Llegó la hora de despedirse e irse a dormir. El Doctor no quería quedarse en la torre, necesitaba estar en su TARDIS, el único sitio ahora mismo donde estaba seguro. Sin embargo la reina no opinaba lo mismo.
- Tú no te vas a la TARDIS, te quedas aquí.
- Te doy mi palabra de Señor del Tiempo que no me iré.
- Ya me la diste, dijiste que ibas a volver pronto y no lo hiciste.
- Bueno si vale, sabes tuve algún que otro problemita con los daleks.
- Hubieras podido volver.
- ¿Vamos a seguir con esta discusión sin fin durante mucho tiempo?
- No.
- Entonces, buenas noches Elisabeth, Hasta mañana.- El Doctor se fue acompañado de sus amigas y volvió a la TARDIS para pasar la noche. Esta vez no se iría. No es que quisiera quedarse pero había dado su palabra a la reina que no lo haría y la ayudaría a encontrar quien la amenazaba de muerte.
- Doctor, dime francamente, ¿qué piensas hacer?
- No lo sé porque no sé por dónde empezar. Ahora me iré a dormir, estoy cansado, y vosotras también. Mañana nos espera un gran día. Hasta mañana.
- Buenas noches…
Se levantaron pronto y al abrir la puerta se encontraron con dos soldados.
- Gracias por cuidarnos pero sabemos hacerlo solos.
- Ordenes
- Si lo sé, de Elisabeth, le da miedo que me escape de nuevo. No hace falta que nos escolte. Conocemos el camino.- pero el guardia no lo escuchó y siguió escoltándolo hasta la entrada del castillo.- Muchas gracias, muy amable.- dijo con cierta ironía el señor del tiempo.
- Cariño, buenos días,
- Hola Elisabeth, Buenos días.
- ¿Has dormido bien? No entiendo que no te quedaras a dormir conmigo.
- Bueno, veras, es que no duermo bien si no es en la TARDIS.
- Ya veo. Ven a desayunar.-Apenas miró a Donna y Sarah Jane. Como si sintiera celos de ellas.
- Señoritas, nos vamos. Elisabeth, no salgas de aquí. Tu vida corre peligro y lo sabes. Te prometo que encontraré el culpable o los culpables. Dame por favor las cartas, las voy a necesitar.- Una vez con ellas, El Doctor se fue a la TARDIS y analizo el papel. Vio que en todas ellas se podía ver a la luz de una vela, un escudo que correspondía a quien lo había pedido o a la tienda donde lo habían comprado. Preguntando averiguaron que era de una tienda a la cual fueron.
- Buenos días, soy el consejero espiritual de su majestad y me preguntaba si pudiera entregarme unas hojas como estas. Me gusta el tacto y para escribir con pluma me parecen perfectas.
- Lo siento pero ya no me quedan. Se las vendí a una persona que quiere permanecer anónima.
- Y me podría decir quien es esta persona.
- No, porque ella vino por orden de otra.
- Recuerde que soy el consejero espiritual de la reina.
- Curioso pero no sabía que la reina tuviera ahora un consejero.
- Si es algo nuevo. Se siente más tranquila referente a ciertos temas.- Donna y Sarah Jane que habían entrado en la tienda detrás del Doctor se miraban. Conocían a su amigo y sabían que tarde o temprano conseguiría el nombre de la persona que había comprado los pergaminos. Y con eso podría remontar hasta quien quería matar a la reina.
- Señor, le voy a tener que pedir de irse, no le puedo contestar y hay dos señoritas que están esperando para ser atendidas.
- No se preocupe por nosotras, tenemos toda la tarde, por favor atienda al caballero. Si fuera usted, conociendo Elisabeth como la conocemos, le contestaría. Seguramente que la reina de la agradecerá con algún título por servicios dados a la corona.- Donna, bajo la atenta mirada del Doctor, usaba de todos sus encantos para que el pobre dependiente diera la información.
- Orden de William Cecil.
- ¿El primer ministro?
- Si.
- ¿Fue el que encargó que una persona viniera a por los pergaminos?
- Si y por favor váyase. Si alguien pregunta lo negaré todo.
- Gracias de parte de la reina.-salieron y se fueron corriendo hasta la torre de Londres. Cuando entraron encontraron a la reina discutiendo animadamente con su principal asesor, William Cecil.
- Señor Cecil, un placer volver a verle. Me gustaría tener una pequeña conversación en privado con usted. Me permites Elisabeth.
- Si claro, adelante. ¿Pasa algo?
- Nada, nada importante. Temas de burocracia nada más. No te preocupes. Donna y Sarah Jane se quedaran contigo.-El Doctor seguido de Cecil entró en un pequeño cuarto al lado.
- Supongo que tendrá algo que decirme, ¿no?
- No entiendo.
- Su jueguecito para asesinar a la reina.
- Le prometo que no entiendo de que me habla.
- Dígalo delante de la reina. He averiguado que fue usted el que mandó comprar los pergaminos con los mensajes amenazando de muerte a la reina y sobre los cuales puso veneno. ¿Por qué?
- Le juro por Dios que no he hecho nada.
- No me gusta la gente que jura. Tengo todo el tiempo. No saldré de aquí hasta que me diga por qué tenía intención de asesinar a la reina. ¿Debo recordarle quién soy?
- No, no hace falta. Ya sé quién es usted.
- Perfecto si lo sabe. Le voy a volver a hacer una sola pregunta. ¿Por qué? El Doctor miró fijamente a Cecil hasta que el primer ministro no pudo más.
- Si soy yo, no puedo más de sus órdenes, de haz esto haz lo otro, ven aquí, vete de aquí. No tengo un solo día de descanso.
- Perdone pero no he visto que usted trabajase mucho.
- No hablo de trabajo. Es ella, es insoportable.
- ¿Y por eso quería matarla?
- Usted también lo piensa.
- ¿El qué?
- Que es insoportable.
- ¿Y por eso quiero matarla? Pues no. Tal vez mi relación con Elisabeth no sea la que ella hubiese querido que yo le diese pero jamás se me ha pasado por la cabeza querer matarla.-Abrió la puerta.-Guardias, por favor quedaros aquí mientras voy a avisar a la reina. Gracias.- El Doctor dejó a Cecil al cuidado de los dos guardias y se fue a ver a la reina.
- ¿Doctor, por qué estás serio?
- Elisabeth, no han sido los católicos, no tienen nada que ver. Ha sido Cecil. Acaba de admitirlo todo.
- No puede ser. Es mi más fiel consejero.
- Lo sé. Las apariencias engañan.
¿Te lo ha dicho el?
- Si al final lo ha admitido. He averiguado que fue el que había comprado el pergamino.
- ¿Y te ha dicho por qué?
- Si y no te va gustar.
- Dime, después de esto lo puedo escuchar todo.
- Eres insoportable y no lo dejas respirar.
- Pero si hace lo que le da la gana. Ni siquiera me pide mi opinión para hacer y deshacer algo. Supongo que al no haber testigo ahora lo negará todo.
- Soy señor del tiempo, soy el Doctor, recuérdalo. ¿Ves este aparato?
- Si, ¿Qué es?
- Digamos algo del futuro que permite guardar lo que uno dice y escucharlo de nuevo.
- ¿Es brujería?
- No. –El Doctor puso la grabadora en marcha y la reina paso por todos los estados al escuchar la confesión de William Cecil.
- Le voy a cortar la cabeza por traición. ¿Dónde está?-dijo enfurecida la reina levantándose y saliendo del salón.- Apártense por favor. – Entró y se encontró a Cecil llorando.- Te lo he dado todo, he confiado en ti, te he otorgado títulos nobiliarios que no hubiera otorgado a nadie, te he confiado mi vida. Y es así como me das las gracias.
- Lo siento Elisabeth. Perdóname.
- No me hables. No te he dado permiso para que lo hagas. Tengo tu confesión. No necesito más para llevarte a la torre y condenarte a tener la cabeza cortada por intento de asesinato. Guardias, lleváoslo. Adiós William. Mírame bien en la cara que es la última vez que la ves.
- Una última cosa antes de irme aunque no me escuches. Jamás tendrás descendencia y quien reinara será el hijo de Maria Estuardo. Adiós Elisabeth.-La reina ni lo miró mientras los guardias se lo llevaban hasta el día de su ejecución que tendría lugar a la mañana siguiente.
- Doctor, muchas gracias. Jamás hubiera imaginado que pudiera ser él. ¿Qué puedo ofrecerte?
- Lo sabes, Elisabeth.
- Ven conmigo a mi habitación.- El Doctor la siguió y la reina buscó el contrato de matrimonio que les unía. Lo cogió y mirando al Doctor lo rompió en pedazos que tiró al fuego.- ¿Satisfecho?
- Gracias Elisabeth. Eres una gran mujer, te tengo mucho aprecio pero no puedo ser tu marido y lo sabes.
- Doctor, ya que es la última vez que nos vemos, quédate un rato más.
- Me quedo pero seguro que nos volveremos a ver. En qué momento de mi vida o de la tuya no lo sé. ¿Después de esto? ¿antes?-Pasaron toda la noche hablando. La Reina Elisabeth no parecía la misma. Y llegó la hora de despedirse.
- Cuídate mucho Elisabeth.
- Tú también Doctor. Señoritas, gracias por todo. Si algún día vuelven a mi tiempo, por favor vengan a verme.
A lo lejos se oía un redoble de tambores, William Cecil acababa de morir. Elisabeth no se inmuto y se despidió de su ex marido el Doctor.
Unos minutos más tarde en la TARDIS viajando de nuevo al Londres de 2015.
- ¡Qué mujer!
- Sí, es increíble.
- Uy Doctor, no me digas que estás triste por dejarla.
- Un poco, si, lo admito.
- ¿Sigues siendo su marido?
- No desde ayer noche.
- ¿Contento?
Si.- Una hora más tarde llegaban casa de Donna donde iban a celebrar el cumpleaños de Wilfred.
