10. Duchas
Italia pasa absolutamente todo el viaje hacia Manuel Antonio colgado del brazo de su alemán, tarareando canciones y admirando el paisaje (y durmiendo también, porque son cuatro horas y media hasta su último destino). El rubio, a su lado, está leyendo con el ceño fruncido pero su cuerpo parece relajado. El conductor los mira, sonriendo, y dice algo en español que ninguno logra entender. Alemania ni siquiera se entretiene a regañar a su compañero por las muestras de afecto: ¿se ha rendido, o está jugando a que no le importa?
Dejan atrás el paisaje de Alajuela, verde y montañoso, para dar la bienvenida a carreteras de playa, donde hacen una parada para comer y para ver algunos animales de la zona, como una reserva de tucanes y otra de papagayos.
Encuentran a algunos turistas en el camino, que los miran curiosos, porque Italia no deja de hacerle fotos, de colgarse de su brazo y de llamar su atención.
Cuando llegan al Hotel Manuel Antonio, un complejo modesto pero muy cercano a la playa de arena volcánica, les dan la bienvenida con un cóctel, dan un paseo por las instalaciones y se instalan. El cuarto tiene una nota de bienvenida, unas flores y una botella de champán. En la nota dice:
"Espero que hayáis disfrutado de vuestro viaje. Os veré esta noche en la cena.
Os recogeré a las seis en recepción.
Costa Rica"
—Oooooh, mira, Alemania, esta noche tendremos compañía —silba alegremente Italia mientras da vueltas por la habitación y cotillea todo—. ¡Hay jabón para masaje! Nos ducharemos juntos y te frotaré la espalda. Seguro que estás agotado de tanto entrenamiento.
Alemania no dice nada, solo se sonroja. Se pregunta si, a partir de ahora, podrá permitirle a Veneciano hacer lo que se le antoje. De todos modos, una ducha y un masaje no suenan nada mal.
Decide que, de momento, quiere estirar las piernas, así que deja a Italia en la playa jugando con algunos monos y echa a correr por la arena. A la media hora vuelve para encontrar al italiano dormido sobre la toalla.
—¿Cómo puede dormir tanto, verdammt?
Alemania ocupa un lugar a su lado, recordando que si estuviera en su casa sería la hora de la siesta, y Veneciano funciona aún con los relojes europeos. Las olas entrechocan entre ellas produciendo un rítmico y agradable sonido que acompaña al paisaje: una playa calmada; al fondo, una enorme roca llena de vegetación; a los lados, vestigios de playas más lejanas; sonidos de pájaros y monos de cara blanca rodeando el lugar y algún costarricense que pasa por detrás, ajeno al espectáculo porque ya está acostumbrado a verlo todos los días y apenas aprecia la belleza. Italia, dormido de lado, con el rostro plácido, ajeno a todo, incluso a las caricias que le prodiga Alemania en el pelo, pensativo. Es una pena que no esté despierto para ver la escena, porque Alemania está sonriendo y mirándolo como si ese momento fuera único, agradeciendo internamente esa escapada, aunque tenga mucho más trabajo después.
La temperatura es agradable y Alemania goza del silencio y todo lo que le rodea hasta que la meteorología de Costa Rica no perdona y gruesas gotas de lluvia les golpean.
—Italia —el rubio lo zarandea para despertarlo. En los países tropicales tienes dos minutos para guarecerte de la lluvia, que nunca es lluvia, sino aguacero—. Italia, despierta.
Alemania aún se asombra de cómo el otro puede dormir bajo lluvia, truenos y erupción de volcanes sin despertarse. Después se sonroja cuando recuerda las diversas ocasiones en las que Veneciano se ha despertado a media noche: la mayoría pesadillas involucrándole a él yéndose de su lado.
—¿Qué pasa? —exige el otro frotando sus ojos, y Alemania se vuelve a sonrojar porque tiene el impulso de volver a someterlo sobre la toalla—. ¿Tienes fiebre?
—Date prisa, llueve —es toda la respuesta del teutón, levantándose para huir—. Hay que correr o nos pillará.
Italia gira la cabeza calculando más o menos cuánto tiene que correr hacia el hotel. Por suerte, únicamente lo separa una calle.
—Veee —se estira, bostezando, y le da mucha vagueza. Las gotas se hacen más numerosas, pero Veneciano aún no se levanta. Alemania se desespera.
—¡Eres muy lento!
Y así, como si fuera un saco de patatas, se lo recarga a la espalda y corre porque puede, porque está entrenado y porque es fuerte. En menos de dos minutos han llegado a la habitación, por supuesto, empapados.
—¿Por qué llueve tanto en este país? Alemania, es como estar en tu casa, pero más calentito.
Ambos se quitan la poca ropa que llevan para dejarla secar en el baño mientras Italia ya ha cogido los jabones y grita "ducha, ducha". El germano no lleva tan bien eso de la desnudez, en su casa todos han sido muy puritanos, asociándolo a la intimidad. Aunque, como bien debe saber ya, con Italia la intimidad no existe.
—Alemania, date prisa, ahora el lento eres tú —dice el otro empujándolo, y es que entrar a la ducha con otra persona le está costando horrores, nada que ver que además sea Italia y pueda verle en todo su esplendor—. Date la vuelta —ordena, cuando ambos están bajo la ducha.
Veneciano contempla el jabón, lleno de rugosidades: al contacto con la piel, emula un masaje conforme vas frotando. Se sorprende. Esos jabones no existen en su casa. Extiende poco a poco el jabón por la superficie de la espalda de su compañero. Poco después no cree poder aguantar: la espalda es enorme, musculosa, y le están dando agujetas. Alemania no dice nada, pero se escucha su respiración pesada junto con el agua. Italia siempre está incómodo en el silencio, así que comienza a hablar.
—Los monos eran crueles… me tiraron del pelo y querían robar mi toalla… un señor me dijo que tuviera cuidado y no perdiera de vista mis cosas, que habían robado a otros turistas dejándolos sin el pasaporte. ¿Qué harían esos turistas? ¿Perseguirlos? Si fueran tan rápidos como tú seguro que les alcanzarían. Creo que prefiero los gatos, Alemania, aunque tenga que pelearme por la comida. Los gatos no tiran del pelo…
Veneciano abre mucho los ojos. De repente, la pastilla de jabón no está en su mano y siente un frío en su espalda: Alemania le ha empujado hasta dar con la pared y ahora lo está mirando intensamente. Hay un silencio ensordecedor detenido por la caída del agua sobre ambos. Italia ahoga un jadeo cuando ve interrumpida su respiración porque Alemania lo está besando fervientemente. Italia se relaja hasta que la lengua del teutón entra en la ecuación y aprieta su agarre. El beso se prolonga durante demasiado tiempo hasta que Italia lucha por respirar y lo aparta. El alemán ataca entonces su cuello, y como Italia hace ruiditos aprobadores, lo siguiente es elevarle de las nalgas para tener mejor acceso.
—¡Ve!… Alemania —se asusta un poco porque acaba de sentir la dureza del otro y ha mirado abajo a ver cómo se ve, arrepintiéndose al momento.
—N-no te haré daño —asegura, como si en realidad hubiera querido decir "déjame hacer", e Italia se pregunta si parará o si querrá llegar más lejos. Aunque siente un extraño hormigueo en su estómago al verse amado y deseado. ¿Se sintió así Hungría con Austria? ¿Se sentirá así su hermano Romano con España? Nah, no cree que hayan llegado tan lejos. Romano es un poco reacio a recibir afecto, todo lo contrario a él. De cualquier modo, es extraño ver a Alemania tan prodigador de caricias, así que Italia hace lo único que cree que necesita el otro en ese momento y mete las manos entre ambos, agarrando el asunto, acaricia con premura… otra vez.
—Despacio —susurra Alemania con esa voz tan grave, y vuelve a besarlo torpemente.
El vapor de agua caliente los envuelve, pero la mirada de Alemania está tan cargada. Sus ojos hablan lo que su boca calla. Italia lo mira, embelesado, y se siente muy afortunado porque ese país lo proteja y lo ame. Gime, porque en la caricia dada al otro se ha unido su amigo erecto y ahora ambos tienen las respiraciones descontroladas. El rubio lo aprieta más hacia él y Veneciano no es más que un sandwich entre Alemania y la pared: por un lado, el frío a su espalda; por otro, la calidez y los músculos de su compañero. Ambos se derraman casi a la vez, sus esencias mezcladas con el agua que sigue cayendo sobre ellos.
CONTINUARÁ
Qué apasionado nuestro Doitsu. Estoy segura de que está practicando todo lo que ha leído en los manuales...
No os quejaréis de lemon, ¿eh?
Dadle al botoncito de abajo, que nos queda poquito para finalizar la luna de miel de Italia y Alemania, solo 3 capítulos para volver a casa.
