Adaptación de "Goin Under" de S. Walden.

Naruto pertenece a Masashi Kishimoto.

Nota: En estos momentos hago adaptaciones porque me gusta leer historias con sasusaku aplicándolos a las distintas épocas y modo de escritura de cada autor.

*"Recuerdos"

*Relato

*Pensamientos

Capítulo 19

Perdí la práctica de natación por tres semanas seguidas. Seguía olvidándome de ello, y sólo aparecí hoy porque Madara me lo recordó después de la escuela. Todavía no sabía cómo usar la máquina fotográfica del anuario, y no estaba segura de que me sentía cómoda estando en la misma habitación con tres depredadores.

El ambiente de la piscina era exactamente como me esperaba: pegajoso y húmedo. Tuve que trabajar más para respirar, tomando tragos largos y húmedos de aire en la boca y manteniéndolos en el fondo de mi pecho antes de expulsarlo. Respiraba por la boca todo el tiempo. Los chicos buceaban aquí y allí, nadando, gritando y llamando a cada uno por otros nombres como los hombres acostumbran hacer para mostrar camaradería. Me sentía fuera de lugar y giré para salir.

—Ahí estás —dijo Madara—. Me alegro de que hayas podido venir.

Él tenía su traje de baño, que ascendía a prácticamente nada. Speedo, gafas y gorro de natación. Pude ver por qué las chicas pensaban que era ardiente. Tenía músculos, un pecho corpulento y fuerte, piernas gruesas. "Todo lo mejor para hacerte caer, querida", le oí decir.

—Sólo tomó cerca de un mes —le contesté. Fui al grano—. Mira, no me siento cómoda tomando fotos. Todavía no sé cómo usar esta cosa.

—Eso no es cierto. La usaste durante la producción de coro —dijo Madara.

—Sí, pero, ¿has visto las fotos? —le pregunté, riendo—. Apestan.

—Bueno, no hay nada como tomar fotos de una práctica para que tengas un poco de práctica, ¿eh?

Lindo.

Sonreí de mala gana.

—Aquí. Déjame darte un tutorial rápido —dijo Madara, y corrió a través de los botones por mí una vez más, viendo para asegurarse de que entendí cómo hacer un zoom con la lente correctamente—. Eres una profesional —dijo, y se zambulló en el agua.

Me salpicó un poco, y me molestó por completo.

Caminé arriba y abajo al lado de la piscina metódicamente tomando fotografías horribles. En un principio, sacaba la cámara de mi cara después de cada disparo para mirar. Y cada imagen era la misma: salpicaduras difusas, y si tenía suerte, tal vez una mano o parte de una cabeza que sobresalía del agua.

Dejé de mirar mi obra a medio camino y decidí que era hora de irme. No fue tanta mi irritación por ser la peor fotógrafa del mundo. No me importaba. Lo que realmente aumentaba mi miedo era el tiempo que me quedaba. ¿Dónde estaba el entrenador de natación? No había ningún adulto, me di cuenta, y sólo un puñado de los nadadores. ¿Dónde estaba el resto del equipo? Los conté. Sólo seis. El equipo de natación tenía al menos veinte miembros.

Atrapé a Setsu y Tim mirándome de vez en cuando. Traté de ignorarlos. Ellos estaban tratando de intimidarme, y sabía por qué. Tim probablemente les dijo a sus amigos acerca de sus citas frustradas y como era responsable de ello. Él salió de la piscina junto con Madara.

Giré hacia mi bolsa de libros sentada en la esquina más lejana de la habitación.

—¡Oye, Sakura! —llamó Madara—. ¡Espera!

Debería haber seguido caminando.

Debería haberlo hecho.

—Vamos a ver lo que tienes —dijo, extendiendo la mano para la cámara. Me acerqué a la orilla de la piscina y giré con furia.

—Están muy mal, Madara —le dije—. Te comenté que no era buena.

Madara lucía un ceño fruncido mientras hojeaba las fotos.

—Tienes razón, Sakura. No puedes tomar una foto para salvar tu vida.

Me encogí de hombros, y luego grité cuando me empujaron a la piscina. Rompí la superficie para respirar pesadamente, limpiándome los ojos para descubrir a mi atacante. Solté una cadena de palabras sucias, mientras veía a Tim bucear a mi lado.

Se escondió bajo el agua, y temía que estuviera dando vueltas como un tiburón. No podía tocar el fondo y comencé a entrar en pánico, golpeando mis piernas duro para avanzar en el agua.

Me acerqué a la orilla de la piscina y estaba casi allí cuando Tim apareció bloqueando mi camino.

—Eres un idiota —le susurré.

—Sólo disfrutaba de un poco de diversión, Sakura —contestó Tim. Apartándose de la orilla, envolviendo su brazo izquierdo alrededor de mi cintura y tirándome en el agua.

—¡Déjame! —grité, luchando contra él. Mi cabeza se sentía pesada del agua tirando de las puntas de mi pelo, dejando húmedos surcos en el rastro tras de mí.

Me volví a mirar a los demás en el agua. Oh, Dios mío. ¿Cómo pude ser tan estúpida? Estaba Hunter colgando en el borde del mirador de la piscina. Obito ajeno a la escena mientras continuaba sus vueltas. Mike, deslizándose a través de las puertas de la sala, haciendo caso omiso de mi situación. Setsu me miraba desde un banco al otro lado de la piscina. Todos los chicos de la Liga de Fantasía de Zorras, y nadie iba a venir rescatarme.

Me volví más enérgica, empujando el brazo de Tim con todas mis fuerzas. Pero él era demasiado fuerte, y en ese instante maldije a Dios por hacer a las mujeres tan jodidamente débiles.

—¡Fuera!

—Está bien —me dijo, soltándome y empujándome bajo el agua.

Luché ferozmente, segura de que me ahogaría. No tuve la oportunidad de tomar un respiro antes de ser hundida bajo la superficie, y ya sentía mi pecho quemar por aire: sólo un pequeño aliento de vida.

Tim se relajó, y subió disparado por respiración del agua en sorbos hambrientos de oxígeno humedecido.

—¿Qué estás haciendo? —grité, apartando el cabello enmarañado de mi cara.

—Jugando —respondió Tim—. Por Dios, estamos teniendo un poco de diversión. Tómalo con calma. —Y me hundió bajo la superficie una vez más.

Clavé mis uñas en sus muñecas, pero no hizo nada para aflojar su agarre. Me sostenía por más tiempo, me di cuenta, ya que mi pecho comenzó a quemar con urgencia, exigiendo el oxígeno que no podía proporcionar. Me retorcí de un lado a otro sin ningún resultado, sintiendo el ardor urgente moverse hacia abajo en el vientre, a través de mis piernas hasta la punta de mis dedos. Mi cuerpo estaba gritando en silencio, y no podía salvarlo.

Tim me arrastró fuera del agua, y me aferró a él por instinto, respirando profundamente entre toses y balbuceos. Se aprovechó de mi vulnerabilidad, envolviendo mis piernas alrededor de él, colocándome cerca de sus caderas para que pudiera sentir su excitación. Traté de liberarme, pero me abrazó con fuerza entre sus brazos, moviendo la cabeza ante mi súplica silenciosa.

Estábamos en la parte menos profunda del perímetro, un lugar donde podía plantar firmemente los pies y movernos con vueltas y vueltas en círculos pequeños. Pensé que estaba tratando de calmarme con un falso sentido de seguridad, y no tuve más remedio que aferrarme a él con fuerza, rezando para que no me sumergiera bajo el agua otra vez.

—¿Te divertiste? —preguntó.

Sentí que las lágrimas se desbordan ante esas palabras mientras negaba con la cabeza. Me imaginé que estaba hecha un lío con las manos mojadas, el cabello enmarañado y el rímel negro corriendo por mis mejillas. No sólo fue exitoso en hacerme sentir débil e indefensa, sino también en hacerme sentir fea.

—Sakura —dijo Tim—. Fue sólo un poco de diversión. ¿Por qué estás enojada?

Deslizó sus manos sobre mi trasero y lo retorcía.

—Sigue haciendo eso —dijo, y me detuve.

—Te odio —sollozaba en silencio.

—Sakura, no me odias. Pero debería odiarte. ¿Por qué esparces rumores acerca de mí en la escuela?

—No estoy difundiendo rumores sobre ti —me atraganté.

—¿No? Entonces, ¿por qué Ashley pensaba que yo era un violador? — preguntó Tim.

—Eres un violador —dije, tratando de liberarme de su agarre.

—Deja de luchar —ordenó Tim—. Ahora, para tu suerte me creyó cuando le dije que eras una ex novia perra psicópata loca. Y por suerte para ti, logró que sus amigos me creyeran, también. Así que tienes un pase libre esta vez, ¿eh?

Deslizó su mano entre mis piernas.

—Pero sólo por esta vez. Ahora dame un beso, y te dejaré ir —dijo Tim.

Negué con la cabeza.

—Sólo un beso —arrulló.

—Oye, hombre, ¿cuál es el problema? —preguntó Madara, flotando por encima de nosotros—. Dámela.

No puedo creer que quería pasar de un depredador al siguiente, pero en ese momento pensé que Madara era el bueno. Era mi salvador.

—Relájate, hombre —dijo Tim, liberándome. Llegué a Madara que me sacó fácilmente fuera del agua. Me envolvió con una toalla y me abrazó.

—No está bien, amigo. Ella tenía miedo —espetó Madara, pasando sus manos más o menos sobre mis brazos para entrar en calor—. No se puede tratar a las chicas de la misma forma que a los chicos, tarado.

Me acompañó hasta mi mochila y luego al salir de la zona de la piscina hacia mi coche. Si estuviera en mi sano juicio, me hubiera dado cuenta de dos cosas: primero, Madara nunca se lanzó al agua para venir en pos de mí. Él no era un salvador. Y dos, que tenía una toalla en sus brazos lista para mí. Me lo imaginé, observando toda la escena y luego paseando perezosamente al toallero antes de intervenir.

Más tarde esa noche, mientras estaba acostada en mi cama, temblando de miedo y rabia, me di cuenta que lo planearon. No hubo una real práctica de natación. Me atrajeron a la piscina de manera fraudulenta, a continuación, en la orilla del agua Madara miraría las fotos que tomé. Y se quedó allí mientras veía que Tim me empujaba bajo el agua, lo que me obligó a soportar minutos de tortura que parecían horas. Dejó que Tim hiciera lo que quisiera para luego fingir indignación. A lo largo de toda esa prueba en silencio me decía una cosa:

—No me jodas. No jodas a mis amigos.

Halé las mantas sobre mi cabeza y me eché a llorar. No me metería con él nunca más esta noche. La verdad es que estaba realmente asustada de él por primera vez. Así que elegí para entretener el miedo, dejar que me agarrara y se manifestara en los sonidos del silencio, con sollozos desesperados. Pero sólo lo dejaría hacerme esto esta noche.

Mañana, el miedo se habrá ido.

—Jessica Canterly —dijo Deidara en nuestro camino al estacionamiento.

Me di la vuelta para mirarlo, parando en seco.

—¿Sí?

—Dentro y fuera de las salas psiquiátricas desde décimo grado. La familia se mudó fuera del estado después de su primer año de estudios. Mierda seria. Lo hizo todo. Se cortó. Desarrolló cada trastorno de alimentación del libro. Se arrancó el cabello —dijo Deidara—. Estoy hablando de mierda seria.

—Lo sabía —le susurré.

—Ahora, espera —respondió Deidara—. El hecho de que ella tenga todos estos problemas psicológicos, no significa que la violaron.

—¿No? —le pregunté. No estaba tratando de ser una listilla.

—No —dijo Deidara—. Encontré cosas que datan desde el séptimo grado.

—Así que tal vez Setsu la vio como un blanco fácil —le contesté—. Si ella ya está loca, ¿quién va a creer que fue violada?

Deidara se encogió de hombros.

—No está bien, Sakura.

—Muy difícil de decir, "¿No está bien, Haruno?" —le pregunté.

—Eres una idiota y estás totalmente fuera de foco. Decía que no es correcto asumir algo sin pruebas sólidas. Sabes eso.

Fruncí el ceño.

—Ese idiota es un violador. ¡Sé que lo es!

—Está bien, entonces. ¿Has descubierto cómo vas a probar algo de esto?

—De hecho sí —respondí. Sonreí un poco con suficiencia, y Deidara puso los ojos en blanco—. ¿Podemos hablar de esto en otro lugar? Hace mucho frío aquí afuera.

—Entra en tu auto —dijo Deidara.

—De ninguna manera. Vamos ir a tu auto y gastar tu gasolina calentándonos —le contesté.

—Lo que sea.

Nos deslizamos hacia el modesto Acura de Deidara y prendimos el calentador.

—Está bien, Haruno. ¿Cuál es tu plan?

—Voy a pedirles que se presenten —le contesté.

—¿Vas a qué?

—Las chicas que han sido violadas. Voy a pedirles que se presenten.

—¿Por qué lo harían? Han pasado años para algunas. No hay ninguna prueba de violación. No hay evidencia de ADN. Es su palabra contra la de los chicos. ¿Hablas en serio? —preguntó Deidara.

—Si puedo lograr que se junten…

—¿Así que eres una terapeuta de grupo, de repente?

—Cállate. Si puedo conseguir que se junten y animarlas a presentarse juntas, creo que hay una posibilidad real de que estas chicas tengan un poco de justicia —le dije—. Fuerza en números.

—Ese es el plan más estúpido que he escuchado.

—¡Oye! No es estúpido. ¡Es lo único que tengo!

—Puede que tengas que llegar a la conclusión de que estas chicas nunca verán la justicia. ¿De acuerdo? Es posible que tengan que conformarse con la exposición de su liga y avergonzarlos, porque esto puede ser todo lo que obtengan.

—No. —Golpeé la mano en el tablero.

—Haruno, no le hagas eso a mi auto —advirtió Deidara.

—Nunca voy a estar satisfecha con un poco de vergüenza. Los quiero en la cárcel. Son delincuentes que pertenecen a la cárcel.

—¿Así que tu plan es engañar a estas chicas en qué? ¿Acercándolas a tu casa para una fiesta de pijamas? ¿A continuación expones cada uno de sus secretos dolorosos al grupo y les dice que deben hacer esos secretos dolorosos, públicos? ¿Sin evidencia? ¿Sin pruebas? ¿Oyes lo estúpido que es eso?

—Vete a la mierda.

—La respuesta típica adolescente —se burló Deidara.

—Te odio.

—Y ahí hay otra.

—¡Cállate y ayúdame entonces! —grité.

—No tengo una respuesta, Sakura. No tengo un plan. La única cosa que puedo decirte es que hagas de conocimiento público su Club.

Bajé la cabeza.

—Dijiste que me ayudarías a atraparlos. Eso es lo que has dicho.

—Lo sé, Sakura. Pero no puedo obligarlos a confesar su violación. Y no puedo hacer que las chicas se presenten. Tienen todo el derecho a permanecer en silencio. Ese es su derecho, y creo que se te olvida eso. Crees que tienes un deber con tu amiga, pero ellas no. Su justicia no es la justicia de ella, ¿no lo ves? Son individuos con experiencias individuales. No estoy diciendo que es saludable para ellas que se aferren a sus secretos, pero es su derecho. Sólo se puede hacer esto. Y has hecho todo lo que puedes, y estoy orgulloso de ti por querer protegerlas. Realmente lo estoy. Expón la liga y así pagarás tu deuda con Matsuri.

Estaba llorando. Me di cuenta de ello cuando Deidara sacó una servilleta de la guantera y me la entregó.

—¿No le puedo disparar a todos en la cabeza? —lloré, soplando mi nariz en el papel.

—Oh, Dios mío. Primero querías ser una víctima de violación, y ahora, ¿quieres ser un asesino?

—Es asesina, idiota. Soy una chica.

—Haruno, necesitas visitar a un terapeuta —dijo Deidara.

—Ya lo estoy haciendo —le balbuceé.

—Bueno, gracias a Dios por ello.

Le lancé una mirada pícara.

—Y deja de llorar, por el amor de Cristo. No puedes llorar todo el tiempo. ¿No se supone que eres grande y fuerte?

Lo miré sorprendido.

—¿En serio?

—Sí, Haruno. En serio. Enderézate y deja de actuar como una total cobarde. ¿Quieres ser un poco ruda? A continuación, empieza a actuar como tal.

—¡Tú eres el idiota más grande en el planeta!

—Sí, y un infierno de buen amigo para ti —respondió Deidara.

Bueno, no podía discutir eso.

Volví a casa con "Las muchachas grandes no lloran" tocando una y otra vez en mi cabeza. No me preguntes cómo sabía la canción. No era Frankie Valli cantando, sin embargo. Era Deidara en su lugar, y me reí mucho imaginándolo dirigir el Four Seasons con la melodía. No había lágrimas. Exactamente lo que querría él.

—¿Nunca vas a hablar conmigo otra vez? —le susurré, mirando a Hinata apilar sus libros y cuadernos en un pequeño rectángulo limpio sobre el escritorio. Me incliné y empujé el libro de arriba al suelo.

—¡Oye! —gritó.

—Rayos, habla conmigo —le dije.

—No tengo nada que decirte, Sakura —espetó, y se inclinó para recoger su libro.

—¿Por qué estás tan enojada conmigo? —le pregunté.

—Eres una chica inteligente, Sakura —dijo Hinata—. Saca tu conclusión.

—¿Tiene esto algo que ver con Madara? —pregunté, bajando la voz hasta un susurro apenas audible.

Hinata nerviosa echó un vistazo alrededor.

—No digas su nombre en voz alta —contestó ella.

—¿Qué demonios? Él no es Lord Voldemort.

—¡Y no digas su nombre tampoco! —exclamó.

Me quedé confundida. Y entonces me eché a reír. Hinata me miró. Pero al parecer, mi risa tenía algún tipo de efecto contagioso, porque su rostro se iluminó con una sonrisa. Y luego se echó a reír también.

Difícil.

—Bueno, bueno —dije, secándome los ojos—. ¿El hecho de que no me hables tiene algo que ver con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado? Y me refiero a Madara.

—Sí —dijo ella, su risa desvaneciéndose.

—Muy bien. ¿Cuál es el problema?

Se dio la vuelta, pero Madara no había entrado en la clase todavía.

—Te dije que te mantuvieras alejada de él —dijo.

—Nunca me dijiste el por qué —le contesté.

—Porque es un mal tipo —dijo.

—¿Qué lo hace malo?

—Cosas.

—¿Cómo qué?

—¡Por el amor de Dios, Sakura! ¿Por qué no dejas las cosas como están?

—Porque creo que te hizo algo que no me estás diciendo. Y sé que lo ha hecho con otras chicas, porque, ¿sabes qué? Conocí a Matsuri. ¿Matsuri Cunningham? Era mi mejor amiga.

Los ojos de Hinata se llenaron de lágrimas al instante.

—No. No llores. ¿No le has dado suficiente de tus lágrimas ya? —Recordé las palabras de Deidara para mí. Deja de llorar. Se fuerte.

Ella me miró, y luego miró hacia el techo tratando de conseguir que el agua retrocediera. Estaba decidida, y se centró en el techo durante un largo tiempo antes de que pensara que era seguro mirarme de nuevo.

Cuando lo hizo, sus ojos estaban secos.

—Bueno. Ahora hay un comienzo.

Sonrió agotada.

—Quiero contarte una historia.

—Está bien.

—Después de la escuela.

Nos sentamos en una cafetería a diez minutos de la escuela. Al principio propuse la del otro lado de la calle, pero Hinata no quería estar tan cerca de la escuela, cuando hiciera su confesión. No habría demasiados estudiantes yendo y viniendo. Era un lugar de encuentro popular para los adultos mayores para sus reuniones de caridad.

Pedimos café mocha y luego nosotras solas nos metimos en un rincón poco iluminado.

—No puedo creer que voy a exponer todo esto —dijo, sorbiendo su bebida con cuidado.

—Como que ya lo sé —le dije, tratando de aliviar su ansiedad.

—No, no, Sakura —contestó Hinata—. No sabes nada.

Quería sentirme ofendida, pero no pude. Ella tenía razón. No sabía nada de su terrible experiencia. Con toda honestidad, no sabía nada acerca de la experiencia de Matsuri tampoco. Ella nunca me contó los detalles. Describió cómo Madara lamió sus lágrimas y le tapó la boca. Y eso era mucho para saber. Me hubiese gustado que hubiera guardado esas cosas para ella sola.

—Estaba tan emocionada de empezar la secundaria —comenzó Hinata—. Y era una niña muy feliz en ese entonces. Tenía amigos. Estaba involucrada en todo.

—Lo sé.

—¿Eh? —Hinata frunció el ceño.

—Bueno, como que hice un poco de investigación en viejos anuarios —confesé.

Hinata pensó por un momento.

—¿Cuándo?

—La primera vez que te conocí. Ese primer día de clase cuando me golpeé la cabeza.

—Ohhh —Asintió Hinata.

Esperé pacientemente a que continuara.

—No creo que soy la cosa más fea en el planeta —dijo ella—, pero nunca pude averiguar lo que atrajo a Madara hacia mí. Quiero decir, sí, era una porrista, pero nunca creí encajar en ese molde. No era popular. Solía hacer mis propias cosas y divertirme.

—Debe haber sido algo popular para ganar un lugar en la corte de la fiesta —le dije.

Hinata se encogió de hombros.

—Supongo que quise decir que no salía con gente popular. Era amable con todos.

—Ahh. Es por eso que ganaste —le dije.

—Bueno, lo que fuera, a Madara le gustaba, y él empezó a perseguirme en la escuela desde los inicios.

Me moví nerviosamente en mi asiento, sabiendo que la conversación estaba a punto de llegar a intimar.

—Salimos todo el año, y todo el tiempo fue un caballero. Pensé que era la chica más afortunada del mundo, de verdad. —Hinata se quedó ensimismada afuera en la dirección de una pareja acurrucada en otra mesa de la esquina en la pared opuesta.

Ellos se decían chistes al parecer, porque se estaban riendo histéricamente.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Asintió y continuó.

—Estaba tan emocionada por el baile. Y tuvimos una muy divertida noche hasta que me llevó a la habitación de un motel.

—¿Qué?

—Champán. Me dio champán toda la noche. Él no bebía nada. Tenía una botella en su auto, y bebió un poco de camino a la fiesta de graduación.

—Espera —dije—. ¿Estaba conduciendo? ¿Qué edad tenía?

—Acababa de cumplir dieciséis años —dijo Hinata.

—¿Dieciséis en el noveno grado? —le pregunté—. Eso es un poco viejo. ¿Empezó tardíamente en la escuela? ¿Repitió un grado o dos?

Hinata suspiró y sonrió.

—Sakura, ¿tienes ADD?

—¿Eh?

—¿A quién le importa que él estaba conduciendo? El punto era que estaba conduciendo.

Asentí y reorientada.

—De todos modos, nos escapábamos de la fiesta de graduación de vez en cuando para que pudiera tener un par de sorbos. Al final de la noche estaba mal. Pero me refiero a realmente ebria, como algo que-no-se-siente-bien.

La miré dudosa.

—Está bien, ya sé que estar así nunca se siente "bien". Lo que quiero decir es que creo que me drogó con el champán. Quiero decir, sí, bebí mucho de ella, pero he tenido champán antes, y nunca me había hecho sentir así. Realmente lenta. Fuera de mí. Al igual que mis brazos eran grandes y pesados o algo así.

—Ya veo.

—Recuerdo muy poco de esa noche. Recuerdo que nos besábamos y me desnudaba. Estaba de acuerdo con eso porque nos habíamos ido allí antes, pero luego empezó a utilizar la fuerza.

Me puse tensa.

—Y habían otros.

—¿Qué? —Estaba a medio sorber el café, atorándome por la mayoría del líquido mientras que algo goteaba por mi barbilla. Hinata me entregó una servilleta.

—Recuerdo que había otros. No sé cuántos, pero estaban hablando y riendo. —Lo pensó un momento—. Y entonces discutían por un tiempo.

La miré con los ojos abiertos, un término repitiendo una y otra vez en mi cabeza: violada en grupo.

—La última cosa que recuerdo era un montón de manos por todo mi cuerpo antes de desmayarme.

Nos sentamos en silencio. No sabía qué hacer, así que terminé mi café. Hinata ya no estaba interesada en el suyo. Prefería ver a la joven pareja tomados de la mano y dándose besos ocasionales.

—Hinata, lo siento mucho —le susurré.

Giró hacia mí. Se volvió a regañadientes, como si ella no quisiera apartar los ojos de la linda pareja. Como si quisiera quedarse en su fantasía un poco más.

—Tú no has hecho nada, Sakura —contestó—. ¿Por qué te disculpas?

No tenía respuesta para eso. ¿Por qué me estaba disculpando? No la violé. Pero eso es lo que dices cuando te enteras de las malas noticias. Era estándar. Dices que lo sientes como si estuvieras pidiendo disculpas por el mal o pidiendo disculpas en nombre de las personas que infligen el daño.

Me encogí de hombros.

—Me desperté a la mañana siguiente, usando mi vestido de fiesta. Estaba manchado de sangre. Yo era virgen, verás, por lo que pensé que debí haber sido violada. Pero es un poco difícil hacer el reclamo cuando no puedes recordar ni una mierda.

—¿Y tus padres?

Hinata rió.

—Bueno, según ellos, Madara me trajo a casa borracha. Discutieron y dijeron que no tenía permitido salir conmigo nunca más. Entonces se enfadaron conmigo por ser irresponsable por el alcohol. De alguna manera se hizo todo por mi culpa.

Sacudí la cabeza con incredulidad.

—La mejor parte es lo que pasó en la escuela —continuó Hinata—. El lunes por la mañana me enfrenté a Madara sobre esa noche. Quería saber lo que había pasado. Por supuesto, me dijo que estaba loca. Y entonces me dijo que no quería tener nada más que ver conmigo, que era una psicópata loca exuberante. Extendió todo tipo de rumores desagradables sobre mí. Perdí a mis amigos. Dejé de ser porrista. De alguna manera, me convertí en la perra psicópata en la escuela. La gente realmente tenía miedo de mí. ¡De mí!

Hinata se echó a reír, su frágil cuerpo temblando incontrolablemente.

—¿Me estás mirando, Sakura? ¿Estás viendo esto? —preguntó entre risas—. ¿Cómo puede alguien tener miedo de esto?

—Hinata...

—¡Peso cincuenta kilos, Sakura! ¡Cincuenta kilos! ¡Ni siquiera puedo pasear mi San Bernardo debido a que no soy lo suficientemente fuerte! ¡No tengo una pizca de maldad en mi cuerpo! Ni siquiera sé cómo ser mala con los demás. ¿Cómo lo hacen, Sakura? ¿Cómo hacen las personas, porque realmente me gustaría saber? Quiero decir, si la gente va a tener miedo de mí y de todo, ¡entonces me gustaría saber cómo ser una hija de puta!

Varios clientes se volvieron en nuestra dirección, e instintivamente salté de mi asiento. Puse mi brazo alrededor de Hinata y la saqué de la cafetería a mi auto.

—¡Quiero decir, si soy una puta psicópata de mierda exuberante entonces necesito saber cómo representar el papel! —gritó en el estacionamiento. No hubo más risas, sólo lágrimas de rabia corrían por sus mejillas.

La ayudé a subir al asiento del pasajero del auto y le abroché el cinturón de seguridad.

—¡Arruinó mi vida! —Clavó las manos en los costados del asiento—. ¡Y no puedo hacer nada al respecto! ¡Nada! —Y luego dejó escapar un largo gemido lastimero. Pensé que había oído antes: la miseria total y absoluta, pero me di cuenta que no. Incluso yo, en toda mi miseria y culpa por Matsuri, nunca había hecho un sonido parecido.

Me sacudí a causa de ello. Tenía miedo de él. No sabía cómo consolarla. Nunca entendí la desolación completa que uno siente cuando su voluntad, sus derechos, son despojados de uno. Y ella no quiere oír, lo siento, de alguien que no tiene ni idea. Es ofensivo.

Me acurruqué en el suelo a su lado, dejándola llorar. No callándola. No sintiéndome avergonzada por cómo las personas entraban y salían de la cafetería mirándonos. Ni siquiera ofreciendo palabras de simpatía. No me preocupé por nada, excepto mi epifanía al amanecer. Es como si escuchara la voz de Matsuri susurrando en las puertas del cielo, y ella me estaba perdonando. O tal vez era yo, por primera vez en meses, capaz de dejar de lado mis pecados pasados. Siendo capaz de perdonarme a mí misma. Todo por Hinata, y su revelación a mí. No quiero ser una víctima. No quiero que mi mundo sea destrozado. Quería justicia, pero me di cuenta de que tenía que buscar diferentes medios. Quería proteger mi cuerpo, mi mente, porque estaba viendo lo que le pasó a alguien cuando su derecho a hacer eso fue robado de ella.

Llevé a Hinata a mi casa. Nos acurrucamos en mi habitación toda la tarde, y compartí todo con ella como lo hice con la Dra. Merryweather. Dejó escapar un suspiro de alivio cuando le prometí que había abandonado mi proyecto de hacer caer a Madara, y me animó a hacer pública mi información sobre la Liga de Fantasía de Zorras. Le sugerí que presentara cargos, pero argumentó la ausencia de pruebas contundentes.

—¿Al menos decirle a tus padres? —le pregunté.

Hinata se encogió de hombros.

—¿Qué pueden hacer al respecto?

—No lo sé, pero son tus padres, y te aman.

El lado de la boca de Hinata se elevó.

—Supongo.

—¿Vas a pensar en ello? —Presioné.

Asintió y luego tomó mi mano.

—Sí, Sakura. Pero sólo estoy pensando en lo que dices porque eres muy amable.

Sonreí.

—No soy una persona agradable, Hinata.

—Sí que lo eres. Sé que Madara decía todo tipo de estupideces sobre mí, pero tú siempre fuiste agradable, incluso cuando dejé de hablar contigo por un tiempo.

—Debí haberte dicho lo que estaba haciendo con él hace mucho tiempo — le dije—. No sabía en quién podía confiar.

—Es comprensible —dijo Hinata—. Me alegro de que en realidad no te guste.

—Asqueroso. De ninguna manera —le dije, y ella sonrió.

—No creo que Matsuri haya manejado lo que le pasó de la manera correcta, pero veo por qué lo hizo —dijo Hinata después de un tiempo.

Escuché, no queriendo interrumpir. Quería escuchar la perspectiva de la otra víctima.

—Es fácil caer en una mala depresión. Yo lo hice. Es fácil retirarse. Es fácil no ver ningún propósito en nada: tu rutina diaria, tus relaciones con los demás. Todo se vuelve inútil o da miedo. Para mí no tenía sentido. Creo que para tu amiga, fue el miedo. Y cuando tienes miedo del mundo, quieres escapar de él.

Bajé la cabeza.

—Me gustaría que hubiese sido más fuerte. Me gustaría que estuviera aquí. Sería bueno tener una amiga que entienda lo que pasé. Alguien que experimentó, también.

De repente tuve una idea. Tiré del empañado medio-corazón de debajo de mi camisa. Había comenzado a usar el collar de nuevo hace una semana, escondido debajo de mis camisas, apoyado en mi corazón. Me enteré por su madre que Matsuri estaba enterrada con algunos de sus objetos personales más especiales, y el collar de medio corazón era uno de ellos.

Me desabroché la cadena y se la di a Hinata.

—¿Qué es esto? —preguntó, acariciando el collar.

—Matsuri me dio eso en mi octavo cumpleaños. Fue enterrada con la otra mitad —le expliqué—. Quiero que te lo quedes.

—Sakura, no puedo tomar esto —dijo Hinata, empujando el collar en mis manos. Aparté sacudiendo la cabeza.

—Quiero que te lo quedes, Hinata. De verdad. Sé que tú no tienes ninguna conexión con ella en la vida, pero ahora puedes hacerlo. —Busqué las palabras adecuadas, pero sabía que mi sentimiento saldría sonando cursi—. Tal vez te puede traer un poco de consuelo o algo así. —Aparté los ojos. Me sentí un poco tonta y demasiado dramática en ese momento.

Hinata dudó durante una fracción de segundo antes de fijar la cadena alrededor de su cuello.

—Gracias, Sakura—dijo en voz baja.

—De nada.