-Creo que sería una buena idea que mañana no salierais conmigo de noche- dijo Remus.

Los otros tres merodeadores se lo quedaron mirando.

-¿Cómo puedes decir eso? ¡No vamos a dejarte solo ahora que nos necesitas más!- exclamó Sirius.

-No, no lo creo. Aún con la poción, Dumbledore dice que es probable que me cueste mantener el control. Podría haceros daño sin quererlo, chicos.

-Eso es una tontería. Nunca nos has hecho daño- dijo James.

-Ya, pero eso era antes. Es mejor que durante una temporada me dejéis solo las noches de luna.

-No. No hay más que hablar, yo no te dejaré solo- dijo Sirius, decidido-. James y Peter lo entiendo, que son animales comestibles. Pero yo soy un perro, los perros y los lobos se llevan bien. No creo que haya peligro.

-Guau, me gusta la ligereza con la que dices que sería capaz de comerme a mis mejores amigos.

-A tus mejores amigos, que fueron tan listos de escoger animales que podrían convertirse fácilmente en presas para un hombre lobo. En serio, chicos, ¿En qué estabais pensando?

-A mi me gustan los ciervos…

-A mí las ratas me parecen monas…

-Pues vaya criterio de selección el vuestro.

-No divaguéis más- cortó Remus-. Me da igual el animal que seáis. Mañana ninguno vendrá conmigo, y fin de la discusión.

-Pero Remus…

-Sirius, por favor. Prométeme que no vendrás.

-Pero yo…

-Por favor, Sirius- dijo mirándolo con aquellos adorables ojillos. Mierda, no podía resistirse.

-… Está bien. Te lo prometo. Pero ¿por qué solo me haces prometerlo a mí?

-Porque sé que James y Peter no irán si se lo pido por las buenas. Tú ya eres otro cantar.

-Qué poca confianza, por favor…

La noche de luna llena llegó, y los merodeadores cumplieron su promesa. Remus se escabulló él solo hacia la casa de los gritos tras beberse su poción y sus amigos se quedaron en su cuarto, preocupados, pero manteniendo su palabra de no salir aquella noche.

Lo peor, fue cuando Remus no apareció al día siguiente. Decidieron darle tiempo, al fin y al cabo, a veces las transformaciones lo dejaban agotado y tenía que tomarse el día libre para recuperarse.

Pero la preocupación fue a más cuando llegó la noche y el cuarto Merodeador seguía sin aparecer.

-No aguanto más esta espera, voy a buscarlo- estalló Sirius.

-No irás. Remus nos pidió que lo dejásemos solo. Lo prometiste.

-Pero está tardando mucho en volver. ¿Y si le ha pasado algo?

-Estará bien. Tal vez la transformación lo deje más cansado que de costumbre. A ver, coge el mapa, si así te quedas más tranquilo.

Sirius sacó el mapa del merodeador y formuló el encantamiento que le permitía ver su contenido. Buscó en la sección que mostraba la casa de los gritos y se tranquilizó al ver que su amigo se encontraba allí, moviéndose ligeramente.

-¿Ves? Estará bien. Debe de haberse quedado agotado. Ya vendrá mañana, cuando haya descansado. Total, mañana no hay clases, así que puede tomárselo con calma.

Esa noche, Sirius no podía dormir. No podía creerse cómo sus dos amigos podían dormir a pierna suelta cuando Remus aún estaba desaparecido.

Con sumo sigilo, se levantó y cogió de nuevo el mapa. Su preocupación no hizo más que aumentar cuando comprobó que su amigo no se encontraba en la casa de los gritos. Lo buscó desesperado por todo el castillo, pero no aparecía en el mapa. Al fin, de pura casualidad, se le dio por mirar en el bosque prohibido.

Entonces sí que dejó el mapa y salió corriendo de la sala común. Se escabulló a toda velocidad del castillo y se transformó en perro. Desesperado, buscó el rastro de su amigo y lo siguió a través del bosque prohibido.

Muy cerca, escuchó un leve trote y unas voces que se acercaban. Se escondió en el tocón de un árbol y vio pasar a un grupo de centauros, que trotaban tranquilos de regreso a lo más profundo del bosque.

¿Qué hacían los centauros tan cerca del linde? Y peor todavía, ¿Por qué venían de la misma dirección a la que llevaba el rastro de Remus?

Cada vez más preocupado, continuó con su búsqueda. Cuando llegó al lago, el rastro de su amigo se perdió. Nervioso, volvió a su forma humana y comenzó a llamarlo a voces.

-¡Remus! ¡Remus! ¡Maldita sea, Remus, ¿dónde estás?!

-Sirius… Sirius, estoy aquí- respondió una débil voz en la otra orilla del lago.

Corriendo, bordeó el agua y buscó como loco a su amigo.

-¡Remus! ¿Dónde estás?

-Aquí…

Lo encontró hecho un ovillo en un amplio hueco entre las raíces de un árbol. Empapado, desnudo y herido. Sirius se acercó corriendo a él. Tenía varios arañazos, pero lo que era verdaderamente serio era la saeta que sobresalía de su hombro derecho.

-Remus, ¿Qué ha pasado?- preguntó realmente preocupado.

-No lo sé. Todo está borroso, Sirius. Me duele todo.

-Ven aquí. Déjame ver eso.

Antes de nada, se quitó la túnica y la puso sobre su amigo para que entrara en calor. Ya analizaría en otro momento el calor que le recorría el cuerpo al ver a su amigo completamente desnudo. Había cosas más urgentes.

Entonces, examinó la flecha hundida en la carne de su amigo. La punta había atravesado limpiamente el hombro por la parte de atrás. No parecía haber dañado nada importante ni atravesado ningún hueso.

-Esto te va a doler.

-No mucho más de lo que ya me duele, supongo.

Con todo el cuidado que pudo, Sirius partió el mástil de la saeta y la extrajo. Remus se aferró a su hombro, a la vez que enterraba el rostro en su cuello y dejaba ir un alarido dolorido.

-Vale, no sangra mucho, pero aun así es una herida muy fea.

-No puedes llevarme a la enfermería, nos harían muchas preguntas.

-¿Y qué pretendes que haga? ¿Qué quieres que haga, Remus?

-Ayúdame a llegar a la casa de los gritos. Allí hay pociones y vendas.

-Pero esto es muy profundo, Remus. Podría no ser suficiente.

-No hay más opciones. Por favor Sirius…

-Está bien. Ven aquí.

Lo ayudó a ponerse de pié. Recibió varias protestas cuando se cargó a Remus a la espalda.

-Bájame, puedo caminar si me ayudas.

-De eso nada, estás hecho polvo. O te dejas llevar te llevo en brazos como si fueses una damisela en apuros.

-No te atreverías.

-Ponme a prueba.

Y ahí se acabó la discusión.

-Debes tener cuidado, recuerdo que los centauros me persiguieron. Tal vez sigan buscándome.

-Me crucé con ellos al venir. Han vuelto a las profundidades del bosque, no hay peligro. ¿Por qué te persiguieron? ¿Por qué te hicieron esto?

-Me interné en su territorio, y creo que los ataqué. Todo está muy confuso, Sirius.

-¿Qué los atacaste? ¿Me estás diciendo que seguías transformado hoy, a pesar de no haber luna?

-No, no estaba transformado. Mientras lo estuve me quedé en la casa de los gritos, pero cuando volvía ser yo perdí el control. Era… era como si el animal tomase el control de mi cuerpo humano, Sirius. Me fue muy difícil mantener mi mente cuando estaba transformado, pero cuando se acabó, por alguna razón sí que perdí el control totalmente.

-Vale, no pienses en eso ahora. Te curaré, descansarás, y cuando estés bien hablaremos de ello.

-Tengo miedo, Sirius.

-Todo se arreglará. No te preocupes.

-Sirius…

-¿Qué?

-Gracias por romper tu promesa y venir a buscarme.

-Técnicamente no he roto mi promesa. Prometí no salir contigo en luna llena, no dijiste nada de venir a buscarte el día siguiente.

-Gracias, Sirius… Sirius… estaba tan asustado, Sirius…- y se quedó dormido.

Canuto continuó caminando hacia el sauce boxeador, cargando con su amigo como si no pesara nada. Ahora que se encontraba a salvo y descansando, Sirius se permitió turbarse ante la idea de que llevaba a Remus completamente desnudo pegado a su espalda, cubierto solo por su túnica.