12. Objetivo conseguido.

Veneciano se frota aún los ojos en la terraza de la segunda planta. No ha dormido suficiente pero supone que no puede quejarse porque el rubio no le echó de la cama y ahora quiere que vea el amanecer con él. Le coge la mano con dulzura y mira al infinito. El cielo está aún oscuro, pero en diez minutos se transforma en un caleidoscopio de colores. Italia tiene frío y tiembla, y pronto, los brazos fuertes y poderosos de Alemania le cobijan. Le encanta la forma en cómo el sajón está pendiente de él sin que diga nada. El espectáculo también es bonito y al poco rato se alegra de haber despertado para verlo.

—Venga, bajemos a desayunar —dice Alemania, práctico, y porque su musculado cuerpo necesita proteínas ya.

—Primero… un beso. Y un abrazo.

—Pides mucho —se queja el otro, pero se lo da igualmente. Italia se recrea en el beso y palpa más de lo que debería, con la consecuencia de que el soldadito alemán sale a saludar. El sajón se separa, avergonzado.

—¡Alemania tiene ganas! —el rubio le tapa la boca y lo conduce por las escaleras (arrastrándolo) para que se asee y se vista apropiadamente.

Costa Rica está ya levantada y hablando con sus ayudantes mientras las tres preparan el desayuno en la cocina. Alemania pone la mesa mientras tanto e Italia hace aparición con el pelo revuelto. Es regañado de inmediato y enviado por Alemania para que se peine adecuadamente. Costa Rica sonríe. Le sorprende que estos países sean tan diferentes y puedan llevarse tan bien. Alemania, aunque serio, le ha causado buena impresión. Es inteligente, poderoso y parece tener un lado tierno que solo muestra en presencia del italiano. Espera poder tener muchas más reuniones con ellos para conocerlos. Costa Rica ama conocer otras costumbres y otros países, e Italia es alegre y parece entender el modo de vida costarricense, el de vivir en la naturaleza sin preocuparse por el mañana.

Cuando Costa Rica despide a ambos países de vuelta en su hotel, donde pasarán un día más, vuelve a casa bajo una lluvia repentina y Valeria le entrega una carta. En el sobre está escrito "Para Costa Rica". La joven rasga el sobre y curiosea el contenido:

Querido país de las frutas tropicales, del arroz y los animales raros:

Ciao!

Quiero agradecerte esta invitación. Como pudiste ver, Alemania es una persona muy reservada. Creo que le caíste muy bien y estuvo muy sorprendido con el tema del ejército americano. Creo que hablará de eso con América en la próxima reunión.

¿Sabes? Alemania por fin me ha dicho que sí. Tal como dijiste, el espíritu de tu casa ha sacado su lado pasional, aunque siga entrenando a diario.

¡Pero ahora me acepta en su cama como amante! Ya no tendré que colarme todas las noches sin que me mire raro… ¡muchas gracias por sugerir venir a tu país para conseguir a Alemania!

Ahora me voy a comer un plato de PASTAAAAAAAAA.

Otra cosa: eres bella.

Tu amigo:

Italia del Norte.

Hace sol. Alemania e Italia están en sendas hamacas, disfrutando de un sex on the beach y una cerveza mientras toman el sol y escuchan las olas golpeando la orilla. A su alrededor apenas hay dos parejas bañándose. Las playas privadas en el país son muy conocidas y frecuentadas por los visitantes extranjeros. De hecho, la mayoría de hoteles dispone de una propia. El rubio echa un ojo al italiano porque se ha vuelto a dormir, a pesar de que la hora de la siesta aún no comienza; todavía les falta almorzar. El rubio deja a un lado el libro que está leyendo para darse otra carrera por la playa: mientras Italia esté dormido, significa que tiene unos minutos de paz. Se remoja un poco en el agua. El oleaje no tiene nada que ver con Tortuguero: estas playas son apacibles, como si fueran pantanos.

Vuelve a la orilla ignorante de todas las miradas posadas en él ahora mismo. Hasta de unos ojos color miel que lo miran con lascivia a través de unas gafas de sol.

—Qué sexy, Alemania —el rubio se vuelve, recuperando aún la respiración por su carrera y la brazada. Se sienta y se coloca el pelo hacia atrás.

—Cállate. Sal a nadar un poco.

—¿Quieres verme mojado? Te gustó lo que hicimos en la ducha, ¿a que sí?

Alemania se pone de tres colores en menos de un segundo.

Italien… —suspira, aún afrentado. Y no puede evitar que el otro se le eche encima, y ambos caen a la arena, y se ponen perdidos, y ahí está Alemania otra vez gritando porque no puede vivir en paz teniendo a Italia al lado, pero alejarle de él tampoco es solución como ya ha podido comprobar desde que lo conoció.

Todo un dilema.

Italia da un beso fugaz al rubio cuando este está sacudiéndose la arena volcánica y recuerda:

—Tenemos pendiente un masaje. Vamos al spa.

Alemania quiere protestar, pero sabe que hicieron un trato. En Arenal, con el canopy, no les dio tiempo a ello, así que ahora le toca a él cumplir los caprichos de su compañero.

—Solo me daré un masaje facial —establece, y nunca se imagina que sea tan placentero. Sale de la sala completamente relajado y se sienta en uno de los sofás para esperar a Italia. Media hora después escucha la aguda voz de Italia y se gira. La masajista es una chica y cuando lo ve lanzándole un beso, sus entrañas se revuelven.

—¡Ciao, Alemania! ¿Qué tal te fue?

Alemania lo agarra del brazo y lo saca con premura del sitio, mientras echa una mala mirada a la mujer. No puede evitar pensar que ha estado sobándolo durante media hora y seguro que Italia lo ha disfrutado. Suspira y deja salir la respiración. Italia lo mira, extrañado.

—¿Doitsu?

—Seguro que lo has pasado mejor que yo —indica la nación, cruzado de brazos, y se controla para no hacer un berrinche, aunque tiene muchas ganas de gritar.

Bien Italia se da cuenta de los celos de Alemania o bien utiliza una maniobra de distracción. Señala su rostro y comenta:

—Oh. Qué guapo —y alza las manos para acariciarle—. Qué suave, ¿te han echado crema?

Se cuelga de su cuello y le olisquea.

Alemania se pone nervioso con el halago y la observación, pero tira a Italia del brazo llevándolo a rastras hasta que están en la habitación. Allí, le retira la camiseta y ve que a él también le han echado algo. Frunce el ceño. En su cuerpo hay restos de aceite. Alemania no puede retirar esa imagen de esa muchacha paseando sus manos por SU Italia.

Murmura algo en alemán que el otro no puede entender, pero se aventura a decir:

—¿Quieres jugar? —Alemania parece volver de su estupor cuando el otro le habla. Italia, para hacer énfasis en lo que quiere decir, le pone la mano en la entrepierna.

—¡N-no! —Alemania da un salto. Su respiración ya está errática—. Vamos a comer. Bitte…

Añade esto último más para él que otra cosa, para calmarse, aunque sea un ruego. Italia es su perdición. Si el día de mañana alguien lo atrapara, no dudaría ni un segundo en ir a buscarle. No dudaría en dar la vida por él. Como país, como individuo.

Está perdido.

Pero le ama, y eso lo sabe bien, bienvenidas sean todas las consecuencias.

Es inexperto en el sexo y en el viaje del amor, pero aceptará todo lo que venga, como un buen soldado acepta las pérdidas y ganancias en la guerra.


CONTINUARÁ

Pues ya sabemos que la intención de Italia de venir a visitar a su amiga tenía una razón poderosa... bien por él.

El siguiente chapter es autoconclusivo, así que ayudadme a poner el broche final a la historia.

Besos y gracias por leer.