3. Vee, ¡termas!

Alemania se despierta de madrugada con la suave lluvia y el incesante parloteo de los animales nocturnos. Se queda relajado, escuchando, disfrutando de los diferentes sonidos del trópico. Después, gira la cabeza para ver una figura tumbada en la cama, junto a un cabello alborotado, y se incorpora. Desde que han venido de viaje, Italia no se ha colado en su cama ni una sola vez como hace en Europa. De hecho, desde el numerito que montó en San José acerca de compartir las camas, Veneciano se ha comportado como alguien maduro en ese sentido, y Alemania se pregunta si poco a poco la nación se alejará de él con el paso del tiempo, se imagina un día en que Italia ya no sea dependiente de él, que no le necesite ni para atarse los cordones de los zapatos. Se levanta, como movido por un extraño impulso, y se sienta en la cama donde está tumbado Italia, que duerme, ajeno a la lluvia y a su presencia.

Le observa. Su cabello castaño claro, con ese rulo fuera de lugar pero tan característico. Sus ojos, cerrados; su rostro con una eterna expresión serena, feliz.

Alemania, poseído por un arrebato de ternura y ayudado por una atmósfera sosegada, alarga la mano y acaricia el cabello del italiano, quien se estremece y sonríe, sin despertarse, soltando quizá un Ve~ aislado.

Hace años, cuando lo encontró escondido en una caja de tomates su única meta era deshacerse de él y ahora… el caso es que, sin Italia, su vida sería muy triste. Tranquila y alemana, pero triste. ¿Quién era la nación dependiente? ¿Quién había crecido desarrollando un sentimiento de apego y protección? Así como si fuera un hijo.

No. Alemania sabe que no es así, que Italia nunca será su hijo: primero, porque él es más joven; segundo, porque un hijo no provoca extrañas reacciones en su cuerpo y en su psique.

Italia es inocente o eso cree él: insistió mucho en hacer el viaje, juntos. Alemania le propuso que invitara a Japón en su lugar, pero el italiano se puso a llorar y Alemania… bueno, esa es otra de las cosas que no ha podido superar: las lágrimas de Veneciano. Sobre todo, cuando tienen que ver con él.

Bien temprano, junto a otros huéspedes, salen de los canales en barca para dirigirse, en autobús, hacia Alajuela, La Fortuna, un pueblecito llamado así porque está en las lindes de un volcán y cuando erupcionó, hace varios años, fue el único pueblo que se salvó de ser arrollado. La zona, que vive claramente del turismo, sigue recibiendo muchos visitantes cada año, todos ellos atraídos por las zonas de interés del lugar y por las actividades deportivas, las aguas termales y los paisajes en hoteles de ensueño, rodeados de jardines, fauna local y piscinas calientes. Como diría Francia, "de película, hon-hon".

Acaban de parar en el Arenal Springs Resort & Spa. Alemania carga las maletas dentro de la casita individual, fijando de nuevo sus ojos en la carencia de una segunda cama. ¿Acaso Costa Rica cree que vienen de luna de miel? Al llegar a San José, solicitó una habitación aparte, pero Alemania no puede hacer eso constantemente porque viajan con todos los gastos pagados, comidas aparte. No conoce mucho a Costa Rica, pero parece un país con ganas de agradar, y seguramente, pagó la habitación adicional de San José sin pestañear, sin hacer preguntas, pero no puede aprovecharse de eso: él tiene ciertos principios como nación alemana. No puede permitirlo, siendo, además, un invitado colateral.

Frunce el ceño aún más, mientras Italia corre por la habitación curioseándolo todo, ajeno a sus comeduras de tarro y gritando cada vez que le apetece.

El alemán coloca su ropa en el armario cuando un extraño animal hecho de tela invade su espacio visual.

—Alemania, quiero ser tu amigo. Hagamos una alianza —dice la voz detrás del animal, cuyas orejas y patas están perfectamente creadas con una toalla y dispuestos dos pétalos como ojos.

—Italia, guarda tus cosas —es todo el comando que facilita, e Italia se queja porque Alemania es aburrido—. Entonces no entiendo por qué me trajiste contigo. Podías haber venido con otro país.

Unos brazos a su alrededor y una frente se apoyan en su espalda.

—Aaaaah, no digas eso, Alemania. Yo te quiero mucho, abrázame —sonrojado, pero acostumbrado a las muestras de cariño del otro, se gira y le patea cariñosamente en la cabeza.

Ja, ja. Déjame colocar.

Alemania no entiende por qué es tan patético cuando está ese tipo a su lado. Sus órdenes, autocontrol y otros atributos, se ven menguados por un crío cobarde, consentido y lloroso.

"Sí, Alemania, un crío que te vuelve loco".

Un crío que anda por ahí persiguiendo a los colibríes cuando Alemania termina de leer la carta, el manual de la habitación y el de las instalaciones porque es así de correcto y de previsor; sale con su toalla y una bolsa hacia la zona de recepción para preguntar por las termas. Durante todo ese tiempo tiene pegado a Italia a sus talones quejándose por no haber sido avisado. Así pues, tiene que esperarlo hasta que el italiano se alista, se pone su bañador y una camisa y trota con él hacia las termas naturales. Es un lugar de ensueño donde varias personas se remojan y se relajan entre vapores, muchas de ellas parejas abrazándose; Alemania tiene que retirar la vista porque en su casa no es común y, obviamente, le da vergüenza ajena.

—Ve~, están calentitas —observa Italia, que ha metido un pie y alarga la mano hacia Alemania, que aún lleva la toalla sobre las caderas.

El alemán deja la prenda sobre una roca y palpa tranquilamente bajo el agua con el pie hasta entrar totalmente, dejando a Italia quejándose de cuán molestas son las piedras bajo sus pies.

—Ya te avisé de que trajeras chanclas —recuerda el rubio recostándose en una roca—, pero nunca me haces caso.

Italia, lloroso, pensando que quizá podría impresionar al germano entrando a las termas sin calzado, recorre un camino tortuoso hacia su amigo para recostarse junto a su brazo.

—Qué bien huele aquí —dice Italia apoyando su cabeza sobre el hombro de Alemania, quien abre los ojos, alertado.

Asiente. La multitud de flores y plantas del jardín tienen un excelente aroma, pero Alemania no piensa nada más porque el italiano acaba de subirse a su regazo y lo está abrazando con efusividad. El teutón no tarda en deshacerse de él haciéndole a un lado.

Oh, Gott! Italien, estamos en público. Compórtate, bitte.

Veneciano se hunde hasta la cabeza porque no quiere mostrar lágrimas, bastante patético se siente con todo lo que está pasando; primero, Alemania lo rechaza pidiendo otra habitación; después, no acepta que le embadurne con crema solar, y ahora se avergüenza de él porque lo ha abrazado. Él quiere estar cerca de Alemania todo el rato, pero quizá el viaje haya sido una mala idea y el rubio prefiere estar solo y leer esos libros aburridos en alemán a su mera presencia. Le duele y no puede hacer nada. Para él, Alemania no es un amigo, sino algo más, y no sabe cómo decírselo de una manera que lo entienda. Porque comprende su incomodidad con las muestras de afecto, pero ¿qué más le da si pasea desnudo por la habitación? ¿Acaso lo ve como algo repugnante?

Y sí, quizá prefiera la compañía de rubias alemanas pechugonas, como esas que salen en sus revistas porno, pero aquí no hay rubias y Alemania no parece hacer mucho caso a las bellezas locales tampoco. Que, por cierto, son pocas y siempre van en pareja. La mentalidad de los costarricenses en este sentido no es muy europea. Sus mujeres no viajan solas.


CONTINUARÁ

¿Reviews para acompañar a Veneciano, que tiene cara de ir a hacer una tontería?

Gracias por leer.