DEL ODIO AL AMOR
Por JulietaG.28


Disclaimer: Todos los personajes de Captain Tsubasa pertenecen a su creador Yoichi Takahashi y SHEI-SHUA. Ésta historia es sólo por entretener.


Capítulo 1

Múnich, Alemania.

El otoño había llegado a la ciudad, los árboles se notaban cada día menos tupidos y una mezcla de rojo-amarillo teñía las calles, montañas de hojas apilándose por todas partes. Hacía poco que el Oktoberfest (la fiesta más popular del país) hubiera terminado; la plaza lucía menos abarrotada que en semanas pasadas, pero el aire aún conservaba el aroma a malta que tan locos volvía a los turistas. Los caminos del casco antiguo resultaban tan fascinantes a la vista que nadie podría negarse a recorrerlos, incluso cuando la temperatura descendía y el viento helado amenazaba con calar bajo los abrigos.

A siete años de su traslado a Baviera, Genzo dudaba que alguna vez llegara a aburrirse de admirar el paraíso medieval que se le aparecía como congelado en el tiempo y ni hablar de su debilidad por el café negro o el strudel de manzana, dos cosas que nunca se le antojaban tanto como en esa época del año. Lo único mejor que pasar la tarde en alguna terraza de la Marienplatz, viendo pasar a los lugareños y disfrutando de un delicioso postre, era acabar peleando la cascarita con sus amigos.

Ninguno había planeado que la salida concluyera con un pequeño partido, Levin los invitó a almorzar (con riesgo de que le vaciaran la billetera) pues se acercaba una fecha importante y necesitaba de su ayuda, aunque nada podría haberles impedido de saltar a la cancha al aparecer un balón justo frente sus narices. Schneider fue el de la fabulosa idea y tal vez fuera porque se trataba del capitán, que los otros le siguieron sin dudarlo cuando les preguntó a los niños que ahí jugaban si no les molestaría dejarlos unírseles.

Fue una suerte que los pequeños no volvieran su encontronazo un espectáculo y es que no pasó mucho antes de que uno cayera en cuenta de quiénes eran, optando por conservar el secreto como gesto hacia sus ídolos. Genzo se turnó con el que jugara de portero, quedándose cerca los primeros minutos para aconsejarlo sobre cómo atajar los tiros de sus amigos y luego cambiándole el sitio para que el niño pudiera echar a correr junto a sus amigos, la idea de codearse con el Kaiser alemán casi haciéndolo saltar de emoción.

Al igual que los otros, el arquero hacía el tonto al acercarse los chicos al área de tiro, esforzándose apenas por detener los disparos y fingiéndose derrotado cuando le anotaban un gol. No fue tan amable con Levin, pero el sueco debía saber que su generosidad tenía límites. Estaban demasiado metidos en el juego como para no sorprenderse al estallar en el parque un grito iracundo y es que la madre de uno de los pequeños había ido a buscarlo luego de que el niño se le hubiera escapado para ir a jugar con sus amigos.

—¡Cuidado! —exclamó Sho.

Había estado a punto de anotarle un gol a Wakabayashi, pero al distraerse por la aparición de la señora, no llegó a medir su fuerza, ni mucho menos a calcular la trayectoria de la pelota que ahora volaba en dirección a la única persona que cruzaba el camino a espaldas del portero. La advertencia de poco sirvió y es que justo cuando se giró para descubrir de qué iba aquel alboroto, la chica que se hubiera convertido en el blanco del balón recibió de lleno el golpe que la envió de espaldas al suelo.

Algunos niños se cubrieron los ojos, otros compusieron muecas de dolor, incluidos los dos rubios que se hubieran quedado paralizados. Sho deseaba que se lo tragara la tierra y es que algo le decía que aquella señorita no se tomaría a bien el que acabara de atacarla. El único valiente (o el más tonto del grupo) fue Genzo, acercándose a la pobrecilla que yaciera sobre los adoquines, la cabeza dándole vueltas luego de recibir tremendo impacto y un horrible ardor recorriéndole el rostro.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el japonés, inclinándose para ayudarla. Creyó escuchar un quejido, aunque también podría haber sido un gruñido.

No tuvo que esforzarse para conseguir levantarla y es que la chica era tan pequeña como menuda, medía lo justo para llegarle al pecho, su constitución delgada acentuando las suaves curvas de su cintura y caderas. Tenía el cabello negro tan oscuro que hacía parecer como si su piel estuviera hecha de leche (al menos en las zonas donde no empezaba a ponerse roja) y en sus ojos plateados brillaba el caos de una tormenta. Se arrepintió de comparar aquellos orbes con un cielo agresivo, cuando sólo unos segundos más tarde el huracán estalló.

—Deberías tener más cuidado… idiota.

Apartándose lo suficiente como para mirarle a la cara, sin que fuese demasiado obvio que el tipo le sacaba varios palmos de altura, la chica ni siquiera le dio tiempo a responder y volvió a la carga, diciendo que:

—Si no sabes patear un balón, entonces no intentes jugar fútbol. Sólo eres un peligro público.

—¿Acaso sabes quién soy? —preguntó el arquero, comenzando a irritarse por la insolencia de la pulga esa.

—¡Claro! Eres un idiota.

Genzo hizo amago de responderle (pensaba darle una lección de modales antes de revelar que su molestia ni siquiera tenía sentido, porque no había sido él quien pateara el balón) cuando sus amigos aparecieron bien dispuestos a contener el temperamento volátil del japonés, sin saber que aquella frente a él podía tener la apariencia de un chihuahueño, pero su alma era completamente la de un rottweiler.

—Tranquilo, gorritas —le susurró Levin.

El portero estuvo a punto de sacárselo de encima cuando el otro le pasó un brazo por encima de los hombros y es que si algo odiaba más que alguien entrometiéndose en sus asuntos, eso era el ridículo mote que los otros le hubieran puesto. No llegó a hacer o decir nada, sin embargo, porque justo entonces ocurrió algo que ninguno ahí se esperaba.

—¿Allison? —preguntó Schneider—. ¿Eres Allison Mondragón?

La pelinegra pegó un grito de alegría y sin dudarlo, se arrojó a los brazos del hombre que la sujetó, levantándola a varios centímetros del suelo. Tardaron un rato en separarse, ella todavía con esa radiante sonrisa en los labios que de nada pegaba con la expresión de pulga rabiosa de hacía unos instantes atrás, como si haber encontrado a Karl fuera parecido a despertar la noche de Navidad y descubrir un montón de regalos apilados alrededor del árbol.

—Ha pasado un tiempo —comentó el rubio—. Si te soy sincero, no creí que volvería a verte.

—Lamento decepcionarte, pero no te librarás de mí tan fácilmente.

—Espero que no—sonrió Karl, sin contener su emoción—. Oye, tienes que contarme lo que ha sido de ti en estos años, ¿todavía sigues en lo del piano?

—No podría dejarlo —aseguró Allison—, así como tú no puedes dejar el fútbol. Hablando de eso, mejor que no pierdas la Bundesliga, ya he apostado porque el Bayern volverá a levantar la copa este año.

Sus palabras despertaron el interés de los otros, pues aunque no era la primera amiga que le conocían a Karl, que la chica fuera fanática del fútbol los sorprendió y es que con frecuencia, el joven emperador alemán se las buscaba modositas y poco dispuestas a ver en el soccer un deporte y no sólo un juego tonto. «Así que si sabe quién soy» pensó Genzo, recordando el insulto de la pulga sobre no saber patear un balón y la forma tan infantil en que fingió no reconocerlo cuando se lo preguntó.

—No depende sólo de mí, pero creo que podremos darte gusto, ¿o no, muchachos? —repuso el Kaiser, volviéndose para animar a sus amigos a incluirse en la conversación.

Levin fue el único en acercarse, pues Sho quería evitar el momento en que la chica se enterara de que el balonazo había sido culpa suya (él vio la expresión enfurruñada de su rostro cuando discutía con el portero) y Genzo no estaba dispuesto a olvidar tan fácil el insulto que recibió. Por un momento, se le ocurrió que la pelinegra era parecida a la esposa de Tsubasa y es que cuando niños, ella también tendía a mostrarle las garras al primero que la provocara. «Tonterías. La cuñada y esta pulga rabiosa no se parecen en nada. Sanae tiene encanto agresivo, ésta loca ni siquiera eso» pensó.

—Mejor que cumplan su promesa, detesto perder dinero tanto como perder el tiempo con tarados —les dijo Allison, sus ojos tormenta dirigiéndose al arquero a espaldas de los rubios.

—¿Quién fue la tonta que no se movió cuando vio venir el balón? —devolvió Genzo, cruzándose de brazos.

—¿Y quién fue el baboso que no apuntó antes de disparar?

—Entérate, pulga —gruñó el portero—, no-fui-yo.

La chica hizo amago de responder, pero justo entonces, las miradas de Karl y Stefan lo hicieron reaccionar y Sho se adelantó con expresión apenada, el corazón bombeándole a mil porque no tenía idea de lo que haría si la pelinegra se lanzaba a su yugular como antes hizo contra la de Wakabayashi.

—Sobre eso... fue mi culpa. Me distraje al patear y no calculé hacia donde iría el tiro, lo siento.

—Está bien, no hay problema —Allison se encogió de hombros, regalándole al chino una amable sonrisa—. ¿No era tan difícil, cierto? —preguntó, volviendo su atención a Genzo.

—Si yo hubiera pateado el balón, tampoco me habría disculpado.

—Igual no la habría aceptado. Paso de hipocresías de tarados.

—¡Escucha, pulga…!

Pero ni Levin ni Sho le dejaron continuar y tomándolo por los hombros para apartarlo del camino, se lo llevaron al campo donde los niños con quiénes jugaban ya habían desaparecido. La mayoría echó a correr cuando el balón golpeó a la pelinegra (seguro se olían que aquella enana tenía alma de demonio y prefirieron salvar el pellejo; Genzo los envidió) y los pocos que quedaban se dispersaron al prolongarse la discusión de los adultos. Más allá, el emperador alemán y su amiga cascarrabias intercambiaron algunas palabras antes de al fin despedirse.

Allison desapareció al poco –tan súbitamente como llegó– mientras Schneider volvía con sus amigos, la sonrisa de idiota embelesado tirándole de los labios como si se tratara de una caricatura. Parecía que nada los retenía en el parque, pero ninguno dio muestras de querer marcharse aún y terminaron tumbándose en una de las bancas que había repartidas por todo el lugar. No fue hasta que se hallaron cómodos que Levin se atrevió a preguntar:

—¿Dónde conociste a esa chica, eh?

—Cuando tenía 19, salí con una chelista de la Universidad de Música y Artes escénicas —explicó el Kaiser—. Un día fui a buscarla al campus y me topé con Allison, me reclamó por haber perdido el partido contra el Hamburgo.

—Vaya si tiene carácter, ¿alemana? —se mofó Sho, pudiendo imaginar a aquella chica tan bajita plantándose frente al joven emperador y volviéndolo culpable por la derrota de su equipo.

—No, americana. Y créeme, sí que es explosiva, aunque una vez la conoces te das cuenta que es bastante increíble. Les caerá bien, ya verán.

Genzo lo dudaba. Un solo encuentro con la pulga rabiosa le había bastado para desear jamás volver a verla, aunque algo le decía que más pronto que tarde pasaría y la culpa sería toda de Karl. No podía saber lo equivocado que estaba y es que si sus caminos habrían de entrelazarse otra vez, no haría falta ningún rubio con tendencia a fijarse en chicas locas para que sucediera. A decir verdad, su próximo encontronazo estaba más cerca de lo que imaginaba, tanto que el portero habría temblado al conocer la velocidad con la que trabajaba el destino.

No pasó mucho antes de que el cielo se oscureciera, gruesos nubarrones formándose por encima de sus cabezas; el reporte del clima no se había equivocado y es que todo apuntaba a que esa tarde caería una tormenta. Sin ánimos de empaparse, el cuarteto apuró el paso con dirección a la parada del tranvía. Karl y Levin vivían al otro lado de la ciudad, solían moverse en auto pero a veces les daba por coger el transporte y disfrutar de las vistas urbanas, aunque ese día debían haberse equivocado. Sho caminó con Genzo hasta el barrio donde vivía y se despidió del portero, quien todavía debiera andar un par de manzanas hasta su hogar.

Las primeras gotas de lluvia habían empezado a caer cuando alcanzó el edificio, pero ya no importaba si el cielo decidía venirse abajo. En el lugar reinaba el silencio, la mayoría de los inquilinos nunca estaban en sus apartamentos, ya fuera porque se hallaran en la oficina o hubieran salido en viajes de negocios. Los niños y las mascotas tampoco se admitían en el condominio, así que rara vez se oía algo que no fuera el zumbido de las lámparas en los pasillos o el instrumental de fondo en el ascensor.

«Ya han rentando el 502» recordó, no bien llegar al quinto piso y descubrir la pila de cajas que el nuevo vecino había amontonado junto a la puerta. La señora Braun, la casera, subió a buscarlo la semana anterior para avisarlo de la llegada del nuevo inquilino, preguntándole también si acaso tenía algún problema con que se tratara de un músico. No será una molestia, dijo que pasa mucho tiempo fuera y nunca toca a horas irracionales, dijo. Genzo no vio motivo para oponerse, después de todo, él tampoco pasaba el día en casa y mientras le dejaran dormir le importaba poco si el recién llegado tocaba la armónica o la tuba.

La lluvia comenzaba a tomar fuerza, el golpear de las gotas contra los cristales volviéndose en una marcha agresiva y ruidosa en cuestión de minutos. Wakabayashi se dio cuenta que había dejado la ventana abierta al salir y no deseando que el agua arruinara las duelas del piso se apresuró a cerrarla, justo cuando otro sonido se unía al frenesí de la tormenta.

Vibrantes y apresuradas, las notas del piano parecían acoplarse al ritmo de la lluvia, como si ambientaran la danza de un centenar de gotas que se lanzaban en picada a la perdición. El tono fogoso dio paso a un tempo más lento, suave y conciliador como el drip-drop de la tormenta al golpear el tejado, hipnotizando a Genzo quien permanecía apoyado contra el cristal. Entonces, justo cuando empezaba a acostumbrarse y no creía poder disfrutar más del sonido que se colaba en su hogar desde el apartamento de enfrente…

La música recuperó el arrebatador ritmo inicial, pero no cabía duda que se acercaba al final. De alguna forma, el pelinegro pensó que aquel cierre sentaba estupendo a la pieza, pues en lugar de ralentizarse y guiarlo con delicadeza a la última nota, los sonidos fuertes y agresivos impactaban en sus oídos como las estocadas furiosas que se negaban a marcharse sin dejar huella de su paso por el lugar. Un rayo iluminó el cielo al presionar la última tecla y el trueno que lo siguió le hizo devolver la mirada al cielo.

No supo por qué o tal vez lo hiciera y sólo fuera demasiado orgulloso para admitirlo (incluso para sí mismo), pero el tormentoso color gris que tintaba el firmamento llevó a su memoria los ojos endemoniados de la pulga rabiosa que había conocido en el parque. «Es cierto, son iguales. Tan agresivas y al mismo tiempo… hermosas» pensó.

Antes, deseó jamás volver a encontrarse con la amiga de Schneider, no obstante, estaba seguro que nunca volvería a ver la lluvia de la misma forma y es que siempre que el cielo adquiriera aquel particular tono grisáceo, Genzo la recordaría. Pensaría en su silueta de duende y el rostro de muñeca, la expresión enfurruñada y la mirada tempestuosa. Se acordaría de la lengua viperina que se atrevió a insultarlo sin que su tamaño o fama la hicieran intimidar y aunque se empeñara en negarlo, también recordaría el vuelco al corazón que sufrió al enfrentarse a ella.

Continuará…


Del odio al amor es la segunda entrega de la colección Mundial de locos (detalles en mi perfil). Allison Mondragón es un OC propiedad de JulietaG.28, creado exclusivamente para desarrollarse como el interés romántico del SGGK.

*Por cuestiones de estética y a modo de respaldar mi trabajo, ésta como todas mis historias será publicada en Wattpad, bajo la firma -dandelion28.