La explosión se escuchó a más de cinco manzanas de distancia.

-¿Estás loca? ¡Podrías habernos matado!- replicó Shaw sacudiéndose los restos que le habían caído.

-Jamás te haría daño, Sam. ¿Cómo puedes pensar algo así de mí?- le respondió Root mirándola con ojos de cordero degollado.

-De ti me espero cualquier cosa…

Las dos mujeres se alejaron del escenario de la explosión rápidamente. Un coche negro las esperaba al otro lado de la esquina.

-Señorita Groves, ¿era necesario causar tantos daños en el edificio?- preguntó Harold a la vez que se subían en el coche.

-Gracias por venir a recogernos, hubiese sido una lata tener que coger el metro a estas horas- bromeó Root.

Shaw se sentó a su lado e hizo una mueca de dolor. El gesto de Root se torció.

-¿Qué te pasa?

-Nada. Estoy bien.

-Déjame ver- insistió Root.

Root le apartó la chaqueta negra de cuero que llevaba Shaw y pudo ver una mancha de sangre.

-¡Harold! ¡Tenemos que ver a un médico! Shaw está herida.

-Que no es nada- farfulló Shaw sin poder acabar bien la frase por el dolor.

-No se preocupe, tengo todos los elementos quirúrgicos necesarios. Llamaré a un amigo que nos puede ayudar.

-No llame a nadie. Lo haré yo misma- sentenció Shaw- pero es vital que lleguemos ya, de otro modo me temo que me desmayaré.

Root posó su mano sobre el hombro de Harold.

-Por favor, acelera.

Shaw se descubrió la herida. Tenía una bala incrustada en un costado. Suspiró.

-Esto tiene mala pinta- susurró – Pásame la botella de vodka- ordenó a Harold.

-Sí, le vendrá bien para limpiar la heri…

No pudo terminar la frase, pues Shaw abrió la tapa y bebió un buen trago antes de arrojar la botella al suelo.

-Mucho mejor. Ahora sí, pásame el bisturí.

Root miraba desde el quicio de la puerta como Shaw se hacía una mayor incisión y luego, con unas pinzas se sacaba un trozo de bala.

-Root, ven aquí- apremió Shaw.

-Dime- dijo acercándose.

-¿Ves esto?

Asintió con un ligero movimiento de cabeza.

-Es una aguja. Quiero que cojas aquel hilo de allí y me cosas.

-¿Pero…?

-No hay tiempo. Hazlo por mí- dijo antes de desmayarse sobre la camilla.

Root miró a Harold.

-Eso debe hacerlo usted. Es en usted en quien confió y no en mí, señorita Groves.

Root sintió como el corazón se le aceleraba. No sabía muy bien si porque tenía aquella enorme aguja entre las manos o porque Shaw, consciente o no, la había elegido a ella.

Despacio introdujo la aguja en la piel y lo mejor que pudo le cosió la herida. Luego la dejó descansar.

Shaw no despertó hasta pasadas unas once horas después. Lo hizo temblando. Root se levantó del sofá donde había estado velando su sueño y le acercó otra manta.

-¿Qué haces tú aquí?- dijo Shaw sin abrir demasiado los ojos.

Root sonrió.

-Veo que vuelves a ser tú misma. Me alegro.

Le acercó un vaso de agua y se volvió al sofá. Harold entró en ese momento.

-Malas noticias. ¡Oh, vaya!- dijo percatándose de que Shaw había despertado- Me alegro que haya salido de su letargo, señorita Shaw.

-¿Malas noticias?- inquirió Root.

-Sí. Parece ser que nuestros enemigos tienen ganas de venganza después del alboroto causado en su edificio- dijo mirando directamente a los ojos de Root- Debemos dejar nuestra guarida por unos días, semanas quizás, y separarnos.

Root miró a Sameen preocupada.

-No la dejaré sola…

-Ni de coña voy a estar contigo otro día más- replicó Shaw desde la camilla.

-Entiendo su preocupación señorita Groves, pero entienda que tendremos más posibilidades si nos separamos.

-Te olvidas de que tengo a la máquina a mí favor, querido Harry. Déjame cuidarla, prometo devolverla de una pieza, si se deja…-susurró.

-Está bien. No me queda otro remedio que confiar en usted. Hasta el momento nos ha sido de gran utilidad. Por favor, permita que mi vehículo las lleve a donde haga falta.

-No será necesario, ¿verdad Shaw?

Shaw lanzó un gruñido desde donde estaba.

-Tomaremos un taxi.

Harold salió de la sala y Shaw comenzó a vestirse.

-¿Quieres que te ayude?- preguntó Root abrochándole un botón de la camisa.

-No.

-Está bien, pero date prisa- dijo Root dejándola tranquila.

Tomaron un taxi que conducía a toda prisa por la ciudad. Cuando llegaron al Upper East Side paró y Root le dio un billete.

-Venga vamos- dijo casi arrastrando a su compañera hasta un portal.

-¿Desde cuando tienes tanto dinero como para tener un apartamento aquí?

-Calla.

El portero las miró de arriba abajo.

-Somos amigas de los Wilson- sonrió.

-Las acompaño.

-Como quiera- respondió con una amplia sonrisa.

Al llegar Root sacó una llave, la introdujo y abrió la puerta.

El portero resopló y las dejó entrar. Después de todo los Wilson siempre traían compañías algo raras.

Cuando entraron en el piso Shaw no supo si soñaba o era una pesadilla.