Adaptación de "Goin Under" de S. Walden.
Naruto pertenece a Masashi Kishimoto.
Nota: En estos momentos hago adaptaciones porque me gusta leer historias con sasusaku aplicándolos a las distintas épocas y modo de escritura de cada autor.
*"Recuerdos"
*Relato
*Pensamientos
Capítulo 10
Hijo. De. Perra.
Desperté en la cama de Ino con un intenso dolor de cabeza. Ella salió del baño, con el cabello envuelto en una toalla, una sonrisa plasmada en su rostro, viéndose animada.
—Hola, rayito de sol —dijo, dirigiéndose a su cómoda.
—Te odio —murmuré.
—Oye. No te obligué a beberlo todo, Sakura —dijo.
—Todavía te odio.
Ino hizo un puchero.
—Sabes que te divertiste.
Mis labios se curvaron en una sonrisa dolorosa.
—¿Cuán estúpida me puse?
—Bueno, tuve que luchar por quitarte tu teléfono —dijo Ino.
—¡De ninguna manera! Recuerdo dormirme en tu hombro —repliqué.
—Mmhmm. Y luego despertaste y quisiste hablar con tu papá y luego con tu mamá. Gaara y luego Sasuke —dijo Ino—. Especialmente Sasuke.
Puse mis manos sobre mi cara.
—Soy una idiota.
—No lo eres —dijo Ino, desenvolviendo su cabello y recogiéndolo en un moño húmedo—. Fue diversión inofensiva. Te pusiste tonta, y luego te llevé a la cama. Sólo prométeme que nunca beberás sola.
—Nunca voy a beber de nuevo, punto —murmuré.
Ino suspiró.
—Eso es lo que todos dicen.
Rodé en mi costado y casi grité de agonía. El palpitar en mi cabeza pulsó cercano a una explosión antes de establecerse una vez más en un dolor castigador.
—Voy por desayuno. ¿Qué quieres?
El pensamiento de comida me hizo querer vomitar. Cerré mis ojos y tragué con fuerza.
—No deberías salir con el cabello húmedo. Hace frío —dije.
—Está bien. Y voy a hacerte comer algo —dijo Ino—. Quédate aquí. Ya vuelvo.
No tenía planes de dejar su cama. Nunca.
Cuando llegué a casa alrededor de las tres, colapsé en mi propia cama. El día ya estaba perdido, y no quería nada más que dormir mi dolor de cabeza. Me convencí de que no soñaría esta vez porque mi cerebro no estaba funcionando bien. ¿Cómo podía posiblemente convocar los eventos de mi pasado cuando no podía recordar el día de la semana?
"—Está bien, tenías razón —admitió Matsuri—. Creo que estoy enamorada de él.
—¿Oh? —Me retorcí en el asiento del pasajero.
—Sí. Y nunca me he sentido de esta forma por nadie —dijo Matsuri—. A riesgo de sonar súper cursi, gracias a ti.
Miró en mi dirección por un segundo antes de volverse hacia el camino.
—¿Gracias a mí por qué? —pregunté.
—¡Por engancharme con él! ¿Hola? —Me miró de nuevo—. ¿Qué pasa contigo hoy?
—Nada —mentí.
No podía quitarme el recuerdo de Gaara inclinándose y besándome. Había ocurrido anoche. Salimos, los tres ya que yo había fracasado en otra cita a ciegas, y llevamos a Matsuri a casa primero. Eso me dejó para el final, y él me besó antes de que pudiera encontrar la manija de la puerta y salir del auto.
No vino exactamente de la nada. Él había estado coqueteando conmigo durante la semana pasada, siempre encubierto y siempre en ausencia de Matsuri. Cuando reuní el coraje para preguntarle qué diablos estaba haciendo, me besó. Y le devolví el beso.
—¿Sakura?
—¿Huh?
—¿Quieres decirme qué está pasando? —preguntó Matsuri, entrando en el estacionamiento del centro comercial.
—Nada —dije—. Lo juro.
—¿Segura? —Presionó.
—Positivo.
Matsuri hizo una pausa por el más breve segundo.
—Está bien, entonces. ¿Podemos seguir hablando de mí?
Sonreí.
—Claro.
Nos apresuramos en el centro comercial. Ninguna de las dos traía un paraguas, y una lluvia ligera de Abril amenazaba con arruinar el cabello perfectamente estilizado de Matsuri. Mi cabello, sin embargo, se veía como la mierda, y estaba más que feliz de pararme en la lluvia si esta me derretía a nada. Era la culpa la que me hacía querer desaparecer.
—Gaara me invitó a salir esta noche —dijo Matsuri.
—Lo sé.
—Y creo que va a decirme algo.
Mi corazón se apretó.
—¿Oh sí?
—Bueno, va a llevarme a ese restaurante elegante en Glenwood Avenue. Eso sólo puede significar una cosa.
—¿Él va a hacer la pregunta? —pregunté en broma.
Matsuri se rió.
—¡Ponte seria! Pero ahora que dijiste eso, hace que decir "Te amo" no sea ni de cerca tan bueno.
—Él te ama —susurré, en algún lugar entre una pregunta y una declaración.
—Eso creo —respondió Matsuri—. Pero si estoy totalmente equivocada, olvida que tuvimos esta conversación.
La ama. Eso es todo en lo que podía pensar mientras deambulábamos de tienda en tienda tomando nota de las últimas tendencias de moda
Normalmente, me encantaba hacer eso. Me encantaba la ropa, poner accesorios en los conjuntos, encontrar los zapatos perfectos. Pero hoy parecía tan vacío y sin sentido.
Consideré decirle a Matsuri justo allí, pero no podía soportar la idea de su reacción. En realidad la temía. Temía que se molestara conmigo, aunque nunca seduje a Gaara. Nunca le di ninguna razón para creer que quería ser más que amigos. ¡Él estaba saliendo con mi mejor amiga, por el amor de Dios! Pero tampoco podía negar mi atracción física por él. Empezó a crecer hace casi un mes, pero traté con cada gramo de lucha en mí para enterrarla. Me convencí de que sólo estaba celosa de Gaara y Matsuri. Ellos tenían el tipo de relación que yo quería. Seguramente esa era lo único que representaba mi lujuria"
.
El lunes en la mañana fue doloroso. No quería ver a Sasuke y me colé en el primer periodo, caminando de puntillas a mi escritorio como un ladrón. Debería haber llevado mi bolso de libros como esos personajes de dibujos animados cargando el saco de dinero, ceñida a lo alto con mis dos manos presionadas cerca de mi pecho. Todo lo que necesitaba era un traje a rayas y un gran signo de dólar en mi bolso.
Él ya estaba en su asiento, mirando por la ventana, y esperé que no se diera la vuelta. Decidí no entablar una conversación con Hinata. Pensé que si él no escuchaba mi voz, se olvidaría de que siquiera existía.
—¿Tuviste un buen fin de semana? —preguntó Hinata, mientras abría mi cuaderno. Sasuke se dio la vuelta y me miró. Bueno, tanto para eso.
—Sí. ¿Tú?
—Estuvo bien. Fui a esta feria de artesanías antiguas en las montañas con mi mamá —dijo Hinata—. Pensé que sería realmente patético, pero en realidad fue divertido.
—Ajá.
—Creo que me está gustando totalmente el look desgastado elegante. Creo que cuando tenga mi propio lugar, lo decoraré de esa forma —continuó Hinata.
¿Quién era esta chica?, pensé. Sólo había estado tratando de hacer que me hablara desde el primer día de escuela. Ahora cuando ella decidía ser una charlatana, quería que jodidamente se callara.
—Terminamos quedándonos en este lindo bed and breakfast mientras estábamos allí. No estaba planeado ni nada. Sólo surgió en el momento. Me gusta eso de mi mamá.
Asentí y miré en la dirección de Sasuke. Estaba de nuevo en ello, mirando por la ventana, y deseé saber qué estaba pensando. Estaba muriendo por hablarle, pero no sabía qué decir. Dejamos las cosas en una nota tan rara, ni siquiera molestándonos en decirle adiós al otro. Eso fue grosero e inmaduro por ambas partes. O tal vez no me di cuenta de lo mucho que lo había avergonzado.
—Mencionaste ser animadora el otro día —dijo Hinata, y giré mi cabeza tan rápido que mi cuello sonó. Ella lo escuchó—. ¿Estás bien?
—Sí, sí. Bien. ¿Qué pasa sobre ser animadora? —pregunté, masajeando mi cuello.
—Oh, bueno, tú mencionaste que solías animar. Yo también lo hacía —dijo.
Mis cejas se dispararon hacia arriba, y luego las bajé con la misma rapidez. ¿Debía hacer todo tan obvio?
—¿Cuándo? —pregunté—. ¿Dónde?
—Aquí en el noveno grado. Lo dejé, sin embargo. Obviamente.
—¿Por qué? —presioné.
Hinata jugueteó por un momento con los botones de su blusa.
―Simplemente no funcionó.
No podía dejarlo así.
—¿Tuviste una pelea con una de las chicas o algo así?
Hinata negó con la cabeza.
—Sólo me desinteresé, supongo.
Sí, como todo lo demás en su vida. La chica no hacía nada en la escuela ahora, pero en noveno grado, estaba involucrada en todo.
—¿Alguna razón en particular de por qué? —pregunté.
—Supongo que no me gustaba ser una flyer —dijo.
Y una mierda. Esas fotos que vi decían lo contrario, a menos de que fuera realmente buena fingiéndolo, y Hinata no parecía el tipo de chica que era buena en fingir nada. Por eso es que me agradaba.
—La Libertad era mi especialidad, sin embargo —dijo—. Sé que dijiste que eras buena en lanzamientos de baloncesto y no tanto en la Libertad. —Pensó por un momento y luego susurró—:Era buena en la Libertad.
Vi el dolor y la rabia en lo profundo de sus ojos, una herida que es sólo sentida por alguien que ha sufrido una gran indignidad. Y no estoy hablando de ser llamada por un nombre desagradable o tener un rumor difundido sobre ti. No estoy hablando de tener tus sentimientos heridos porque alguien o algo no estuvieron a la altura de tus expectativas. Estoy hablando de la clase de indignidad que te cambia como persona, te hace retirar, esconderte del mundo porque de repente se ha convertido en algo aterrador, lleno de rincones oscuros y monstruos.
—¿Quieres pasar el rato después de la escuela? —pregunté—. No tengo que trabajar.
Hinata me miró confundida.
—Ya sabes. Venir a mi casa. Ver un poco de TV o lo que sea —dije. Ojalá no hubiera añadido el "lo que sea" al final. Me hacía sonar indecisa, y no era una persona indecisa.
—Supongo —dijo ella, insegura.
—No será tan malo —dije, y le hice un guiño. Ella se rió.
—Suena divertido —dijo Hinata, y el dolor se desvaneció de sus ojos al instante.
Quería tanto invadir la privacidad de Hinata. Necesitaba saber sobre Madara. Necesitaba saber si ella deseaba hacer algo sobre él o enterrar su dolor para siempre. Pero Ino apareció sin previo aviso, así que todas mis bien-planeadas preguntas tenían que esperar.
—Me encanta totalmente tu nombre —le dijo Ino a Hinata—. Es adorable.
Hinata se encogió de hombros.
—Yo lo odio, en realidad. Es tan estúpido.
—Lo que sea —dijo Ino—. Ella también era adorable.
—¿Cómo conoces a Sakura? —preguntó Hinata.
—Oh, solía ir a mi secundaria —dijo Ino, y me moví incómodamente en mi cama. No estaba segura de cuánto quería que Hinata supiera.
—¿En serio? —preguntó Hinata, dirigiendo la pregunta a mí.
Asentí.
—Entonces, ¿por qué vas a Konoha? —preguntó Hinata.
—Mi mamá se mudó a California. Era ir a vivir en San Francisco o mudarme con mi papá —dije.
—Bueno, puedes haber hecho la elección correcta. Eres un éxito con algunos chicos en la escuela —dijo Hinata—. Al menos eso es lo que oí.
—Espera —dijo Ino—. ¿De qué va todo esto?
Hinata sonrió.
—Hay algunos chicos en la escuela a los que le gusta Sakura. Y son los buenos.
—¿Qué quieres decir? —Salté sobre ese comentario.
—Sólo que no todos los chicos en la escuela son buenos. Pero a los que oí que le gustas lo son —clarificó Hinata.
—¿Qué chicos no son buenos? —pregunté. Sabía que sonaba demasiado agresiva, y traté de aligerarlo un poco—. Quiero decir, así puedo mantenerme lejos de ellos.
Hinata pensó por un momento.
—Bueno, Madara para empezar. No deberías estar pasando el rato con él. Ni siquiera deberías hablarle, Sakura.
Campanas de alarma de dispararon en mi cerebro. "¡No lo arruines! ¡No lo arruines!", gritaban, y traté de sacárselo suavemente. Deseé que Ino no estuviera aquí, pero no podía dejar pasar la oportunidad.
— Madara parece inofensivo para mí —dije. Observé el rostro de Hinata con cuidado.
—Sí, él parece un montón de cosas. Buen estudiante. Buen chico —dijo. Y luego se quedó mirando en la dirección de mi armario. me miró como diciendo: "¿Qué pasa con ella?" y negué con mi cabeza.
Intenté con ligereza.
—Hinata, ¿hay algo que quieras decirme sobre Madara?
Hinata continuó mirando fijamente la puerta del armario.
—¿Hinata?
Sin respuesta.
—¡Hinata!
Sacudió la cabeza y me miró.
—¿Huh?
—Dije que si hay algo que quieras decirme sobre Madara.
Su mirada penetró la mía.
—Sí. Mantente lejos de él.
Me paré cerca del puesto de concesión inspeccionando las gradas del equipo local. El viento azotaba mi cabello y causaba que mis ojos se aguaran, haciendo difícil verlo. Ni siquiera estaba segura de que él estaría en el juego, pero supuse que los estudiantes populares no se perdían la Bienvenida.
La Bienvenida. Gradas llenas. Fanáticos salvajes. Algunos pintados. Negro y rojo y blanco por todo el lugar. Nosotros éramos los Cruzados. No me preguntes cómo una escuela secundaria podía salirse con la suya con esa mascota, considerando toda la cosa de la separación de la iglesia y el estado. Pero nadie parecía tener un problema con eso, evidentemente, porque nuestra mascota salió demoliendo el campo antes del juego, con una espada plástica en una mano, un escudo plástico en la otra, gritando sobre la justa retribución con una gran cruz roja pegada a su pecho. Eso pasaba en cada juego. Cada año. Lo vi darle la vuelta al campo ahora, pensando absurdamente que yo encajaba en esta escuela, aunque no tenía planes de tomar mi justa retribución de los jugadores de fútbol. Estaba más interesada en el equipo de natación y exponer su club secreto de sexo.
Sabía que sería difícil ver a Madara en medio de los fans. El fútbol en el sur era una gran cosa. Todo el mundo estaba aquí, incluso gente como yo a la que no podía importarle menos el juego. Algo sobre la tradición atrae incluso a los observadores más reticentes, y sospechaba que si no asistían al juego, lo verían en el canal de TV local.
Mis ojos se movieron arriba y abajo por las gradas metódicamente hasta que lo encontré. Estaba sentado con un grupo de amigos, Setsu entre ellos, y casi grité ante mi buena fortuna. No porque Setsu estuviera allí, sino porque había un asiento vacío unos espacios por debajo de ellos, y si me movía ahora, podría ser mío.
Subí las gradas y me dirigí a su fila. Mi plan era fingir tropezar con Madara, aterrizando en su regazo. Era hora de ensuciarme las manos. Era hora de tocarlo y ver cómo reaccionaba. Me imaginé que podría sellar mi destino con un poquito de torpeza y encanto de chica buena.
Las cosas no salieron muy de acuerdo al plan, sin embargo. Mientras me abría paso más allá de Setsu, sentí un pie salir, atrapando mi tobillo, y enviándome de cabeza en el regazo de Madara. Agarré sus muslos por instinto, golpeando mi cabeza contra su entrepierna. Mi rodilla derecha golpeó las gradas de metal con un soberbio crujido, y grité de dolor. No era la forma en que quería tropezar. Quería ser linda al respecto. Esto era incómodo y embarazoso.
—Guau, ¿estás bien? —preguntó Madara, ahogando una carcajada. Me ayudó a salir de su regazo, sosteniendo mi mano hasta que estuve sentada seguramente en el espacio a su lado.
Me froté la frente.
—No me di cuenta de lo áspera que era la tela de jeans.
—Ven, déjame mirar —dijo Madara, y empujó mi mano lejos de mi rostro. Puso mi cabello a un lado y estudió mi frente—. Está un poco rojo, pero creo que vivirás.
—Genial —murmuré.
—Esa es la segunda vez que te he visto golpear tu rostro, Sakura —dijo Madara —. Mejor ten cuidado. No quiero que estropees toda esa belleza que tienes.
Me reí.
—¿Tu rodilla está bien? —preguntó, al notarme masajeándola.
—Creo que sí—respondí, y me incliné hacia delante para mirar por la fila a Setsu.
Él me sonrió, una sonrisa de suficiencia que encendió un fuego sagrado. Correcto, pensé, y deseé ser el Cruzado pero con una armadura real y una espada real. ¿Qué haría con la espada? Simple. La pasaría a través de Setsu. O si me sentía especialmente generosa, tal vez sólo le daría unas laceraciones aquí y allá. Me senté hacia atrás y sacudí la cabeza. ¿Qué pasaba con estos chicos que me ponían tan violenta?
—¿Estás aquí sola?
—Sí. Soy nueva, ¿recuerdas? —dije a la ligera.
—Sí, pero es, como, mediados de octubre. ¿No has hecho ningún amigo aún? —preguntó Madara.
Odiaba la forma en que me hablaba. Siempre había una nota subyacente de acusación en sus palabras. Al igual que cuando me preguntó meses atrás si tenía una condición médica. Mi culpa que me desmayara. Mi culpa que no tuviera amigos.
Al parecer, se le había olvidado que sí tenía amigas, que las llevé a casa después de la fiesta de Tanner hace meses. Jugué a su olvido.
—Es difícil hacer amigos cuando eres un estudiante de último año y eres nuevo —dije.
Madara se encogió de hombros.
—¿No viniste con tu papá?
Así que recordaba a mi papá. Interesante. Tal vez hice una impresión más grande en él en el registro de lo que pensé originalmente. Tuve una idea.
—Él trabaja mucho, lo cual me deja sola mucho. No soy tan cercana a él. —Lo hice sonar sólo un poquito lamentable. Pensé que no podría lastimar darle la impresión de que era una chica solitaria, sin conexiones reales a nadie. Tal vez eso me haría un blanco más atractivo. Él podría violarme pensando que no tenía a nadie a quien correr después.
Deslizó su mano alrededor de mi cintura, y salté. Su confianza me enervaba. ¿Por qué pensaba que tenía permiso para tocarme tan casualmente?
—Bueno, seré tu amigo, Sakura —dijo, jalándome hacia él—. Todo el mundo debería tener al menos un amigo.
—Eres muy generoso —dije, tratando de esconder el sarcasmo, pero él lo escuchó.
—No estoy tratando de ser divertido —respondió—. Realmente quiero ser tu amigo.
Sus palabras, su comportamiento, toda la cosa se sentía extraña. De repente, quería estar en casa con mi papá, viendo mala televisión y hablando con él sobre su inexistente vida amorosa.
—Está bien —fue lo único que se me ocurrió decir—. Entonces, ¿quiénes son tus amigos?
Madara miró hacia los chicos sentados en una larga línea ocupando la mayoría de la fila.
—Bueno, ya conoces a Setsu allí. Y eses es Mike, Tim, Hunter, y este aquí es Obito —dijo Madara, señalando al chico sentado a su lado.
—Hola —dije, dirigiéndome a Obito.
—¿Qué pasa?
—¿Están todos en el equipo de natación? —pregunté.
—Sí —respondió Obito—. ¿Cómo lo sabes?
—Oh, sólo hice una suposición. Sé que Madara nada. Y también Setsu —dije.
—Sin embargo ninguno es tan bueno como yo —dijo Obito, y Madara negó con la cabeza.
—Lo que sea, hombre.
Caímos en una conversación fácil, Obito farfullando en la mayoría de ella. No parecía un depredador, pero entonces, había mucho sobre Madara que sugería que no lo era. Me di cuenta que necesitaba mirar la maldad con una luz totalmente diferente. La mayoría de los chicos malos no estaban caminando por ahí con los ojos desorbitados. La mayoría de los chicos malos no parecían fenómenos y aterradores, escondiéndose en los rincones sombríos con sonrisas locas estampadas en sus rostros. La mayoría de los chicos malos eran chicos normales y cotidianos, moviéndose a través de la vida como cualquier otro. Iban a la escuela. Iban a trabajar. Incluso iban a la iglesia. Eran difíciles de detectar, y eso es lo que los hace tan buenos siendo malos. Eran escurridizos. Podían salirse con la suya, y lo sabían.
Madara me compró un chocolate caliente y me acompañó a través del juego mientras nuestro equipo aplastaba a la competencia. Intenté hacerle preguntas aquí y allá, pero evitó la mayoría. No estaba interesado en hablar de sí mismo. Estaba interesado en el fútbol. Por desgracia, aprendí más sobre esa noche que de Madara. Me di cuenta que tendría que obtener la información de otras maneras, pero no estaba segura de cómo.
Estaba limpiando mi estación por la noche cuando Deidara se acercó a mí.
—Oye, ¿quieres enrollarte en el asiento trasero de mi auto cuando termines? —preguntó, deslizándose en una silla.
Sonreí.
—La fantasía de cada chica —dije, llenando la última de mis botellas de salsa de tomate—. ¿Cuántos años tienes, de todos modos? ¿Cincuenta?
—Tengo treinta y seis —respondió Deidara.
—Asqueroso.
Se rió.
—En serio, ¿qué vas a hacer después?
—Son las once. Voy a casa. A la cama. —Limpié debajo de las botellas y las puse en la caja.
—Eres tan aburrida, Cerezo —dijo Deidara—. ¿Por qué no te diviertes un poco?
—Oh, me divertí. Hace unas semanas cuando tuve que cuidar de mis amigas borrachas —dije—. ¿Moverías tus pies, por favor?
Deidara las levantó mientras barría debajo de él.
—No estoy hablando de ir a una fiesta o algo así. Y no tendrás que cuidar de nadie —dijo.
—Olvídalo —respondí.
—Bueno, vas a perderte un gran momento —dijo Deidara—. Soy la persona más divertida con la que pasar el rato.
—Eso sería "más divertido". Eres el más divertido con quien pasar el rato —corregí, poniendo la escoba a un lado.
Sonrió.
—No voy a la universidad por un título de español, Cerezo.
—¿Vas a la universidad? —pregunté. Estaba sorprendida. Pensaba que Deidara había hecho de ser jefe de cocina en el restaurante de Patricia su carrera de elección. Tenía treinta y seis, después de todo.
—Eres una mocosa. Voy a la escuela de programación de computadoras —respondió—. ¿Qué? ¿Pensabas que tenía planes de trabajar en un restaurante por el resto de mi vida?
Me encogí de hombros.
—No lo sé. Haces un infierno de tarta.
—Lo que sea. No necesito este lugar. Una vez que termine la escuela, estaré rodando en la pasta. —Se rió de su propio juego de palabras.
De repente tuve una idea.
—Así que supongo que eres bastante listo con las computadoras y todo.
—Duh.
—¿Y estoy asumiendo que la mayoría de tus compañeros de clase también son bastante listos?
—La mayoría de la gente que va a la universidad es porque son buenos —respondió Deidara pacientemente.
Intenté con informalidad.
—¿Conoces a algún hacker?
—¿Huh?
Lo pensé mejor.
—Um, no importa. —Y volví a limpiar la mesa.
—No, nada de "no importa". ¿Por qué necesitas un hacker? —Se inclinó en la mesa, sus ojos brillando con travesura—. Así que hay una pequeña chica mala en ti después de todo.
Mi cara enrojeció, y él lo vio.
—Está bien, Cerezo. Escúpelo. ¿A quién quieres espiar?
—Nadie.
—Y una mierda. ¿Y si te digo que sí conozco un hacker?
—¿Estás jugando conmigo? —pregunté.
—No.
—Está bien, ¿quién es?
Deidara se inclinó hacia atrás en su silla y puso su manos detrás de su cabeza. Miró hacia el techo.
—Tu servidor.
—Y una. Mierda.
—Hablo en serio. ¿Por qué no me crees? ¿Crees que soy estúpido o algo?
—No creo que seas estúpido, pero vamos. ¿Cuáles son las probabilidades de que te hubiera preguntado por un hacker y tú seas uno?
—Bueno, tienes suerte. Ahora, ¿de qué se trata todo esto?
No podía creer que estaba a punto de dejar entrar a Deidara en uno de mis secretos. Sin embargo, no tenía opción. No si quería saber más sobre esa conversación que escuché en la escalera. Lo necesitaba.
—¿Cerezo?
—Tienes que jurar por tu vida que no le dirás a nadie —dije.
—¿Qué? ¿Crees que voy por ahí parloteando sobre hacer hackeos para la gente?
—Sólo júralo.
—Lo juro —dijo, poniendo los ojos en blanco.
Respiré profundo y me instalé en el asiento frente a él.
—Creo que hay algo sospechoso pasando en mi escuela.
—Oh, Dios. Bueno, Veronica Mars.
—Cállate. Hablo en serio —dije, pero no pude evitar reír.
Estábamos sentados solos bajo una de las pocas luces todavía encendidas en el restaurante. Parecía una escena de alguna cursi película de detectives. Todo lo que necesitábamos era el humo de nuestros cigarrillos curvándose en su camino al techo, destacando el estribillo de jazz sonando en el fondo.
—Muy bien. ¿Qué crees que está pasando?
—Escuché una conversación en la escalera el otro día.
Deidara se llevó una mano a la boca para ahogar una carcajada.
—¿Sabes qué? Olvídalo —espeté.
—¡No, no! Lo siento. Mira, simplemente no conocía tu segundo empleo como Nancy Drew en tu tiempo libre.
—¿Cuántas más tienes?
—Bueno, esas son las únicas dos… ¡espera! ¡Jessica Fletcher de Murder, She Wrote!
—Ni siquiera sé quién es esa.
—Los niños de estos días —se lamentó Deidara, negando con la cabeza.
—Lo que sea. ¿Vas a dejar de burlarte de mí y dejarme continuar?
—Adelante.
Respiré profundo.
—Así que escuché esta conversación…
—¿Puedo preguntar cómo?
—Estaba escondida bajo las escaleras —expliqué.
Deidara estalló en carcajadas. Me levanté de mi asiento y agarré la caja de condimentos.
—¡Oye! ¡Alto ahí! —ordenó Deidara, agarrando mi brazo—. Deja de ser malhumorada. Ahora, se me permite reír un poco porque es jodidamente divertido, ¿de acuerdo? Supérate y vuelve a sentarte.
Golpeé la caja sobre la mesa.
—¡Esa es la cosa, idiota! En realidad no es divertido. ¡Creo que algunos chicos están violando chicas como parte de un juego enfermizo!
Eso llamó su atención. Me volví a sentar, observando su cara mientras procesaba la información.
—Muy bien. Bromas aparte, dime lo que escuchaste —dijo Deidara.
—Oí a estos chicos hablando sobre un club secreto y cómo este otro chico quería unirse. Alguien mencionó que la única forma en que podía unirse era si dormía con una virgen. Hubo una mención de una hoja de puntuación o algo así.
—¿Esto es todo lo que escuchaste?
—Más o menos.
—¿Y cómo sabes que están violando chicas? Podría ser consensual —argumentó Deidara.
—Conozco a uno de los chicos que está involucrado en este club. Bueno, si es un club. Sé que él violó a alguien. Creo que los otros también están haciéndolo. Tal vez no todos, pero sí algunos.
—¿Cómo sabes que este chico violó a alguien?
—Simplemente lo hago —dije.
—Vas a tener que hacerlo mejor que eso si esperas que me involucre en esto —dijo Deidara.
Miré a los ojos castaños de Deidara. Era la primera y única vez que alguna vez lo haría. Tenía que asegurarme de que podía confiar en él. Los busqué, pero sólo me dijeron que era honesto, siempre me diría la verdad, incluso si terminaba hiriendo mis sentimientos.
—Él violó a mi mejor amiga —dije—. Ella se suicidó por ello.
Deidara estuvo en silencio por unos minutos.
—¿Por qué no fue a la policía? —preguntó finalmente.
—Ella… tenía un poco de historia sexual —dije—. Pensó que nadie le creería.
—Hmmm.
Me froté la frente.
—Nadie sabe de eso excepto por ti.
—¿Ella nunca le dijo a sus padres?
—¿Crees que ese imbécil todavía estaría en la escuela si lo hubiera hecho?
—Entonces, ¿por qué necesitas mi ayuda? —preguntó Deidara.
—Quiero que hackees una de sus computadoras. Quiero saber sobre este club. Quiero averiguar si más de estos chicos están obligando a las chicas a tener sexo con ellos —dije—. ¿Quién sabe? Puede ser solo Madara, pero este tipo, Setsu, que conocí realmente me da mala vibra. Creo que también es un depredador.
—¿Crees que van a mantener una lista de las chicas que han violado en sus computadoras? Ponte seria, Cerezo —dijo Deidara.
—No, pero ellos se envían por correo esas hojas de puntuación. Sólo sé eso. Tal vez las hojas de puntuación me dirán algo.
Deidara negó con la cabeza.
—¿Estás buscando venganza?
—Apuesta a que lo estoy.
Deidara respiró profundamente.
—Bueno, necesitaré un poco más de información antes de que rompamos la ley.
