Adaptación de "Goin Under" de S. Walden.
Naruto pertenece a Masashi Kishimoto.
Nota: En estos momentos hago adaptaciones porque me gusta leer historias con sasusaku aplicándolos a las distintas épocas y modo de escritura de cada autor.
*"Recuerdos"
*Relato
*Pensamientos
Capítulo 21
Todo estaba listo. Tenía todos los documentos sellados en un sobre dirigido a "Natsu Langston", un reportero novato del Raleigh News and Observer. Decidí ir con él después de investigar un poco el personal porque era nuevo y me imaginé que esta historia podría ser su gran oportunidad.
El lunes en la mañana envié por correo el sobre manila lleno, antes de ir a la escuela. La emoción mezclada con el temor se reflejaba en mis dedos, humedeciendo el paquete de sudor. No podía decir que me arrepentía de abandonar mi plan original con Madara. Me di cuenta de que era insano, ¿quién era yo para pensar que podría soportar lo que estas otras chicas experimentaban? Simplemente porque estaba llena hasta el tope de deseos de venganza. No, simplemente no podía y sabía que había tomado la decisión correcta al enviar la información sobre la Liga de Fantasía de Zorras. Nunca descubrí la "pistola humeante" para que Madara, Setsu y Tim fueran acusados de violación, pero esperaba que después de que la historia de su obsceno club saliera, algunas chicas tuvieran el valor de presentarse.
Solo restaba esperar.
Me comprometí a quedarme después de la escuela para tomar fotos del juego de béisbol de los chicos. Le prometí a Sasuke que terminaría tan pronto como el juego finalizara. Planeamos una noche inocente con juegos de video. Sus padres y su hermana estarían en casa y todos íbamos a pasar el rato juntos. Sería la primera vez que pasaría una cantidad significativa de tiempo con su familia y estaba nerviosa. Había conocido a los padres de Sasuke cuando empezamos a salir en serio, pero esta sería la primera noche que realmente hablaría con ellos. Quería gustarles.
—Hola Sakura —dijo Madara deslizándose por la tribuna.
—No sabía que estarías aquí —le dije, poniéndome las gafas de sol de nuevo cuando el sol asomó por entre las nubes.
Se me hacía muy difícil estar cerca de Madara. Me ponía nerviosa y él lo sabía. Los dos sabíamos que estábamos jugando un falso partido amistoso, pero ninguno de los dos lo diría en voz alta.
—Noticia de último minuto. La señora Kerrigan me pidió que te ayudara —explicó—. Ella, uh, vio las últimas fotos que tomaste y pensó que podrías necesitar algo de ayuda.
Me moví incómoda. Las últimas fotos que tomé eran de la "práctica" del equipo de natación, donde Tim casi me ahogó. Tenía tantas ganas de hablar con Madara sobre eso, pero sabía que me acusaría de loca, diciendo que Tim se comportó como un tonto incluso si fue un poco duro y que tenía que dejar de ser la reina del drama.
—Así que, ¿está bien si me quedo aquí? —preguntó.
—Claro —le contesté—. De hecho podrías relevarme si quieres.
Eso funcionaba para mí. Significaba que podía ir a la casa de Sasuke mucho más temprano.
—No, no —dijo Madara, riendo—. No vas a librarte tan fácilmente. Tienes que tomar notas para el resumen de tu página y los pies de página de cada foto, ¿eh?
Me encogí de hombros y asentí.
—Supongo que tienes razón. —Le di la cámara a Madara y saqué una pluma de mi mochila. Había algo intrínsecamente malo en tomar notas en un viernes por la tarde después de la escuela. Suspiré y puse la pluma sobre el papel.
—Entonces, ¿cómo van las cosas con Sasuke? —preguntó Madara.
Salté de mi asiento y Madara se dio cuenta.
—¿Qué? ¿No puedo preguntar por él? —dijo.
Pensé por un momento.
—Dijiste que estaba loco. Supuse que no creías que fuera una buena idea que saliera con él y todo eso.
—Bueno, no creo que sea una buena idea. Pero he aprendido que haces lo que quieres —respondió Madara.
Me enfadé.
—Es bueno conmigo y me gusta.
—Eso es bueno —dijo Madara. Tomó una foto de uno de nuestros jugadores deslizándose a primera base.
No estaba muy segura de haber entendido la declaración de Madara de que hacía lo que quería. No había tenido oportunidad de ver quién era él realmente, aparte de la cita de los bolos. Y esa no era yo. Normalmente no soy una persona amargada. Setsu sacó a relucir esos colores pero no era la imagen completa. El cuadro completo era el de una chica que estaba tratando de compensar los errores del pasado, ser leal a su amiga fallecida y ser una buena persona.
Le dije muy poco a Madara mientras el juego continuaba. Mayormente tomé notas o hacía garabatos cuando nada pasaba o no entendía lo que pasaba. Le preguntaba por terminología de béisbol de vez en cuando y él respondía feliz.
En la quinta entrada me preguntó si quería algo de beber.
—Un Sprite —le contesté, medio distraída por la llamada de mi padre al teléfono celular—. Gracias.
Madara volvió con dos Sprites, destapando las dos botellas mientras tomaba notas apresuradas sobre el último home run. Estábamos a mediados de mayo, pero se sentía como si el verano hubiera decidido visitarnos temprano. El sol estaba abrazador y estaba sedienta. Después de tomar la mitad de la botella de un trago, pensé que habría sido mejor conseguir agua en su lugar. Gotas de sudor estallaban en mi cuero cabelludo y la parte de atrás de mi cuello se sentía extrañamente rígida.
Traté de concentrarme en tomar mis notas, pero las palabras de la página entraban y salían de foco. Miré al campo y le pregunté a Madara por qué había tres jugadores en primera base.
—Solo hay uno Sakura —respondió Madara.
Negué y lo atribuí todo a la deshidratación. Terminé mi Sprite y pensé en comprar una botella de agua.
—¿Estás bien? —preguntó Madara mirándome con el ceño fruncido. En realidad, había cinco Madara y todos giraban en sentido anti horario—. ¿Sakura?
—Me siento rara —le dije. Arrastrando las palabras, creo, y traté de empujar mi pluma detrás de la oreja. Erré la oreja por completo y la pluma
cayó detrás de mí en alguna parte. Me di la vuelta para mirar, apretando las rodillas de alguien detrás de mí para no perder el equilibrio.
—Lo siento —murmuré cuando ella retiró las piernas a un lado y olvidé por qué me había dado la vuelta.
—¿Sakura? No te ves muy bien —dijo Madara—. Estás toda blanca.
—Bueno, soy una chica blanca Madara —le contesté y luego me reí. Ni siquiera era divertido, pero por alguna razón pensé que era la cosa más divertida que había dicho. Me eché a reír con fuerza, viendo como mi cuaderno de espiral se deslizaba fuera de mi regazo y caía en el suelo. Madara lo recogió y lo puso en mi mochila.
—Vamos Sakura —dijo, levantándome por el brazo—. Vamos a tomar un poco de agua. Debes haberte insolado o algo así.
Me reí de nuevo. Pensé que "insolado" sonaba divertido. Seguí repitiendo la palabra una y otra vez hasta que sonaba extraña en mi boca.
Me tropecé detrás de Madara, que me acompañó hasta el estacionamiento de estudiantes. Lo vi hurgar en mi mochila por las llaves, abrir la puerta de mi auto y tirar dentro mi mochila. Se guardó mis llaves en el bolsillo del pantalón.
—Vamos a hacer que te sientas mejor —dijo apretando su agarre en mi brazo.
—Estoy bien —le dije, pero sabía que no lo estaba. Estaba mirándolo a través de los párpados a media asta, incapaz de abrir completamente los ojos. Mi cuerpo vibraba como líquido eléctrico y amaba todo lo que me rodeaba en ese momento; momento en el que descubrí cómo se sentía realmente el amor. Cálido y sensual, como una vieja película en blanco y negro.
Madara me ayudó a entrar en un auto, pero no era el mío. Supongo que era el suyo. Estaba fascinada con todos los botones del tablero y decidí que me gustaba presionarlos.
—No hagas eso —ordenó cuando se subió al asiento del conductor.
—Pero me gustan —discutí.
Madara se rió y salió del estacionamiento.
—¿A dónde vamos? —le pregunté, sin importarme en lo más mínimo. Pensé que necesitaba una cama para acostarme y no me importaba de quién fuera o dónde se encontraba.
—A ninguna parte Sakura —Oí decir a Madara mientras me dormía con los sonidos del radio de fondo.
Me desperté en la oscuridad. Agobiante oscuridad. No sabía dónde estaba, pero el pánico me invadió de inmediato, mi corazón se aceleraba mientras forcejeaba. Mis muñecas estaban atadas a la espalda con algo fino y apretado que se clavaba dolorosamente en mi carne. Traté de concentrarme, dejando que mis ojos se acostumbran a la oscuridad y me di cuenta que estaba en el armario de alguien. Y estaba lleno de cajas, montones de ropa y basura. Solo tenía un pequeño espacio para mí justo frente a la puerta.
Di una patada por reflejo, creando un fuerte ruido seco en la puerta hueca.
—¿Está alguien despierto? —Oí del otro lado.
Le di una patada a la puerta de nuevo. No fue tan fuerte. Me di cuenta de que estaba cansada. Mis piernas se sentían pesadas y extrañas y empujé el pie hacia fuera como si no me importara realmente. Como si no tuviera realmente un propósito para hacerlo.
—¿Sakura? ¿Estás despierta?
Sonaba como la voz de Madara y asentí.
—Déjame salir —le dije. Las palabras se sentían pesadas en mi lengua. Era la frase más difícil que había dicho alguna vez.
—Sakura, estoy tratando de ayudarte —dijo Madara—. Ayudándote a superar tu miedo a lugares estrechos.
Pensaba que iba a morir. Me dolía el pecho por la rápida palpitación del corazón y estaba esperando la inevitable explosión. Estaba aterrorizada, pero mi cuerpo estaba atrapado en un estado inactivo. No podía sentir ninguna adrenalina a través de mis extremidades que indicara una lucha por vivir, por escapar. Solo un foco de golpes en el centro del pecho amenazando con un ataque de pánico de proporciones monumentales.
No entres en pánico. No entres en pánico. Solo busca una salida.
—¿Sakura? ¿Qué estás haciendo ahí? Sé que es un poco estrecho.
Respiré lo más profundo que pude, aliviando la presión del corazón estresado, entonces dejé salir el grito más fuerte que pude reunir.
Un fuerte golpeteo en la puerta me hizo callar al instante.
—No hagas eso, Sakura —exigió Madara—. O te vas a arrepentir.
—Por favor, déjame ir —le supliqué y sentí la primera de muchas lágrimas rodar lentamente por mis mejillas.
—Sakura, ¿no ves que estoy tratando de ayudarte?
—Quieres hacerme daño —sollocé, girando el cuerpo en un intento por liberar mis manos. Los lazos se sentían como si estuvieran volviéndose más ajustados y mis manos comenzaron a entumirse.
—No Sakura —dijo Madara—. Tú solo piensas que quiero hacerte daño. Pero voy a hacer que te sientas bien.
Había algo siniestro en las palabras, pero mi cerebro drogado no podía precisarlo.
—Solo respira —instruyó Madara e hice lo que me dijo.
Inspiré y solté, cerrando los ojos y tratando de conjurar el campo. Era inútil, sin embargo, mientras mi manos quedaban completamente entumecidas salvo por un hormigueo ocasional.
—¡Me duele, Madara! —lloré de pánico—. ¡Por favor, déjame salir! ¡Me duelen las manos!
—Lo sé, cariño. Pero aún no estás lista —respondió.
Le di una patada a la puerta con frustración, tratando de enfocar toda la energía en mi pie. Logré un respetable ruido sordo y Madara levantó la voz.
—¡Sakura, deja de patear mi maldita puerta! ¡Te mantendré allí más tiempo si no te portas bien!
Gemí suavemente.
—Así es, Sakura. Quiero que gimas para mí. Quiero oírte asustada —dijo Madara—. Continúa. Sabes que lo deseas. Sigue y ten el mayor ataque de pánico de tu vida. Quiero escuchar cada pedacito de él.
—¿Por qué haces esto? —lloré. Mi corazón latía dolorosamente y sabía que en pocos minutos me tendría exactamente donde quería. No podría luchar mucho más tiempo.
—Porque después, voy a mejorar todo. Voy a follar ese pequeño y dulce coño tuyo hasta que te desmayes de nuevo.
—¡Te odio! —Salió de lo profundo de mi pecho, un último estallido de energía. Grité desde lo alto de mis pulmones, alto y largo, quemándome la garganta, hasta que me puse ronca. Grité por las chicas que sufrieron esta tortura en el pasado. Grité por Matsuri que no pudo sobrevivir. Grité por mi futuro incierto, por mi derechos que estaban siendo violados y me dejé caer sobre mi costado, desmayándome en el colmo del terror, con el corazón latiendo rápido y fuerte en la estrellada oscuridad.
Me desperté de nuevo, pero no abrí los ojos. En realidad no podía abrirlos. Los párpados me pesaban demasiado así que tendría que confiar en mis oídos para ayudarme a descubrir dónde estaba. Mis brazos estaban levantados por encima de la cabeza, las muñecas unidas entre sí con algo fino y apretado que vagamente recordé haber sentido antes. En algún lugar, hace mucho tiempo. Jalé los brazos hacia mí, pero no podía llegar a los costados. Solo entonces me di cuenta que la camisa y el sujetador faltaban, dejándome medio desnuda en una cama desconocida.
—¿Estás seguro de que está lo suficientemente drogada?
—Amigo, está noqueada. Le puse la mitad de una pastilla en su bebida y la otra mitad hace pocos minutos —dijo Madara.
—Dijimos dos píldoras. —Reconocí la voz. Solo que no podía encajarla con un nombre.
—No quería correr el riesgo. La gente muere por esta mierda todo el tiempo, ya sabes —dijo Madara.
—¿Y?
La pregunta hizo que un escalofrío bajara por mi espalda.
—Mira, estaba sobre sus pechos y no sentía nada. Relájate. Si se despierta, todavía estará demasiado noqueada para saber realmente lo que está pasando —dijo Madara.
—Pues parecía saber la mierda que estaba pasándole en tu armario.
—Hombre, ya sabes cómo es esta mierda. Ellas entran y salen. Cuando todo haya terminado, va a estar tan jodida que no sabrá si fue un sueño o la realidad —dijo Madara—. Necesitas relajarte.
—¿Qué fue esa mierda de todos modos? ¿Ponerla en el armario? Estás malditamente enfermo. —Me di cuenta que era Tim el que hablaba.
—Solo quería ver si se hacía pis en los pantalones —respondió Madara.
Tim se echó a reír.
—Hombre. Estás enfermo.
El pánico comenzó al instante. La cabeza me daba demasiadas vueltas para que mi cuerpo se hundiera por completo en el miedo, pero sentí desde lejos mis latidos aumentar un poco, lo que indicaba peligro y era incapaz de huir por mi seguridad. Fuera puro reflejo o instinto, tiré con fuerza de mis ataduras.
—¿Sakura? —preguntó Madara.
Me congelé.
—Sakura —se burló Madara—. ¿Te estás despertando para unirte a nosotros?
Pasó las manos sobre mis pechos, apretándolos con fuerza hasta que grité. Pellizcó mis pezones, y luego sentí su boca sobre mí, chupando largo y fuerte. Se apartó bruscamente y sentí su aliento cálido en mi oído.
—Te amo, Sakura —dijo y quise vomitar de miedo y disgusto.
Sentí su mano serpenteando por mi vientre y entre mis piernas. Luché fuerte para mantenerlas cerradas, rodando mis caderas de un lado a otro, pero todo lo que logré fue ayudar a Madara a deslizar mis pantalones cortos fuera más fácilmente. Mi ropa interior siguió poco después y grité tan fuerte como pude. El grito se sentía débil y pesado en mi lengua, pero grité de todos modos hasta que la mano de alguien golpeó firmemente sobre mi boca, ahogando mis gritos de auxilio.
—¿Quién quiere ser el primero en amar a Sakura? —preguntó Madara.
Negué con la cabeza violentamente, girando mi cuerpo y tirando frenéticamente de los lazos alrededor de mis muñecas.
—Escucha Sakura —dijo Madara—, no tiene sentido que hagas eso. ¿Por qué simplemente no disfrutas? Querías esto, ¿recuerdas? Tú eras quien fisgoneaba, tratando de averiguar cosas sobre nuestra liga. Imaginamos que querías entrar, así que aquí tienes tu oportunidad.
Sentí dos pares de manos haciendo palanca con mis muslos y otro me tocó entre las piernas.
—Vamos a hacer que se corra.
Una nueva voz y también familiar.
—Eso es generoso —dijo Tim.
—Bueno, no es violación si se corren —respondió la voz y los muchachos se rieron.
¡Setsu! ¡Era la voz de Setsu!
Me di cuenta de que eran tres, no tenía ninguna posibilidad. Me estaba volviendo más lúcida, pensando en el principio de año, en mi absurdo plan de venganza y luego el perdón que llegó cuando me di cuenta de que no tenía que sacrificarme, que Matsuri no querría eso. He aprendido a perdonarme para seguir adelante y encontrar una nueva paz al proteger a las chicas de mi escuela. Pero ahora estaba atrapada, a punto de experimentar una violencia de la que estaba segura que nunca podría recuperarme y el terror me volvió primitiva. Mordí tan fuerte como pude a la mano que me tapaba la boca, rompiendo la piel.
—¡Hija de puta! —gritó Setsu.
—¡Alto! —dijo Madara y oí el sonido de un golpe.
Por primera vez, abrí los ojos completamente a pesar de que era doloroso. Madara estaba sosteniendo la muñeca de Setsu suspendida en el aire por encima de mi cara.
—¿Quieres dejarle una marca? —susurró Madara.
—¡Ella jodidamente me sacó sangre, hombre! —gritó Setsu.
—Entonces ve a taparlo —respondió y bajó la mirada hacia mí—. Alguien necesita otra dosis.
Volvió al sondeo entre mis piernas.
Negué sintiendo las lágrimas brotar y correr por los lados de mi cara. Se agruparon en mis oídos, distorsionando mi audición.
—Creo que sí —dijo moviendo sus dedos dentro y fuera de mí. Miró a Tim que dejo ir mi pierna izquierda y desapareció de la habitación.
Inmediatamente cerré mis piernas. Tratando de apretar la mano de Madara.
Madara suspiró con paciencia.
—Sakura extiende tus piernas.
—¡Vete a la mierda! —escupí.
Madara saltó sobre mí, sacándome el aire, y agarrando mi cara entre sus manos. Apretó con tanta fuerza y estaba asustada de que me rompiera el cráneo.
—No, mira, esto es lo que voy a hacerte. Por horas. Y después Tim lo hará. Y después Setsu. Por horas, hasta que hayas sido utilizada como una puta muñeca de trapo. ¿Y quieres saber lo más divertido? No recordarás nada.
Aspiré profundamente para dar otro largo grito hasta que sentí dedos yendo alrededor de mi cuello.
—Gritas y jodidamente voy a exprimirte la cabeza —me advirtió Madara. Tragué saliva, o lo intenté y Madara tomo eso como una señal de que obedecía.
Tim volvió y se asomó sobre mi cara.
—No confío en esa mierda del éxtasis Madara. Te lo dije desde el comienzo.
—¿Qué es eso? —Madara preguntó.
—Se llama Roach o algo así. Es lo que dijo el tipo de todos modos —replicó Tim—. Se supone que es un limpiador de memorias.
—¿Dónde lo conseguiste?
—No importa dónde lo conseguí. El punto es que no quiero correr ningún riesgo con ella. Se lo toma o estoy fuera.
Madara se encogió de hombros y levanté la cabeza y luché con todas mis fuerzas, pataleando y retorciéndome de lado a lado. Pero era demasiado fuerte y finalmente me atrapó la cara entre sus grandes manos, sosteniéndome completamente inmóvil mientras Tim empujaba la píldora en mi boca. Me forzaron a beberme toda el agua y tosí y escupí la mayor parte sobre mis mejillas y cuello, pero lograron que me tragara la píldora y lloré de miedo y frustración por la reacción que me provocaría y lo que ellos me harían. Estaría desmayada en cuestión de minutos, completamente vulnerable a sus ataques sexuales.
—No llores Sakura —dijo Madara—. Todos te amamos. Y estamos a punto de mostrártelo. Incluso vamos a dejarte venir primero. Eso es porque te queremos mucho.
Los chicos se rieron cuando les supliqué que me dejaran ir.
—Setsu es el mejor en eso —dijo Madara. Me miró hacia abajo—. Mira, en realidad nunca me he preocupado por averiguar cómo hacer sentir bien a una chica. Usualmente solo hago lo mío. ¿Tim?, bueno, él siempre hace lo suyo. Pero Setsu, aquí, es el profesional. Te tendrá gritando en cuestión de minutos. El tipo de grito bueno.
—No quiero hacerla venir —dijo Setsu—, no sabe cómo comportarse. La jodida mano me duele.
—Ahora Setsu —dijo Madara. Era un especie de tono estúpidamente conciliador—. Dejemos a Sakura tener un poco de diversión. Va a gozarlo. Después de todo.
Setsu se encogió de hombros y Tim y Madara agarraron mis muslos, procurando extenderlos ampliamente hasta que mis tendones de la corva gritaron en protesta.
—Guau, esto está bueno —dijo Madara—. ¿No crees que Sakura tenga un buen coño, Tim?
—Lo creo —dijo Tim—. No puedo esperar para meter mi polla.
—¿Qué quieres Sakura? —preguntó Madara—. ¿Quieres que Tim meta su polla en ti?
—¡Alto! —grité. Pero Setsu me tocó de todas formas, una mano presionó firmemente mi abdomen para mantenerme quieta mientras la otra probaba entre mis piernas. No fue el toque de un predador, sino el toque de un amante, suave pero firme. Experimentado.
—Guau, realmente estás disfrutando esto —dijo Setsu acariciándome suavemente.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Madara, mirándome fijamente mientras luchaba contra la mano de Setsu.
—Bueno, está mojada —replicó Setsu—, realmente mojada. Creo que le gusta ser usada de esta forma.
Se inclinó y me susurró al oído.
—Tenías razón. Te odié desde el momento en que te conocí. Pero mira como de bueno soy, haciéndote sentir muy bien. Haciéndote llegar toda mojada para mí. Porque eres mi jodida puta, ¿no es así?
Finalmente me adormecí en una falsa sensación de seguridad incluso me engañé diciéndome que la mano que me tocaba pertenecía a un chico diferente. Un chico que amaba. Debería habérselo dicho el día que confesó su amor por mí.
Luché contra ello. Traté de enfocarme en mi humillación, en mi desnudes y sus ojos hambrientos. En las horribles palabras de Setsu. Traté de recordar que estaba siendo tocada en contra de mi voluntad, pero estaba renunciando rápidamente a la lucha, dejando a Setsu usar mi cuerpo contra mí. Repetí su declaración una y otra vez en mi mente mientras supliqué que se detuvieran: "No es violación si ellas se vienen"
Quería desmayarme ahora. Entonces no me vendría. Estaría a salvo de esa vergüenza, soñando en algún lugar muy lejos, donde el mal no se enmascarara detrás de juveniles encantos y todas esas fachadas americanas. Cerré los ojos, esperé que la oscuridad me consumiera y, finalmente lo hizo pero no antes de que mi cuerpo respondiera a la mano de Setsu, culminando dolorosamente mientras era presionada, despojada de mi integridad y lanzada a una especie de Limbo, donde sabía que era una víctima aunque mi cuerpo no estuviera de acuerdo.
Desperté con la frente apoyada en el volante. Me incorporé lentamente con la cabeza martillando como si fuera una resaca. Era el atardecer y los colores más allá de mi parabrisas estaban confusos. Me tomó varios minutos reconocer el estacionamiento de los estudiantes de la escuela. El mío era el único auto y me di cuenta de que estaba sola. Instintivamente cerré las puertas y busqué mis llaves. Estaban colgando del encendido, pero no recordaba haberlas puesto. No recordaba haberme metido en el auto. No tenía ni un recuerdo del día. Me di cuenta de que las muñecas me dolían gravemente y las acerqué para poder mirarlas bien. Había marcas en ellas y tenía un pequeño corte en el interior de mi muñeca derecha. Había una mancha de sangre seca y apelmazada sobre mi piel. ¿Qué me sucedió? Mis músculos estaban rígidos. Mis hombros gritaban, los tendones de mis corvas se sentían apretados. La parte de atrás de mi cuello dolía. Sentía como si alguien me hubiera golpeado. No estaba segura de poder volver a casa. Mi cabeza seguía golpeando sin descanso. Busqué mi mochila, localizándola en el asiento trasero y pensé en lo extraño que era. Nunca había puesto mi mochila en el asiento trasero. Siempre la colocaba a mi lado en el asiento del pasajero. Saqué mi celular y llamé a mi papá.
—Cariño, pensé que estarías en casa. ¿No terminó el juego? —preguntó papá.
—¿Qué juego?
—Muy graciosa Sakura —replicó papá.
Entré en pánico.
—Papá, no me siento muy bien. —Me tragué las lágrimas. No estaba lista para llorar todavía porque no sabía que quería llorar.
—¿Qué está mal? —Podía imaginarme a papá sentado en su silla, recto como una flecha, listo para ir por su arma a mi primera señal.
—No lo sé. Pero desperté en mi carro. Debo haberme desmayado o algo. No creo poder conducir a casa —dije—. ¿Puedes venir a recogerme?
—Cierra las puertas. Estaré ahí en diez minutos —dijo papá.
Colgué y apoyé la cabeza contra el asiento. ¿Qué juego? Pensé mucho tratando de recordar el juego al que se suponía que debía asistir. Tenía que ir a algún lugar después de la escuela. Se suponía que tenía que hacer algo. Y entonces recordé. ¡El juego de béisbol! Fui al partido de béisbol pero no recuerdo haber salido. Piensa Sakura. ¡Piensa! Pero no podía recordar nada. Ni el más mínimo acontecimiento que tuvo lugar después del juego.
Papá se detuvo y quité el seguro de mi puerta. En ese mismo instante me sentí como una niña pequeña de seis años otra vez, magullada y rota por una mala caída en bicicleta. No dije ni una palabra pero extendí las manos hacia él, las palmas arriba para que pudiera ver las marcas en las muñecas, la profunda herida apenas por debajo de uno de los principales vasos sanguíneos.
Lloré entonces. Lloré porque ahora sabía por qué estaba llorando. Alguien me había lastimado. Eso es todo lo que tenía por el momento pero justificaba las lágrimas.
Papá suavemente me levantó de mi asiento y solo entonces me di cuenta del dolor sordo entre mis piernas. Y después me di cuenta de otro dolor, un dolor punzante en mi ano.
—Papi —susurré aferrándome a él mientras lloraba en su hombro.
—Está bien cariño —respondió papá, acariciando mi espalda.
Lloré fuerte mientras mi padre me mecía suavemente de lado a lado, como si estuviéramos bailando una lenta y terrible canción, una melodía inconexa que contaba un asalto brutal.
—N-Necesito i-ir al hospital —tartamudeé.
Y entonces escuché el sollozo de mi padre, sentí el temblor y estremecimiento de su pecho, porque sabía lo que quería decir y no quería que fuera verdad.
