Adaptación de "Goin Under" de S. Walden.

Naruto pertenece a Masashi Kishimoto.

Nota: En estos momentos hago adaptaciones porque me gusta leer historias con sasusaku aplicándolos a las distintas épocas y modo de escritura de cada autor.

*"Recuerdos"

*Relato

*Pensamientos

Capítulo 5

El resto de la semana escolar pasó en un instante. Hice pocos avances con Madara y menos aún con Hinata. Pensé que podría ser amiga de ella, pero permanecía distante, cerrada. Era bastante agradable en clase, siempre me saludaba y me preguntaba cómo iba en el trabajo, pero eran sutilezas superficiales pretendiendo mantenerme a distancia. Para el viernes, me di cuenta que ella albergaba secretos horribles. No sé por qué necesitaba o quería, conocerlos. Me dije que no me involucraría con los problemas de los demás. Tenía un trabajo lo suficientemente grande con uno. No podía ser el héroe de todo un grupo de víctimas.

Madara era frustrante. Por mucho que trabajé en dar la impresión de ser encantadora y dulce, no mordió el anzuelo. Él me mantuvo a distancia, también, sorprendiéndome de vez en cuando en el pasillo entre las clases con un "Hola" o "Linda camiseta, Sakura". Sabía que lo estaba haciendo a propósito, haciéndome pensar que tenía una oportunidad, para que siguiera trabajando para estar cerca de él. Estaba convencida de que me quería cerca de él. Lo atrapé en clase un par de veces mirándome. Era la mirada de un depredador y trataba de reclamarme.

Cada vez que uno se esfuerza en evitar ser involucrado en algo, eso te encuentra, te obliga a enfrentar la situación, y no tienes más remedio que actuar con un sentido de responsabilidad moral porque en el fondo de tu corazón eres bueno, y deseas hacer el bien. Mi deseo desesperado de hacer el bien llegaba más de un abrumador sentimiento de culpa por mi pasado que de mi brújula moral. Sabía que con el tiempo tendría que decir algo o hacer algo que me hiciera sentir incómoda porque cuando estás tratando de ser bueno, ¿qué opción tienes?

Era viernes, y apenas llegué al cuarto de baño cuando sonó la campana del almuerzo. Sostuve mi pis toda la mañana, incapaz de encontrar descanso en ninguna de mis clases para excusarme. En realidad, eso no es cierto. Hubo un recreo entre los períodos cuarto y quinto, pero sucede que Madara se acercó a mi casillero durante ese momento y no me perdería la

oportunidad de hablar con él. Tendría una infección en la vejiga antes de alejarme de Madara.

Me preguntó si quería tomar fotos con él del partido de vóleibol femenino de la tarde. Sí, él había decidido tomar Anuario después de todo, y había estado esperando por esta oportunidad para llegar a conocerlo mejor. Descubrir cómo se mueve. Sus gustos y disgustos. Toda la información que necesitaría para almacenar en mi arsenal para uso futuro cuando la batalla realmente se calentara. Estuve de acuerdo en reunirme con él en el gimnasio a las cuatro, y se fue, dándome el tiempo justo para llegar a clase antes de la última campana.

Volé a un puesto y casi me arranco mis pantalones cortos, hundiéndome en el asiento del inodoro porque no podía ponerme en cuclillas. Tenía demasiadas ganas de usar el baño. Normalmente siempre me ponía en cuclillas sobre los asientos del inodoro, y probablemente debería haberlo hecho ahora porque estoy bastante segura de sentir pequeñas gotas en el dorso de los muslos.

—Qué asco —murmuré—. Estoy sentada en la orina de alguien.

Pero el alivio fue un pequeño pedazo de cielo, y me senté en la felicidad del inodoro, deleitándome con la sensación de una vejiga vacía, sonriendo estúpidamente mientras leía las obscenidades escritas en la puerta del puesto.

Jamie H. es una sucia puta.

Me preguntaba quién era Jamie H.

Carolyn se folló al equipo de fútbol.

Vaya, pensé. Eso es un montón de sexo.

Hinata se la chupa a los chicos por dinero.

¿Eh?

Me incliné y releí la frase. No podían estar hablando de mi Hinata. Sí, al igual que Sasuke, decidí reclamarla como mía. Fue una posesión inmediata porque pensaba que era dulce y amable, y no iba a dejar que cualquier perra hablara pestes de ella. Por supuesto, tal vez era otra Hinata, pero "Hinata" no era un nombre popular. La Hinata que conocí no parecía ser el tipo de chica descrita en esa oración. ¿Por qué alguien escribiría eso de ella?

Volví a pensar en las pocas veces que la vi fuera del aula. Nunca caminaba o hablaba con nadie. Siempre estaba sola, luciendo malhumorada en el peor de los casos, vacía en el mejor. No tenía amigos. Pero, ¿por qué? Pensé en el primer día de clase cuando me golpeé la cabeza. Ella se dirigió a mí entonces. ¿Por qué hizo eso? Y entonces me di cuenta de que era porque yo era nueva. Yo no la conocía. Era seguro hablarme. Tal vez, sólo tal vez, estaba tratando de hacer amistad conmigo. En ese momento estaba llena con una especie de sensibilidad generalmente reservada exclusivamente para mi madre y mi padre. Era una ternura familiar, pero la sentí por esta chica. Quería adoptarla como mi hermana, protegerla, hacerla sonreír.

Me quedé helada cuando escuché que la puerta del baño se abría. Pies arrastrándose, alguien sorbiendo por la nariz y luego un angustiante sollozo. No sabía qué hacer. ¿Debería hacer conocer mi presencia tosiendo o aclarando mi garganta? Era obvio que la chica pensaba que estaba sola. ¿Quién no mira debajo de las puertas para estar seguro de ello?

El llanto continuó durante unos momentos antes de detenerse abruptamente. Estaba segura de que todavía estaba en el cuarto de baño. No oí la puerta abrirse de nuevo. Me di cuenta de que podría estar atrapada aquí para siempre y pensé que era mejor simplemente salir. Ella estaría mortificada o enojada, pero tenía que correr ese riesgo.

Tiré de la cadena y salí. La chica se dio la vuelta hacia mí, con una expresión de horror en su rostro.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Me miró por un momento. No la reconocí. Parecía demasiado joven para ser de último año y nunca la vi en el Pasillo D, el pasillo de los de último año.

Dio un paso hacia la puerta, pero la bloqueé.

—¿Puedo ayudarte de alguna forma? —le pregunté.

Me miró con sus grandes ojos verdes inundados de lágrimas frescas. Era tan bonita y estaba asustada. ¿Qué demonios? Esta era la segunda chica linda y asustada que había encontrado en mi primera semana de clases. ¿Cuántas eran?

Sabía que la haría temblar hasta la médula, forzarla a revivir un acontecimiento doloroso otra vez, pero tuve que preguntar:

—¿Algo malo te sucedió?

Me empujó fuera del camino y salió del cuarto de baño, pero no antes de contestarme. Asintió. Fue apenas perceptible, pero asintió.

Salí del baño después de lavarme las manos, sacudida y sorprendida. De repente, mis ojos estaban por todas partes absorbiendo la escena, mirando a los tímidos que colgaban en las sombras, envueltos en secretos inconfesables. Sabía que estaban aquí.

Me salté el almuerzo y dejé el pasillo de último año para ir a otro. Paseé por el pasillo de primer año en busca de cualquier cosa sospechosa o extraña. Pensé que la vi, merodeando una puerta de clase, reuniendo el coraje de entrar. Y otra, de pie junto a su casillero, lanzando miradas furtivas de un lado a otro, en busca de un depredador. Y otra, deslizándose por el pasillo en silencio para evitar ser vista. Y otra, desapareciendo en el baño para llorar su dolor.

Oh, Dios mío. ¡Me estaba volviendo loca! Agarré la pared, respirando profundamente. Miré por el pasillo. Se distorsionaba, los estudiantes se estiraban y retorcían en un patrón circular al pasar junto mí. Como si hubiera tomado un alucinógeno y estuviera teniendo una mala reacción. No sabía si mis pies seguían plantados en el suelo o si estaba colgando del techo.

Cerré los ojos y traté de concentrarme en el campo. Pero no podía convocarlo. Respiré profundamente, sintiendo alfileres en mi pecho que me pinchaban más fuerte cuanto más intentaba succionar oxígeno. Abrí los ojos y me encontré con parches de oscuridad. ¡Me estoy quedando ciega! grité, pero nadie escuchó. Mi boca no se movió. Oí un lejano "¿Estás bien?" antes dejarme llevar por la oscuridad hacia un olvido silencioso.

—¿Sufres de ataques de pánico? —preguntó la enfermera de la escuela. Era vieja, probablemente estaba en mitad de los cincuenta, y se cernía sobre mí, mirándome un ojo y luego el otro.

—Tengo claustrofobia —le respondí. Mi voz tembló. Todo mi cuerpo se sacudió, y la enfermera lo vio. Ella agarró una manta para envolverla alrededor de mí, pero protesté.

—Está limpia —dijo, y decidí creerle porque me estaba congelando. Y estaba en shock.

Tiré de la manta con fuerza alrededor de mi cuerpo, acurrucándome en ella para protegerme.

—¿Sabes lo que provoca tu claustrofobia? —preguntó la enfermera.

Y esa pregunta me dijo todo lo que necesitaba saber sobre las enfermeras escolares.

La miré con las cejas levantadas. ¿Era idiota o estaba ignorando deliberadamente la sarcástica expresión en mi cara?

—No lo sé —dije con ligereza—. Lugares estrechos. Eso es por lo general lo que desencadena la claustrofobia.

—Pero tú no estabas en un lugar estrecho —respondió ella—. Estabas en un pasillo abierto.

Salió petulante, como si estuviera lista para atraparme. Al igual que sabía que yo pensaba que era idiota por hacerme una pregunta tan estúpida sólo para demostrar que no lo era. Quería golpearla en la cara.

—Supongo que me sentí encerrada —murmuré. Estaba enojada por la forma en que me hizo sentir como si no tuviera una excusa legítima para desmayarme ya que estaba en un pasillo grande y abierto. Como si fuera mi culpa.

—Ya veo. ¿Alguna vez has tenido un ataque en cualquier otro espacio abierto? —preguntó.

Pensé por un momento. Y luego el recuerdo inundó mi mente. "No tenía nada que ver con los espacios abiertos. Tenía que ver con un viejo patio de juegos en McDonald, particularmente con una pieza del equipo de juegos: la cárcel del Oficial Big Mac. Tenía siete años, y estábamos de vacaciones, viajando por Texas. Paramos para almorzar y pedí jugar en el patio porque ninguno de los McDonald's de casa tenía un patio como ese. Todos los nuestros eran de plástico y seguros. Este era de metal brillante y peligroso en el sol caliente y me llamaba.

Vi a unos niños jugando en la cárcel del Oficial Big Mac, y quise unirme a ellos. Era un largo tubo de metal que alojaba una escalera. La parte superior de la cárcel era una enorme esfera achatada con la forma de una hamburguesa, los panecillos superiores e inferiores estaban separados por postes metálicos para parecerse a una celda de cárcel.

Tuve mi primer ataque de pánico de claustrofobia ese día mientras subía la escalera hacia la hamburguesa. El interior era lo suficientemente grande como para arrastrarse cómodamente, pero no podía estar de pie. Y no podía levantar mi cabeza para llegar a ver delante de mí. Me arrastré una vez dentro de todo el asunto, y decidí que no me sentía bien. Quería salir. Pero la escalera estaba bloqueada. Más niños estaban subiendo, así que no tuve más remedio que encogerme y esperar a que entraran antes de hacer mi camino hacia abajo. Pero no dejaban de entrar, moviéndose hacia la izquierda y la derecha, capturándome contra las barras de metal.

Entré en pánico. Traté de moverme alrededor de un niño flaco, pero él me gritó. Sentí las lágrimas calientes rodando por mis mejillas mientras miraba más allá de las barras a mis padres sentados en una mesa abajo. Estaban inmersos en una conversación. No me veían. No se dieron cuenta que estaba atrapada. Grité por ayuda, y finalmente miraron hacia arriba. Me saludaron y sonrieron, pensando que estaba jugando. ¡No, no! pensé, sacudiendo la cabeza tan fuerte que aflojé mis broches. ¡No estoy jugando! ¡Ayúdenme!

No podía respirar. Sabía que tendría que matar a alguien para salir. Incluso en los siete años pensé, ¿quién construye un parque como este?

Me volví hacia los niños apiñados dentro de la cárcel y grité a todo pulmón:

¡Sáquenme de aquí!

Sus ojos se agrandaron. Debía parecer un loca. Mi cabello estaba saliendo por todas partes. Mi cara surcada de lágrimas. Los niños se empujaban unos a otros hacia un lado, creando un poco de espacio para que pudiera gatear alrededor de ellos hacia la escalera. Una vez que mi pie golpeó el primer escalón, sentí que el pánico se desplomaba. Miré hacia abajo del tubo, a una chica que acababa de entrar y estaba agarrando los lados de la escalera.

¡Fuera de mi camino! —le grité.

La chica levantó la mirada por un segundo, su labio inferior tembló y entonces salió corriendo llorando.

Me deslicé por la escalera en mi prisa por estar tan lejos de la cárcel del Oficial Big Mac como fuera posible. Corrí hacia mis padres, arrojándome encima de mi padre, que me llevó a su regazo y me preguntó qué estaba mal. Lloré con fuerza en su pecho, tan fuerte que no podía respirar. Una empleada de la tienda me vio y fue por una bolsa de papel. Ella volvió y me dijo que respirara en ella. Obedecí porque era un adulto, y automáticamente confié en ella".

Miré al adulto de pie sobre mí ahora.

—¿Estás bien? —preguntó la enfermera en voz baja.

No tenía idea de que estaba llorando.

—¡Todo es culpa del Oficial Big Mac! —lloré.

Uno de los lados de la boca de la enfermera se arqueó.

—Yo también odiaba esa maldita cárcel.

Merodeé fuera del gimnasio esperando a Madara. Era tarde, y creo que lo hizo a propósito. Estoy segura de que le gustaba hacerme esperar por él. Miré el reloj. Cuatro y cuarto. Pensé en irme. No me quedaría y dejaría que me hiciera sentir estúpida. Ya me sentía bastante ridícula después de mi ataque de pánico más temprano.

Afortunadamente, los únicos testigos de mi ataque fueron estudiantes de primer y segundo año. Los mayores estaban en el almuerzo. Estoy segura que los estudiantes harían chismes sobre ello, pero me pareció que a los de último año no les importaría. Me di cuenta en mi primera semana que los de último año se mantenían separados del resto del alumnado. Esnobs, por cierto. Cada tanto los veía charlando con chicas de primer año o de segundo año. Objetivo fácil, supuse.

Unos minutos más pasaron, y decidí irme. Por supuesto, allí fue exactamente cuándo Madara apareció, de la nada, paseando hasta mí con una especie de cómoda indiferencia que me puso enojada al instante.

—Siento llegar tarde —dijo—. Algo ocurrió.

—Tienes suerte —le contesté—. Estaba a punto de irme.

—¿En serio? —preguntó, como si no creyera una palabra de eso. Como si esperara que me quedara frente al gimnasio durante toda la noche para él.

Asentí y volví la cara. No quería que viera lo irritada que estaba. Me acordé de que estaba tratando de atraerlo, no alejarlo.

—Esos pendientes son bonitos —dijo, observando el diamante en mi oreja izquierda.

Sonreí. No pude evitarlo. Así que este era su juego. Actuar como un idiota y luego decir algo dulce. A él no podrían importarle menos mis pendientes, y en ese momento, mi corazón se contrajo y mi sonrisa se desvaneció.

Eran los pendientes de mi madre. Eran los pendientes de su boda. Me los dio cuando cumplí dieciocho años. Eran especiales, y él los halagó de manera desinteresada y barata. Haciéndome sentir barata.

—¿Estás lista? —preguntó levantando la cámara del anuario.

Asentí y le seguí hasta el gimnasio. Abrió la puerta para mí como un caballero, guiándome hasta las gradas con la mano en la parte baja de mi espalda. Traté de caminar más rápido para alejarme de su toque, pero mantuvo el paso con el mío, sin apartar la mano. De hecho, se mantuvo allí una vez que nos acomodamos en la primera fila.

Me retorcí.

—¿Algún problema? —preguntó.

Me retorcí de nuevo, y apretó su mano en mi espalda baja antes de sacarla. Sé que él quería que dijera algo al respecto, pero no lo haría.

—Tomaré el primer juego. Tú toma el segundo —dijo, preparando la cámara y tomando algunas fotos de práctica.

Las chicas ya estaban en la cancha, haciendo ejercicios de calentamiento. Nunca presté atención a voleibol en mi vieja escuela, nunca fui a un juego. Pensé que sería terriblemente aburrido, pero una vez que el primer partido comenzó, me encontré gritando y alentando más fuerte que cualquier otra persona en las gradas. Era un juego emocionante y sentí un respeto profundo por las chicas que clavaban con fuerza la pelota en la red. Me gustaría ser tan fuerte.

Era apenas consciente de Madara moviéndose en los márgenes tomando fotos, pero en un momento, me di cuenta que él estaba en la línea de fuego. Bueno, eso si el jugador disparaba el balón fuera de los límites. Esperaba que lo hicieran. Esperaba que le golpearan en la cara.

Pero la jugadora era demasiado talentosa y el lanzamiento aterrizó justo en la esquina trasera de la cancha dentro de las líneas. Un "Ace", me dijo más tarde. Y Madara, por supuesto, sacó la imagen perfecta de la pelota yendo en su dirección con la jugadora en el fondo un poco fuera de foco, todavía tensa en el aire con su mano arriba. Me la mostró en la pantalla de la cámara durante un receso. Era una foto hermosa, tenía que admitir.

—Tal vez deberías tomar todas las fotos —dije—. No soy buena con una cámara.

—¿Por qué te uniste al anuario entonces? —preguntó.

—Bueno, soy una escritora decente —le contesté—. Me imaginé que iba a escribir todos los títulos, resúmenes de página y esas cosas.

Asintió.

Pensé que era hora de comenzar con las preguntas. Tenía que asegurarme de no abrumarlo, sin embargo, o hacerle sospechoso. Quería que pensara que estaba realmente interesada en su sórdida vida.

—Entonces, ¿en qué cosas estás involucrado en la escuela? —le pregunté.

—Bueno, en Anuario primero —respondió.

Sonreí dulcemente.

—Y estoy en el equipo de natación —dijo.

—Oh, eso da cuenta de tus brazos —le dije.

Le gustó ese comentario. Sabía que lo haría. Su cuerpo se hinchaba ante los halagos.

—Sí, nado mucho. Nado cuando no tengo que hacerlo.

Sea lo que eso signifique.

—¿Es, como, una cosa terapéutica? —pregunté.

—No lo sé —dijo—. Creo que nunca realmente pensé en eso. Hablando de terapia, ¿qué te pasó hoy en el pasillo? Oí a alguien decir que te desmayaste.

Me sonrojé de un rojo profundo y aparté los ojos.

—Nada —murmuré.

—Desmayarse no es "nada". —Presionó—. ¿Tienes una condición médica o algo así?

Estaba más allá de vergüenza. La pregunta sonó áspera y acusatoria. No había preocupación en su tono, pero luego miré su cara. Estaba llena de preocupación, o tal vez era simplemente muy bueno fingiendo.

No sabía si debía admitirlo ante él. Me haría ver débil. Y entonces pensé que podría jugar a mi favor. De una forma retorcida y enferma, a él podría gustarle saber sobre eso, fingir preocupación mientras me atrae hacia su confianza. No podía saber ahora cómo iba a usar esa información en el futuro.

—Tengo ataques de pánico de vez en cuando —admití.

Se quedó en silencio por un momento y me moví incómoda en mi asiento

—¿Por qué? —preguntó.

—Tengo un mal caso de claustrofobia —le expliqué—. Y sí, sé que estaba en un pasillo. No es exactamente un armario o algo así. Pero tuve un ataque de todos modos. Realmente no sé lo que lo disparó.

Eso era una mentira. Me asusté de todas las chicas bonitas y asustadas que vi. O imaginé. No podía recordar. Sólo sabía que algo silencioso y malvado estaba ocurriendo en esta escuela, y mi cuerpo se apagó a causa de ello.

Madara contuvo el aliento.

—Así que supongo que no haces eso de besarse en los asientos traseros de los autos.

Lo miré, sorprendida.

—Oh Dios, sólo estaba bromeando —dijo rápidamente—. Se supone que es una broma.

No sabía qué decir, así que simplemente respondí:

—Voy a comprar una bebida.

Agarró mi brazo cuando me puse de pie.

—Sakura, lo siento. Fue una mierda lo que dije.

Ignoré sus disculpas a favor de centrarme en el hecho de que me llamó "Sakura". Por primera vez. Se había dirigido a mí docenas de veces en el pasillo. Siempre "Sakura". Ahora era "Sakura". Él sabía que se había equivocado y tuvo que acelerar sus planes. Por un breve momento, pensé que no habría más juegos. No más hacerme trabajar para entrar en su pequeño club. Él no quería dejar pasar la oportunidad de reclamarme, especialmente si él pudiera ser testigo de un ataque de pánico como resultado.

—Está bien —le dije—. Pero realmente tengo sed.

Madara se levantó y empujó la cámara en mis manos.

—Yo voy. Tú quédate aquí —dijo—. ¿Qué te gustaría?

—Sólo agua —le contesté, mirando a la cámara. Tenía la esperanza de que no esperara que tomara fotos mientras estaba fuera. Ni siquiera sabía cómo usar esta monstruosidad.

—Está bien —dijo, y corrió a la mesa de entrada.

Metí mi rostro contra la cámara tímidamente y miré a través de la lente. Probé el botón grande en el lado derecho y tomé una foto del piso del gimnasio. Alejé la cámara para estudiar mi foto. Era un borrón de un débil color amarillo. Lo intenté de nuevo, empujando mi cara contra la cámara y moviéndola hacia arriba y abajo de las gradas. No podía creer que la gente se presentara a ver un partido de voleibol. No había tanta gente como un juego de baloncesto, pero seguía siendo un buen número. El equipo de las chicas debía estar orgulloso, pensé.

Casi puse la cámara hacia abajo cuando vi a Sasuke sentado en la parte superior de las gradas. Me vio mirarlo a través de la lente, con el ceño fruncido. No parecía feliz. Traté de enfocar la lente, y tuve éxito en conseguir una visión un poco más clara de él. Su cabello era un desastre alborotado y sexy, como el estilo de los '60 tan popular con los chicos ahora. Me alegró de que el flequillo no ocultara sus penetrantes ojos, sin embargo. Nada debería cubrir esos ojos.

Tenía la mandíbula apretada, y me pregunté por qué estaba enojado. Pensé absurdamente que estaba enojado conmigo y no podía entender lo que había hecho mal. Me quedé paralizada, incapaz de apartar la cámara de él. Se negaba a desviar la mirada. Casi pensé que estaba tratando de decirme algo, pero era demasiado estúpida para entenderlo.

—¿Qué estás haciendo? —Madara se dirigió a mí por detrás.

Me di la vuelta para mirarlo, asomándome por detrás de la cámara.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

Madara me miró y luego a las gradas.

—No quieres tener nada que ver con ese tipo —advirtió—. Es uno de esos locos solitarios. Creo que está bajo los efectos de medicamentos o algo así. Una bomba de tiempo.

Bajé la cámara.

—No sé de qué estás hablando —le dije—. Estaba tomando fotos de los fans.

Madara me arrebató la cámara y buscó las fotos recientes.

—¿Ah, sí? —preguntó, al no encontrar fotos en absoluto.

Mi rostro se encendió de nuevo.

—Bueno, estaba tratando de todas formas.

—Lo digo en serio, Sakura —dijo Madara, entregándome una botella de agua—. Sólo quiero que estés segura.

Tomé la bebida, pensando que "segura" no tenía nada que ver con eso. Lo que realmente escuché entre líneas en la advertencia de Madara fue:

—Involúcrate con ese tipo, y puedes olvidarte de mí. —Estaba metida en medio de otra situación injusta. Karma, tal vez, por mis errores del pasado. Estaba innegablemente atraída por Sasuke. Y sentía una atracción en su extremo. Pero no podía hacer nada al respecto. No podía ni siquiera hablar con el tipo, al menos no en la escuela. No podía arriesgarme a que Madara me viera.

—¿Me escuchaste? —preguntó Madara—. Quiero que estés segura, Sakura.

Asentí, mirándolo. Me miró con la mayor preocupación, y me olvidé de que era un mal tipo. No sonaba como uno ahora. Sonaba como si quisiera protegerme, cuidarme, y casi le creí.

Casi.