Adaptación de "Goin Under" de S. Walden.

Naruto pertenece a Masashi Kishimoto.

Nota: En estos momentos hago adaptaciones porque me gusta leer historias con sasusaku aplicándolos a las distintas épocas y modo de escritura de cada autor.

*"Recuerdos"

*Relato

*Pensamientos

Capítulo 8

La primera vez que en verdad tuve una conversación con Sasuke Uchiha fue poco después de nuestro pequeño juego de espionaje. Estaba limpiando la sala el sábado por la mañana y abrí las cortinas que usualmente estaban colgadas sobre la enorme ventana que daba hacia la calle, necesitaba sol. Me di cuenta de que parte del problema de mi papá era que había pasado demasiados años sin sol.

Vivía en una pequeña caja encerrada con gruesas telas que prohibían que el mundo exterior echara un vistazo. No me importaba quién mirara mientras pudiera sentir la luz del sol en el rostro cuando me sentara a leer en el sofá. Viví en mi vieja casa un total de diecinueve horas antes de abrir todo, arrancando polvo y duro aislamiento. Podía notar que mi papá estaba nervioso pero no dijo nada, me complacería con cualquier cosa que quisiera.

Cuidadosamente maniobraba con la aspiradora por debajo de la mesa de café cuando lo vi con mi visión periférica. Miré por la ventana y estaba montando su patineta en la acera. No se veía como un skater, excepto por el pelo. No estaba vestido con ropa de skater. Tenía jeans de corte recto con una ajustada camiseta azul. Tenía brazos fuertes pero no me parecía el tipo de chico que hacía pesas. Sin embargo, nadie estaba simplemente bendecido con esos músculos tonificados. Imaginé que cortaba madera. Me gustó esa imagen. Inclusive, mejor sin camisa.

Se detuvo frente a mi casa y miró a la puerta de entrada. Me asombró y supe que después sus ojos se moverían a la ventana abierta, así que desvié los míos y continué limpiando, tratando de lucir hermosa y desentendida. Pero, ¿cómo alguien se puede ver hermosa mientras limpia con una aspiradora?

Traté de inclinar la cabeza hacia un lado y sonreír pero me sentí tan estúpida que lo dejé. Puse la mano libre en la cadera pero eso me hizo sentir como una de esas modelos de Descúbrele el Precio. Me rendí y apagué la aspiradora. Cuando me atreví a mirar por la ventana ya se había ido y la decepción se manifestó como un apretón en mi pecho. No me gustó lo que sentí. No debería sentirme de esa manera en absoluto respecto a una persona que no conocía. Gruñí y dejé a un lado la aspiradora.

Cuando regresé a la sala, lo vi de nuevo. Estaba montando en dirección opuesta. Se detuvo de nuevo frente a mi casa y de nuevo desvié la mirada. Miré hacia el retrato familiar todavía colgado encima del sofá. Hice una mueca, luego lo pensé dos veces. Las muecas son feas. Así que traté de sonreír. Una sonrisa dulce. Pero parecía falsa. Perdí la sonrisa y traté de verme pensativa. ¿Qué demonios?

Miré por la ventana pero había desaparecido de nuevo. Caminé hacia la ventana y miré en la dirección en que se había ido. Estaba a solo unas casas de distancia, un pie en su patineta como si estuviera a punto de salir en dirección a mi casa. Lo vi decidir, silenciosamente rogándole que volviera a mí.

Lo que debería haber hecho era cerrar las cortinas. Lo sabía. Pero se deslizó por mi casa una tercera vez y decidí revisar el correo. Se movió hacia mí cuando llegué al buzón y lo miré.

—Oye, Sakura. Estaba preguntándome cuándo decidirías salir y decirme "Hola" —dijo deteniéndose en seco y moviendo su patineta hacia su mano. Bastardo engreído. Me ruboricé y miré al correo. De repente era todo tan interesante: cuentas y una revista de manualidades. ¿Una revista de manualidades?

Lo sentí mirándome y dejé de rebuscar en el correo.

—¿Me viste? —pregunté, todavía sin mirarlo.

—Me gustó especialmente la mirada de la mano en la cadera —respondió. Y me encogí.

—Oh Dios mío. Tengo que irme.

—Por favor no —dijo él y atrapó mi brazo—. Solo estoy bromeando.

Finalmente reuní el coraje para mirarlo y me soltó el brazo.

—¿Por qué no tocaste mi puerta? —pregunté—. Te vi pasar, como tres veces.

Se encogió de hombros y masajeó la parte posterior de su cuello.

—Está bien. Eso no es una respuesta —dije.

—Te veías ocupada. Aspirando.—Sonrió.

Lo consideré por un momento

—¿Vives en este vecindario?

—Justo al final de la calle.

Bueno, eso era inconveniente. Todo sobre este chico era así, desde su increíble rostro sexy y ojos y cabello y cuerpo, hasta el hecho de que iba a mi escuela, ahora resultaba que vivía en mi vecindario. ¿Cómo es que no lo había notado hasta hoy?

—Pero nunca te he visto —dijo él—. ¿Te acabas de mudar?

—Bueno, mi papá ha vivido un tiempo aquí. Vine a vivir con él cuando mi mamá se mudó a california —expliqué.

Me miró como si esperara más explicación. No sé por qué quise dársela. Era presuntuoso de su parte, pero por alguna razón no me molestó.

—Mis padres se divorciaron cuando estaba en primaria —dije.

—Dios, ¿no podían haber escogido un mejor momento? —preguntó él.

—Es cierto. Ya era un desastre, con frizz, un rostro lleno de barros y piel grasosa. Pensarás que tendrían la decencia de esperar hasta la secundaria o algo así, cuando las cosas se nivelaran.

Él sonrió.

—De todas formas, fui a Hanover High hasta el año pasado —dije—. Pero no quería moverme al otro lado del país en mi último año, así que, aquí estoy.

—Pero sigue siendo una nueva escuela de todos modos —señaló Sasuke.

—Es cierto, pero al menos el área es familiar y tengo una buena amiga de mi secundaria anterior con la cual todavía salgo —dije.

Asintió.

—Entonces, ¿cuál es tu historia? —pregunté—. Nunca te veo con alguien en la escuela.

Se tensó de inmediato, apretando su mandíbula de la misma manera que cuando lo atrapé en las gradas con una cámara en el juego de volibol.

—No tengo ninguna historia —dijo.

Me moví inquieta, sin saber qué decir. Era obvio que había tocado un nervio y pensé que mejor no presionaba más. Sin embargo, una pequeña indignación se manifestó. Después de todo, él claramente había esperado que yo compartiera, pero no estaba dispuesto a hacer lo mismo. Nunca me habían gustado las cosas de un solo lado, especialmente las amistades.

—Entoncessss, ¿dónde es tu casa? —pregunté, intentando algo neutral.

—Está a seis de la tuya —respondió—. En el mismo lado de la calle.

—Entonces somos prácticamente vecinos —respondí y él asintió, dejando caer su patineta en la calle.

—Mejor me voy —dijo.

Sentí la decepción instantáneamente. Acabábamos de empezar a hablar y había tanto que quería preguntarle y saber de él. ¿Por qué estaba en el funeral de Matsuri? ¿Por qué era un solitario en la escuela? Era sexy como el infierno así que sabía que eso no tenía nada que ver. ¿Por qué me miraba todo el tiempo? ¿Por qué se veía enojado en el juego de volibol? ¿Por qué Madara me dijo que me alejara de él? ¿Por qué me habló justamente ahora, pareciendo feliz hasta que le pregunté su historia? Dios, ¡no podía soportar no saber! Y verlo deslizarse por la acera lejos de mí, mientras tenía la boca llena de preguntas me puso de un humor terrible el resto del día.

—¿Puedes creer que solía ser porrista? —le pregunté a Hinata mientras nos sentábamos en nuestros lugares.

Ella ni siquiera supo qué responder. Estoy segura de que se preguntó por qué lo mencioné. Era algo extraño.

—Quiero decir, no soy del estereotipo de porrista, ¿verdad? —Hinata se encogió de hombros y me dirigió una sonrisa sin compromisos.

Seguí intentando.

—Era un flyer —continué—. Podía hacer Baskettossestodo el día pero la Libertyera la más difícil para mí.

Hinata se movió incómoda en su asiento.

—¿Las porristas tienen un prototipo?

Me quedé sorprendida y un poco alentada.

—Claro que sí. Son dulces, sonrientes y extrovertidas.

—Tan estereotípico. —Sonrió.

—¿De dónde crees que salen los estereotipos?—Me reí.

Se rió y luego se quedó callada.

—No todas son dulces —susurró.

—Oh, estás hablando de las chicas pesadas —dije.

Me sentí terrible. Sabía que la conversación era dolorosa para ella. Sabía que estaba excavando recuerdos que prefería mantener enterrados pero tenía que saber qué le había sucedido.

Después de la fiesta, decidí que haría de mártir si tenía que hacerlo, por todas y cada una de esas chicas. Pero necesitaba más información. Simplemente ya no era solo Madara. Probablemente podía ponerme en situaciones comprometedoras con él en cualquier momento. No, era más que eso. Había otras cosas y no estaría feliz con solo destruir la vida de Madara. Iba a destruirlos a todos.

Hinata asintió. Se veía como si estuviera decidiendo, debatiendo cuánto compartir conmigo. Comenzó a hablar pero rápidamente cerró la boca cuando Madara se acercó a la mesa.

—Oye, Sakura —dijo él dirigiéndole una mirada de soslayo a Hinata. La vi temblar. Temblar.

—Hola, Madara —respondí.

—Hubiera deseado que te quedaras más tiempo en la fiesta —dijo—. Quería pasar más tiempo contigo.

—Bueno, el deber llamaba —respondí—. Tenía que llevar a mis amigas a casa.

—Sí, se veían muy borrachas —dijo Madara—. Una de ellas estaba encima de Setsu.

—Creo recordar que él estaba encima de ella —corregí.

—Oh, es cierto —dijo Madara moviéndola cabeza. Luego se rió—. En verdad lo enojaste. Interrumpiste su juego.

—Perdón —susurró Hinata y desapareció del salón.

Madara la vio irse y se volteó hacia mí.

—Oye, escucha, probablemente no quieres involucrarte con ella.

—¿Ah sí? ¿Por qué? —pregunté.

—Ella está un poco chiflada, si sabes lo que quiero decir —explicó—. Creo que su padre se suicidó o algo así y ha estado lunática desde entonces.

Odiaba a Madara. Y odiaba sus agallas. Si tuviera una daga en mi bolso, la sacaría en este instante y se la metería en el corazón. Luego le cortaría la lengua por ser un jodido mentiroso. El padre de Hinata estaba vivo y estaba bien, me había enterado la semana pasada cuando había mencionado algo sobre su trabajo. La única persona que podría convertirla en lunática, incluso si ya lo estaba, era el mismo Madara. También la violó. Lo sabía.

De repente vi a Sasuke. ¿Qué le había pasado? Obviamente tenía algo que ver con Madara. Mi mente se activó en ese momento, recordando a su hermana en el restaurante. Debería estar en la secundaria pero nunca la había visto. Tal vez simplemente no estaba prestando atención. ¿Y si algo le había pasado? ¿Si ella era otra víctima y Sasuke era incapaz de hacer algo al respecto? Las violaciones eran mucho más difíciles de procesar si no había evidencia física. Dudé que alguna de estas chicas hubiera ido al hospital después de sus ataques. Dudé que la hermana de Sasuke lo hubiera hecho, siendo tan joven y temerosa. Y avergonzada.

Mi mente estaba volando en este momento y me tomó mucho tiempo escuchar la voz de Madara en la distancia tratando de llamar mi atención.

—¡Sakura! —decía—. Demonios chica, ¿a dónde fuiste?

—Tengo un examen importante en física. Lo siento. Me distraje.

Volví la cabeza para ver a Hinata afuera del salón, rehusándose a entrar hasta que Madara estuviera sentado en la parte de atrás.

—Bueno, piensa lo que acabo de decir. Simplemente estoy tratando de ayudarte. Porque eres nueva y todo eso —dijo Madara.

Caminó hacia la parte trasera del salón y entonces Hinata entró. Se deslizó sin hacer ruido en su lugar y no reconoció mi presencia.

"—¡Digan "Mejores Amigas"! —exclamó mamá desde detrás de la cámara.

¡Mejores Amigas! —gritamos, estirando nuestros collares para que las piezas separadas se unieran y formaran todo el corazón, que decía "Mejores amigas."

Era mi regalo de cumpleaños favorito dado por mi persona favorita. Matsuri se quedó después de que todos los invitados de la fiesta se fueron. Iba a pasar

la noche en mi casa y teníamos grandes planes, los cuales incluían pizza, películas, maquillaje y chismes. No pensaba que ninguno de mis cumpleaños subsecuentes se igualara a este. Decidí que los ocho años eran la edad perfecta y quise congelar el tiempo, con esa hermosa pieza de joyería que mi mejor amiga había escogido cuidadosamente para mí y nunca pasar de este momento.

¿Prometes no quitártela? —preguntó Matsuri, sentándose conmigo en la mesa de la cocina.

Nunca —dije, pensando que no podía esperar para mostrársela el lunes por la mañana a esas chicas que no me agradaban en la escuela.

Matsuri sonrió de oreja a oreja mirándome tocar el collar de corazón.

Quería el "mejami" pero sabía que tú lo querías —dijo ella.

Es cierto. Me gustaba el "mejami" más que el "Best Friend" pero estaba dispuesta a cambiarlo. Si eso hacía feliz a Matsuri, sin importar que fuera mi cumpleaños, estaba dispuesta a cambiar.

¿Quieres cambiar? —pregunté.

No, no —respondió—. Ahora me gusta mi mitad. Simplemente decía que cuando la vi, me gustó la tuya.

¿Quieres un poco?—le dije sonriendo mientras tomaba otro plato de pastel.

Mmhmm —respondió Matsuri, tomando el tenedor de plástico.

¿Crees que seremos mejores amigas por siempre? —pregunté, metiendo un trozo muy grande de pastel en mi boca.

¿Por qué no? —respondió ella.

Exactamente. ¿Por qué no?—Me las arreglé para reírme con la boca llena.

Mientras no resultes mala como Courtney —dijo Matsuri.

¡Nunca actuaría como ella! —respondí.

Lo sé Sakura. —Pasó el brazo izquierdo por mi hombro de manera casual—. Feliz cumpleaños.

Se inclinó para besar mi mejilla. Las migas de pastel de sus labios se pegaron a mi cachete.

Y no me importó".

Me desperté llorando. Me agarré el estómago meciéndome adelante y atrás, adelante y atrás, sintiendo la amenaza de un ataque de pánico y la incapacidad de detenerlo. Escuché la voz de Matsuri diciendo una y otra vez: ¿Prometes no quitártelo?

No pude respirar cuando la siguiente ronda de sollozos me envolvió. Me puse la mano en la boca pero no camufló nada. Estaba acostumbrada a sentirme culpable constantemente pero esto era diferente. Esto era más pesado, más aterrador. Y temí que estuviera atrapada para siempre incapaz de seguir adelante, por la forma cómo la había tratado.

—¡Lo prometo! —grité antes de que me diera cuenta de que lo había dicho en voz alta.

Papá entró volando a la habitación.

—Sakura ¿qué pasa? —preguntó sentándose junto a mí y tomándome en sus brazos.

Lloré más fuerte, enterrando mi rostro en su hombro, la humedad de mis ojos y nariz cayendo sobre su camisa.

—Fui una mala amiga —lloré.

Mi papá acarició mi cabello.

—Eso es imposible.

Pero papá no sabe lo que hice. No sabía los pecados de los que tenía que arrepentirme, la enfermedad de mi mente que me hacía escuchar a Matsuri todo el tiempo. Hablándome. Rogándome. Maldiciéndome. Llorándome.

Me alejé y me limpié la nariz.

—Sí papá, lo fui.

—¿Qué quieres decir, Sakura?

—Pensarías terriblemente mal de mí si te lo dijera —dije.

Mi voz temblaba incontrolablemente.

—Nunca haría tal cosa —respondió él.

—Salí con el novio de Matsuri antes de que ella muriera le dije suspirando.

Papá se quedó en silencio.

—Ella se enteró —dije—. No creo que por eso ella… lo haya hecho, pero me siento tan culpable. Nunca tuve oportunidad de enmendar las cosas.

Nuevas lágrimas bajaron, resbalando una por una por mis brazos y pecho.

—¿Sigues con su novio? —preguntó papá.

—¡No! —respondí—. ¡Dios mío, no!

—Entonces hiciste lo correcto —dijo él. Puso su brazo alrededor de mí y descansé la cabeza en su hombro.

—No creo que eso sea suficiente —susurré.

—¿Te disculpaste antes de que muriera? —preguntó él.

—Sí. Quiero decir, ella no me hablaba en persona así que tuve que dejarle mensajes en el celular, pero sí. Intenté. Por meses. Todo el verano.

—¿Entonces cariño? Eso es todo lo que podías hacer —dijo papá. Besó la cima de mi cabeza.

Pero sabía que no era todo. Siempre había una forma en la que podía expiarse. Tenía que hacerlo o Matsuri me embrujaría por siempre. Imaginé mi cerebro deteriorándose, volviéndose negro con la enfermedad de la culpa. No pude soportar ese pensamiento y le rogué a mi padre que se quedara conmigo. Estaba demasiado asustada por volver a dormir, de ver el rostro de Matsuri, así que fuimos abajo. Me hizo té y nos sentamos lado a lado conversando en las tempranas horas mientras el televisor sonaba de fondo.

Me quedé mirando el lienzo en blanco, blanco brillante y lleno de promesas. Tenía las pinturas en la cabeza y una idea en mente. Estaba afuera en el patio. Nunca pintaba adentro, incluso con iluminación aceptable.

No. Tenía que tener sol si iba a crear algo bueno. El sol se sentía cálido y delicioso en mi cabeza, más suave que el sol del verano pero no agresivo como el de invierno. Las estaciones estaban cambiando y observé el primer cambio de hojas en mi patio. Esa era mi idea: una pintura de hojas. Metí el pincel en una gotita de pintura de óleo mezclada. Nunca pintaba con acrílicos. Mamá me preguntó una vez que por qué no podía ser una pintora "barata", notando la enorme diferencia de precios entre el acrílico y las pinturas a base de óleo. ¿Qué podía decir? No la podía hacer comprender la diferencia, de cómo el acrílico se secaba casi inmediatamente en el lienzo. Imposible de manipular. Obstinado e implacable si cometías un error. No tenías más opción que pintar encima de tu desastre. Y luego se quedaba ahí, escondido entre la pintura, pero siempre sabías que estaba ahí.

Pero las pinturas a base de óleo eran diferentes. Te perdonaban cuando te equivocabas, secándose lentamente para darte tiempo de arreglar errores, hacer las cosas bien. En muchas ocasiones, podía dejar mis pinturas por días, regresar y manipular los colores como si estuviera recién pintado. No podía hacer que mi madre entendiera la riqueza de las pinturas a base de óleo.

—Oh, ¡sé todo sobre su riqueza! —dijo mamá cuando lo tomé como un hobby—, y será mejor que no te aburras más adelante.

Nunca me había aburrido pintando. El caso es que trabajaba cada año para volverme mejor. Aprendiendo nuevas técnicas, descubriendo mis puntos fuertes. Pero sobre todo, la pintura me permitía escapar. No tenía que ser la Sakura popular. La Sakura divertida. La Sakura sexy. La Sakura ingeniosa. Podía ser tan vulnerable y extraña como quisiera y mis amigos me perdonarían porque era arte.

Y estaban impresionados.

El primer contacto de un pincel con el lienzo es una cosa intoxicante. Creo que es la promesa de algo maravilloso, hermoso. Puedes ver el producto terminado en el ojo de tu mente pero nunca resulta como lo esperabas.

Siempre es mejor, o al menos en mi experiencia. Y ahí entra la embriaguez. Crees que sabes qué esperar. Crees que lo tienes todo planeado. Pero algo en ti siempre te sorprende y es una corriente que te mantiene en silencio averiguando cuándo estará lista una pintura.

Comencé, sintiendo la adrenalina mientras mi pincel golpea el lienzo por primera vez. Trabajé toda la mañana creando cada hoja, mezclando los colores cuidadosamente, pensé que evocaría este último empujón de vida: piedras de colores ricos: rojos, cafés dorados y naranjas salvajes. Pero no pude hacer que mis colores fueran suficientemente brillantes. Se veían brillantes en la paleta pero una vez los trasladaba al lienzo, se convertían en tonos apagados y aburridos.

Pensé que mis ojos me estaban engañando. Miré el brazo donde acunaba la paleta.

Los colores me gritaron. Miré mi pintura. Gruñó antes de quedarse en silencio. Un simple nada. Pero no antes de reírse un poco. La escuché reírse. Escuché su risa.

Mi latido se aceleró. Sentí rabia, un odio más allá de lo normal. Era odio que salió flotando de mí como adrenalina retorcida. De la clase con la que no deberías actuar, pero si no lo haces, explotarás. No quería atraer la atención de los vecinos, así que mantuve la furia silenciosa.

Miré mi pintura sin vida y murmuré:

—Matsuri, eres una jodida perra.