#N/A: Aquí el nuevo capítulo, que lo disfruten y buen fin de semana.
Hoy es el día más temido. Sí, sí señores… ¡Es el día de la sesión privada con los vigilantes! No sé qué hacer, bueno… esta el arco, claro. Pero… ¿Eso será suficiente para satisfacer sus exigencias? No lo sé.
—…Bueno, también están las trampas. ¿Sabes hacer buenas trampas, no? —dice Peeta, con esa expresión curiosa tan característica de él.
—No, el de las trampas es Gale—respondo, arrepintiéndome al instante de haberlo nombrado. Ay, Gale, Gale…. ¡como me haces falta! Tú me aconsejarías en estos momentos.
El semblante de Peeta cambia, y en él reina el desprecio hacia Gale, que aunque disfrazado, es difícil no evidenciar.
—Bueno, pensé que eras tú—replica, frotándose las manos. Suelta un bufido y observa alrededor nuestro, donde los demás tributos esperan su turno para entrar. —En fin… has todo lo posible, ¿Si? No te desalientes.
—Claro, lo intentaré—ni yo misma creo en mis palabras, suenan tan resignadas. —Suerte para ti también.
—Gracias, Katniss.
Uno por uno son llamados los tributos, entrando a su suerte. Al salir del Centro de Entrenamiento, muecas de inseguridad y miedo se reflejan en los rostros de los tributos de distritos pobres. En cambio, los profesionales se muestran triunfantes de sus actos, sean cuales sean.
"Señorita Katniss Everdeen, tributo femenino del distrito 12, puede pasar"anuncia una voz masculina proveniente del intercomunicador, ubicado en la esquina del pequeño cuarto.
Le doy un nervioso apretón de manos a Peeta, que asiente levemente, y me enfrento a una parte crucial de Los Juegos del Hambre, atravesando la puerta del Centro de Entrenamiento.
-.-
No lo dudo ni un segundo y tomo el arco. Tenso la cuerda, coloco la flecha y la dejo volar directo al blanco, un muñeco. Impacta en su cabeza, y sonrío satisfecha ante mi buena puntería. Me apresuro en armar una trampa, rememorando con parsimonia la técnica utilizada por Gale. Rápidamente, un conejo de plástico cae dentro de ella. Miro hacia arriba, donde los Vigilantes ni siquiera se toman la molestia de mirarme, comiendo desmesuradamente y emborrachándose hasta la médula. Ahogo la rabia que amenaza con subir a la superficie y arruinarlo todo. No pregunto si me puedo retirar y lo hago.
Al salir me espera Peeta. Me pregunta que tal me fue. No contesto nada y entro directa al ascensor.
-.-
— ¿Qué tal te ha ido en la sesión privada, Mellark? —las larguísimas pestañas de Effie traspasan a Peeta que, cabizbajo, se tarda en responder. Me dedica una mirada, como si estuviese pidiéndome permiso para hablar. Ruedo los ojos y se decide a hacerlo.
—Ehh…—carraspea—Bien, sí. Creo. En cuanto a Katniss…
Ay, demonios. ¡Ya tenía que meterme a mí! ¿Por qué demonios lo hace? Lo amo, mas hay veces que quisiera matarlo.
Y Effie transfiere la misma pregunta a mi dirección.
—No lo sé—manifiesto de mala gana. — ¿Es que acaso te interesa?
— ¡Pero Katniss! —me reprocha Effie.
Genial, ahora tengo que darle explicaciones precisas a mi escolta. ¡Como si no tuviese demasiado con los malditos Juegos del Hambre!
Suelto los cubiertos, arrojándolos sobre la mesa con desprecio. Peeta me sigue por detrás mientras me dirijo a mi habitación. Le cierro la puerta en la cara, oyendo impaciente sus suplicas.
-.-
Finalmente, la noche llega. Siento los párpados cerrarse, despidiéndose del día culmine. Al despertar, estoy en casa.
—¡Katniss! —grita Prim, corriendo hacia mí. Abro los brazos, estrechándola fuertemente. Arreglo sus trenzas casi deshechas, y le pregunto por mamá.
—No está—sus ojitos claros ocultan algo, lo sé. Me apresuro a cuestionar sobre el asunto. —Katniss… es… difícil de decir.
— ¿Qué es tan difícil de decir? —contradigo, dejándome caer en el destartalado sofá del living.
Se muerde el labio inferior, sus ojitos se ensombrecen de tristeza. Duele verla así.
—Por favor—insisto, acercándome a ella. Las lágrimas desbordan de sus ojos, e entreabriendo los labios, confiesa:
—Peeta murió. ¿Es que no lo has visto? Fue esta mañana. Ahora mamá está en la casa de su…
El mundo se torna borroso, pesado. No. No puede… no puede ser verdad. Señala el televisor, que permanece encendido, y lo veo todo: Peeta es atravesado por una lanza.
¡Noooooooooo!
-.-
—Tranquila, Katniss. Shh, ya estoy aquí, para de llorar. Mira, te llevaré a un lugar donde estarás tranquila…
—Es que te vi, estabas en el campo de batalla…
—Fue un mal sueño, amor. Todo paso, ¿sí? Nada me sucedió, mírame, estoy bien. —Se pone en pie, dando un pequeño giro con los brazos abiertos. —Perfectamente bien. Ven conmigo, te enseñaré algo que te encantará — dándome un tirón de manos, me incorpora de la cama y salgo arrastrada fuera.
Pasamos por el largo corredor y nos detenemos frente a la última puerta del pasillo. La empuja y me invita a subir por la escalerilla. Obedezco, y la potente luz de las calles capitolinas me pega de lleno en el rostro. Parpadeo varias veces y me acerco al borde. Mis pies están a punto de tocar el límite y los brazos de Peeta me empujan para atrás.
— ¿Qué…que pasa? —logro articular, con los latidos acelerados a causa de la sorpresa.
—Esto—extiende su mano al borde, un leve chasquido se produce y trastrabilla atrás.
— ¿Eso es…?
—Una especie de campo de fuerza, algo así—su mirada se endurece, pensativo. —Justamente, esa es la razón por la que te aparte tan bruscamente.
—Gracias, Peeta. En fin… cambiemos de tema. ¿Para qué me trajiste aquí?
—Bien, querida Kat—susurra, cercándome juguetonamente. Sus manos se posicionan en mi cintura, atrayéndome contra sí. El calor en mis mejillas es incómodo. —La intención es que veas la… "maravilloso" vista nocturna del Capitolio. Ojo, pero no te acerques demasiado.
—Está bien, amado Pet. Mi seguridad vale de tu protección. —digo, apoyando mis manos sobre sus hombros. — ¿Qué tal si me mantienes a resguardo?
—Por supuesto, mi señora. —Sus labios se curvan, dándole esa expresión tan perfecta. —No se despegue de mí, que yo la guío.
Dicho esto, poco a poco nos acercamos al borde de la terraza, abrazados. Bajo nuestros pies, una fiesta espectacular se desarrolla. Entre tanto colorinche, es difícil distinguir si se trata de personas o adornos.
Retorno mi mirada a los azules de sus ojos, y devolviéndole el gesto lo beso. El calor de sus labios me aseguran que él está a salvo, aquí, conmigo. Y lo estará mientras yo permanezca con vida.
