Capítulo 3
Perdido en la tempestad de aquellos ojos grises, Genzo advirtió las alarmas en su cabeza hasta que fue demasiado tarde, las manos de Allison habiéndolo tomado por el cuello de la sudadera con la fuerza necesaria para tirar de ellas y obligarlo a quedar a su altura. Debía admitirlo, que a lo largo de los años se había enfrentado a toda clase de rivales, pero que nunca antes de esa tarde se vio dominado por alguien cuya altura les hacía ver como un enorme elefante a merced de un diminuto ratón.
No podía pensar en nada que explicara aquel movimiento y es que la cercanía entre sus rostros y la fuerza de atracción con que su mirada le mantenía prisionero, acababan de provocar una especie de cortocircuito en su cerebro, tan sorprendente como molesto. Antes de que pudiera apartarse o decir algo que rompiera la hipnosis, la pianista deslizó una mano a su rostro y acunó su mejilla en un gesto que le supo extrañamente dulce y gentil.
—Déjame echar un vistazo, vamos —lo apremió.
Genzo podría haberse rehusado, pero por alguna razón se limitó a obedecer y permitir que la chica examinara su nariz. Notaba el dolor que se extendía desde la punta y subía por la línea del puente, un calor extraño concentrándose en el interior, sin llegar a liberarse.
—No hay sangre —señaló Allison—, pero quizás se inflame un poco. Deberías frotarte un hielo.
—Está bien, no es la primera vez que me lastimo.
La pianista asintió con la cabeza, parecía que fuera a agregar algo más (quizás una disculpa por atinarle tremendo golpe), pero justo entonces Schneider los alcanzó. Había llegado a la entrada del teatro cuando notó que su cartera no estaba en su bolsillo y sin rastros de su amiga, se le ocurrió volver y esperar a que Genzo todavía siguiera ahí. Le sorprendió encontrarlo a media acera, acompañado y colorado.
—Me voy a casa —anunció Wakabayashi, luego de devolverle la billetera y sin dar explicaciones sobre el tono rojizo que empezaba a iluminarle la nariz—. Diviértanse… y Karl, no dejes que la pulga abra ninguna puerta. Es un peligro público cuando se le atraviesa una —se mofó, recordando las palabras de la chica el día que se conocieron.
—Cierra el pico, tonto. No me hagas desear haberla empujado con más fuerza.
—Pues yo sí que he deseado haber sido quien pateara ese balón.
Como si el instante de paz que antes compartieron jamás hubiera existido, sus miradas lanzaron chispas y un montón de respuestas se agolparon en sus cabezas, preparándose para devolver hasta el mínimo ataque. Se los veía tan graciosos, cada uno alistándose para la pelea desde sus respectivas esquinas, que Karl no pudo contener la risa divertida que se le escapó, atrayendo la atención de los canes rabiosos, cuyo blanco había cambiado.
—¿De qué te ríes? —preguntó Allison, ceñuda.
—Jo, perdón —se disculpó el rubio—. Sólo no sabía que tenía de amigos a un par de mocosos. ¿Ya han terminado de gruñirse o piensan hacerme perder la tarde a media calle?
—No estábamos gruñendo —alegó Genzo y por una vez, la americana estuvo de acuerdo—. Como sea, yo me largo.
Ni siquiera se molestó en volverse a mirarlos, girando en redondo para regresar por donde había llegado, la idea de llegar a casa y tumbarse a descansar por un buen par de horas antojándosele mucho más que antes. Atrás, todavía fascinado con haber presenciado un duelo entre esos dos, Karl cometió el error de tentar demasiado a la suerte y murmurar algo que sonaba a «Creo que gorritas ganó este round», que lo llevó a perseguir a Allison calle abajo, cuando la pianista bufó alto y se alejó, indignada.
Seguía dándole vueltas a lo ocurrido poco antes de la aparición de su amigo, ese brevísimo momento en que la cercanía con el portero le hizo sentir mareada, el tacto de su piel todavía escociéndole en la punta de los dedos. Conocía la sensación mejor que ninguna otra persona y es que el cosquilleo solía acometerla siempre antes de una interpretación, como si las manos le suplicaran dejarlas caer sobre las teclas para deleitarse en la vibración de las hermosas notas. Debía estar loca si hallarse tan cerca de Genzo la hacía pensar en tocar el piano, pero lo peor tal vez fuera que sentirse afectada por el japonés no le desagradaba en lo absoluto. Realmente, era como si la música danzara en su estómago. Alucinante, desconcertante, extrañamente emocionante.
El estadio retumbó con el grito de la afición cuando los equipos saltaron de regreso al campo. El marcador seguía en ceros, aunque ambos capitanes coincidían en no dejar que el partido terminara sin anotaciones. Tampoco que inclinar la balanza en favor de alguno fuera a resultar sencillo y es que el Berlín podía no contar con la poderosa línea ofensiva de los locales, pero el Bayern debía admitir que abrirse paso entre la defensa era parecido a luchar contra un imponente muro de hierro.
Confiando en que sus amigos hallarían la forma de penetrar en terreno enemigo, Genzo se concentró en proteger la portería, movilizando a sus jugadores para dificultar el avance de los contrarios y enviando pases donde Sho, Stefan y Karl cada que se presentaba la oportunidad. Habían tardado un tiempo en perfeccionar aquella estrategia y no podían decir que fuera una pérdida de tiempo, al contrario, si el equipo consiguió el tricampeonato fue justo porque jugaban como si en lugar de 11, se tratara de un solo hombre.
«Finalmente, el último engranaje de nuestra perfecta máquina de ataque» fueron las palabras del entrenador, el día que lo presentó al equipo. Hasta entonces, el japonés había creído que todas esas ideas eran sólo cosa de Schneider y es que como si no bastara con ser un dramático de primera, el rubio anhelaba convencerlo de fichar para su equipo a como diera lugar y no le importaba exagerar (o encabronarse, cuando Genzo lo rechazaba).
—¡Wakabayashi, cuidado! —exclamó Sho.
Había interrumpido el avance por la banda, pero el delantero enemigo no era ningún tonto. Pasó el balón a su capitán justo cuando el chino se distraía y ahora lo único que le quedaba a los bávaros era confiar en que Genzo mantendría a salvo su arco. Evaluando la situación, el portero pensó en lo estúpido que resultaría adelantarse al ataque, aguardando en su sitio sin perder de vista el balón. «Será un tiro de corta distancia, bastante potente y…»
Justo cuando el contrario se disponía a patear, el arquero se arrojó a la esquina inferior de su portería, las puntas de los dedos casi sintiendo el roce de la pelota. No dudo en usar ambas manos para asegurar el esférico, recuperándose casi al instante sólo para levantarse y despejar. Sho marcaba al delantero estrella y Stefan hacía lo suyo cuidando al posible receptor de aquel pase, aunque tampoco debía preocuparse. Karl recibió el balón sin problemas y apenas lo pensó al girarse en busca del ansiado gol.
Desde las tribunas, Allison parecía dispuesta a unirse a la hincha que gritaba su apoyo al portero y es que no negaría que aquella atajada había estado grandiosa. Recordaba el tiempo antes de que Genzo se uniera al equipo y la idea que se le iba a la cabeza cuando el Bayern se enfrentaba al Hamburgo, sobre lo increíble que sería si el japonés fichara con los rojos. Apostaría lo que fuera a que los Schneider pensaron igual, lo que la hacía enfadar si pensaba en el tiempo que Wakabayashi tardó en darles el gusto de trasladarse a Baviera.
¡Gol!
La euforia se desató, el nombre de Karl retumbando en el estadio. Allison podría lamentar no haber estado atenta cuando su amigo anotó el primer tanto del partido, pero por alguna razón se sentía satisfecha con la idea de no haberse perdido el movimiento de Genzo. Uniéndose a la porra (debía celebrar el gol, después de todo), la pelinegra atrajo la atención de una chica varios sitios abajo, los ojos azules destellando de curiosidad luego de haber escuchado del único encuentro contra el arquero que Stefan le conocía.
El resto del partido transcurrió como si el gol no hubiera sucedido. Los visitantes se emplearon a fondo para penetrar la defensa de los locales, pero tan pronto superaban a los jugadores repartidos en el campo, el guardameta les cortaba el paso impidiendo cualquier anotación. Al Bayern tampoco les fue posible adjudicarse otro tanto, los marcajes dificultando el movimiento del trío estrella, todas sus fintas y jugadas sorpresa terminando en ataques sin concretar o disparos al área que el arquero despejaba.
—No ha estado mal —les dijo Schneider, apenas volver a los vestidores—. Llevamos la ventaja y si jugamos bien el partido de vuelta seguramente obtendremos la victoria.
Los otros le dieron la razón, terminando por cambiarse para volver a sus hogares. Ninguno ocultó su sorpresa al encontrar en el pasillo a las dos invitadas que habían acudido a mirar el encuentro, pues aunque sabían que el Kaiser había invitado a su amiga y que la otra siempre iba al estadio a ver jugar al sueco, lo increíble era advertir la tan buena relación que parecían tener, a sólo unos pocos minutos de haberse conocido.
—¡Vaya mujeres las de ahora! —exclamó Sho con dramatismo, atrayendo la atención de las dos que no repararon en sus presencias hasta ese momento—. Ni siquiera se molestan en saludar.
—Hola, Sho — sonrió la rubia, Ariane.
—Un gusto verlo de nuevo —secundó Allison, recordando la tarde en que se conocieron.
Intercambiaron saludos, hacía rato que la rubia llegara a la vida de Levin, así que los otros tres mantenían una buena relación con su novia y eran el tipo de amigos que incluso bromeaba con las chicas de los demás. Karl se encargó de aligerar la incomodidad de un segundo encuentro con Allison, aunque chino y sueco no eran el problema.
—Ey, gorritas —llamó la pelinegra, sonriendo divertida al advertir la reacción que el mote provocaba en el portero—, ¿algo flojo el último despeje, no lo crees?
—Dios, ahora hasta las pulgas quieren enseñar futbol.
—No, no —intervino Levin—. También creo que fue un pase flojo.
—Weber tiene un disparo súper potente, quizás estaba tenso luego de atrapar el tiro —argumentó Sho, en defensa de su amigo.
—¿No te lastimaste al detener su ataque, Gen? —Ariane preguntó, justo a tiempo para apaciguar la respuesta mordaz que el japonés pensaba dar.
—Estoy bien, en serio —dijo, entonces—. Como sea, ¿pensamos irnos algún día o vamos a acampar en el estadio?
El cambio de tema funcionó y más pronto que tarde, sus amigos comenzaron a proponer algún restaurante o bar para celebrar la victoria de esa tarde. Allison dudaba que hubiera razones para preocuparse, Genzo no parecía lesionado tras detener el tiro enemigo, pero creía que la suposición del chino podía no estar errada y que el japonés sólo seguía un poco tenso al momento de devolver el ataque. En su defensa, ella nunca preguntó porque quisiera hacerlo enfadar, simplemente, le causaba curiosidad el cambio en las reacciones del arquero.
—Vale, creo que aquí es donde me despido —murmuró la pianista, no bien el grupo se puso de acuerdo de a dónde ir para festejar.
—¿Cómo, no vendrás? —Ariane lucía desilusionada—. Pero yo pensé que al fin tendría alguien con quien quejarme cuando estos se olvidaran que compartíamos mesa.
—Me encantaría acompañarlos, pero mañana hay un ensayo importante con los del teatro y tengo que prepararme.
Todos entendieron aquello y no deseando darle problemas en el trabajo (Schneider tendría que explicarles a qué exactamente se dedicaba esa chica esos días) se despidieron y la dejaron marchar. Lo último que Karl dijo fue:
—Conduce con cuidado, eres un peligro al volante.
—Es un peligro a secas —murmuró Genzo, no lo suficiente bajo para que Allison evitara oírlo.
—Apuesto que lo hago mejor que tú —devolvió ella— ¡Ojalá te golpees al salir, bobo!
Giró sobre sus talones y echó a andar por el pasillo. Ariane se sentía tan sorprendida como el resto al conocer a alguien capaz de medirse en tozudez con el portero, aunque más la asombraba la tensión que existía entre esos dos. No pasó mucho antes de que ellos también se dirigieran al estacionamiento, la camioneta de Levin aguardando por ellos. Solían aprovecharse de que fuera el único con un vehículo con capacidad para cinco personas y el sueco se los permitía mientras no le obligaran también a hacer de chofer.
¿Cómo haría manitas con su novia si debía asegurarse de no estrellarlos contra un árbol?
Esa noche, Wakabayashi perdió en el piedra-papel-tijeras contra Sho y tuvo que coger las llaves y ocupar el asiento del conductor. No odiaba manejar, simplemente, detestaba ir tras el volante con tres revoltosos (y una princesa) haciéndole de acompañantes. Y lo aborrecía todavía más si justo detrás se sentaba una parejita, el murmullo de sus cursilerías alcanzando sus diabéticos oídos.
—Te quiero —susurró Levin.
—Yo te quiero más… —chilló Sho.
—No, yo te quiero más —siguió Karl.
—Parecen gatitos moribundos, que lo sepan —los riñó Ariane, visiblemente colorada.
—Unos pobres y feúchos mininos agonizantes —Levin bufó.
El chino se defendió empujándolo con el hombro, el cuerpo del rubio aplastando por poco a su novia, antes de que ella reaccionara y devolviera el ataque. Schneider y Genzo se sentían divertidísimos viendo por el retrovisor a la bola humana en que había acabado convertirlo el sueco, pero tampoco podían dejarlos hacer el tonto más de lo necesario. Ninguno contaba con que los tres ignorarían la voz del capitán y que pronto, acabarían en medio de un riña infantil, capaz de desquiciar al portero-chofer.
—Bueno, ya estuvo… —bramó Genzo, distrayéndose por un segundo con la imagen avergonzada de sus amigos, el pasillo que hasta entonces había juzgado vacío siendo ocupado por las luces traseras de un auto que había decidido echarse en reversa para salir de su cajón.
Apenas hubo de tiempo de frenar al reaccionar, aunque la distancia tan corta no podría haberles permitido evitar la colisión. Sintiendo la camioneta vibrar al golpear el faro del vehículo frente a ellos, el arquero se aseguró de que los otros estuvieran bien, antes de sacarse el cinturón y salir del auto. Debía charlar con el otro conductor, disculparse por haber perdido de vista el camino y no advertido a tiempo que iba de salida, además de ofrecerse a llamar al seguro y pagar lo que fuera necesario, como indemnización por los daños.
Justo entonces, la puerta del conductor del carro golpeado se abrió y al volverse, Genzo maldijo a su suerte porque no era posible que estuviera tan salado.
—¿Estás de broma, no? —preguntó Allison, arqueando una ceja con indignación.
—Por favor, dime que acabas de robar este auto.
Vale, intentar escaquearse de la responsabilidad no era lo mejor que podía hacer, pero el arquero realmente detestaba la idea de que cada uno de sus encuentros con la pianista incluyera un golpe.
—Tarado. Cuando te dije que te golpearas al… —Allison se interrumpió, los cables unidos lanzando chispas dentro de su cabeza. Si antes se sentía indignada, ahora simplemente no cabía en su ira— ¿Esto fue por la puerta, no? Dios, no puedo creer que incluso me disculpe por arrojarla. ¿Sabes qué? La próxima, te romperé la nariz. Al menos valdrá lo suficiente como para que me estrelles el carro.
Ni siquiera le dio a tiempo a responder, volviendo al interior de su auto no dispuesta a lidiar más tiempo con él. Genzo vio el carro alejarse, todavía sin creer su pésima suerte y es que ahora, no sólo le debía a Allison una disculpa y el coste completo por el faro arruinado. También debía explicarle que aquello no era una bizarra y muy cruel venganza por golpearle con la puerta del teatro unos días atrás. ¿Tan infantil, pero sobre todo despiadado, creía ella que era?
Regresando a la camioneta para largarse del estadio de una vez por todas, el arquero esperó que nadie se rehusara a posponer la fiesta, pues ya no le quedaban ganas de ir a ningún sitio que no fuera su casa. Con suerte, evitaría cruzarse con Allison hasta que el coraje se le pasara y pudiera acercarse a explicarle la situación y sin ella (lo que parecía bastante probable) volverían a discutir esa noche, aunque Genzo estaba dispuesto a dejarla ganar.
—Oye, está bien —le dijo Schneider, en ese momento, habiendo distinguido como los otros a la dueña del carro que habían golpeado—. Hablaré con ella, el golpe fue culpa nuestra y obvio pagaremos lo que haga falta para que arregle ese faro.
—También nos disculparemos —secundó Ariane—, si no fuera por nosotros…
—Aun así habría cargado contra mí. Hace rato, me metí con ella diciendo que era peligrosa y luego vine a chocarle el auto. No hay problema, ya lo solucionaré —aseguró Genzo—. Eso sí, no pienso pagarte el golpe, Stefan.
Continuará…
