Adaptación de "Goin Under" de S. Walden.

Naruto pertenece a Masashi Kishimoto.

Nota: En estos momentos hago adaptaciones porque me gusta leer historias con sasusaku aplicándolos a las distintas épocas y modo de escritura de cada autor.

*"Recuerdos"

*Relato

*Pensamientos

Capítulo 15

Era hora de ponerse a trabajar. Me levanté el domingo por la mañana con una nueva resolución. Bueno, varias resoluciones. Número Uno: hacer de Matsuri una prioridad. Recordar mi propósito. Número Dos: descubrir el resto de los chicos en la Liga de Fantasía de Zorras responsables de violar a chicas. Número Tres: advertir a las chicas que están programadas para jugar en la siguiente partida sobre la intención de los chicos. No estaba segura de cómo abordar esto todavía, pero era una de mis resoluciones. Número Cuatro: hacer que Sasuke se enamore de mí.

Me resigné a mi destino con Madara. Después de nuestra horrible cita, asumí que él había perdido el interés. Le enseñé exactamente quién era yo: no la chica dulce y tímida que intenté representar en la oficina de inscripción hace tantos meses. No. Era una sabelotodo y tenía un temperamento caliente, ninguno de los cuales me hacía una buena candidata para el abuso sexual. Seguramente Madara cortaría todos sus vínculos conmigo, especialmente ya que destrocé verbalmente a su amigo. Mi única oportunidad de conseguir justicia estaba en exponer la liga y animar a las víctimas a presentarse ante la policía. Pensé que esta era la única forma en la que podía hacer las paces con Matsuri.

Lloré durante toda la noche del sábado mientras intentaba explicarle esto a Matsuri. Me tumbé en la cama hablando las cosas con ella, diciéndole que nunca tuve intención de fracasar, pero que era una pésima detective encubierta. Una cita pésima. Una pésima defensora.

Le lloré a Ino también. Después de la cita, llamé a papá para hacerle saber que iba a pasar la noche con ella. Tomamos un taxi a su casa ya que ninguna de las dos tenía intención de ser llevada por Madara, quien estaba borracho, o Setsu, quien era un gilipollas.

—Pon a Ino al teléfono —ordenó papá.

Estaba confundida, pero hice lo que me pedía, presionando el botón de altavoz para escuchar.

—Hola, Sr. Haruno —dijo Ino.

—Ino, ¿Sakura va a pasar la noche contigo?

—Sí, señor.

—¿Hay algún chico que vaya a pasar la noche con ustedes?

—¡Sr. Haruno! ¡Tengo padres, sabe!

—¿Cómo puedo confiar en que ustedes chicas no vayan a pasar la noche con este Madara? ¿Sabes de quién estoy hablando? ¿La cita de Sakura para la noche? —preguntó papá.

—Sr. Haruno, también he tenido una cita, y deja que le diga. No hay ningún Madara. Nunca más.

—¿Tuviste una cita?

—Una larga historia, pero era una cita doble sorpresa que ha terminado como mal. Mi cita era un idiota. La cita de Sakura era un bobo.

—Hmmm.

—Lo juro, Sr. Haruno. Sakura va a pasar la noche, y sólo somos nosotras dos, y mis padres en casa —dijo Ino.

Hubo una breve pausa.

—Confío en ti, Ino —dijo papá.

Ino me miró.

—Debería. Y debería confiar en su hija, también.

—Lo hago.

Ino y yo estábamos confundidas ahora, pero ella le dijo adiós a mi padre y me entregó el teléfono.

—Sé que estaba en altavoz. No soy idiota —dijo papá.

—¿Entonces sobre qué iba todo eso? —pregunté.

—Se llama ser tu padre, Sakura —respondió papá—. Ahora, ¿tu cita realmente ha sido tan mala?

Suspiré.

—La peor. ¿Pero puedo contártelo más tarde?

—Sí, Sakura. Te quiero.

—Yo también te quiero —dije, y colgué.

Ino y yo nos sentamos en la cama mientras le explicaba el suicidio de Matsuri, Madara, y mis planes para desenmascarar la Liga de Fantasía de Zorras.

—¿Fue violada? —exhaló Ino. Estaba estupefacta.

Asentí.

—Sé que lo hizo por eso. Estaba muy deprimida los últimos meses antes de que muriera. Por supuesto, no ayudé nada. Ni siquiera estuve ahí para ella, y nos descubrió a Gaara y a mí. ¿Puedes entender por qué me siento tan culpable ahora? Sabía lo que le había pasado porque me lo contó. Confió en mí, y le traicioné de tantas formas.

Estaba llorando, incapaz de esconder toda mi angustia.

Ino tomó mi mano y la apretó.

—Estoy intentando hacer lo correcto por ella. Yo… yo creo que puedo. Sé sobre esta liga. Sé que Madara es un violador. No estoy segura sobre los otros. Estoy intentando averiguar eso.

—¿Cómo?

—Dios, Ino. Si te cuento estas cosas, tienes que jurar por tu vida que no le dirás a nadie. Un amigo mío podría meterse en problemas —dije. Tomé el pañuelo que me pasó Ino y me soné la nariz.

—Sakura, sé que puedo ser ausente a veces y decir cosas estúpidas, pero te juro que guardaré tus secretos. Puedes confiar en mí —dijo Ino. Era la primera vez que se ponía tan seria. Vi una parte diferente de la amiga que he conocido desde el noveno. Le creía, y así lo dije.

Se lo conté todo, pero dejé fuera la parte de tenderle una trampa a Madara.

Estudié cada partida. Setsu mantenía registros desde hacía años, los cuales recibí en una carpeta negra de parte de Deidara después del trabajo la noche del miércoles. Me dijo que fuera inteligente con ello. Eso era lo que decía siempre cada vez que discutíamos cualquier cosa que tuviera que ver con la Liga de Fantasía de Zorras. Se inteligente al respecto. Pensé que

era, pero cuando le confesé que le conté a Ino sobre la liga, explotó. Estábamos junto a mi auto.

—¡¿Qué coño, Cerezo?! —gritó él.

—¡No tenía opción! —respondí—. ¡Me atrapó, Deidara! ¡No tenía opción!

—Jesús, ¿mencionaste mi nombre?

—¡No! ¡Dios, no! No soy estúpida. Sabía qué cosas tenía que decir y qué no —dije.

—¿Sí? ¿Cómo qué? —preguntó.

—Bueno, obviamente no le dije tu nombre. Y no le dije que planeaba ser violada.

Deidara se veía estupefacto.

—¿Qué demonios acabas de decir?

—He dicho que no le dije tu nombre. Todo está bien.

—No, después de eso —aclaró Deidara.

—He dicho que no le dije que planeaba… —Mi voz se fue apagando. Oh Dios mío. Estúpida, estúpida, estúpida. ¿Qué he hecho?

Intenté alejarme.

—Nada. No voy a hacer nada.

—¿Entonces sobre qué era ese comentario?

—No sé por qué he dicho eso.

—Tonterías. Ahora te voy a dar un minuto para explicarte —dijo Deidara. Mantuvo sus dedos envueltos fuertemente alrededor de mi brazo.

—No puedo —susurré—. Por favor, Deidara. Tú no lo entiendes.

—Tienes razón. No lo hago. Y me lo vas a contar —respondió.

Saqué mi mano de su agarre y busqué las llaves en mi bolso.

—No vas a ir a ninguna parte, Haruno. —Deidara se puso delante de la puerta del auto, bloqueando mi escape.

—Él seguirá haciéndolo —dije, más para mí misma. Mi cuerpo se sentía extraño.

—¿Quién? ¿ Madara?

Grité:

—¡Él seguirá haciéndolo! ¡Seguirá saliéndose con la suya! ¡Es un monstruo! —Miré a Deidara, con los ojos salvajes y desenfocados. Pensé que no me había oído o no había procesado lo que estaba diciendo, así que grité otra vez—: ¡Seguirá haciéndolo! ¡Seguirá saliéndose con la suya! ¡Es un monstruo!

Sentí el pánico explotar en la base de mi pecho. Normalmente hay una acumulación. Normalmente sé que está viniendo. Tengo un poco de advertencia. Pero no esta vez. No podía respirar. Seguía oyéndome gritar a mí misma, repitiendo las líneas una y otra vez pero nunca respirando entre ellas. Me estaba quedando sin oxígeno. Me estaba quedando sin tiempo. Tenía que seguir diciéndolo. Alguien tenía que entender, creerme.

—¡Es un monstruo! —jadeé, sintiendo que mis rodillas se desplomaban, mis ojos rodaron hacia mi cabeza. La blancura de la nada mientras caía al pavimento como una piedra.

Me desperté en un sofá desconocido. Olía a cuero, y en mi visión periférica, vi el parpadeo de la luz de las velas, cálida y consoladora. Donde sea que estaba, me gustaba.

Alguien se acercó y me quitó un pañuelo de la cabeza. Entrecerré los ojos y reconocí el rostro, pero aún no podía ponerle un nombre.

—Me has asustado como la mierda —dijo él.

—¿Huh?

—Te has desmayado, Haruno.

Haruno. Alguien me llama así. ¿Quién me llama por mi apellido? Lo tenía en la punta de mi lengua.

—¿Lo he hecho?

Suspiró profundamente, y luego sentí que el sofá se hundía junto a mi estómago. Debió de haberse sentado.

—¿Te pasa eso alguna vez? —preguntó.

—A veces —respondí.

¡Deidara! ¡Era él!

—¿Deidara, por qué me he desmayado? —pregunté.

Hubo una breve pausa.

—Bueno, creo que porque descubrí algo que tú no querías —dijo. Me miró y frunció el ceño—. Dijiste algo que no querías.

Y entonces lo recordé. Mi desliz. ¿Cómo podía haber sido tan descuidada?

—Sakura, por favor dime que lo escuché mal. Por favor dime que estoy loco o algo. Cualquier cosa, porque me estoy asustando aquí —dijo Deidara.

Respiré profundamente y pensé en crear una mentida elaborada. Y luego me acordé de que era una horrible mentirosa.

—Pensaba que era la única forma —dije—. Sé que lo ha hecho a otras chicas, Deidara. Sé que lo ha hecho. Conozco a una de ellas. Quiero decir, ella no lo hizo público y lo dijo, pero las señales están por todas partes. Seguirá haciéndolo. Sé que lo hará, y nadie le detendrá. Ninguna de esas chicas se lo dirá a la policía. Todas están asustadas o inseguras o algo. Ella le tiene miedo a él, Deidara. Esta chica que conozco.

—¿Te estás oyendo? —preguntó Deidara.

—No estoy loca —espeté.

—No tenía intención de implicar eso. Pero Sakura, ¿qué más puedes hacer aparte de descubrir a estos chicos? No puedes hacer que las chicas lo cuenten. No puedes obligarles a presentar cargos.

—¡Exacto! —dije. No puedo obligarles a ellas a presentar cargos. Pero yo puedo hacerlo. O al menos pensé que podría.

—Jesucristo, Sakura. ¿Estás escuchando lo que estás diciendo? ¿Dejarás que este chico te joda de esa forma? ¿Conseguir justicia para unas chicas a las que ni siquiera conoces?

—¡Sí las conozco! —le respondí—. ¡Son Matsuri! ¡Todas ellas!

Deidara no dijo nada. Puso su mano en mi antebrazo, y no me alejé.

—Sin embargo he fastidiado mis oportunidades, así que no tienes de que preocuparte.

Me senté despacio, los golpes en mi cabeza aumentaron y luego remitieron una vez que me senté quieta, en posición vertical.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Deidara.

—He estado intentando conseguir gustarle a Madara. Pensé que podría hacer que me deseara y luego me usara. Pero lo fastidié todo. Estoy segura de que nunca más me va a hablar. Lo que sea. Al menos puedo intentar mantener a salvo a estas chicas durante el siguiente partido.

—¿Cómo fastidiaste las cosas?

—No quiero hablar de ello —respondí.

—¿Por qué estás haciendo todo esto? —preguntó Deidara.

Resoplé.

—Te lo he dicho. Por mi amiga, Matsuri.

Deidara me miró, y me moví incómoda.

—Crees que eres responsable —dijo.

—No lo creo. Lo sé. Ella me contó sobre su violación. Debí haber hecho algo. Debí haberle obligado a contárselo a sus padres. Debí haber sido una mejor amiga. Debí haber ido a esa fiesta con ella.

Lloré descontroladamente. No me importaba que no me viera atractiva, o asustada, o cansada; lloré hasta que no quedó nada, hasta que estuve seca. Deidara se sentó junto a mí y puso su brazo alrededor de mi hombro. Me sostuvo como un hermano mayor, sin decir nada, sólo dejándome llorar todo mi enfado y culpa hasta que me tranquilicé y el dolor en mi pecho se alivió.

—Te ayudaré a atraparlos, Sakura —dijo Deidara—. Pero tienes que prometerme que matarás esta idea de ponerte como cebo para ser una víctima de violación.

—Te he dicho que lo he hecho —argumenté.

—No, nunca dijiste eso. Dijiste que crees que has fastidiado la oportunidad —respondió Deidara—. Tienes que prometérmelo, Sakura. Le atraparemos y a todos los demás, pero tienes que prometerme que te mantendrás segura.

Asentí.

—Dilo.

—Vamos, Deidara.

—Dilo, cerezo.

Me sorbí la nariz y me limpié el rostro.

—Lo prometo.

Deidara conoció a mi padre por primera vez aquella noche. Me llevó a casa, se presentó a sí mismo como el jefe de cocina, y le dijo a mi padre que me estaba acompañando al auto cuando me desmayé. Papá estaba enfermo de preocupación, y me llevó un poco demasiado fuerte contra su pecho, pero estaba contenta de estar en casa y en sus brazos. Me di cuenta en aquel momento que, a pesar de todo lo malo que estaba descubriendo sobre Madara y Setsu y sus amigos, todavía quedaban buenos hombres en el mundo. Deidara y mi padre eran dos de ellos.

—Esto es desalentador —dijo Sasuke, mirando al lienzo en blanco, sosteniendo mi pincel.

—No —respondí—. Esto es parte de la diversión. Cuando todo empieza.

Estábamos en mi patio trasero el domingo por la tarde. Pensé que sería divertido pintar un dibujo, juntos. Sasuke estaba inseguro cuando le expliqué mis planes por teléfono, pero acordó intentarlo. Estaba mezclando los colores en mi paleta mientras él miraba, obviamente asustado, al lienzo en espera.

—Ahora no estés nervioso —dije—. No hay bien o mal en ello. Eso es lo que lo hace arte.

—Hmm —sonó Sasuke dudoso.

—Lo digo en serio. Crea lo que sea que quieras.

—Sí. Soy más concreto que eso —dijo Sasuke—. Tengo que tener algún tipo de idea en mi mente.

—Bien. ¿Qué tal un escenario invernal? —sugerí.

Estaba sorprendentemente cálido fuera para mediados de noviembre. Pero las llamativas hojas de otoño habían desaparecido desde hacía mucho tiempo de los árboles. Todo se parecía al invierno, incluso si no se sentía de aquella forma. Árboles desnudos. El cielo tenue. Gris.

—Tienes que limitarlo, Sakura —dijo Sasuke.

—Está bien —dije, y me puse detrás de él. Me puse de puntillas y hablé en su cuello—. Nieve.

Le entregué una paleta, le enseñé cómo sostenerla, luego puse mi mano derecha sobre la suya para ayudarle a guiar el pincel.

—Una colina inclinada —sugerí, y dirigí el pincel a la pintura, girando la punta en un verde claro.

—Pronto —dije—. Ahora siente lo que está pasando con la pintura. ¿Notas cómo se desliza sin ningún esfuerzo sobre el lienzo? ¿Cómo el pincel no tira ni se estira?

Sasuke asintió.

—Eso es porque está preparado. Si no lo estuviera, verías la pintura penetrar profundamente en las fibras de inmediato con el contacto. Pero este lienzo obliga a que la pintura se quede en la parte superior, esperando a que tú lo dejes secar, rehacerlo, lo que quieras.

Mojé el pincel una vez más y continué la curva de mi línea, creando la colina ondulante que será el fondo de nuestra escena con nieve.

—¿Quieres intentarlo por ti mismo? —pregunté, liberando su mano y alejándome.

—No sé, Sakura —dijo Sasuke. Se movió sobre sus pies.

Agarré otro pincel y me paré junto a él.

—No puedes estropearlo —dije.

—Estoy seguro de que puedo —respondió Sasuke, y me reí.

—No, no puedes —dije, y se lo mostré mojando mi pincel en pintura gris y girándolo por toda la mitad superior del lienzo.

—¡Espera! ¿Eso no debería ser azul? —preguntó Sasuke—. Ya sabes, ¿para el cielo?

—Claro —contesté, y esperé por él.

Limpió su pincel y lo mojó en azul, dudando antes de llevarlo a mi remolino gris.

—No tengas miedo —le animé.

Respiró profundamente y pasó el azul encima de mi gris, mezclando los colores para borrarlo, y pensé que nuestro paisaje nevado acababa de tomar un efecto ventoso.

—Una tormenta invernal —dije, y continué con mi gris, salpicando y deslizando, girando y golpeando hasta que el cielo estuvo cubierto con la promesa de copos de nieve. Sasuke mezcló sus azules, descubriendo por accidente los efectos de agitar su pincel para crear una impresión 3D con la pintura.

—Eso es genial —dijo, mirando su trabajo. o y llevándola al lienzo.

—Pensaba que estaba nevando —dijo Sasuke, dándome el control del pincel mientras lo pasaba sobre las fibras del lienzo.

Pintamos toda la tarde, creando el cielo invernal, deteniéndonos sólo una vez para besarnos. Ninguno de nosotros estaba interesado en besuquearnos. Queríamos crear un tipo de arte diferente juntos, uno que Sasuke podría colgar en su habitación.

—¿Y por qué te lo llevas tú? —pregunté.

—Me he imaginado que lo compartiríamos —sugirió él—. Me lo llevaré por unos pocos meses, y luego puedes hacerlo tú. Nos lo turnaremos.

Me gustaba la idea. Significaba que Sasuke planeaba mantenerme alrededor por un tiempo, y de repente pensé en mucho más proyectos de pintura que podríamos emprender juntos para hacerme un elemento permanente en su vida.

Setsu era estúpido. ¿Por qué mantendría los registros de todas las partidas anteriores de la liga? Ciertamente no para recordarse de todas sus pasadas victorias. No tenía muchas, después de todo. Cal las tenía, sin embargo. Asumí que la mayoría de sus victorias eran a la fuerza. Ya sabía que él era un mal tipo, y pensaba que Tim también lo era. Mi breve encuentro con Tara en el pasillo hace unas pocas semanas sugirió su conducta violenta, pero tenía que estar segura.

Aclaré a Hunter. Melissa parecía estar bien, y por una semana, seguí a otra chica en la escuela quien supuestamente se había entregado a Hunter hace dos años. Parecía feliz. Estaba fuertemente envuelta en los deportes en la escuela y tenía un grupo de amigos cercanos con los que salía. Sonreía mucho, y simplemente sabía en mi corazón que ella estaba bien. Taché a Hunter de la lista.

Setsu era un idiota para mí, pero me era difícil averiguar si era un monstruo como Madara. Sólo había una chica con la que se había acostado en cuatro años de registros, de acuerdo a las puntuaciones. Y ella ya no iba a Konoha. Hice una búsqueda en Google de Jessica Canterly, pero terminé con las manos vacías. Me di cuenta de que Setsu probablemente iba a ser mi objetivo más difícil.

Mike no era un problema en ese momento. Empezó en la liga hace un año y nunca anotó más que una mamada. Seguí a algunas pocas chicas que le otorgaron ese precioso regalo y decidí que estaban bien. Ninguna de ellas parecía deprimida o destrozada. Algunas eran unas perras totales, sin embargo, y era difícil para mí sentir lástima por su ignorancia. Obito era nuevo, y la Partida 1 de este año era su primera. No tenía ni idea de si estaba dentro sólo por diversión inocente, si incluso había tal cosa, o si tenía otras motivaciones. Todo lo que podía hacer era esperar a averiguarlo.

Estaba haciendo más investigación usando los antiguos anuarios de Matsuri cuando me encontré con la foto. Jadeé. Era la chica del baño, la que sollozaba incontroladamente. Era la que estaba segura que asintió cuando le pregunté si le había pasado algo malo. Había sido una jugadora en la Partida 4 el año pasado. La partida justo anterior al actual. Estuvo en el equipo de Tim y estaba clasificada como virgen, anotando los puntos definitivos por tener relaciones sexuales con él.

Realmente no estaba buscándola, pero por la divina providencia, nos encontramos otra vez. Y otra vez en un baño, aunque este no estaba en el pasillo de los senior. Entré a un baño en el pasillo de los junior antes de irme de la escuela el martes, y ahí estaba ella, cerniéndose sobre el lavabo, volviéndose a poner su brillo de labios. Se congeló cuando me vio.

—Oh, hola —dije.

—Hola —respondió ella, insegura.

—¿Cómo te va?

—Bien, supongo. —Abrió el grifo para lavarse las manos.

Asumí que intentaría escaparse tan rápido como fuera posible, pero se quedó. Casi parecía como si estuviera silenciosamente invitándome a que le hiciera preguntas. Tomé la oportunidad.

—Es sólo que después de ese día hace unos pocos meses…

Se secó las manos y tiró la toalla de papel.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí.

Asentí y sonreí.

—Sólo estaba teniendo un mal día.

—Entiendo eso totalmente. Es lo suficientemente malo estar en la escuela secundaria, ¿verdad? Y luego encima de eso tienes que preocuparte sobre encajar, obtener buenas notas. —Hice una pausa por el más breve de los segundos antes de añadir—: Chicos.

Se tensó. Lo vi.

—Chicos. —Se rió disimuladamente.

—De verdad —dije, intentando animarla—. ¿Por qué son tan ineptos?

—No me preguntes a mí. No les entiendo para nada —respondió ella. Se echó la mochila al hombro—. Son horribles.

—Lo peor es cuando son malos —dije—. Me pegué con la cabeza contra la mesa a principios de año, el primer día de la escuela, en realidad, y se rieron de mí. Como si estuviéramos otra vez en segundo grado. ¿Qué demonios?

Se encogió de hombros.

—Bueno, al menos cuando eran malos en la escuela primaria, normalmente quería decir que les gustabas.

—Es verdad.

—Ahora sólo significa que son idiotas.

Me reí. Ella también se rió.

—Soy Sakura, a propósito —dije.

—Oh, lo sé —respondió—. Soy Amelia.

—Espera, ¿cómo sabes mi nombre?

—Eres la chica que se desmayó en el pasillo.

Genial. La gente me conocía como la que se desmayaba.

—Y tienes una reputación por no ser muy amistosa —admitió Amelia.

—¿Qué?

—Bueno, sólo he escuchado que no tienes ningún amigo aquí. Amigas, eso es. Que realmente no te gustan las chicas.

Estaba enfadada. Trabajaba muy duro todos los días para parecer amigable con las perras que se paseaban por el pasillo de los senior como si fueran dueñas del lugar. Ellas eran las que me daban una actitud importante. ¿Qué coño?

—No he debido decir eso —dijo Amelia. Aparentemente mi enfado estaba escrito en todo mi rostro.

—No, está bien. Es verdad que me gusta mantenerme para mí misma —dije. Estaba fuera de foco. Quería la conversación de vuelta a Amelia y por qué pensaba que los chicos eran idiotas.

—Tal vez sólo están celosas —ofreció Amelia—. Tal vez piensan que vas a robar sus hombres ya que eres muy guapa. —Sonrió tímidamente.

Reí.

—Difícilmente. Pero gracias por el cumplido. No tengo intenciones de salir con ninguno de los perdedores de esta escuela, aunque tengo que admitir que ese chico Tim de mi clase es bastante guapo.

Me animé a mí misma silenciosamente. La última línea había venido de la nada, y era perfecta.

La actitud de Amelia cambió en un instante. No parecía asustada. Parecía molesta.

—¿He dicho algo malo? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—¿Estás hablando de Tim Shelton?

—Sí.

—Un consejo. Mantente alejada.

Se movió hacia la puerta del baño.

—¡Espera! ¿Por qué? —pregunté.

—Es uno de los idiotas —dijo ella, y abrió la puerta.

Corrí detrás de ella y golpeé mi mano en la puerta, cerrándola otra vez.

—Dime por qué —dije.

—¿Huh? —Amelia jugueteó con su mochila, moviéndola de hombro a hombro, incapaz de encontrar una forma cómoda para sostenerla—. Tengo que irme —dijo.

—Amelia, yo… realmente necesito que me digas por qué Tim es un idiota —dije suavemente.

—Tengo que irme —repitió ella.

—Por favor —supliqué—. No le diré a nadie.

—Sal de mi camino.

—¿Te hizo hacer algo que tú no querías?

Amelia se apartó de la puerta como un conejo asustado.

—¿Qué has escuchado? —susurró—. ¿Están empezando un rumor otra vez?

—¿Qué rumor?

—¡No te hagas la tonta! —gritó ella—. El rumor sobre mí. ¡No es verdad! ¡No quería hacerlo! ¡Le dije "no"!

Dejó caer su mochila y envolvió sus brazos alrededor de su estómago.

—No sé sobre ningún rumor, Amelia —dije.

—¡Sí claro! Todo el mundo estaba hablando sobre él al final del verano, justo antes de que empezara la escuela.

—Soy nueva aquí. No escuché ningún rumor —dije. Caminé hacia ella, y se estremeció—. Está bien. Soy una de las buenas personas.

Vi lágrimas formándose en sus ojos, y luego se derramaron, goteando en su blusa blanca con agujeros. Fue el instinto. La envolví en mis brazos antes de pensarlo. No se sentía extraño para nada, sostener a alguien a quien apenas conocía porque de alguna forma, sí la conocía. Ella era Matsuri. Como le dije a Deidara. Todas eran Matsuri.

—Creo que me drogó o algo. —Lloró en mi hombro—. La gente estuvo diciendo que me puse en topless en esa fiesta. Delante de todo el mundo, y que él me estaba incitando. Realmente no lo recuerdo. Quiero decir, creo que lo hago, pero no estoy segura. Recuerdo una cama. Recuerdo sangrar el día siguiente, pero no se suponía que empezaba con la regla. No se sentía como mi regla, y sólo duró un día.

Me sentí enferma. Tragué saliva fuerte, forzando abajo las ganas de vomitar.

—¿Se… se lo contaste a tus padres?

Amelia se alejó. Se limpió el rostro y negó con la cabeza.

—No estaba segura de lo que pasó. Debí haberles dicho, pero no estaba segura —dijo, y luego añadió más silenciosamente—: Estaba avergonzada.

—Tú no hiciste nada mal —dije.

Asintió como si quisiera creerme pero no tenía la fuerza para hacerlo.

—Lo digo en serio, Amelia. No hiciste nada mal. Él se aprovechó de ti. Como has dicho, es el idiota.

Miró arriba de repente, su rostro lleno de preocupación.

—No puedes decírselo a nadie —dijo—. Prométemelo.

Suspiré.

—No es mi asunto para contar.

—Bien.

—Pero me gustaría que se lo contaras a tus padres, Amelia.

—¿Qué puede hacerse ahora, Sakura? Han pasado meses. No es como si hubiera ido al hospital después. No hay nada que pruebe que hizo algo —dijo.

—Está tu palabra —ofrecí.

—Sí. —Soltó una risita—. Eso no sirve para nada.