5. Alemania es virgen.
Y así, llega la noche, con Alemania sentado en una de las hamacas del pequeño patio, leyendo, cuando aparece Italia admirando la vista del volcán, del cual sale un hilillo de lava, visible desde allí.
Italia se hace todo tipo de conjeturas acerca de que la lava los alcanza y Alemania lo lleva en brazos por todo el jardín y corre, salta y corre más para salvarlo, porque Italia es muy importante para él, y acaban en un bosque, pero no hay ningún sitio para pernoctar y es cuando ven una caverna y allí se guarecen. Pero hace mucho frío, no llevan ropa de abrigo, tienen que compartir la cama desnudos y…
—Veeeeeeeeee~
Alemania se gira al escucharlo y lo ve ahí, en calzoncillos y con una camiseta, apoyado en la puerta, mirando al infinito, soñador.
—No deberías estar aquí, Italia. Ve a dormir.
El aludido se seca una lagrimita, porque hace media hora han compartido una hermosa cena en ese mismo sitio mientras se miraban a los ojos e Italia le contaba lo bonitos que eran los colibríes y las iguanas y que había visto un pizote pasearse por el bar de la piscina en busca de algún turista despistado al que pudiera robarle la bebida.
—No puedo dormir sin Germania —establece, sin importarle si suena caprichoso o malcriado.
—No soy tu oso de peluche —le dice el otro, y vuelve al libro, interesado. Poco después nota cómo sus hombros están siendo masajeados porque Italia es insistente.
—Estás muy tenso, déjame que te alivie.
—¡No! —suelta, casi demasiado deprisa, porque esa frase ha sonado en cientos de dobles sentidos en la mente ya pervertida del sajón y cierra el libro mirando al otro a los ojos, hablando más tranquilo—. Vuelve a la cama, bitte.
Lo que se traduce en: no me lo hagas más difícil porque estás medio desnudo y no quiero tener que controlarme en hacer algo que jamás le he hecho a nadie.
Por supuesto, en Italia surte el efecto contrario, y en lugar de eso, se echa a sus pies, alzando sus ojos, con esperanza.
—¿Puedo darte un beso?
El otro se sonroja profundamente, se encoge de hombros, encontrando la lava del volcán muy interesante.
—Ya me abrazas todos los días.
—Un beso, veeee~
—De amigos —precisa, no sea que el italiano se vaya a equivocar. Obviamente, Italia se incorpora y sube en su regazo.
—¡Italia! —trata de balancear la madera—. Estas sillas no aguantarán. Bájate.
Pero el nombrado ya se ha colgado a su cuello y lo mira con adoración.
—Eres guapo, Alemania.
Alemania tose.
—Tus ojos… son como el cielo —dice, observándole muy de cerca, y con cierta nostalgia.
Y Alemania no acierta a responder nada porque se acaba de quedar bloqueado, con el martillear de su corazón bombeándole en el oído y las manos fuertemente agarradas a los apoyabrazos de las butacas, e Italia sobre su regazo, rodeándole el cuello, mirándolo con fervor. Alemania puede entender que le admire porque sea un buen soldado, pero no que insista tanto en ser un plato apetecible para él, porque bueno, a él le odia todo el mundo, mientras Italia siempre está rodeado de mujeres bonitas y mil veces más cariñosas que sí saben cómo comportarse en situaciones sociales.
No puede evitar sorprenderse.
Como tampoco puede evitar el beso que Italia planta con mucha ternura en sus labios, y que le deja en shock.
¿Qué hacer en esas circunstancias? ¿Debería devolvérselo? ¿Abrazarle y dejar que todo pase? ¿Regañarle porque se toma demasiadas confianzas? En una ocasión, hablando con Austria, éste le dijo que recordara que españoles, franceses e italianos eran muy empalagosos y que, por supuesto, ninguno de ellos era virgen.
Si su Italia no era virgen, ¿cómo sabría él cómo actuar?
—Llévame a la cama —susurra entonces su aliado, y las pulsaciones del germano se multiplican.
Alemania no sabe cómo va a llevarle allí si acaba de enroscarse a su cuerpo; será imposible levantarse con él así, y no por el peso: sus cuerpos se rozarán y no quiere saber qué pasará cuando eso suceda. Eso, sin contar que Italia va sin pantalones.
Logra hacer de tripas corazón y se levanta agarrando con un brazo la espalda de Italia y con el otro sus posaderas, muy renuentemente, pero es que si no, se cae. La silla ha terminado en el suelo debido al impulso y Alemania la mira. Está tan condenado como esa silla. Dirige a Italia hacia la enorme cama y trata de soltarlo, pero éste está pegado cual lapa y no parece renunciar a separarse de él.
—Italien.
Otro beso. Alemania está desesperado, si Italia vuelve a besarle no podrá contenerse, lo estampará contra el colchón y no será responsable de sus acciones. El tonto italiano, ajeno a todo esto, y como buen provocador (porque puede ser tonto, pero sigue siendo nieto de Roma), le muerde en el cuello, arrancándole un suspiro, a la vez que sus partes bajas se friccionan.
—¡Para! —grita Alemania, escandalizado—. ¡Soy virgen!
CONTINUARÁ
Pobre Doitsu que se tiene que controlar con el provocador de Italia... nadie lo preparó para algo así.
Los pizotes sí se beben tu cóctel delante de tus narices, y la autora lo puede constatar.
Pasad y dejad un comentario diciendo qué os parece. Así escribiré más.
