Adaptación de "Goin Under" de S. Walden.

Naruto pertenece a Masashi Kishimoto.

Nota: En estos momentos hago adaptaciones porque me gusta leer historias con sasusaku aplicándolos a las distintas épocas y modo de escritura de cada autor.

*Pensamientos

*"Recuerdos"

*Relato

Capítulo 4

"—Tienes que decirme qué pasa —supliqué.

Matsuri sollozaba en sus manos, meciéndose hacia adelante y atrás como alguien al borde de un colapso nervioso. No quería que tuviera un colapso. No sabía qué hacer si ella lo tenía.

Matsuri, por favor —urgí, envolviendo mis brazos a su alrededor y atrayéndola hacia mí. Ella apoyó la cabeza en mi hombro.

Él me violo —susurró.

Pensé inmediatamente en Gaara, y mi corazón se hundió. No podría ser Gaara. Nunca haría tal cosa. No podría creerlo, no lo creería, porque yo estaba acostándome con él. Había perdido la cabeza por él.

¿Quién? —dije con voz ronca. Mi pulso se aceleró mientras agarraba a mi mejor amiga.

No lo conoces —respondió Matsuri—. Él va a mi escuela. Su nombre es Madara.

Me aparté y tomé las manos de Matsuri.

Matsuri, tienes que decirme qué pasó.

Matsuri tembló con una nueva ola de sollozos mientras asentía a regañadientes.

Fui a una fiesta. La fiesta sobre la que te conté —comenzó.

Me encogí. Era la fiesta a la que no asistí. Ella quería que lo hiciera, pero inventé alguna mentira repugnante sobre pasar tiempo con mi madre cuando, de hecho, iba a ver a Gaara.

Me sentí como una mierda.

Creo que él drogó mi bebida —continuó Matsuri—. Empecé a sentirme realmente mal. Mareada, supongo. Me llevó a su cuarto para que pudiera acostarme. Yo no quería hacerlo. ¡Seguía diciéndole que no quería hacerlo!

Rompió en llanto, con largos sollozos irregulares que sonaban dolorosos en su pecho.

Está bien —dije, acariciando su espalda. Todo lo que podía pensar era que no estuve allí. Si hubiera estado, esto no habría sucedido. Mi culpa. Mi culpa.

Me quitó la ropa —dijo—. Le dije que no. Traté de gritar, pero mi lengua se sentía tan enorme. Como si estuviera hinchada. Me dijo que yo lo quería y que sólo era una calientapollas.

No tienes que contarme más —susurré. No podía soportar oírlo.

¡No! ¡Tienes que hacerlo! ¡Tengo que sacarlo! —gritó, y yo asentí.

Respiró profundo, tratando de calmar el obstáculo en su pecho.

Lloré, y él lamió mi cara. Creo que estaba lamiendo mis lágrimas. Y luego tuvo sexo conmigo mientras cubría mi boca, y me dijo que no le dijera a nadie porque nadie me creería. Sabía que no era virgen. Sabía que me había acostado con chicos en el equipo de natación. Esos idiotas deben alardear de ello o algo así.

Mi cabeza daba vueltas con una mezcla de culpa: culpa por no ir a la fiesta con Matsuri, culpa por su ataque, culpa por estar a escondidas con su novio, culpa por mentirle.

Tiene razón, Sakura —dijo Matsuri. Su voz temblaba incontrolablemente—. Nadie me creería. Él es el típico americano campeón del equipo de natación. Yo soy la chica que jodió con tres chicos en la escuela. Nadie me creería.

Eso no es cierto —argumenté—. Tienes que ir a la policía, Matsuri. No puedes dejar que se salga con la suya.

¿Estás loca? —chilló. Salió más severo de lo que creo que ella esperaba. Me encogí lejos de ella, confundida—. Dios, Sakura, ¿siquiera sabes lo que me estás pidiendo?"

Odiaba el primer día de clases. Y lo hacía monstruosamente peor el hecho de que no conocía a nadie. Sí, la posibilidad de comenzar con una pizarra en blanco era atractiva, pero siendo como era mi último año, no sabía si quería o me importaba poner la energía en hacer amigos nuevos. Parecía demasiado trabajo y además ya tenía decidido poner todo mi tiempo y energía en destruir la vida de Madara. No estaba segura de cómo un nuevo amigo o grupo de amigos cabría en esa foto.

Caminé por el pasillo principal en busca del Pasillo D. Rápidamente descubrí lo complicada que era la distribución de la escuela, reflejando esa mansión embrujada en el oeste, cuyo propietario tenía trabajadores de la construcción sobre ella todos los días hasta que murió. Curvas y contra curvas que parecían conducir a ninguna parte, una suerte de azarosa arquitectura sin ton ni son. Una persona podría perderse aquí, y me preguntaba si había sido diseñado con ese propósito. Imaginé a los maestros riéndose en la sala de profesores viendo los videos de vigilancias de estudiantes corriendo confundidos como ratas tratando de localizar a sus aulas. Tal vez era un gran experimento psicológico.

No sé cómo, pero al final me encontré con el Pasillo D. Por supuesto, no tenía ni idea de cómo llegar a mi primera clase aquí, pero me preocuparía por eso cuando la campana sonara. Ahora mismo escaneaba los casilleros ubicados a un lado del pasillo hasta que localicé el mío. Guardé unas carpetas y cuadernos que traje conmigo y coloqué un espejo magnético en el interior de la puerta del casillero. Eso fue todo. Estaba lista. Cerré la puerta y miré a mí alrededor.

Algunas chicas me miraron al pasar. Decidí sonreír, pero siguieron caminando, ya sea ajenas a mi gesto amable o decididas a mantenerme fuera del redil. Lo que sea. No buscaba hacer amigos. Yo estaba buscando aniquilar a Madara, y lo observé caminando hacia mí. Me puse tensa, sintiendo dudas sobre el atuendo que elegí para usar. Por lo general sólo era consciente de mí misma en torno a chicos que me atraían. Desde luego, no me sentía atraída a Madara, pero me encontré queriendo impresionar. Necesitaba impresionarlo. Ese era todo el punto. Si él me encontraba poco atractiva o poco interesante, no tendría ninguna posibilidad. Todo mi plan se echaría a perder como fruta pasada.

—Eres Sakura, ¿cierto? —preguntó, llegando despreocupadamente a mi lado.

—Ajá —le contesté y observé mientras desaparecía por el pasillo flanqueado con sus perdedores amigos.

¿Qué demonios fue eso? Y entonces me di cuenta exactamente lo que fue. Él no iba a hacer esto fácil para mí. Iba a hacerme trabajar por ello, trabajar para ganar mi lugar en el grupo de personas populares. Trabajar para ganar el lugar justo a su lado.

Imbécil.

Está bien. Haría lo que fuera necesario para lograr mi objetivo. Me tragaría mi orgullo si eso significaba que se hiciera justicia. Tomé una respiración profunda y serpenteé por el pasillo, buscando las puertas de las aulas, la 1A. Finalmente la encontré y estaba satisfecha de mí misma por ganarle a la última campana. Entré para encontrar la mayoría de los asientos ya ocupados y me puse irritada al instante.

Me gustaba estar en las afueras de la sala de clase. No, eso no era del todo correcto. Tenía que sentarme en las afueras de la sala de clase. Pero los únicos asientos disponibles estaban directamente en el centro de la habitación. De mala gana me ubiqué en una fila a cuatro asientos de la parte delantera y me esforcé por apartar al instante la ansiedad.

Luchaba con la intensa claustrofobia durante tanto tiempo como puedo recordar. Nunca tomaba ascensores, tenía que estar completamente sedada en los aviones y siempre conducía en el carril lento. Tenía acceso a la banquina de esa manera. Tenía una salida. Ahora estaba sentada con los estudiantes rodeándome y por un breve momento, cerré los ojos, imaginando que estaba en medio de un gran campo, el espacio vacío se extendía hasta donde yo podía ver, en todas direcciones. Logré frenar mi corazón acelerado.

Aprendí este truco en terapia, descubriendo su eficacia en determinadas situaciones. Pero no funcionaba en ascensores. Aprendí eso de la manera más dura después de tratar de acelerar mi progreso, sintiéndome bastante confiada después de haber volado con éxito en un avión a través de cinco estados sin un sedante. Pensé que podía manejar totalmente un ascensor, pero pronto me encontré acurrucada en el suelo gritando y respirando dentro de una bolsa de papel.

Miré a mi derecha, porque vi algo hermoso en mi visión periférica. Allí estaba él, el Chico Funeral, sentado en el borde de la sala contra la ventana más lejana, mirando al frente a nada en particular. Empecé a temblar y cerré los ojos de nuevo, imaginando el campo. El problema era que él estaba allí, caminando hacia mí, y antes de que pudiera reaccionar, me tomó en sus brazos y me besó bruscamente. Dios mío, me estaba haciendo daño ¡y yo quería que lo hiciera! Le devolví el beso tan febrilmente, y luego sentí que sus manos iban al botón de mis jeans. No pidió permiso, sino que empezó a desvestirme, como si yo no tuviera otra opción.

Mis ojos se abrieron de golpe y me removí en mi asiento. Esto era increíblemente incómodo. Sí, una pequeña parte de mí sospechaba que iba a esta escuela. ¿Por qué si no iba a estar en el funeral de Matsuri? Pero no estaba preparada para verlo en ninguna de mis clases. Y sabía que no podía involucrarme con él. Por un lado, no tenía ni idea de si incluso se sentía atraído por mí. Segundo, no podía perseguirlo muy bien cuando estaba tratando de llamar la atención de Madara. Tercero, había renunciado a los chicos, a pesar de Madara.

Estúpido Madara. Ya estaba arruinando mi vida, y mi plan ni siquiera había empezado a llegar a buen término. Miré a Chico Funeral de nuevo. Estaba mirando directamente hacia mí y mi codo se sacudió involuntariamente, golpeando mi cuaderno fuera de mi escritorio. Me agaché para recogerlo y golpeé mi frente con el lado de la mesa.

—Hijo de puta —susurré, y oí un pequeño grito de asombro a mi lado.

—¿Estás bien? —preguntó una chica.

Me froté la cabeza dolorida y me senté.

—¿Se ve mal? —Moví mi mano para que la chica pudiera obtener una buena mirada.

—Está sólo un poco rojo —dijo ella, sonriendo.

Puse los ojos en blanco ante la risita que siguió detrás de mí.

—Me encanta ser la fuente de la broma —le dije, señalando con el pulgar hacia el fondo de la sala.

La chica se dio la vuelta en dirección a la risa, su sonrisa desapareció al instante, y observé como su cara se llenaba de algo inquietante. No estaba completamente segura, pero me pareció que era miedo. Ella giró la cabeza de nuevo.

—No te preocupes por ellos —dijo en voz baja, jugueteando con su pluma.

—No lo hago —contesté, un poco ofendida que asumiera que me importaba tanto lo que pensaban los estudiantes sobre mí.

Me di la vuelta para mirarlos. No tenía ni idea de cuándo Madara había entrado en la habitación, pero sentí que mi cara se calentaba al instante. Me sonrió y saludó con la mano. Puse mi mano sobre mi frente y me encogí de hombros, rodando los ojos. Él se encogió de hombros también, y el gesto amistoso me desconcertó. No quería que fuera tan condenadamente amable, pero, ¿no era esa la forma de actuar de los depredadores? Si se acercaran intimidantes o aterradores, nunca tendrían la oportunidad de atacar.

Me di la vuelta. Mi frente aún latía.

—Soy Sakura, por cierto —dije, dirigiéndome a la chica.

—Hinata.

—Encantada de conocerte.

Hinata sonrió, pero no dijo nada. Era una bonita y pequeña morocha con grandes ojos color perla. Me recordaba a un pájaro: huesos pequeños y cuerpo frágil. Pensé que podría soportar comer más, pero entonces tal vez ella comía como un caballo y nunca ganaba peso. La vi abrir su cuaderno cuando oyó que la puerta del aula se abría. El profesor entró, y traté de prestar atención, aunque era difícil con el Chico Funeral a mi derecha y Madara a mi espalda. La idea de Madara sentado detrás de mí, observándome cuando yo era incapaz de moverme, realmente me molestaba. Estoy segura que lo disfrutaba. Estoy segura que él iba a disfrutar cada uno de los cincuenta minutos de ello y cerré los ojos otra vez, tratando de conjurar el campo.

Tenía que estar en el trabajo en una hora, dándome el tiempo justo para hacer un poco de investigación.

Hinata.

Algo no estaba bien con ella, no porque pareciera una mala persona, sino porque parecía realmente asustada de Madara y sus compinches de la clase esta mañana. Quería saber quién era ella. Una pequeña parte de mí sospechaba lo peor, pero no quería llegar a ninguna conclusión. Quería que mi intuición estuviera equivocada mientras abría el anuario de primer año de Matsuri que su madre me había dado.

Encontré a Hinata en la tercera página —Reunión de ex alumnos— y era la princesa de estudiantes de primer año. La estudié. Estaba posando en un saludo, reconociendo los aplausos en erupción desde las gradas del estadio. Parecía feliz agarrando el brazo de su acompañante. Pasé a través de varias páginas más antes de ubicarla en el equipo universitario de porristas. Allí estaba, sonriendo alegremente, suspendida en el aire en un movimiento de porristas llamado La Libertad. Conocía el movimiento porque solía ser lanzada en el aire para hacer lo mismo. Su forma era perfecta y sentí un poco de celos. Era una estupidez, pero estaba allí de todos modos.

Seguí explorando, encontrándola en un montón de otras páginas: anuario del club, coro, vóleibol. Me quedé helada cuando aterricé en la página del baile de graduación. Hinata estaba allí, bailando con Madara, con los brazos bien envueltos alrededor de su pequeña cintura, abrazándola protectoramente. No, posesivamente. Mi mente empezó a correr. ¿Madara era su cita? ¿Él la llevó a su casa? ¿La violó antes de llevarla a su casa?

Abrí el anuario de segundo año de Matsuri. Recorrí todas las actividades deportivas y las páginas sociales, pero no encontré fotos de Hinata. Aparecía sólo en la foto de la clase de segundo año. Me quedé mirando su foto, pero no vi nada en sus ojos o en la forma en que sonreía que evocara la feliz y social estudiante de primer año. Había algo vacío sobre esa sonrisa, como si ella no la creyera y no esperase que nadie más lo hiciera.

Hojeé el anuario de tercer año de Matsuri. Nada de Hinata. En ningún lugar. Incluso faltaba su imagen en la clase de tercer año, había un «No hay foto disponible» en su lugar.

Mi corazón se encogió y me pregunté cómo podía doler por una persona que no conocía. Sospeché de otras víctimas, pero no quería descubrirlas. Complicaría mi plan. Quería justicia para Matsuri. Era responsable por ella. Estaba dispuesta a sacrificarme por ella, pero no quería ser responsable por nadie más. Y no quería que el conocimiento de otras violaciones convirtiera a Madara en un monstruo horrible que me aterrorizara. No podría hacerle nada si le tenía miedo.

Arrojé el anuario a un lado y miré el reloj. Era hora de irse y estaba agradecida por la distracción, agarrando mi delantal que colgaba de la silla del escritorio y corriendo fuera de la casa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunté mientras me acercaba a Ino.

—¿Lo que la gente hace normalmente en los restaurantes? —respondió.

Sonreí y tomé el lápiz detrás de mi oreja.

—Te dije que te llamaría cuando llegara a casa —le dije, volteando una hoja nueva en mi cuaderno de pedidos.

—Sí, pero no podía esperar tanto tiempo —confesó.

—Esta noche estoy ocupada, Ino. No puedo pasar el rato y charlar —le dije. Eché un vistazo a mis otras mesas. No necesitaban recargas. Nadie me miraba para llamar mi atención. Bien hasta ahora.

—Lo sé, Sakura. Voy a pasar el rato hasta que la multitud se calme.

—¿Vas a pasar el rato en una de mis mesas toda la noche? —le pregunté—. Será mejor que me dejes un infierno de propina. Estoy tratando de hacer dinero aquí.

—Relájate —dijo Ino—. Haz bien tu trabajo y yo cuidaré de ti. —Guiñó un ojo y yo le fruncí el ceño.

—Hilarante. Realmente —murmuré—. ¿Qué quieres?

—Esta cosa de ensalada y una Coca-Cola Light —respondió, señalando el menú.

—Bien. —Y me dirigí a la estación de órdenes. Pinché la orden de Ino y luego fui a servirle la Coca-Cola Light.

Comencé mi trabajo de camarera al día siguiente que me fui a vivir con mi papá. Me dieron el trabajo porque mentí sobre tener experiencia sirviendo mesas y el gerente estaba tan agradecido que no tendría que entrenar a alguien. Él repitió ese sentimiento alrededor de diez veces durante la entrevista y casi confesé mi falta de experiencia por pura culpa. Y miedo. ¿No habría formación alguna?

Era buena con las boberías, pero las mesas eran difíciles. Tenías que ser rápido. Tenías que recordar todo. Tenías que intentar por todos los medios no enojar a nadie, sobre todo a tus clientes. Y a las anfitrionas. Ellas no sentarían a nadie en tu sección si las cabreabas. La verdad era que no tenía idea de lo que estaba haciendo, pero aprendí rápidamente después que un cocinero, un lavaplatos y un expedidor me gritaron la primera noche.

—¡Pon la maldita orden en el maldito ordenador, Haruno! —Deidara, el chef principal, había gritado después de que le pregunté por qué no estaba mi pedido de la Mesa 12.

—Lo escribí para ti —le dije, señalando mi formulario de orden escrito a mano sobre el mostrador junto a su parrilla.

—Malditos adolescentes —murmuró mientras levantaba la hoja, la hacía pedazos y la arrojaba a las llamas.

—¡Oye! ¿Qué demonios? —Lloré.

Él señaló la computadora.

—Quemaste mi pedido —dije furiosa.

—¿No lo tenías memorizado? —preguntó.

Di la vuelta y salí de la cocina, disculpándome profusamente con la Mesa 12 por tener que volver a tomar su orden. Afortunadamente, ellos fueron muy amables al respecto y me preguntaron si era mi primer día en el trabajo. No esperaba una buena propina y me sorprendió cuando me dejaron un poco extra. Era el cambio, lástima, pero lo tomé todo de todos modos.

Fui atrapada con la guardia baja cuando me acerqué a Ino, una vez más con su bebida. Ella se quedó mirando paralizada y seguí su mirada a una familia que acababa de sentarse. Estuve a punto de hacer caer el vaso, pero me negaba a apartar los ojos de la familia. O mejor dicho, de él.

El Chico Funeral. De nuevo. ¿Sabía que trabajaba aquí? Cuan ridículo y completamente egoísta. Tuve que recordarme que el mundo, de hecho, no giraba a mi alrededor.

—¡Maldita sea, Sakura! —exclamó Ino—. ¡Derramaste toda la Coca-Cola encima de mí!

Arranqué mis ojos del Chico Funeral para mirar la camisa de Ino. Había dos pequeñas manchas oscuras justo a la izquierda de su pecho. Puse los ojos en blanco.

—Todo encima, ¿eh?

—Se trata de Bebe5, perra —respondió ella.

Sonreí.

—No sé lo que eso significa.

—Sí. Claro que no. Es mejor que empieces a apartar tus propinas si esta mierda no se lava.

—Oh, Tenty —le dije.

—No me llames así —advirtió y luego su tono cambió en un instante—. Ahora, echa un vistazo a ese bombón de ahí. —Señaló al Chico Funeral. Mi bombón. Ya decidí reclamarlo.

Me moría de ganas de ver su reacción.

—Ino, ese es Chico Funeral.

—¡No puede ser! —chilló y una pareja con tres niños pequeños sentados cerca de ella se volvió en su dirección y frunció el ceño.

—Este es un restaurante familiar —gritó la madre.

—No me diga —respondió Ino, con desconcierto fingido pintado en toda su cara.

—Ino —dije en voz baja.

La madre resopló y se volvió hacia su marido. Les oí murmurar y me preguntaba cuánto tiempo tomaría que el gerente se enterara de su queja y echara a Ino. ¿Por qué no podía mantener su boca cerrada?

—¿Ese es el tipo con el que te topaste en el funeral? —preguntó.

Asentí.

—Y está en dos de mis clases.

—Te odio completamente —dijo Ino—. La vida es tan injusta.

Me encogí de hombros.

—¿Está sentado en tu sección? —preguntó.

—¡No, gracias a Dios! Probablemente diría o haría algo totalmente vergonzoso —le dije—. Me golpeé la frente con el lado de mi escritorio hoy. Él lo vio. Sucedió porque me estaba mirando.

Ino hizo una mueca.

—No lo entiendo. ¿Su belleza te hizo convulsionar o algo así?

Me eché a reír.

—No. Me hizo tirar mi cuaderno y cuando me agaché para conseguirlo, me golpeé la cabeza.

—Qué vergüenza —dijo Ino.

—Sí, me parece que tengo una habilidad especial para hacer cosas vergonzosas cuando él está cerca. No sé por qué me hace tan atolondrada y estúpida.

—Porque quieres dormir con él. ¿Hola? —respondió Ino—. Y ahora entiendo totalmente por qué. —Ella se volvió hacia él—. Es mald…

—¡Bleh! —grité—. ¡No digas esa palabra aquí!

—Oh Dios mío —dijo Ino—. Lo que sea. Es condenadamente caliente. ¿Feliz? Ahora ve allí y habla con él.

—Realmente eres ingenua —le contesté y me fui a la cocina.

Deidara y yo habíamos reparado ya nuestra frágil relación. Se disculpó la misma noche en que me gritó y quemó mi pedido. Y por decirle al gerente que me despidiera. Después del trabajo esa noche, se ofreció a comprarme un trago y cuando le dije que sólo tenía dieciocho años, me preguntó:

—¿Y qué?

—No lo sé —le había respondido—. Tal vez sea ilegal o algo así.

—Sólo es ilegal si te pillan —explicó y yo sabía que era malas noticias. Me mantendría alejada de él y sus diez tatuajes.

—¡Haruno! —gritó Deidara mientras caminaba a través de la puerta de la cocina—. ¡Mete tu culo flaco aquí y recoge tus malditas órdenes! ¡Estás ocupando todo el espacio en las estanterías!

Lo saludé y agarré una bandeja, apilando cuidadosamente todas mis órdenes para tres mesas, incluida la de Ino.

Me abrí paso a través de mi sección, sirviendo la comida a la gente que parecía genuinamente sorprendida y encantada. Me preguntaba si yo actuaba de esa manera en los restaurantes sin saberlo: sorprendida y encantada de ver un plato viniendo hacia mí, como si no supiera qué esperar. Estaba en un maldito restaurante, después de todo. La gente era tan estúpida.

—Su nombre es Sasuke —dijo Ino cuando me acerqué a ella con su ensalada.

—Lo sé. Toman la asistencia en clase. Pero, ¿cómo lo sabes?

—He oído a su hermanita decir su nombre —respondió ella, sonriendo.

—Ino, déjalo tranquilo —le dije.

Ino agarró el tenedor y lo empujó tentativamente a través de su ensalada. Esperé. Cuando terminó su evaluación, le pregunté qué más necesitaba.

—El teléfono de Sasuke —dijo.

Le di una mirada plana.

—Bueno, si no vas a tomar la oportunidad, entonces yo lo haré.

—No lo creo —le contesté y miré hacia Sasuke. Él me vio y lo vi dándome una recorrida completa con sus ojos. No me sentí ordinaria o vulgar como cuando Madara lo hizo. Sasuke lo hizo abiertamente, como si quisiera que yo lo viera y yo no sabía qué hacer con eso. Yo era una mujer progresista viviendo en un mundo progresista. ¿No debería sentirme ofendida? ¡No soy un objeto, amigo!

Pero no podía pretender estar ofendida. Me sentía halagada y le sonreí, aunque sabía que sería un error. Él me devolvió la sonrisa y empezaron los problemas. Justo ahí, en ese momento. Debería haber girado y alejarme. Pero no lo hice. Sonreí y en ese instante, mi plan simple de seguir a Madara, hacer que me hiciera daño para luego hacerlo pagar por ello, se convirtió en cualquier cosa menos simple.