Los veo ahí, apilados uno al lado de otro, todos con la misma expresión sonriente y el aspecto estrafalario que ofrecen aquí.

Y sé que esperan algo de nosotros, eso que tenemos planeado desde hace días. Me acomodo en mi asiento, lista para hablar, sintiendo cómo el sudor de mis manos mancha el delicado vestido de seda que cubre la desnudez del cuerpo.

Sé que estoy perfecta. Arnold se ha encargado personalmente de que lo esté. Y Peeta, que permanece paciente en un asiento ladino al mío también. Ambos somos guapos. Ambos seremos admirados, deseados.

Lo sé. Él lo sabe de igual manera.

Con un gesto le indico que ya es hora, y él se pone de pie. Lentamente deja caer una rodilla al suelo, luego la otra. Sus ojos de lapislázuli parecen hablar por sí solos.

—Perdóname Katniss, pero no puedo ocultarlo más- dice, en una expresión de infinita melancolía, las cejas elevadas, los ojos vidriosos-. Ellos deben saberlo. Deben estar conscientes de que nos amamos.

Ahora mira al público, suplicante, delirante.

— ¡No puedo dejarla que muera!- grita, alzando los brazos al cielo. Pero al girar de cara a mí, sonríe de forma perversa.

Extraña.

Burlista.

Y lo confiesa. Confiesa nuestro plan, acompañando las risas de los capitolinos, observándome amenazante a mí.

—Perdiste Katniss. Es hora de morir.

Antes de que pueda siquiera reaccionar, el cuchillo que saca de entre los bolsillos de su chaqueta se clava profundamente en mi corazón.

-.-

Sinsajos. Es lo primero que escucho al despertar.

El sueño se sintió tan real… es que en parte lo fue. La puesta en escena de Mellark, arrodillándose a mi lado, después dirigiéndose a la gente. Pero lo del cuchillo… no, definitivamente jamás lo haría.

«Ay, Katniss. ¿No entiendes que estas en los Juegos del Hambre? Las cosas pasan. ».

De nuevo esa vocecita siniestra en mi cabeza. La oí en la Cornucopia. Instinto les llaman algunos. Volverse loco le digo yo. Supongo que así comenzó la pobre Annie Odair.

Examino el ambiente en derredor, en busca de posibles enemigos. A simple vista, es un bosque, tan parecido al de casa. Excepto eso que se alza imponente, aquella mole gigante nevada encima de nosotros… una montaña al norte del estadio.

—Al fin despertaste. Temí porque te hayas quedado en shock otra vez.-.

Peeta, que apareció de la nada, trae consigo un buen puñado de bayas. Se me hace la boca agua con sólo admirarlas. En mi torpe huida de la Cornucopia, no logre tomar ni un mísero alfiler. Muchos menos alimentos. Que torpe fui.

Estiro mis dedos, y cuando estoy a punto de llevarme una baya a la boca, recuerdo algo.

"No Katniss. Éstas nunca. Caerías muerta antes de que lleguen al estómago". Alarmada, las tiro al pasto. Mi chico del pan no se percata de ello, por lo cual, envuelta en pánico, de un manotazo desecho el puñado de frutos que está a punto de devorar.

Él frunce el ceño, molesto.

— ¿Por qué…

—Si comes eso, morirás. No son bayas comunes- le explico, refregándome la cara de sueño.- Mi padre me conto que son jaulas de la noche. Envenenadas.

Pasa un brazo por mi cintura, depositando un beso en mi frente.

—Oh, perdón, no lo sabía- responde, jugueteando con los mechones suelto de mi pelo despeinado- Juro que jamás volveré a rondar sin ti a mi lado.

—Suena como una canción-. Me dejo perder en sus labios acariciando en mi boca. No pienso en nada, hasta que mi estomago suelta una queja de hambre. Me deshago del abrazo, sintiéndome acalorada.

Quiero explorar el bosque. Quizás, milagrosamente, encontremos un arma desperdigada en el suelo, que un tributo asustadizo perdió…

Nos ponemos en marcha, abandonando el pequeño claro donde descansamos desde el inicio. Verdor y mas verdor se abre en frente, en arboles tan altos que escalarlos me dejarían agotada. Debería intentarlo, entonces noto que Peeta no sabe hacerlo. Y yo me sobreviviría segura con un cuchillo en la mano. Pues mi estomago va vacio, la garganta seca me raspa… agua y comida. Es lo que necesitamos urgentemente.

¿Es que acaso no ofrecimos suficiente amor en dos días? No fue mi intención entrar en estado catatónico. Si de mi dependiese, hubiese cogido cualquier cosa en el baño de sangre, y ahora no careceríamos de lo fundamental.

-.-

¿Haymitch será consciente de lo desesperados que estamos? Es lo que me pregunto al caer la tarde, jadeante en el camino. Creí que la dichosa montaña se encontraba cerca, pero se aleja conforme nos acercamos. ¿No será un truco de los Vigilantes? La mueven inalcanzable, imposible, manteniéndonos a una distancia prudencial de la principal fuente de agua en el estadio.

— ¿Podemos parar ya?- consulta Peeta, pasándose una mano en sus rizos empapados en sudor.

—…Sí-.

Él se deja caer contra el árbol, suspirando de puro cansancio. Lo sigo, entrecerrando los párpados.

Y una red nos cae encima, dejándonos inmovilizados. Venimos directamente a la boca del lobo.

-.-

¡Los profesionales! El grandulón del dos, limpio de la sangre que lo empapaba la última vez que lo vi, sonríe peculiarmente. Desprende orgullo por cada uno de sus poros, le falta ponerse a bailar solamente.

En cambio, su compañera, que lleva el cabello cortado al raz, no demuestra contento alguno.

Ella me fulmina con la mirada.

— ¡Oh, vamos!- exclama la guapa niña del distrito joyero, acomodándose las hebras rubias detrás de la oreja-. Juguemos. ¿Tú qué opinas, Fred?

El tal Fred, alto, pálido y despeinado se acaricia el mentón, pensativo. Sus aliados esperan dicha respuesta, apretando las armas fieramente. La tributo del dos emana ansiedad pura pasando el dedo por el filo de la cuchilla que acuna en las manos.

Una minúscula gotita de sangre le escurre del dedo índice.

—Yo opino que- declara el larguirucho, desenfundando el puñal del cinto.- Me dejes a la chica. Voy a enseñarlo lo que es un verdadero hombre, a darle lo que su enamorado no le… satisface.

El sequito que lo acompaña explota en risas junto a él, que me desnuda con la mirada. Inmediatamente Peeta estalla de ira, sin darle lugar a las estupideces que dice.

— ¡Atrévete a tocarle un solo pelo y veras lo que soy capaz de hacer!- brama, removiéndose descontrolado de las anudas que lo atan a la corteza del grueso árbol.

— ¿Qué me harás, atado y todo?- replica burlón el idiota del uno, acercando peligrosamente la punta del puñal al blanco cuello de mi chico. -¿Seras capaz de salvarla? ¿Serás capaz de vencerme?

Avistar el puñal a punto de clavarse en la traquea de Peeta me enloquece. Me consume, me ciega. No hallo las palabras indicadas, aun así, logro articular lo que tanto desea agudizar.

— ¡Seré tuya!- proclamo, en una voz chillona, demente, urgida de una solución instantánea, que logre salvarnos, que logre rescatarlo a él. Por Peeta lo que sea, por Peeta vivo y he de morir mil veces más. -¡Hazme lo que anhelas!

Le agrada lo que vociferé. Porque libera la fina membrana del cuello de Peeta, asintiendo satisfecho.

La incertidumbre es lo que seguirá a continuación.

N/A: Actualizando próximamente. ¿Qué les ha parecido el capitulo? Momentos oscuros precederán a Katniss Everdeen y Peeta Mellark.