Disclaimer: Los personajes no son míos, son de la magnífica mente maestra de Stephenie Meyer, ama y señora de todos solo juego y me divierto un rato, la trama es totalmente mía.
Sumary: "Toda mi vida siempre tuve claro en lo que quería para mi futuro.
Pero nada está escrito, siempre hay alguien que cambia tus esquemas y te da nuevos sueños que te hacen olvidar por lo que has luchado.
¿Qué haces cuando los caminos del pasado y el presente se entrecruzan y acabas dándote cuenta de que has perdido tu verdadera esencia?"
.•°*"˜ƸӜƷ"*°•.•.ღ
Uno no sabe cuan cruel es la vida hasta que se está muriendo de sufrimiento.
El dolor que no se desahoga con lágrimas puede hacer que sean otros órganos los que lloren.
Tragedy
El brillo de los rayos del sol entrando por la ventana me despertó. Maldije, deseaba seguir durmiendo, pero no siempre puedes pedir todo en la vida. Abrí los ojos, estiré mis brazos y terminé mi rutina bostezando, el sueño seguía apoderándose de mí, las últimas semanas había estado sufriendo de lapsos de insomnio.
Cuando mi hermana Tanya me aseguró que lo mejor que podía pasarme era salir de casa a los dieciséis, no pude si no más que dudar de su cordura. Siempre supuse que debía ser su ejemplo, pero todos los días con sus acciones, iba comprendiendo que ella era más madura de lo que nos hizo creer por años.
Muchos pensamientos viajaban todo el día en mi cabeza atormentándome y robando mi sueño. Los últimos meses no habían sido muy buenos, mi matrimonio se estaba derrumbándose, pasábamos por una fuerte crisis matrimonial.
Tanya aseguraba que era algo normal después de tantos años de casados, claro que ella también hablaba de la posibilidad de que estuviera acostándose con alguna mujerzuela. Ella decía que Edward era lo suficientemente apuesto para levantar baja pasiones en cualquiera, y si no fuera mi hermana ya estaría sobre él.
Suspiré al recordar sus macabras teorías, a veces la sinceridad de Tanya lograba asustar a cualquiera. Pero debía admitir que una parte de todo aquello era cierto, por supuesto que no en todo pero sí en algunas cosas que lograban perturbar mi sueño.
Me giré un par de centímetros, él estaba acostado dándome la espalda. Una genuina sonrisa de alegría se escapó de mí, no podía evitarlo era una maravillosa visión de su hermoso cabello broncíneo. No deseaba despertarlo, suavemente deslice mis manos sobre su cuello subiendo por su mentón y haciendo una pausa en su mejilla, un fuerte impulso de besarle me invadió, pero había algo me lo impedía.
Edward comenzó a removerse entre las sabanas, quité rápidamente mi mano y salí de la habitación para no despertarlo.
Me apresuré hasta la cocina, de un momento a otro despertaría y quería tener el desayuno listo. Una quiche lorraine* acompañada de tocino y jugo de naranja estarían perfectos, en los últimos años, me había hecho el hábito de siempre tenerle el desayuno listo. No me di cuenta en que momento bajó por las escaleras para sentarse en la mesa de la cocina.
— ¡Bonjour!* — canturreé, mientras afanosamente le servía el desayuno.
Sólo se limitó a asentir, esta vez ni siquiera hizo el intento de sonreír como en otras ocasiones.
Me senté en la mesa dejando escapar un largo suspiro de frustración. Los minutos transcurrieron tranquilamente y en silencio, eso era algo que disfrutaba sobremanera, su compañía. Aunque él ya no me dijera nada. Me limité a sufrir en silencio, no tenía que hacerlo participe de lo que yo llamaba "mis preocupaciones y miedos tontos", pero en el fondo, no lograba entender su actitud.
Edward terminó su desayuno, había llegado la hora de despedirnos, me dolía sobremanera separarme de él, pero sabía que era necesario, debía irse al trabajo, tenía otras responsabilidades mucho más importantes.
Le acompañé hasta la puerta principal. No pude resistir por mucho más tiempo la distancia, rodeé su cintura con mis brazos, llenarme del calor de su cuerpo era una sensación inigualable. Posé mi oído en su corazón, escuchar los latidos de este le daba sentido a mi vida.
— ¡Te amo! —su silencio dolía y mucho. De mis labios se escapó un débil sollozo.
—Ya es tarde Isabella, me tengo que ir…Yo igual te amo nena— hasta ese momento no me percaté de que él acariciaba con una mano mis cabellos, tomó un mechón y lo colocó en su sitio.
Suspiré, a duras penas me separé de él. Lo miré a los ojos y por primera vez en varios días puede ver reflejado a mi Edward. A ese Edward del que me enamoré. Nos pedimos con un tierno beso en los labios, besó mi frente antes de despedirse y salió.
Le observé partir en su Corvette negro, un auto lujoso sí, pero no podía comparar el cariño que le tenía a su volvo. Ese mismo que me traía tantos recuerdos. Nuestros mejores años, nuestra primera cita, las que le siguieron, nuestra boda.
Pasamos por tanto, que aún me quedaba la esperanza de que esto solo fuera un obstáculo más a superar en nuestra relación.
Habían pasado dieciséis años desde que nos conocimos, demasiado tiempo como para tirarlo a la borda.
El sonido mi teléfono rompió mi burbuja de recuerdos que amenazaban con salir a la luz.
…
Agradecí a la muy amable secretaria de mi doctor, que me había recordado que tenía cita con él. Me apresuré para no llegar tarde.
Un taxi me esperaba en la entrada por lo que me apresuré. Antes de cerrar le di una última ojeada a la casa, tomé mi bolso y cerré la puerta.
No sabía lo que me esperaba, pero si sabía que llevaba días sintiéndome extraña, no deseaba pronunciar la palabra "mal", la vida me enseñó que mal siempre significaba algo desafortunado. Así que hice una cita con el médico, sin decirle a Edward, no quería que se preocupara sin ser necesario. No me percaté en que momento llegué a la clínica, bajé del taxi y me armé de todo el valor posible antes de entrar al hospital.
Entré en shock, todo a mi alrededor se detuvo, no podría explicar cómo es que llegué a la cocina de mi casa, lo único que recordaba con claridad eran las palabras del doctor.
Mi cuerpo temblaba débilmente, produciéndome un nudo en el estómago. No tenía idea de cómo decirle a Edward, nuestra vida estaba dando un giro de ciento ochenta grados, tendríamos muchas cosas en que pensar, muchas cosas que hacer, muchas otras que cambiar, el miedo de su reacción me atormentaba.
Mucho tiempo atrás dejamos de intentarlo, tras años de fallidos intentos y un diagnóstico de infertilidad, ambos decidimos que sí Dios lo había decidido así, pues no nos quedaba de otra que aceptar su voluntad.
Me parecía tan irreal estar esperándole para darle la noticia de que estaba embarazada. Mis manos viajaron involuntariamente a mi aún plano vientre.
¡No! ¡No me lo podía creer!, siempre pensé que era demasiado afortunada de tener a Edward en mi vida, que el destino no permitiría que fuera más feliz de lo que ya era, que era injusto que una persona fuera tan feliz y por eso no se me permitía tener hijos.
Ahora eso me sonaba tonto, ¿Cómo el destino se iba a ensañar tanto con una persona?, eso debía ser imposible, simples alucinaciones mías. Decidí zanjar el tema por el momento, quizá después pensaría sobre ello.
Me dediqué a cocinar, pero no requirió mayor esfuerzo. Terminé más rápido de lo que pensaba. Llevé las manos a mi rostro, cerré los ojos para luego abrirlos de golpe, caminé hasta la sala y me senté en el sofá.
Los minutos pasaron mientras estaba totalmente perdida en mis pensamientos. Miré el reloj, era increíble la manera en que el tiempo transcurre cuando estás en tu mundo, faltaba poco para que llegara mi esposo, era el momento de romper mi burbuja personal para afrontar la realidad.
Escuché el ruido de un auto estacionándose, corrí hasta la puerta y la abrí. Él estaba con la llave extendida para insertarla en la perilla.
Fue como recuperar el aire, por fin podía estar en paz, disfrutar de su presencia. Una sonrisa se dibujó en mi rostro, me lancé a sus brazos acurrucándome en su pecho. Me sentía segura, completa, feliz.
Me estiré varios centímetros para besar sus labios, sentí como su cuerpo se tensó, apenas los rozó en un intento de disfrazar su rechazo. Despacio y con delicadeza separó nuestros cuerpos.
—Tengo hambre Isabella—contestó a la duda que se reflejaba en mi rostro. —Serías tan amable de pedir que me sirvieran la cena. —Mis ojos se entristecieron por su comportamiento—. ¿Ahora qué? ¡Por el amor de Dios, no empieces Isabella! —gritó.
Mi rostro no pudo evitar reflejar tristeza, una tristeza contenida meses atrás.
Suspiré tratando de pasar el trago amargo, seguramente había tenido un día terrible, una justificación más a la ya de por sí muy larga lista. Respiré profundamente tratando de serenarme.
—Enseguida Edward, hoy yo hice la cena especialmente para ti, Raviolis rellenos de foie gras* —traté de sonreír para alivianar la situación, se podía sentir la tensión en la habitación, él me devolvió una pequeña sonrisa acto-reflejo de la mía.
La cena transcurrió en silencio, no quise romperlo ya que no sabía cómo darle la noticia. Agregando el hecho de que estaba enojada. Mis manos lo demostraban temblando vigorosamente, mi frente perlada de sudor, y para rematar tenía nauseas. Pero no debía dejarme dominar por la ira.
Suspiré frustrada, se lo debía decir pronto o colapsaría.
Cuando terminó de comer Edward se levantó sin decir una sola palabra y se fue a duchar. ¡Maldita sea! Su actitud comenzaba a hartarme.
Era ahora o nunca, relájate Bella me repetía una y otra vez, respiré profundamente en repetidas veces. Mientras se bañaba mi mente barajaba las distintas maneras para decirle.
"Mira Edward tengo algo que decirte, sabes seremos papás" Seguí en mi monologo interno, donde él me respondía súper emocionado y feliz por la noticia.
Jugueteaba con mis dedos en la puerta del baño. Un leve empujón me trajo a la realidad, cuando la puerta se abrió para darle paso a mi esposo.
—Edward, me gustaría contarte algo—de mi boca salió algo parecido a un murmullo apagado, estaba ansiosa, no tenía idea de cómo reaccionaría.
Se volteó hacia mí y me miró molesto.
—Isabella ¿qué no ves que estoy cansado?, mañana tengo mucho trabajo… ¿por qué no luego? —se llevó una mano a su rostro, estrujándolo.
A veces me sorprendía como sus ojos podían pasar de un remanso de paz a una furia frenética. Sus ojos reflejaban esa clase de ira que solo debes usar con aquello que atenta con tu familia, y no con esta.
—No son más de cinco minutos, y es muy importante, sé que estás cansado, si no fuera importante no te lo pediría. — un escozor picaba en mis ojos, las lágrimas resbalaban de impotencia y rabia. Por más que luché por retenerlas eran unas "malditas traicioneras".
Él solamente negó, no entendía el porqué de su molestia, se suponía que debía escucharme y no enojarse así como así.
Por mis mejillas caían gruesas gotas saladas.
—Edward, es que no te entiendo, últimamente has cambiado tanto. Tú no eras así— declaré.
— ¡No tengo ganas de discutir Isabella! —tomó lo primero que vio a su paso y lo arrojó contra la pared de la habitación.
Trate de disminuir la lejanía, puse mis manos en su pecho. Las tomó y me separó de él.
—Edward… —supliqué.
—Mejor me voy a dar una vuelta—cortó toda posibilidad de réplica de mi parte.
Salió como un energúmeno de la habitación, me quede ahí estática, no entendía el porqué de su reacción. No me dejó hablar, no escuchó razones, simplemente se fue.
Claro que no debía sorprenderme últimamente era así, claro que sabía que tenía problemas en el trabajo. Por eso intentaba mantener el nivel máximo de paciencia. Pero esta vez me superó.
Las horas pasaban, me sentía sola y triste, no tenía idea de cuánto tardaría en regresar, quizás una hora o más.
El viento golpeaba mi cuerpo mientras la entrada del porche era mi única compañía.
Tenía un resquicio de esperanza, quizá cuando regresara la feliz noticia le haría cambiar de actitud.
Pero mis fuerzas se fueron al diablo, las lágrimas que tanto luchaba con mantener a raya, en la soledad se hacían presentes.
Me solté a llorar como magdalena, así sin más sólo quería llorar y llorar, quizás se debía al embarazo, quizás no. Solo sabía que algo me oprimía el pecho, un dolor que nunca antes sentí, un dolor que mataba y me carcomía por dentro.
No tenía idea de que una pelea podría dejarme esta sensación tan amargamente dolorosa. Quizá me estaba volviendo loca. No sé cuánto tiempo había pasado ahí sentada llorando, sólo sé que era mucho. Los miedos comenzaban a hacerse presentes ¿Por qué demonios no venía?, el dolor volvió a oprimir mi pecho.
Sentí el celular vibrar en mi bolsillo, lo tomé, y contesté.
"Al fin" pensé.
— ¡Edward me tenías muy preocupada! — no le deje hablar, solo quería escuchar su voz.
—Disculpe, ¿con la señora Cullen?— un tono diferente de voz me alertó de que las cosas no pintaban bien.
—Sí, ella habla—un escalofrío recorrió mi columna vertebral.
—No sé cómo decirle esto señora, su esposo ha tenido un accidente vial.
¿Cómo un segundo puede cambiar toda tu vida? Veía mi mundo desboronare, las lágrimas se desbordaban por mis mejillas, las náuseas regresaron, un sudor frío perló mi frente.
Me vi caer en un abismo profundo y sin retorno.
—Necesitamos que venga cuanto antes al hospital, quizá sea la última vez que lo vea vivo. Realmente lo siento.
Respiré tratando de calmarme, algo realmente inútil en aquel momento.
¡No!, ¡No! ¡No podía estar pasando esto! ¡Maldita sea no!
—Voy para allá.
Fueron las únicas palabras cuerda que pude articular y mi cerebro logró procesar.
…
Quiche lorraine*Tarta salada, procedente de la gastronomía francesa.
Bonjor* Forma de saludo en francés. Buenos días, hola.
foie gras*: El foie gras (en francés 'hígado graso'), llamado a menudo «foie» en España, es un producto alimenticio hecho del hígado hipertrofiado de un pato o ganso que ha sido especialmente sobrealimentado. Según la ley francesa, se llama foie gras al hígado de un pato cebado por sonda (alimentación forzada con maíz), aunque, fuera de Francia, en ocasiones se produce foie gras utilizando la alimentación natural. Para la producción de foie gras se utilizan dichas aves acuáticas migratorias, puesto que disponen de una capacidad natural para acumular grasa en el hígado, sin enfermar, la cual posteriormente utilizan para sus largas migraciones.
