13. Hogar, dulce amore.
Esa noche duermen abrazados.
El viaje de vuelta en avión es más tranquilo, Italia duerme la mayor parte del tiempo y Alemania puede estar en silencio leyendo sus densos libros y pensando en el trabajo, a pesar de no haber pisado territorio europeo aún. Hasta él pega una cabezada durante dos horas porque el trayecto es tranquilo y apenas hay turbulencias.
Italia se queja de la mala calidad de la comida del avión, de que no puede estirarse, molesta al viajero de delante porque estira mucho las piernas, Alemania le obliga a disculparse y a comportarse… todo vuelve a la normalidad.
Aterrizan en Madrid y las maletas tardan en desembarcar. Italia vuelve a desesperarse y se entretiene charlando con otras jóvenes españolas hasta que Alemania le llama al orden, no para que le ayude, sino porque tiene esos celos sajones que a partir de ahora tendrá que disimular, porque Italia es muy dado a arrimarse a todo el mundo. Sí, Italia y sus tendencias a coquetear no mueren, van inherentes en él. Paciencia, Doitsu.
—Deja de flirtear y ayúdame con las maletas.
—¡Lo siento, Alemania! Ellas van a coger un vuelo a mi casa y querían preguntarme sobre los canales de Venecia.
—Con cualquier tontería te camelan —dice el rubio, aunque no está seguro de quién camela a quién.
Veneciano agarra su maleta y ambos salen del control, donde hay una jauría de gente apiñada para dar la bienvenida a sus seres queridos. La pareja pasa desapercibida hasta que Italia alza la cabeza y lo ve: un cartel gigante que pone "Bienvenidos a casa".
—¡Veeeee, es mi fratello, y España! —señala Veneciano y sale corriendo dejando la maleta olvidada.
—¡Italia! —España lo abraza y es fulminado desde dos frentes: el que está a su lado, con los labios apretados, y el que porta dos maletas, picajoso. De hecho, el rubio se controla, pero Romano, vestido impecablemente, como buen italiano, ya está rasgando el papel de bienvenida, dejando el suelo asqueroso.
—¡Suéltale ya!
Italia del Norte se vuelve y lo abraza a él, gritando para que lo escuche todo el aeropuerto:
—¡Fratello, no te preocupes, no te quitaré a España! ¡Alemania ya es mi amante!
España alza mucho las cejas y aplaude (se asegurará de regar ese rumor en la próxima reunión), volviendo a abrazar a Veneciano; Romano… ya le ha dado a Doitsu una patada, pero él aún no se ha enterado porque está congelado en el sitio.
—¡Romano! Nosotros también podemos hacer oficial lo nuestro. ¿Qué tal en la próxima asamblea? —le roza la mano con sus dedos, animado.
—Yo no tengo nada contigo y eres idiota. Todo el mundo nos mira. Eres una vergüenza.
—Pudiste controlarte un poco con el cartel… ahora habrá que barrer. Siempre tienes que dar trabajo a los demás…
—¡No te quejes, maledizione! Bastante es que tengo que aguantar tus imbecilidades, yo no quería acompañarte. ¿Por qué habré venido?
España coge la maleta de Italia de las manos de Alemania (estos dos no tienen mucho que decirse) y salen del aeropuerto. Veneciano mira con cariño al sajón y le coge la mano, mientras España trata de hacer lo mismo con Romano.
—Que no me toques —se exaspera el italiano, que podría hacer competencia a Alemania en cuanto a sonrojos.
—No seas así, ya sabes que yo te quiero mucho —el español le dice algo al oído que propicia una patada y que Romano salga zumbando, echando humo.
Llegan por fin al parking, donde España ha aparcado malamente y tiene que discutir con un taxista porque según él, solo ha sido un ratito, pero los taxistas no se andan con tonterías y menos cuando aparcan en su espacio, a pesar de que ellos sí puedan invadir cualquier otro. Romano le grita algo en italiano y Alemania se muere de vergüenza, hasta que por fin suben al coche y se dirigen hacia la casa del español, un edificio de ladrillo enorme con plantas en la azotea, situado junto al parque de El Retiro.
—¿Cuándo es vuestro vuelo de vuelta? —pregunta España mientras los italianos recogen las maletas y las meten en uno de los cuartos.
—Veneciano ha reservado para mañana a las dos de la tarde —responde Alemania.
—Os llevaré al aeropuerto.
—No es necesario, cogeremos un taxi —España se mea de la risa.
—¿Pero tú crees que Romano va a dejar que os vayáis así y menos después de ese notición? —Alemania se sonroja cuatro veces y abre la boca para decir algo.
—Sé que Veneciano lo regará por ahí, pero preferiría… —Alemania se calla, porque no puede entender por qué los latinos tienen la NECESIDAD de cotillear tanto en su vida. Y se siente incomprendido.
—Pero si medio mundo se lo imagina ya —las palabras de España añaden más leña al fuego. Supone que no lo puede evitar. La discreción en estos países brilla por su ausencia. Japón entendería su incomodidad.
España para de dar vueltas y se sienta por fin en el sillón, agotado, como si se hubiera cruzado medio país.
—Hay cervezas en el frigorífico, ¿quieres? —Alemania asiente, porque tiene sed, y el otro le pide que traiga dos más.
El germano aparece con ellas y además tres posavasos. España alza las cejas, pensando cómo ha encontrado esos, que llevaban tiempo perdidos.
—Toma asiento, hombre —sonríe el otro al ver que el alemán se queda de pie.
Alemania se sienta junto al español; mira durante un largo rato hacia el pasillo por donde han desaparecido los hermanos, abre su cerveza y toma un buen trago.
—¿Te cuesta mucho domarle?
—¿A quién, a Romano? —España casi vuelca la cerveza sobre él de lo sediento que está—-. Nah. En realidad es muy sensible.
Los italianos aparecen en ese instante, discutiendo sobre algún tema trivial. Veneciano viene corriendo y se lanza sobre el regazo de Alemania, quien lo recoge como si fuera un quarterback de béisbol. A su lado, el español abre los brazos, esperando el mismo movimiento de Romano, que, obviamente, no ocurre.
—¡Ah! Ja, ja, ja. Bueno, abrazaré mi cerveza —el español cierra los ojos, y Romano se sienta en el otro sofá, con los brazos cruzados; mirándolo con ojos entrecerrados.
—No seas crío, bastardo.
—Solo quiero un abrazo de mi Italia —finge llorar.
Italia del Norte, que está abrazado al alemán en plan koala, con las piernas sobre su regazo, se despega un poco.
—Veee, hermano, dáselo. No seas así… llevas todos estos días en su casa.
—Mis abrazos son caros. Se cotizan, ¿sabes? —suelta el otro, malhumorado.
—Fratello…
—¡Que no me digas lo que tengo que hacer, maldición! —al rato se levanta y patea al español en la espinilla—. No llores, stronzo.
Se sube al sofá y es envuelto en los brazos de España inmediatamente.
—Romanoooo… cuánto te quiero, Romanoooo…
Italia, en brazos de Alemania, está perdiendo el hilo de lo que pasa porque los dedos del alemán se han enredado en su pelo y se está durmiendo. Le mira con esos ojos de adoración; el alemán traga saliva y se contiene. Mira a uno y otro lado porque, bueno, él es políticamente correcto. Y no sabe si es porque ya está intoxicado de Italia o porque España le está plantando a Romano un morreo de campeonato, que su yo pasional surge de la nada, abraza con potentes brazos a su Italia Veneciano y le susurra al oído:
—Ich liebe dich.
FIN
Notas de autora:
Cuando estaba en plena fiebre de Hetalia viajé a Costa Rica. De ahí que haya querido dedicar este escenario a los protagonistas, porque este fic se inspiró allí. También para acercar un poquito este país tan desconocido a aquellos que no saben sobre él. Fue una grata experiencia y quedé encantada con los paisajes y su gente. Muchas gracias, ticos.
Esta historia pretendía ser ligGerIta (atención al juego de palabras XD), pero tengo pensado otro proyecto de la misma pareja que ya está en marcha, aunque tardaré en publicarlo, primero lo quiero limar y bosquejar.
Y hasta aquí nos ha llevado esta historia. Muchas gracias a todos los que comentasteis y me seguisteis en el proceso de publicación. También a ti, que llegarás más tarde, espero que pases por aquí y digas qué te pareció y si te divertiste.
Besos.
FF_FF
30/09/14
03/12/14
