Sesenta segundos. Sesenta estúpidos segundos que significan la diferencia entre la vida y la muerte. Inevitable muerte si saltas antes de tiempo, obvia si no formulas tu estrategia al momento de saltar.

¿Qué hare? No tengo nada en mente. Esta jodidamente en blanco. Diablos, necesito pensar urgente. Cualquier cosa, pequeña e insignificante que logre salvarnos la vida. Lo primordial es hacerme con un arco, un cargado carcaj de flechas por si las moscas, y algo que mordisquear aunque sea unos días más.

Peeta se encargara de recolectar frutos, lo que sea. En nuestro corto tiempo en casa, le enseñe como realizar dicha tarea. Solo espero que los malvados de los Vigilantes no nos pongan una manzana roja, hermosa y reluciente colgando de un árbol, y que al primer bocado caigamos muertos tras un envenenamiento rápido e indoloro.

O quizás me arda la boca del estomago, y sienta pudrirse la sangre en mi interior.

¿Y que interesa eso? Total, ya estoy metida hasta las narices en los Juegos.

Veinte. Veinte jodidos segundos. Diviso un arco del lado derecho de la dorada Cornucopia, un cuerno curvo que contiene lo necesario para sobrevivir al campo de batalla. Armas, de todo tipo. Comida, carpas altamente equipadas, espesos líquidos que dejarían babeando a tu enemigo en cuestión de nada en el suelo… uno de esos no nos vendría mal. Vaya forma sutil de asesinar, sin dejar rastros, ni sangre en las manos.

Ojala Prim no me vea matar. Mamá deberá apartarla del televisor al momento de hacerlo. No creo poder mirarla a la cara de la misma manera si lo hago. Si logro regresar. Por ahora, el plan es salvar a Peeta. Por él vale la pena esto.

El chaparrón cesa y las espesas nubes grises se despejan. Un sol esplendido arranca destellos al cuerno, cegando momentáneamente a los que más cercanos se encuentran a ella. Peeta se ataja del astro rey cubriéndose el rostro, alzando el brazo derecho. ¡Y lo ubico al fin! Es un alivio haberlo ubicado. Cuando suene la estúpida alarma que dará inicio a la batalla, correré a su dirección y lo arrastrare al bosque. No escuchare sus suplicas tontas de luchar.

Y debo…

¡GONG!

Salto precipitadamente de mi plataforma, agitada en plena carrera. ¿Qué hago? ¿Qué hago? Adonde…¿Adónde voy?

El bosque detrás de la Cornucopia me invita a entrar. Mis pies me arrastran allí, pero mi corazón habla y me recuerda que Peeta tiene que acompañarme. Sin él, no hay propósito. No hay dirección. Sin él no hay vida.

Atontada, retorno el camino al inicio del Juego. Los profesionales se han hecho de buenas armas, y atacan a diestra y siniestra. Los menos afortunados, intentan escapar, pero las armas de los depredadores los alcanzan antes de que estos logren su objetivo. La cabeza de un chico cercano a mí rueda, cayendo a mis pies.

Su cabeza.

Lo degollaron.

Su cabeza.

Su cabeza a mis pies.

—¡Katniss!

Una mueca de horror profundo se dibuja en el rostro muerto. Te transmite la misma sensación que sintió, un laberinto de terror sin salida, sin rescate. No…

«¡Katniss, reacciona!. Muévete. Idiota, el monstruo del distrito dos se acerca a ti, sangrando de pies a cabeza. ¿Lo notas? No es suya. El mazo que aprieta fuertemente en la mano te aplastara la cabeza. O te la cortara. ¡Carajos! Yo también moriré si no reaccionas, maldita sea, has algo. »

Hacer algo. Obedecer a mi mente. O moriré…

Y soy arrastrada salvajemente a la espesura del bosque, impotente ante el terror.

Soy una cabeza muerta.

-.-

"Muerta, muerta, muerta…"

Las palabras resuenan a mi alrededor. No puedo hablar, no puedo moverme. ¡No puedo abrir los ojos! Permanezco encerrada dentro de las tinieblas que me ofrecen la nada misma.

¿Asi es la muerte? ¿Asi de inmóvil? Una especie de anestecia. En la que no puedes ser, en la que no puedes demostrar que vives. Morí. Tan fácil, tan idiota. Sin dar lucha. ¿Qué clase de Katniss soy? Fracase estrepitosamente. No pude salvarlo, falleci y Peeta se quedo solo.

Solo y desprotegido.

Mejor. Es mejor que este muerte, porque asi será fácil odiarme. Me prometi a mi misma que lo haría, que batallaría con empeño. Y tontamente vine a caer al limbo.

Merecía morir, por imbécil.

"¡Despiértate, por favor! Eres fuerte. Tu eres valiente. Eres Katniss Everdeen, la valiente cazadora, la que no teme a nada. ¡Vence esa barrera! No quiero que te suceda lo mismo que a ella. No quiero perderte de esa manera. "

Inclusive aquí, en el Purgatorio, oigo la voz de la persona que amo en el mundo. Impregnada en desesperación, rogándome que vuelva. ¿Cómo responderle que es imposible? Una vez que se muere, no se regresa. No soy un vampiro, o un mágico hechicero para revivirme. ¡No soy Jesús! ¡Desearía poseer las fuerzas suficientes, y romper el muro del abismo!

Prim y mi madre. Gale. ¡Madge! Ellos, llorando ahora mismo. El dolor de la pequeña y dulce Prim derramando lagrimas por mí. Mamá, la frágil y débil que se alejara a la tierra de la depresión. Gale, mi incondicional compañero de caza. Que solitario sonara el bosque sin los dos. Madge, mi timida compañera de colegio. Casi una amiga. ¿Por qué nunca me atrevi a formularlo en voz alta? Pedirle que seamos amigas.

Peeta es el que sufrirá. Se despreciara por faltarme. No… no fue su culpa. Si me dieran un segundo, subiría al suelo terrenal y le diría que nada de esto es consecuencia de sus actos. Que yo misma me busque la muerte.

Que fría y solitaria se siente la eternidad.

-.-

—Bebe. Es poco, pero conseguiré más y así…

La expresión demacrada de Peeta hace que se me salte el corazón en el pecho. Los bellos ojos azules, parecen hundidos en pura melancolía. No durmió hace días, y esas pupilas de lapislázuli se iluminan al verme contemplarlo.

No lo duda y sella sus labios con los míos. Saboreo su beso, acongojada al tenerlo lejos de mi por tanto tiempo. Lo aprieto contra mí, que me llene la calidez de su cuerpo junto al mío, que me aferren a la vida. Que sean mi balsa en este océano de agonía, de miedo. Que me sostengan si el abismo me reclama de nuevo, que me mantenga alejada de la oscuridad. No regresare a ella. Claro que no.

Cuando sus labios me liberan, me tambaleo tontamente. Suerte que me sostiene. Él, salvándome de la nada misma.

—Te escuche. Te juro que intente nadar, pero la eternidad era tan profunda que me ahogaba. Te quiero. Te amo. Te amo, te amo. Nunca te abandonare- digo, trazando el contorno de su cara. Deposito un beso rápido en su mentón, urgido del roce de sus manos sobre mi piel, que me indiquen que lo tengo, que no es un sueño. Que nadie, absolutamente nadie en esta vida podrá quitármelo.

Y Peeta corresponde a mi necesidad, delineando el camino de mi cuerpo, recorriendo con sus dedos la fina piel del cuello, y terminando en la curva de mi cintura, provocándome ligeras cosquillas, tan agradables como extrañas. Nunca las sentí con tanta precisión, plenamente.

Y la respuesta llega, cargada en tanta necesidad al igual que yo, acariciando con su boca mi frente, mi nariz, mi mentón, y finalmente, mis labios.

—Te prometo que saldremos de esto- susurra a mi oído, enganchando sus manos a mi cintura. —Y si mi vida es el alto precio a pagar, no lo dudes. lo haré por ti.

¿Morira en mi lugar? No me da tiempo a replicar, y de nuevo me pierde en él, la febril marea de sus labios, de su amor, de él mismo.

De Peeta.


N/A: Les debo una disculpa enorme, gigante como el país de Panem. Perdónenme por tardar tanto en actualizar. Termine el secundario (¡Al fin!) y se armo todo un lío con esto de los estudios terciarios. Hubo una tormenta de confusión, de la cual pude salir ilesa, y aquí estoy. Se que merezco miles de reproches al tardar tanto. Espero poder haber cumplido sus expectativas en este capitulo que empieza y termina medio raro, quizás no hubo mucha acción, pero en el próximo capitulo habrá mas. Y quizás, el amor deberá debatirse entre los Juegos y la supervivencia.

¡Saludos!