Countdown
Disclaimer: Los personajes no son míos, son de la magnífica mente maestra de Stephenie Meyer, ama y señora de todos ellos. Yo solo juego y me divierto un rato, la trama es totalmente mía.
Sumary: "Toda mi vida siempre tuve claro en lo que quería para mi futuro.
Pero nada está escrito, siempre hay alguien que cambia tus esquemas y te da nuevos sueños que te hacen olvidar por lo que has luchado.
¿Qué haces cuando los caminos del pasado y el presente se entrecruzan y acabas dándote cuenta de que has perdido tu verdadera esencia?"
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Ecl. 9:5, 10 "Los vivos están conscientes de que morirán; pero en cuanto a los muertos, ellos no están conscientes de nada en absoluto, ni tienen ya más salario, porque el recuerdo de ellos se ha olvidado. Todo lo que tu mano halle que hacer, hazlo con tu mismísimo poder, porque no hay trabajo ni formación de proyectos ni conocimiento ni sabiduría en el Seol, el lugar adonde estás yendo."
El dolor más desesperante es aquella sensación de que no quieres vivir para no morir.
...
El dolor es una sensación que muchos creemos conocer, pero en realidad pocos logramos soportar en toda su magnitud.
Desde que somos pequeños nos enseñan muchas cosas acerca de la vida: como comer, como caminar, como portarnos delante de invitados, nos enseñan hasta como vestir. Recuerdo una ocasión en que mamá luchaba corriendo detrás de mí para que me pusiera mis zapatos. O las guerras en la mesa a la hora de la comida. La familia te enseña muchas cosas, te prepara para superar obstáculos, para que cada día sea más fácil nuestra estancia por este mundo.
Pero ¿quién se preocupa por enseñarnos como sobrellevar el dolor?
¿Quién es el encargado de forjar tu carácter para que puedas soportar tempestades?, ¿quién está ahí cuando cientos de puñales clavándose uno a uno en lo más profundo de tu alma la desgarran, cuando el aire ya no llega a tu garganta y las palabras sean suspiros que se escapan? ¿Quién nos enseña, quién? Cuando lo des todo y ya nada sea igual, cuando tus ojos se pierdan y las lágrimas den todo, todo por un amor, entonces, sólo entonces sabrás lo que es dolor.
Gruesas lágrimas corrían desbocadas por mis mejillas, para entonces ya me ardían los ojos de tanto llorar, los oídos me zumbaban casi taladrando mi cabeza y mi estómago se negaba a retener mis alimentos.
Suspiré aunque más bien sonó como un quejido de dolor. Mi vida se había vuelto un caos.
No podía recordar como logré llegar al hospital, lo último que mi mente se empeñaba en traer a colación, era una difusa imagen en la que me veía ovillada en una esquina del porche, presionándome con ambos brazos el pecho tratando así de no romperme en mil pedazos.
Luchaba contra muchas emociones que golpeaban mi corazón y cordura. Pestañeé varias veces tratando de detener la caída de aquellas molestas lágrimas. Obligué a mis pulmones a desechar todo el aire que traían contenido. Aspiré con fuerza para llenarlos nuevamente. Dolía tanto, dolía respirar, dolía pensar, simplemente dolía existir.
Las puertas automáticas se abrieron de par en par invitándome a pasar. Mi cuerpo actuó como un autómata, entré lo más rápido que mi torpe cuerpo me permitió.
Lo primero que llamó mi atención fue lo lúgubre y elegante que era el lugar. La habitación destilaba una tristeza que calaba hasta los huesos.
Quería de ser posible alargar ese momento. Pero por más que lo intenté no pude lograrlo.
Caminé lentamente por un pasillo que me llevó hasta la recepción, ubicada apenas a unos cuantos metros de la entrada.
En el fondo había un recibidor —por dos segundos me maravillé de lo extraordinariamente observadora que podía llegar a ser con tal de no enfrentar mi realidad— detrás de una computadora una enfermera. Me apresuré hasta quedar enfrente de ella.
Estaba segura de que estaba por sufrir una taquicardia.
Apoyé mis brazos en el barandal, para llamar su atención. ¿Es que acaso esto podía ser más difícil? Al notar mi presencia me observó. Era una mujer mayor aproximadamente de unos cincuenta años, con el cabello canoso y mirada bondadosa. Traía el típico traje azul de enfermera.
Sus ojos se pintaron de sorpresa y contrariedad. Vaciló por unos segundos antes de hablar.
—Buenas noches, señora….
No iba a soportar los típicos discursos, la interrumpí, no tenía tiempo para formalismos ni nada, si estaba ahí era por una emergencia.
—Soy la señora Cullen, me hablaron aproximadamente hace una hora para—me detuve, sentí como la voz se me quebraba, las lágrimas amenazaban con salir, tomé aire y continué—decirme que mi esposo estaba aquí.
—Un momento señora Cullen— curvó sus labios en una pequeña pero reconfortante sonrisa.
Traté de devolverle el gesto, cosa que fue un rotundo fracaso. Al menos ella era más comprensible que la mayoría de las enfermeras que había conocido en los últimos años. Y de alguna manera se apreciaba ese gesto.
Tecleó en la computadora y al cabo de unos minutos me contestó.
—En efecto, señora Cullen, trajeron a su esposo en muy malas condiciones, por el momento lo único que le puedo decir es que está en cirugía, apenas tengamos informes se los haremos llegar.
Murmuré un escueto gracias, que en realidad no deseaba pronunciar, ciertamente no deseaba agradecer por nada.
—Disculpe el atrevimiento señora, en el fondo de este pasillo hay una pequeña capilla. Claro, por si acaso usted es creyente y quisiera ir.
¿Creyente? ¿Y de qué servía creer en estos momentos? Si su acción iba para reconfortarme o aliviarme se estaba equivocando.
Asentí, todo con tal de alejarme de ahí. Traté de caminar hacia la dirección que me había señalado, pero mis pies trastabillaban cada dos segundos, simplemente negándose a seguir.
No podían darme informes. ¿Qué demonios significa eso? Mi mente procesaba lentamente cada palabra. Cada paso era un esfuerzo sobrehumano.
El dichoso pasillo se veía mucho más lejano de lo que realmente era.
Me detuve delante de una habitación con las puertas abiertas de par en par.
Resoplé. ¡Maldita sea! Solo era una estúpida habitación más. Entré dando varias zancadas. No pude más, mi cuerpo se desplomó en una de las bancas, derrumbada y triste, así era como comenzaba a sentirme últimamente.
No entendía que era lo que me había traído hasta aquí, mis pies decidieron hacer el esfuerzo necesario para llegar. Pero ¿para qué?
No fue hasta entonces que me di cuenta de la realidad. No fue hasta tenerla delante de mis ojos y no poder negarla que lo entendí. Sentí como si un balde de agua fría me cayera encima.
¡La vida era una maldita injusta! ¡Dios era un maldito injusto!
Y como todo débil humano descargué mi ira en una entidad que no iba a venir a contrariarme a pesar de ser superior.
¿Por qué me hacías esto Dios? ¿Por qué a Edward? ¿Por qué al hombre que más amaba? ¡Por favor! ¡Llévame a mí pero no a él! ¡Escúchame maldita sea!
Me desplomé, ya no aguantaba toda esa carga emocional, puños golpeaban furiosamente el piso, un frio dolor que recorría mis nudillos me hizo detenerme.
Las lágrimas brotaban incesantemente de mis ojos, sorbí mi nariz, me estaba asfixiando, pero ya no me importaba. No podía, ni quería evitarlo.
¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué! ¡No, no, no! Repetía incesantemente.
Me solté a llorar y a blasfemar en contra Dios, quizá él era el culpable de todo esto, quizá era más fácil culparlo a él de todo que admitir la realidad. ¡Qué la vida del hombre que más amaba se me escaba de entre las manos! No podía creerlo, era así de simple ¡La vida y Dios eran unos jodidos traidores!
Me aferré a la banca incorporándome, en un intento de rescatar algo de mi dignidad, si es que a estas alturas de la situación era posible.
Nuevamente sorbí mi nariz, mis manos afanosamente trataban de borrar la huella que las lágrimas dejaron a su paso, un dolor persistente me perforaba la cabeza. Estaba haciendo un esfuerzo muy grande por sobrellevar esta situación.
Me enderecé para salir de la capilla. Ya no me quedaba nada por hacer ahí. En aquel momento en lo último que creía era en tener fe y todas esas mierdas.
Partí hacia terapia intensiva. Ahora me tocaba esperar. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de esperar?
Los minutos transcurrían, y no sabía nada. Intenté verlo pero del corredor no me dejaron pasar.
Mierda, no iba aguantar por mucho más tiempo. Las náuseas se hacían presentes cada dos minutos. Un dolor constante se arremolinaba en mi vientre.
El tiempo transcurría y yo mientras sentada en el lúgubre y frío pasillo de Terapia intensiva.
Mi mente se negaba a dejar de ser pesimista. La muy perra me obligaba a tener presente la muerte.
Me negaba aceptar que la razón de mi existencia, llevaba internado un par de unas horas. Llegó un momento en que el tiempo se detuvo sin darme tregua o dejarme replicar.
Simplemente era así. No lo creía. ¿Por qué la vida era una maldita injusta?, ¿qué había hecho para merecer esto?
Pero yo mejor que nadie sabía que si me merecía sufrir y mucho.
De un momento a otro caería en abismo sin retorno. Miles de imágenes se colaban en mi mente desangrando mi alma y deshaciendo mi cordura. No aguantaba estar más tiempo sentada sin saber nada, me sentía impotente.
Decidí ir a pedir informes de nuevo, quizá tuviera más suerte que la primera vez. Suspiré, fui ingenua al creer que el dolor se iría en algún momento.
Tuve que bajar por unas escaleras ya que me encontraba en la planta alta y no deseaba tomar el elevador. Debía evitar a toda la gente que fuera posible.
Cada peldaño que bajaba, aumentaba mi ira y frustración.
Deseaba tanto desquitarme con ella, aunque eso no fuera bueno, normal. Ahora me quería desquitar con objetos inanimados. Dios, necesitaba ayuda urgente.
Cuando por fin llegué a la recepción, la misma enfermera me miró.
Pude sentir la pena que le causaba verme, lo que me hizo imaginarme como me percibían los demás. ¿Cómo si me importara ahora? Solo quería saber de mi Edward, lo demás podía irse al diablo. Carraspeé antes de decidirme hablar.
—Disculpe, quería saber si ya hay alguna información sobre el estado de mi esposo—sentí mis ojos arder por quien sabe que numero de vez—. Edward Cullen.
Ella se limitó en asentir, y a teclear en su computador, los segundos me seguían pareciendo horas, ya no aguantaba un minuto más sin saber nada de él.
—Lo siento, no hay nada que le pueda decir, tendrá que esperar al doctor, aún sigue en cirugía.
Una rabia creciente me inundó. Maldición, ¿cuánto tiempo, me harían esperar? Sentía la lágrimas correr por mis mejillas y una ira invadir cada célula de mi cuerpo. Acorté los pocos centímetros que nos separaban, estaba tan alterada que no me importó nada.
— ¿Tiene usted idea, de cuánto tiempo llevo aquí? No. usted no sabe nada. ¡Sólo dígame de una maldita vez cómo es que está mi esposo! ¡Ya mismo! No pienso esperar más tiempo.
Ella no se dignó en mirarme, me estaba ignorando. Olvidé la simpatía que sentí por ella la primera vez. La impotencia y rabia aumentaron, ¡diablos! me estaba trastornando.
Me acerqué sólo un poco más y empecé a tirar las cosas de aquella mujer. Boté los expedientes, papeles y todo lo que había a mi paso, ella me miró fijamente.
— ¡Tranquilícese así no va a conseguir nada!— espetó.
— ¡Diablos! Usted—tosí—no entiende nada.
Me desplomé en el piso y le di rienda suelta a mis emociones. Abracé mis piernas con ambos brazos, sintiendo así que contenía mi corazón que estaba a punto de romperse en miles y miles de pedazos. Si es que no ya estaba totalmente astillado. Alcé ligeramente la vista. Entre los pasillos divisé una alta silueta muy familiar. Los recuerdos comenzaban bombardearme.
Por un momento hubiera jurado que era… No, no era posible, mi mente se mofaba de mí en estos momentos.
No quería pensar, no quería sentir dolor. Ya era suficientemente duro todo esto. No aguanté más y me dejé arrastrar por aquel abismo que amenazaba desde hace mucho con llevarme a su lúgubre y obscuro lugar. Un abismo en el que quizá era mejor estar un tiempo antes de afrontar la realidad.
...
