerpo al verlo. Corre a mis brazos, no sin antes dedicarme un piropo.

— ¡Que bella estas, Katniss!

—Gracias, Peeta—de seguro estoy sonrojada como un tomate—Tu también te ves guapo.

Y es verdad, esta precioso en ese traje negro con bordes dorados que hacen juego con su cabello. Su rostro… es Peeta. Ojala… triunfemos.

_._

«Tranquila, Katniss. Todo estará bien. Sonríe, sólo sonríe». Estiro la piel de mis mejillas lo más que puedo, igualando a la sonrisa de una muñequita. El carruaje avanza a mis pies, la luz del Capitolio me deslumbra poco a poco. Los gritos taladrantes de los capitolinos, no me permiten concentrarme. Miro a mi costado, y descubro a Peeta sonriendo a todo mundo. Muchos le arrojan flores, e incluso le declaran su amor. Eso no me gusta. Él es sólo mío.

«Finge, Katniss. Sé buena actriz también» y eso es lo que hago. Centro mi atención en ellos, esta gente de la cual dependerá nuestra vida en la próxima semana. A que si les sonrío, con mas fuerza, utilizando todo mi encanto entero. Surte efecto por completo. Los gritos de ¡Katniss, Katniss!", lo cual indica que al menos se han molestado en buscar mi nombre en el programa, hace que mi orgullo crezca. Quizás, solo quizás…

Por fin llegamos a la mansión del presidente Snow, que nos recibe con una gran sonrisa dibujada en su rostro artificial. Es inhumano este hombre. Si tuviese que compararlo con algo, sin duda, sería una serpiente. Se ve igual.

Aprovecho el tiempo de la presentación para examinar a los otros tributos. Los del 2, se ven… bueno, el chico… se ve como… una mole gigante. Desde aquí se nota su aire de superioridad. Para él, no somos más que carne de cañón. Nos eliminara así de fácil. Los tributos del distrito 4 son im-pe-ca-bles. Ambos rubios etéreos, hermosos. Sus trajes en color marino, los representan, a ella, como a una sirenita de mar. Él, un dios. Poseidón, creo que así era. Por los gritos que el público les dedica, se que son los preferidos de este año. Bajo mis expectativas, Peeta y yo no somos competencia con esos dos. Los del 7 están ridículos vestidos de árboles. A la chica se la apostilla incomoda, enfurruñada. Sonrío. Yo también lo estaría en su situación.

—…Y que la suerte nos acompañe—finaliza su discurso el presidente. Los caballos dan media vuelta, retornando el camino a casa. Casi siento celos de los tributos del distrito 4. ¿Cómo podremos superarlos Peeta y yo?

Ya en nuestro compartimiento, me saco de un tirón el ajustado vestido negro y largo. La cola del vestido se enreda con mis tacones, y trastabillo varias veces, con la tentativa de besar el suelo. Entro en la ducha, y borro todo residuo del día, entre ello, el maquillaje. Salgo con cuidado de la ducha, ya que el piso ha sido lustrado hace menos de una hora. Casi pierdo el equilibrio al llegar a la puerta, salvándome de caerme al sostenerme del marco de la puerta.

-.-

—Ha sido una buena presentación, chicos—nos felicita Effie, sonriendo gigantemente entre sus dientes deslumbrantes—Si fuese por mí, les conseguiría patrocinadores. Claro, eso no depende de mí, sino de otros…—sus ojos viajan por todo el living, deteniéndose de improvisto en el corredor de los cuartos, del cual un arreglado Haymitch Abernathy surge de las tinieblas de la resaca—Que no quiero ni nombrar, que se llama Haymitch.

Instantáneamente Peeta y yo, explotamos en risas al escuchar semejante tontera de la boca de Effie. Al principio, no capta que nos reímos a costa suya, cosa en la que la risa bulliciosa de Haymitch no tarda en unirse a nosotros. Luego entiende, y nos reprocha. Dejo de reír, con el estomago doliente de tanto hacerlo.

Comemos en silencio, siendo observados por nuestro mentor. Tengo la tentación de hablar, encararlo. Algo en su mirada me dice que no lo haga. Obedecer al instinto no es malo, dicen.

Y es Peeta quien decide hablar por los dos.

—Haymitch—lo llama, el aludido alza la cabeza. La sombra de una sonrisa cruza sus labios, en ese rostro tan perdido como un tributo asustadizo. —Seré… directo contigo. ¿Nos ayudarás en la arena, o no?

Sus manos se mueven rápidamente cerca del cuchillo. La sola idea de que empuñe el cuchillo…

—Si le vas hacer daño, primero pasa por encima mío—le advierto. Aleja la mano del cuchillo, tal como si hubiese recibido una descarga eléctrica.

—Mira, niña. Solo iba a cortar la carne. ¿Por qué les haría daño?

Peeta y yo intercambiamos una pequeña mirada, intentando averiguar que está tratando de decir.

Y de nuevo toma el cuchillo, y definitivamente, corta la carne. Por ahí no miente…

Me siento de nuevo en mi lugar, Peeta también.

—Bien. Entonces te creo que no nos mataras—digo, alzando la voz autoritariamente— ¿Y? ¿Cuál será nuestra estrategia en los Juegos?

Me mira como si fuese lo más obvio del mundo lo que tengo que saber. Frunzo el ceño, no estoy de humor para incógnitas.

—Es obvio—contesta, masticando— ¿Ustedes no son pareja?

—Sí, pero…

— ¡Ahí está la clave! —joder, sigo sin entender. —Su historia de amor será lo que los mantenga con vida.

El corazón me late aceleradamente. No puede estar hablando en serio.