No podía evitar patearse mentalmente. El día anterior la broma que le había gastado a Remus se le había ido de las manos y lo había hecho sentir realmente mal.
En realidad, no había llegado a nada con Susan Hornwood, y nunca llegaría a ello. Ni con ella ni con nadie, al menos de momento. Seguía tonteando con chicas por mantener las apariencias, porque era lo que Sirius Black supuestamente hacía. Pero su interés hacía tiempo que se había alejado de las faldas y se había centrado en otro lugar.
Ni siquiera sabía cuándo había empezado. Simplemente, ese sentimiento nació ahí en algún momento, y había germinado en su interior hasta convertirse en lo que hoy era, enraizándose en su corazón.
Y es que no podía imaginarse su vida sin él. Cuando se conocieron, no podía imaginar lo importante que Remus se iba a volver para él. Al principio pensó que se trataba de lealtad, una pura lealtad y preocupación por su buen amigo. Pero, con el tiempo se percató de que aquello iba más allá.
Él, junto a Peter y James, habían descubierto el secreto de Remus ya en primer una de las noches que él desaparecía misteriosamente. Lo habían seguido hasta la casa de los gritos y allí habían contemplado, horrorizados, qué era lo que pasaba con su amigo las noches de luna llena.
Ni que decir tiene que Lupin se desmoronó cuando sus amigos se enteraron. Temía el rechazo de aquellos que se habían convertido en sus mejores amigos en tan corto periodo de tiempo. Pero, totalmente al contrario, aquello los unió aún más.
Fue idea de Sirius, de hecho, el convertirse en animagos para hacerle compañía en las noches de luna llena. Aún recordaba la cara que el lobo había puesto la primera vez que los tres se transformaron ante él.
-¡Estáis todos locos!- les gritó tan pronto sus amigos se convirtieron ante sus ojos en una rata, un ciervo y un perro- ¡La animagia sin control es ilegal! ¡Podéis acabar expulsados, en Azkabán, o… o cualquier cosa… peor…
Y no había podido contener más las lágrimas. Estaba preocupado por lo que habían hecho, sí, pero no dejaba de ser el gesto más hermoso que había hecho nadie por él en su vida.
-Sois unos malditos lunáticos…- sollozó a la par que abrazaba a sus amigos, de nuevo convertidos en personas.
-No, el lunático eres tú- contestó James.
Y de forma tan tonta, nació su sobrenombre.
Sí, la idea de todo aquello había sido de Sirius. No podía soportar que su amigo sufriese solo. Quería apoyarlo, estar con él en sus peores momentos y no solo en los buenos.
Quizá ya nació en ese momento. Tal vez ese sentimiento de protección hacia el que consideraba su amigo fue el inicio de todo.
El caso, es que en algún momento, su amor hacia Lupin nació, y ya no se lo pudo quitar de encima.
Se dio cuenta de forma paulatina. Poco a poco le interesaban menos y menos las mujeres. Y poco a poco se iba fijando cada vez más en Remus. En su sonrisa, en sus ojos, en su cuerpo delgado y fibroso, en el gracioso mohín que hacía cuando los regañaba, o en su pícara expresión cuando compartía sus fechorías.
Le gustaba todo de él. Ahora, en su sexto y penúltimo curso en Hogwarts era plenamente consciente de ello. Y no podía soportar la idea del futuro. En el año siguiente, su vida juntos terminaría. Y no podía soportar la idea de que, poco a poco, podría desaparecer de la vida del licántropo.
Pero no podía declararse. Si lo hacía, tal vez lo perdiera de verdad. Por eso seguía representando su pantomima, por eso seguía persiguiendo faldas, aun cuando ya habían perdido todo el interés para él. Porque su amigo, nunca debía enterarse de lo que pasaba dentro de su corazón.
