N/A: Como cumplo mis promesas, he aquí el nuevo capítulo. ¡Gracias por leer!
— ¡Lo odioooo! —grito, sin poder contenerme y arrojando varias cosas contra la pared, que no tardan en estrellarse y hacerse añicos. — ¡Imbécil, voluble!
Mi ira crece en aumento, y prácticamente estallaré en cualquier momento, claro, si es que eso es posible. No encuentro razón para calmarme, ni siquiera Peeta puede lograrlo tratando de tranquilizarme desde el otro lado de la puerta.
—Katniss, abre, por favor. Sé que lo que dijo Haymitch está mal, pero tampoco para tan…—en este preciso momento, un vaso impacta contra la pared, que queda manchada de un raro color verde. Las palmas de las manos me pican, y descubro que tengo varios cortes que sangran a borbotones— ¡¿Katniss, estás bien?!
—Eso no te interesa, Peeta—contesto, frotándome las palmas de las manos que duelen como mil demonios—Quiero estar sola, si no es mucha molestia.
—Pero…
— ¡Que quiero estar sola, joder! —repito rugiendo.
Se lo oye alejarse por el corredor del pasillo. Me apoyo contra la puerta, meditando sobre lo dicho por Haymitch. "Que nuestra estrategia será nuestro amor". Ay, dioses. Esta loco ese hombre. Lo que siento por Peeta es real, y no pienso usarlo como una estrategia. Si eso es lo que él cree…
Pero por otro lado esta Peeta, que se muestra conforme con el plan. Me ama de verdad. Nos amamos. Entonces… ¿Qué es lo que me preocupa tanto?
Los últimos rayos del sol del atardecer se filtran por mi ventana, tan brillantemente dorado. Supongo que es artificial, igual que todas las cosas de aquí. Una ciudad falsa, minada de riqueza, derroches y extravagancias; mientras nosotros, los ciudadanos olvidados de los distritos pobres, tratamos de sobrevivir día a día, hundidos en las cenizas del olvido y la miseria del hambre. Es asquerosamente injusto…
Mis manos urgen de ayuda de inmediato, a que sí me trago el orgullo, y toco los botones rojos que están indicados en la pared como "Emergencias". En menos de un segundo, un avox entra con un botiquín de primeros auxilios en la mano. Aguanto el ardor cuando me desinfecta las heridas con un líquido amarillo. Luego cose las heridas, y finaliza su trabajo pasándome un rayo laser en las palmas de las manos. Sale en silencio como un fantasma, y yo me quedo sentada a los pies de la cama, buscando la mejor excusa para justificarle a Peeta mis manos lastimadas.
En eso estoy al verlo entrar.
_._
No me quedo más remedio que escuchar los reproches de Peeta. Que estaba mal lo que hice, que debí hablarlo con él y no meditarlo sola. Sólo asentí con la cabeza, corriéndome los mechones de cabello que me caían sobre el rostro. Un beso concluyó el mal momento, y quedo todo perdonado.
— ¿Quieres que te pase la lanza? —los ojos de Peeta se pasean por toda la sala del Centro de Entrenamiento, ofreciéndome la lanza en mano.
—No, yo voy a por el…
—Por el arco, no—dice con dureza. ¿Por qué le interesa tanto si quiero practicar con el estúpido arco o no? Ruedo los ojos y finalmente, acepto la lanza.
Diviso mi objetivo, un marfileño maniquí hecho minuciosamente (hasta los últimos detalles) con forma humana. Calculo mentalmente la distancia a la que me encuentro, menos de siete metros. Cojo con fuerza la lanza, me impulso hacia atrás y dejo volar la lanza. Apenas rozó el costado del maniquí. Agh, ¡Qué asco! Será mejor intentar en un puesto que no requiera de mis habilidades físicas, sino mentales…
El puesto de identificación de plantas venenosas se me da bien, absolutamente bien. Como ya tengo experiencia con las hierbas del bosque del doce, es fácil. El entrenador del puesto me felicita, alentándome a visitarlo los siguientes días. Bueno, no creo que dos días alcancen para tanto, pero sopesándolo bien…no es mala idea.
Dan las doce y punto en el reloj digital colocado encima de la entrada, y todos nos reunimos en una gran mesa para almorzar. Es una mesa larguísima, donde cabria toda la población de la Veta, y porque no, del distrito 12 también. La mayoría de los tributos se sientan solos, apartando la vista de todo, menos del alimento que tienen delante de sus narices, comiendo desesperados. Las únicas excepciones somos Peeta y yo, y los profesionales, sentados al inicio de la mesa blanca etérea. Su bullicio es lo que se destaca por encima del silencio sepulcral de los tributos restantes, incluyéndonos a nosotros. Lo único que se me antoja extraño, es que los profesionales del 4 se sienten juntos, separados del grupo que conforman los tributos del 1 y el 2.
— ¿No se te hace raro? —pregunta Peeta, siguiendo el trayecto de mi mirada—Se suponen que son profesionales, ¿no?
Esbozo una sonrisa, y alargo mi mano por encima de la mesa, tomando la suya, que es cálida, grande y fuerte.
—Quizás sean… diferentes, no sé—jugueteo con sus níveos dedos, cavilando sobre cuál será la estrategia de esos dos del cuatro—Es mejor no acercarse a ellos.
— ¿Tu dices? —sus ojos adquieren ese destello propio de la curiosidad, recordándome a la mirada de un niño pequeño.
—Sí, esto eh… Oh, no. No mires Peeta—susurro al notar que nos están observando. Mi chico del pan se permite sonreír y yo siento que me derrito, su sonrisa es lo segundo más encantador luego de sus ojos. La tentación de besarlo cruza mi mente, y me arrepiento al último minuto. No es aconsejable darnos a conocer al público de esa manera, aunque por nuestras manos entrelazadas no es difícil deducirlo.
El resto del día transcurre sin novedad. Al caer el crepúsculo, Effie baja a escoltarnos de nuevo a nuestro compartimiento. Su peluca dorada y el vestido a cuadros de distintos colores, sumado a esto los finos tacones de cristal, contrastan notablemente con mi ropa deportiva negra y roja. Las puertas del ascensor se abren, y Haymitch solicita nuestra presencia en el living inmediatamente. Peeta y yo lo seguimos, obedientes.
Aparto una silla para mí, Peeta se acomoda a mi lado. Nuestras manos unidas por debajo de la mesa me desconectan del ambiente por… no lo sé… ¿Años luz?
—Verán, niños—habla Haymitch, sorprendentemente sobrio—Ya saben cuál es su estrategia, ¿No? —afirmamos al unísono—Bien, jóvenes… No se demostraran afecto públicamente. Esperaran a las entrevistas. ¿Entienden?
—Sí—contestamos de nuevo. La mano de Peeta se refuerza en derredor de la mía. Le dedico una mirada de comprensión, alentándolo a calmar sus nervios. Unas pequeñas gotas de sudor impregnan su frente pálida.
—No daría buena imagen que se muestren afectuosos ante los tributos—prosigue el mentor, más serio que nunca. —Los celos de su parte ganarían partida. Mejor no ganarse enemigos antes del inicio de los Juegos.
El ambiente queda mudo. Los pasos de Effie provenientes del corredor nos llegan a los oídos, causa de que se puede oír, si agudizo el oído, las actividades desarrolladas en el piso superior.
Los avox irrumpen con la cena, principalmente basada en todo tipo de carnes y ensaladas. Mi apetito reclama atención, e introduzco en mi boca alimento sin orden ni concierto. Detengo mi saciedad de hambre al cuarto bocado, ya que la bilis amenaza con subir por mi garganta.
La pantalla se enciende, y las imágenes de las próximas entrevistas abarcan el gran televisor. Un escalofrío me estremece de pies a cabeza al imaginarme de pie en el gran escenario, actuando esforzadamente ante las cámaras, contemplando los rostros excesivamente maquillados de los capitolinos, que expectantes, esperan nuestro turno para vernos morir en pantalla.
-.-
La gruesa pijama de lana, hace de soporte al frío del aire acondicionado encendido en mi habitación. Es en vano buscar el control de esa cosa, sobre todo porque lo manejan desde quien sabe dónde. Me arropo con las frazadas, intentando atraer al sueño. Tarea imposible. La presencia de Peeta es entrañable, y al verlo entrar creo en los milagros.
Se acuesta a mi lado, acariciando con delicadeza mi rostro. Grabo para siempre la sensación de su mano sobre mi piel, añorando tiempos mejores. Sus labios se unen con los míos, y saboreo con la lengua su labio inferior, aferrándome a sus cabellos dorados. Me libero de sus besos, dolorosamente triste de hacerlo. Lo necesito.
—Es como si hubiesen trascurrido siglos desde la última vez que nos permitimos un momento juntos—musita Peeta, trazando las líneas de mi mano con su dedo índice, provocándome ligeras cosquillas.
Ahogo un suspiro, y respondo, abrazada por la paz:
—Si para ti fueron siglos… a mí se antojo una eternidad.
Los ojos celestiales de Peeta se clavan en mí, y con voz clara y angelical, dice:
—Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir y por vos muero—Son tan hermosas sus palabras, profundas, envueltas en pasión e intensidad, que las lagrimas brotan de mis ojos. Limpia con sus dedos mi aguacero, riendo musicalmente—No es de mi autoría. Digo, yo no lo escribí. Ojala lo hubiese hecho, es de Garcilaso.
—Y tú—inquiero, incorporándome sobre el codo— ¿De dónde sacaste eso?
—Effie me dio acceso a la biblioteca virtual del Capitolio. Bueno, es una página pública.
— ¿Y desde cuando te interesan los poemas? —sigo cuestionando.
—Desde ahora—replica, aun con los labios curvados.
Las nubes del sueño se adueñan de mi cuerpo, y lo último que hago antes de entregarme a los brazos de Morfeo, es presionar mis labios contra la rosada boca de Peeta.
