Capítulo 2


La humedad nunca ha sido un impedimento para que un deportista saliera a correr, así que aunque el ambiente pintaba perfecto para permanecer en casa, refugiado bajo las mantas hasta bien entrada la mañana o con una taza de café negro acompañando el desayuno, Genzo despertó temprano ese domingo y sin siquiera cuestionárselo, cogió el primer pants que sobresalía del armario, se aseguró de cerrarse la chamarra para protegerse del frío y abandonó el apartamento pensando en dar un par de vueltas al vecindario.

Corrió lo suficiente como para entrar en calor, los rayos del sol iluminando los caminos del pintoresco barrio artístico al que se había ido a vivir y el aroma a pan recién horneado que revoloteaba en el aire, recordándole la importancia de una primera comida bien servida. Tardó apenas algunos minutos en regresar a su edificio, encontrándose con que la Sra. Braun barría el porche de la entrada, se lo veía animada y era extraño porque la mujer solía tener malas pulgas por la mañana.

El arquero la saludó sin detenerse demasiado a conversar con ella, aunque ojalá lo hubiera hecho. Mientras esperaba a que el ascensor volviera al lobby, la melodía que su nuevo vecino tocara la tarde anterior se le vino a la cabeza como un vago recuerdo o quizás un aviso oportuno. Fue entonces que las puertas de metal se abrieron, revelando en el interior a la última persona que Wakabayashi habría deseado encontrarse cualquier día, a cualquier hora.

—¡Tú! —exclamaron, al unísono.

Daba la impresión de que Allison hubiera deseado lo mismo que él (no volver a verlo) pero que no le sorprendiera del todo estárselo encontrando (debían hacerlo al tener un amigo en común). La mueca que se dibujó en su rostro, claro, no ponía en duda lo mucho que le irritaba hallarse frente a frente una vez más. Vestía de jeans, llevaba un cárdigan enorme y una bufanda a cuadros y no se esforzaba en ocultar su enanura al calzarse unas Converse que remarcaban lo bajita que era. Genzo volvió a pensar en una pulga rabiosa.

—¿Qué rayos haces aquí? —preguntó el japonés, sin dejar que el asombro lo siguiera distrayendo. Allison se cruzó de brazos en actitud arrogante.

—Dímelo tú, ¿te has escapado del circo o qué?

—Sí, bueno... es que el zoo nos pidió ayuda —resolvió, magnánimo—. Una mona se dió a la fuga, pero ya les hablo para avisarlos de que te encontré.

—Que bobo —resolló la pelinegra.

—Tú más boba —rebatió Genzo, aunque no pasó por alto lo infantil que se escuchó a devolverle el insulto. Allison contraatacó.

—¡Tarado!

—¡Mensa!

Si la casera no acabara de volverse para descubrir de qué iba todo ese alboroto, Allison habría devuelto el ataque una, diez o todas las veces que fuese necesario para dejar al arquero callado, pero ya que lo último que quería (mejor dicho lo penúltimo, porque la lista la encabezaba cruzarse con el pelinegro y eso ya lo había hecho) era dejarle una mala impresión a la amable mujer que le diera la bienvenida al condominio, la chica pasó de largo golpeando al otro al pasar junto a él.

Había quedado para reunirse con su maestro y no llegaría tarde al almuerzo sólo porque Genzo se atravesara en su camino, aunque seguía sin creerse la pésima suerte que le tocó al acabar viviendo en el mismo edificio. ¿Por qué, de todos los hombres (y futbolistas) en Alemania tenía que coincidir justo con el zopenco que le había atacado el día anterior? Vale, el portero no fue el responsable del balonazo que todavía le hacía doler la cara, pero si se hubiera explicado antes de hacerla encabritar… otra historia sería.

«Y tan guapo que se lo ve en televisión» pensó, antes de regañarse a sí misma. Nadie podía culparla, siendo amante del fútbol y una seguidora fiel del Bayern Munich, Allison estaba enterada de los jugadores que conformaban la plantilla actual. Estuvo ahí cuando Karl, Levin y Sho ficharon al equipo, de modo que también se enteró cuando el japonés renunció a defender la portería del Hamburgo y se trasladó al recinto bávaro dispuesto a mantener a salvo su arco.

Dudaba que olvidara el pensamiento de fangirl que tuvo en ese momento y es que Genzo Wakabayashi era uno de esos hombres por los que, simplemente, resultaba imposible no suspirar. Tan alto que bien podía confundírsele con un titán y con ese rostro adusto de facciones como mármol… lo mejor eran sus ojos, casi siempre ocultos bajo la gorra. Los tabloides decían que el chico no tenía la mejor actitud, pero a Allison siempre le pareció que exageraban y confundían con amargura la reserva.

«Una pera en dulce no es, aunque debería sonreír más» se dijo y agitó la cabeza para apartar al gigante de sus pensamientos, sin tener idea de que en ese mismo momento, Genzo evocaba su rostro enfurruñado.

El que ya antes hubiera tenido la idea de que la chica era igual que una tormenta no podía dar crédito al hecho de que la tempestad le hubiera seguido hasta su hogar, una parte de él sintiéndose tonto por no haberlo descubierto con anterioridad. ¿Acaso no escuchó cuando Schneider le preguntó si seguía en lo del piano? ¿Y no disfrutó e incluso memorizó parte de la melodía con que musicalizó la lluvia? Si la tarde anterior hubiera prestado atención al rumbo que seguía, luego de despedirse de Karl y dejar el parque atrás, quizás podría haber unido cables más rápido.

La gente suele decir que no sirve de nada llorar sobre la leche derramada, de modo que Genzo se escaqueó del asunto diciéndose que no importaba si ahora vivían en el mismo edificio, no había razones por las que debieran cruzarse más de lo necesario y le gustaba creer que tenían la madurez suficiente (al menos él la tenía) para no actuar como un par de críos. «¿Qué tan malo puede ser tenernos como vecinos?» pensó.


Al comienzo de la temporada, Schneider los hizo prometer que defenderían el liderazgo de la liga alemana y se alzarían como el mejor equipo europeo al hacerse con la preciada Orejona. Seguía molesto porque el combinado culé hubiera opacado la gloria que sintieron por obtener el triplete el año anterior, arrebatándoles la copa en la Liga de Campeones. «Este año haré de Alemania el tricampeón» les dijo, refiriéndose a los trofeos de la Bundesliga, la Champions y el Mundial.

Sus amigos juraron ganar los torneos que el Bayern disputara, pero en lo referente a la Copa del mundo, Levin apostó por Suecia vencedora, Sho fanfarroneó con dejarlos admirar el trofeo cuando China se alzara campeón y Genzo se encogió de hombros como diciendo que ya hablarían cuando Japón obtuviera la victoria. Al final, el mundial se hallaba todavía lejos, pero los partidos regionales y la liga europea estaban próximas a comenzar, así que los cuatro centraron su atención en el 4to campeonato y la revancha contra el Barcelona.

—Los ingleses creen que dejarse anotar en casa habla de su caballerosidad —les dijo el entrenador Frank, esa mañana—, pero yo pienso que nada muestra mejor el orgullo alemán que un marcador sin goles en contra. ¿Qué dicen ustedes? ¿Seremos amables con el Liverpool o les enseñaremos de qué está hecho el Bayern?

El grito eufórico que siguió a sus palabras, dejó bien claras cuáles eran las intenciones de los muchachos. No tardaron en dar por terminada la reunión, dispersándose luego para ir a los vestidores e ir a casa a descansar tras una práctica por demás extenuante.

Genzo volvió a su apartamento esperando no correr con la misma suerte de los días anteriores y evitar cruzarse con la pulga rabiosa, ya fuera en el pasillo o peor aún, en el elevador. No habían vuelto a discutir (a los dos les avergonzaba haber montado una escena frente a la casera y preferían evitar que el episodio se repitiera) pero en ellos aplicaba aquello de que si las miradas fueran cuchillos, por no mencionar los gruñidos que se les escapaban. A pesar de todo, debía admitir que tener a Allison como vecina no era tan malo.

Mientras no tuviera que verla, el japonés incluso disfrutaba del hecho de que una músico viviera en el edificio y es que un par de días le habían bastado para descubrir que la americana acostumbraba a tocar por las tardes. No tenía un horario fijo, como si se sentara al piano luego de cumplir con sus otras actividades, pero procuraba hacerlo antes de que oscureciera (seguro para no importunar a los demás inquilinos). «Cuesta creer que sea mitad demonio, con lo dulce y suave que es su ejecución» pensaba el portero.

Ese día, Allison no apareció en su camino mientras cruzaba el lobby y el pasillo hasta su casa, lo que el pelinegro agradeció hasta que al caer la tarde se encontró con que la chica tampoco inundaría el edificio con música clásica. Se preguntaba si sólo no deseaba tocar o si todavía no había vuelto a casa. Tampoco era como si el silencio le inquietara, de modo que Genzo se ocupó en prepararse la cena y luego de ducharse se dispuso a mirar televisión.

No llegó a encontrar nada que atrajera su atención, los partidos eran todos repeticiones de encuentros que ya había visto y las películas que pasaban tampoco lo atraparon. Pensó en acostarse temprano y entonces… las notas suaves del Nocturno se colaron bajo la puerta, envolviendo la estancia con la suavidad de una caricia, tan dulce y cálida que el pelinegro no pudo evitar acomodarse y cerrar los ojos. Podría haber abrazado la tierra de los sueños de la mano de aquella hermosa melodía, pero Genzo decidió arruinarlo.

«Ésta me la pagas » pensó, arrojando el mando al otro lado del sofá, no bien acallar el ruido endemoniado del CD que Sho olvidó llevarse la última vez que lo visitó. No llegó a recuperarse del tremendo sobresalto que acababa de experimentar o admitir que tampoco podía culpar al chino por haber aplastado accidentalmente el control de la consola, cuando unos golpes furiosos se escucharon en la puerta y sin necesidad de echar un vistazo a la mirilla, el portero supo exacto de quién se trataba.

—¿Qué quieres ahora, pulga?

—No digas luego que no te lo advertí —espetó Allison—. Vuelve a tocarme las narices y atente a las consecuencias.

Sin nada que agregar, la pelinegra giró sobre sus talones y regresó a su apartamento. La irritaba que el gigante hubiera arruinado su ejecución con ese horrible rock metal, pero era su culpa. «Eso me gano por ser amable» se dijo, recordando que la razón para aplazar la práctica de esa tarde había sido creer que el vecino agradecería una noche de música suave. No que la tranquilidad de Genzo le importara, pues ella no pensaba en el hombre, sino en el arquero que defendería la portería de su equipo al día siguiente.

No sabía (y quizás nunca lo haría) que el concierto para piano estaba logrando su cometido y que interrumpirlo de forma tan grosera no había sido intencional, si bien el japonés tal vez encontrara la forma de disculparse por hacerla enfadar cuando al otro día ningún inglés lograse anotarle un gol. Aunque evitar que los visitantes penetraran su arco formaba parte de las cosas que Genzo estaba obligado a hacer y no significaba, de ninguna forma, que Allison no fuera a tomar venganza por su ofensa.

Dejándolo tranquilo un par de días, fingiendo que todo estaba olvidado y podían seguir con sus vidas, Allison aguardó al fin de semana para hacer de las suyas.

Era entrada la madrugada cuando las notas de la Marcha turca interrumpieron el dulce silencio. Lo bueno de vivir en el último piso y saber al vecino de abajo en un viaje de negocios, era que no tenía que preocuparse por molestar a nadie más que al objeto de su venganza, aquel que no bien oír el allegro colándose en su habitación, abrió los ojos sobresaltado y sin saber qué rayos pasaba a su alrededor. Un instante después, rechinaba los dientes y maldecía a su suerte por la vecina loca que le tocó tener.

—¡Mondragón!

Sonriendo con falsa inocencia, Allison fue dando saltitos hasta la puerta, para nada sorprendida porque el pelinegro hubiera decidido visitarla a mitad de la velada. La satisfacción que le provocaba haberlo hecho rabiar, no duró demasiado y es que no bien encararlo, Genzo la sorprendió devolviéndola al interior de su hogar. Haciéndola caer sobre el sofá, el japonés sujetó sus manos al tiempo que se aseguraba de enrollar en sus muñecas una especie de cuerda de tela.

—Quietecita te ves más bonita —gruñó, alejándose en dirección a la salida.

Atrás, Allison ahogó un grito furioso al descubrir que aquello alrededor de sus manos era una bufanda con los colores y el escudo del Bayern Munich.


Nunca agradeció tanto el escuchar el pitazo del silbato, pero esa mañana Genzo tenía sus motivos para desear que el entrenamiento terminara lo más pronto posible. Le urgía volver a casa, tumbarse en la cama y recuperar las horas de sueño que una loca le hizo perder al tocar el piano a horas inhumanas y sabiendo (o al menos suponiendo) que tendría práctica por la mañana. «Ya estamos a mano» pensaba, esperando que igualar el marcador impidiera a Allison volver a entrometerse en su descanso, pues el portero era uno de esos seres que una vez despierto encontraba imposible volver a conciliar el sueño.

Siguiendo al resto a los vestidores, el portero tardó un rato en advertir que algo raro pasaba con Schneider y es que faltaba poco para que el rubio consiguiera fusionar su nariz con la pantalla del móvil. Tan entretenido estaba que no se dio cuenta de que Sho y Levin se le acercaban por la espalda, las sonrisas maliciosas en sus rostros delatando sus intenciones.

—¡Yah, devuélvanlo! —exclamó el alemán, viendo su teléfono ser raptado.

—Tranquilo, capitán —repuso Sho con diversión—, sólo nos intriga saber quién es la persona que te mantiene pegado al celular desde hace rato.

—Oh, vaya… es esa chica.

Levin giró la pantalla, revelando un chat entre el Kaiser y la pelinegra que recibiera el balonazo de Sho, un par de semanas atrás. A juzgar por la cantidad de textos que compartían, era claro que mantenían una comunicación fluida, lo que quizás significara que tenían algo.

—¿Irás a verla? —preguntó Stefan, tras leer la última línea.

—Ajá. La invité a comer y pienso pedirle que venga al partido contra el Berlín la semana que viene —resolvió el otro, sin darle vueltas al asunto—. Iba a hacerlo desde que jugamos con el Liverpool, pero dijo que estaba demasiado ocupada.

«Planeando su venganza, seguro» pensó Genzo. Sólo entonces, cayó en la cuenta de que Schneider no parecía saber que él y su amiga eran vecinos. Se preguntó si debía mencionarlo o si acaso era mejor fingir que esa pulga rabiosa no tenía parte en su vida, como si mantener en secreto que compartían edificio pudiera borrar a Allison de la lista de inquilinos. Antes de que pudiera decidirse, el capitán se volvió en su dirección con ojos suplicantes.

—¿Qué? —preguntó el portero, confundido.

—Aventón, al teatro —repitió Karl—. Voy justo de tiempo y no quiero demorar pidiendo un taxi.

—¿No trajiste el carro?

—Sigue en el taller por mantenimiento.

—¿Qué hay de estos dos? —intentó, comprendiendo en el acto que acceder a llevar al alemán significaba arriesgarse a cruzarse con la pianista.

Por otra parte, escaquearse del asunto le concedería volver a casa como tanto deseaba y tener la certeza de que no se cruzaría con la pelinegra, pues ella estaría demasiado ocupada reuniéndose con el rubio.

—Tengo que recoger a Ari —explicó Levin, refiriéndose a su novia.

—Vivo al otro lado del teatro, qué pereza dar toda la vuelta sólo para que el oxigenado llegue a su cita —resopló Sho.

—Lo dices como si tuvieras algo que hacer, además de rascarte el ombligo.

Genzo podía reclamar, pero la única razón por la que se enfadaba era porque el chino había sido más listo y escapado primero de las miraditas suplicantes de Schneider. Diciéndose que no pasaba nada por hacerle el favor y ahorrarse lo pesado que podía ponerse cuando quería algo, accedió a llevarlo y un rato más tarde, ambos montaron al flamante Audi del japonés. Tardaron apenas una media hora en llegar, distrayéndose del trayecto al discutir los últimos partidos.

Karl le agradeció el viaje, saliendo del auto tan pronto despedirse. El arquero se habría marchado en ese momento, de no ser porque distinguió la cartera del rubio en el asiento. «Podría dejarlo hacer el papelón al obligar a la pulga a pagar» se dijo, mientras desabrochaba el cinturón y se disponía a seguirlo. Había aparcado en la calle aledaña al teatro, de modo que debía darle la vuelta para alcanzar la entrada.

Acababa de distinguir a su amigo un par de metros más allá, cuando una de las puertas en ese lado del teatro se abrió de improviso, tan súbitamente que el portero ni siquiera tuvo tiempo para detenerse y evitar el golpe.

—Demonios —Allison maldijo, al caer en cuenta de que había empujado con demasiada fuerza y pasado a noquear a uno de los pobrecillos transeúntes que circulaba por la zona. En su defensa, esa debía ser la única puerta que abría hacia fuera y ella la única tonta que la utilizaba sin ser lo suficientemente cuidadosa—. ¿Te encuentras bien?

—Luego no digas que el tonto soy yo —espetó Genzo, sujetándose la nariz con ambas manos, los ojos vidriosos a causa del impacto.

Si la pelinegra se sorprendió por verlo ahí o dio gracias porque hubiera sido justamente él quien se cruzó cuando empujaba la puerta, el arquero no llegó a saberlo y es que la siguiente vez que alzó la mirada en su dirección, pensando en que había confundido el sonido de aquella voz, Wakabayashi se encontró con que Allison se hallaba demasiado cerca, esos impresionantes ojos tormenta atravesándole como si fuesen capaces de alcanzarle el alma.

Continuará…