7.¡Qué miedo el canopy!
Contrariamente a lo que pudiera suceder, esta vez es Alemania y no Italia quien recibe el sermón. Y es que el latino le recuerda que han venido de vacaciones, que le parece muy bien que entrene, pero que no debería forzarse, que debería descansar y disfrutar del clima, el paisaje, y de su compañía. Al final es Alemania quien se disculpa y los dos desayunan en bendita paz.
Después, organizan las actividades para el resto del día consultando el folleto del hotel, donde se ofrecen varios deportes multiaventura. Alemania opta por la tirolina, (allí llamada canopy porque se desliza uno entre los árboles); Veneciano prefiere quedarse en el hotel y darse un masaje corporal.
—Paso de masajes —dice uno.
—El canopy me da miedo… —dice otro.
Alemania no quiere dejar solo a Italia. Al italiano le da igual, pero hace drama de todos modos.
—Mmmm. Puedo acompañarte —el teutón lo mira como si tuviera tres ojos, porque por más que se imagina a Italia en una tirolina no le deja de resultar extraño. Italia llorará. Por otro lado, si imagina a Italia solo en el complejo residencial y tenemos el antecedente de que ya se ha perdido, Alemania respira y decide que tendrá que mandar a la mierda su reticencia a que le toquen si quiere proteger al otro y quedarse tranquilo.
—¿Harás canopy conmigo?
—¿Y tú te desnudarás frente a otra persona que no sea yo? —el otro se sonroja, realmente no está pensando, no lo está, toda su devoción es permanecer junto al italiano. Aunque sea para no oír los insultos de su histérico hermano.
—No. Me haré un masaje facial —responde, tan pancho, y a Italia se le queda la cara a cuadros, pero medio sonríe.
—Eso no es un buen trato, Alemania... con todo lo poderoso y fuerte que eres no puedes tener miedo a que alguien te vea desnudo —basta decir que a pesar del sonrojo y la vergüenza, Alemania acepta.
Al ir a reservar el masaje, sin embargo, les aconsejan que primero hagan la tirolina porque si anochece no van a ver nada, por tanto se dirigen hacia allí en un taxi.
El canopy consta de seis tramos, los cuales van desde los 160 hasta los 980 metros de largo, con una altura desde 70 hasta 120 metros. Cuando Italia se asoma a la primera plataforma, sus piernas se vuelven gelatina. Hay muchísima vegetación y van a volar por varios escenarios como un bosque con árboles, una cascada y bañistas. Alemania, en un inglés muy practicado, le comenta al guía si es posible ir por parejas. De más está decir que el italiano se le abraza con cara de horror para demostrar que no van a alejar a Doitsu de su lado. El guía acepta, pero les aconseja hacer al menos tres de los tramos solos; de lo contrario, la persona que va de espaldas no podrá disfrutar del paisaje. Como es un grupo de siete, deciden un orden en el que ellos vayan los últimos para no retrasar al resto.
—Yo iré con usted en el primer tramo —le sugiere uno de los instructores, e Italia le sigue con cara constreñida y no muy convencido, porque él huyó cuando quisieron darle este entrenamiento militar y no sabe a qué se expone ahora. Se deja colocar el mosquetón sobre el gancho de la polea y espera a que el monitor, frente a él, haga lo mismo.
—Ahora voy a sujetarle con las piernas, ¿está bien? —Italia se esfuerza para no llorar, porque Alemania está al otro lado del cable y realmente quiere ir con él, pero no quiere hacer dramas. Decide que cerrará los ojos y así será menos traumático.
—No verá nada si los cierra —le sonríe el muchacho que lo guía, que debe tener unos veinte años. Por un momento decide que le recuerda a España porque es gentil y amable. Sin embargo, ignora su advertencia porque tiene que agarrarse a la polea y seguir otras tantas instrucciones que su cerebro italiano no puede procesar a la vez, y pasa sin pena ni gloria. Se reúne con Alemania aún con las piernas temblando.
La segunda vez su acompañante es el mismo y le vuelve a sugerir que abra los ojos. Italia no hace ni caso, pero entonces escucha una voz.
—¡Italiaaaaaaaaaaaa! ¡Abre los ojos! —lo hace y casi se caga de miedo de no ser porque Alemania está ahí, vitoreándole con un gesto y Veneciano se enamora de esa imagen: de su teutón metido en un arnés y con botas militares, con su camiseta negra sin mangas y esos ojos cerúleos preciosos.
Al tocar plataforma se lanza a él en un abrazo mortal que casi le desequilibra.
—¡Veeeeeeeee, Alemania, abrí los ojos, elógiame, elógiame!
—Ja, muy bien, muy bien —le dice el rubio pateándole la cabeza cariñosamente. Y el alemán pone cara de atontado durante todo el resto del recorrido porque Italia está haciendo un entrenamiento militar y al llegar al último cable, el más largo, Italia se acojona otra vez.
—Vendrás conmigo —le consuela Alemania con un golpecito en la espalda cuando ve que los ponen por parejas, salvo un chico que viaja solo y pasará con uno de los instructores.
Italia le mira con ojos llorosos y aún le tiemblan las piernas.
—Veeeee, con Alemania no tengo miedo —y se le cuelga del brazo.
El último tramo lo hacen cogidos de las piernas, mirándose a los ojos y rodeados de un paisaje maravilloso: a lo lejos se ve el volcán Arenal, y por debajo hay bosque, tucanes sobrevolando la zona, y algún invernadero. Y cuando bajan, Alemania tiene los ojos brillantes mientras Italia trata de no mearse, que lleva aguantándose un rato. Bajan rápido a dejar el equipo de seguridad y al baño. Compran unas bonitas fotos de recuerdo de su tramo en el canopy mientras Italia trata de recuperarse del mal trago, del vértigo y todo eso. A pesar de todo, diría que disfrutó el camino. Le sonríe a su compañero, quien aún tiene la excitación escrita en la cara.
—¿Estás bien, Italia? —le pregunta con una voz muy dulce, y Veneciano se lo quiere comer. Solo que esta vez es él el sorprendido. Abre los ojos, incrédulo, cuando nota los labios de Alemania tímidamente sobre los suyos—. Has sido muy valiente.
—¡Más, más, quiero más besos, más! —Italia comienza a hacer aspavientos y el otro, avergonzado, ya se ha arrepentido de un impulso incongruente. Sale a toda velocidad del complejo y se dirige hacia el comedor, mientras el otro trota, siguiéndole con dificultad.
—¿Te avergüenzas de mí? —le pregunta, una vez sentados.
—La culpa ha sido mía. Sé que eres muy ruidoso y aún así… —se tapa la cara. No quiere hablar del tema y coge la carta para distraerse mirando el menú.
—Me gustas, ¿qué tiene de malo que los demás se enteren? —Alemania se hunde en la silla, sin saber qué responder a eso.
El camarero llega para tomar nota e Italia grita:
—¡Pastaaaaaaaaaa!
El costarricense se contagia de la alegría del chico y anota todo, contento.
—¿Y para usted, señor?
—Mm, yo tomaré… tomaré—los ojos claros pasean a toda velocidad por la carta, ansiosos—...un puré de calabaza de primero y corvina de segundo.
—Un gusto —el chico les retira las cartas y Alemania se siente desnudo porque ya no sabe dónde esconderse.
Italia lo mira, travieso.
—Para ti no ha sido emocionante, ¿no? Esos entrenamientos con tirolina los hacéis a menudo en tu casa.
—Ah… —Alemania quiere decir que sí ha sido especial porque Italia ha pasado con él, pero ni es el momento, ni el lugar, y seguro que la nación se lanzará hacia él sin preocuparse de quién los mira—. Sí, muchas veces.
—Eres tan valiente y tan fornido…
Alemania se sonroja dos tonos más del que ya llevaba y da gracias al cielo cuando ve al camarero trayendo sus primeros platos. En cuanto Veneciano ve la pasta le hacen los ojos chiribitas y se olvida de todo, afortunadamente. Así, ambos comen en paz, visitan un jardín de orquídeas y dan una vuelta por el pueblo de la Fortuna haciéndose fotos antes de regresar al hotel. Al traspasar la puerta, un papel en el suelo llama la atención del germano.
CONTINUARÁ
Qué valiente ha sido Italia, Alemania está que no se lo cree.
Ahora le toca a él sobrevivir al masaje XD
Muchas gracias a los que leéis y comentáis.
