Capítulo 5


Empezaba a desear que el entrenamiento terminara; los ejercicios no tenían nada de malo, el problema eran sus amigos. Por más que se esforzara, Genzo no alcanzaba a entender el aparente interés que los otros sentían por la supuesta nueva relación de Karl y debía admitirlo, que una parte de él se sentía más irritado por la forma en que Levin y Sho se empeñaban en vincular al alemán con cierta pianista de carácter chinchoso que por la actitud infantil con que se apiñaban para cuchichear mientras el capitán los ignoraba.

La culpa era del rubio, quien no pudiera pasar dos minutos lejos del teléfono y no bien oír el silbatazo que anunciaba el descanso, saltara a la banca para revisar la bandeja de entrada. Honestamente, ninguno de los tres podía estar seguro de que la chica con quien charlaba era Allison, aunque en ese punto de su curiosidad chino y sueco no veían como opción el estarse equivocando. Después de todo, ¿cuándo y dónde podría el Kaiser haber conocido a alguien?

—¿Qué más da? —preguntó Genzo—. No es como que deba rendirnos cuentas de su vida privada.

—Bueno, no —concedió Stefan, ligeramente avergonzado por estarse comportando como un adolescente fisgón—, pero somos sus amigos.

—¿Y?

—No escondes a tu novia de tus amigos, bro —explicó Sho—. Es de poca confianza guardarse esas cosas.

—Tal vez lo hace porque no están saliendo.

No era la primera vez que lo sugería y tal como las ocasiones anteriores, ninguno de los dos dió muestras de considerar que él pudiera tener razón, como si Allison y Schneider combinaran tan bien que, simplemente, resultara imposible el que no estuvieran juntos. «¿Qué tontería es esa?» pensó el japonés, imaginando por un momento al capitán y la pianista actuando como una verdadera y melosa pareja.

Tan sumido estaba en sus propios pensamientos, que no pudo evitar sobresaltarse cuando la voz de Sho resonó en el campo, llamando al rubio que permanecía algo más allá, las narices pegadas a la pantalla del móvil y esa sonrisa de tonto enamorado bailándole en los labios.

—¿Y ahora a ti que te pasa? —se extrañó Karl.

—Eso te lo pregunto a ti y no intentes hacernos tontos que ya mucho te hemos aguantado el que nos ignores y ocultes cosas.

—No, pues sigo sin entender —admitió el rubio—. ¿Qué se supone que he estado escondiendo?

Aquello era más de lo que Sho podía tolerar, así que antes de que el chino montara una escena, Levin intervino en la charla, optando por poner las cartas sobre la mesa de una vez por todas. Más allá, Genzo contemplaba lo ocurrido, todavía sin dar crédito a lo infantiles que podían a llegar a ser esos tres.

—Estás saliendo con Allison —espetó el sueco.

Un extraño silencio se instaló entre los cuatro, la expresión congelada en el rostro del Kaiser animando las acusaciones de los otros, hasta que un minuto más tarde el alemán hizo lo último que Stefan y Sho esperaban que hiciera. Partiéndose de la risa, como si acaban de contarle el chiste más gracioso del mundo, Karl tardó algunos segundos en serenarse y hacer frente a las muecas confundidas que cubrían los rostros de los dos frente a él.

—Venga, ¿realmente hicieron todo un drama por esto? —les dijo—. Admito que siento algo especial por Allison, pero nosotros jamás funcionaríamos como pareja.

—Así que, ¿no es ella con quien chateas a todas horas, ni a quien sales corriendo a buscar cuando termina el entrenamiento? —preguntó Sho, no creyendo del todo que el alemán estuviera siendo honesto con ellos.

—Bueno… es cierto que hablamos mucho y nos vemos casi a diario, pero no diría que lo planeamos. Simplemente, es imposible no cruzarnos cuando ambos frecuentamos el teatro.

Podría haberse divertido a costa de su confusión, pero habiendo advertido lo traicionados que se sentían porque les guardara secretos, prefirió ahorrarse las bromas revelándoles aquello que (hasta el momento) sólo Allison sabía.

—Conocí a alguien, es una chica increíble y tan hermosa…

Si los otros aun desconfiaban, Genzo estuvo seguro de que acabaron por creerle al ver sus ojos azules destellar de emoción y aquella sonrisa de bobo, tan parecida a la de Levin cuando se ponía a hablar de su novia. No había tiempo para que Schneider les contara toda la historia, aunque no tardarían en sonsacarle los detalles y quizás también, conocer a la protagonista de su cuento, pues como el sueco se encargó de recordarles: aquel sábado tenían una fiesta.

Había pasado el último mes organizando el festejo por el cumpleaños de su novia, pero aunque los otros le ayudaron y cumplieron con su parte de los preparativos, tenían la cabeza demasiado plagada de soccer como para acordarse del evento hasta que los recordatorios en el teléfono los avisaran, un día antes o la misma mañana de la fiesta.

—Por cierto, ¿desde cuándo creían que salía con Allison? —preguntó Karl.

—Honestamente, pensamos que te gustaba desde que la encontramos en el parque. No sospechamos que salían hasta que salimos todos —explicó Stefan—. Tienen buena química, hasta Ari dijo que se veían bien juntos.

—Sí, claro… —bufó Genzo.

Acababa de darse cuenta que había hablado en voz alta y atraído la atención del resto, cuando el pitazo del silbato los hizo reaccionar y la voz del entrenador les mandó acercarse al mediocampo. Sin nada que agregar, el portero enfiló donde el equipo y los superiores, dejando atrás a un trío de chismosos.

—Si no lo conociera —comentó Schneider—, diría que está celoso.


Según Levin, nadie sin invitación se colaría a esa fiesta. No que fuera tonto y creyera ingenuamente que los paparazzi jamás descubrirían el evento en honor a su novia, pero confiaba en que alquilar un lugar a las afueras de la ciudad y limitar la lista de invitados, despistaría a los más posibles o –al menos– los retrasaría el tiempo suficiente como para aparecerse hasta que la diversión hubiera pasado. «Igual se enterarán mañana, no puedo prohibirles a los asistentes que posteen fotos en sus redes sociales» dijo.

Aparcando el auto frente al sendero que conducía al jardín, Genzo entregó las llaves al valet en turno y se acomodó el traje antes de reunirse con los demás. No había dado más de dos pasos cuando las luces del carro que iba llegando llamaron su atención y al volverse, el portero se encontró con que la chica que conducía no era otra más que Allison. Por supuesto, la pianista había sido invitada por el mismo Levin, a quien su novia no le perdonaría que no hubiera añadido a la lista tan pronto advertir su ausencia.

—Oh, vaya —murmuró ella, al advertirlo—. Entonces si había algo decente en tu armario.

Wakabayashi sonrió. No había caído en la cuenta de lo mucho que esperaba una mofa a su atuendo de parte de la otra, hasta que ella lo señaló y le hizo pensar que picar al otro era algo muy de ellos. Debía saberlo, pero verle a él en traje (un conjunto oscuro que rezumaba elegancia y acentuaba su atractivo, descubriendo también su rostro al prescindir de su acostumbrada gorra) no era lo único sorprendente.

A diferencia de otros días, Allison había pasado de las calzas deportivas, los cárdigan enormes y los vaqueros desgastados, enfundándose en un sencillo vestido negro, cuya falda acampanada remarcaba su cintura y el escote Bardot dejaba al descubierto sus hombros, los tacones de tiritas concediéndole un par de centímetros, los suficientes como para no tener que echar la cabeza hacia atrás para ver a la cara al portero.

—También luces diferente —espetó Genzo, extendiendo el brazo como si estuviera ofreciéndose a escoltarla adentro.

Sin saber por qué, Allison correspondió a su agarre y lo siguió adentro, donde se separaron antes de cruzar las puertas y encontrarse con los demás. Parecía adecuado conservar aquel instante para ellos, mantener su cercanía como un secreto entre los dos, tal como hacían respecto a lo de vivir en el mismo edificio o los instantes en que ella tocaba y él se dedicaba a admirar cada nota que arrancaba del instrumento desde su hogar. Ninguno imaginaba que de aquel momento existía otro testigo. Un espectador que envuelto entre las sombras, capturó el choque de sus miradas y la comodidad de sus cuerpos andando juntos, decidiendo al momento que aquel acto furtivo merecía volverse de conocimiento público.

Dentro, la fiesta demoró un poco más en comenzar, hasta que la festejada y su compañero aparecieron, la primera sorprendida por el sitio al que había sido llevada y más que agradecida porque todas esas personas que apreciaba hubieran hecho un espacio en sus agendas para conducir hasta los límites de la ciudad y celebrar con ella. Les llevó un rato, pero una vez saludaron a todos, la pareja se unió al trío bávaro, con quienes aguardaran Allison y…

—Muchachos, les presento a Edeline —anunció Karl, señalando a la chica que hubiera accedido a acompañarle a esa fiesta sólo después de convencerla de que no estaría mal colarse a una celebración en la que sólo conocía a dos personas.

La que fuera bailarina del ballet estatal y una vieja amiga de la pianista, tardó lo mismo que un suspiro en ganarse al resto de los presentes y es que como si no bastara con su personalidad afable, Edeline también poseía un imán natural que atraía las miradas y despertaba la curiosidad, aunque nadie ahí se fijaría en ella como lo hacía el joven emperador.

Esa noche hubo música, risas, baile y mucha diversión, si bien el concepto que cada persona tuviera sobre esto último resultaba tan variado como… escandaloso. Mucho más, si se trataba de Allison y Genzo haciendo de las suyas.

Sho la había invitado a bailar, haciendo alarde de un talento nato para el rock and roll que compensaba la poca atención que daba a su compañera una vez acababa la melodía, olvidándose del sinfín de peligros que tendían a materializarse cuando se llevaba vestido y tacones: resbalar con los azulejos de la pista, por ejemplo.

—Bueno, supongo que ahora me debes dos —comentó el portero, divertido. Había alcanzado a sujetarla, igual que aquella tarde cuando evitó que rodara por las escaleras y como el chinchoso que era, no iba a perder la oportunidad de restregárselo en la cara.

—Nunca te pedí ayuda, ¿o sí?

—Ya, en ese caso…

La confusión que tiñó el rostro de la pelinegra, se convirtió en sorpresa al sentir como el otro inclinaba su cuerpo un poco más cerca del suelo. Unos segundos después, Allison terminaba justo donde había deseado no hacerlo, la sonrisa cínica de Genzo obligándola a levantarse igual que si fuera un resorte.

—Una cosa más, bobo—le dijo al portero, cuando le hubo dado alcance—. La próxima vez que tires a alguien, asegúrate de que no lleve tacones.

Y tan sorpresivamente como él la había soltado, la pianista le atinó tremendo pisotón que hizo al arquero quejar de dolor.


Lo de asistir al cumpleaños de una famosa tenía sus ventajas y es que nunca antes de esa noche, Allison habría creído que llegaría el día en que se vería rodeada de todo tipo de celebridades. Por supuesto, jamás imaginó que tendría la dicha de llamar amiga a alguien como Ariane y es que sin mencionar lo diferentes que eran sus carreras, la idea de codearse con una actriz de la talla de la rubia se le aparecía fantasiosa y más que imposible.

Al final, la suerte le sonrió permitiéndole acompañar a la otra en una fecha tan especial y soñar despierta al caer en la cuenta de que mientras ella bromeaba con Edeline frente a la mesa de postres, el actor danés Einar Larsen (quien fuera compañero de reparto en la serie que la cumpleañera grababa actualmente) se acercaba a ellas y le pedía que por favor, le alcanzara uno de esos deliciosos panecitos.

Entonces, justo cuando la americana creía que nada más surrealista le podía ocurrir, alguien interrumpió su conversación con la bailarina y al volverse, se encontró con que aquel no era nadie más que Genzo Wakabayashi. ¿Podía el hombre contribuir un poco más a su lista de 'cosas imposibles que no son tan imposibles'? Tal vez sí, como si no bastara con ser su vecino-a veces salvador-pero siempre un dolor de cabeza.

—¿No bailas, pulga?

—No existes —bufó la pianista.

—Oh, claro que existo —sonrió el portero—. Venga, enana, vamos a bailar.

Ni siquiera esperó a recibir una respuesta, arrebatándole el platito con canapés y tendiéndoselo a Edeline, quien lo tomó haciendo un esfuerzo por ocultar la mueca divertida que bailaba en sus labios, el japonés tiró de su mano y la llevó a la pista. El DJ parecía tener indicaciones de pasar por todos los géneros musicales, desde el pop y el rock, hasta la electrónica, la música disco y el jazz.

Genzo no diría que fuese un experto siguiendo el ritmo de Louis Armstrong (o cualquier otro ritmo) pero podía defenderse y ello le iba genial, pues no bien escuchar la música, quedó claro que Allison sabía lo que hacía. Debía ser así, habiendo crecido en el seno de Greenwich Village, el hogar de las casas de piedra rojiza, los teatros independientes y los clubes de jazz.

—¿Sacarme a bailar es tu forma de agitar la bandera blanca? —preguntó ella, al cabo de un momento de dedicarse a girar y danzar por la pista. Genzo rio por lo bajo.

—Nunca he blandido una de esas, por lo general siempre me salgo con la mía.

—Así que, ¿esto es sólo la calma que antecede a la tormenta?

Distinguiendo el brillo caótico que relucía en aquellos ojos tan parecidos a un cielo agitado, el portero pensó que no parecía justo hablar de tormentas cuando lo único que se le iba a la mente al pensar en ello era justo esa mirada, hipnótica y alucinante. No llegó a responder, la melodía había terminado y el DJ anunciaba que faltaba sólo un minuto para la medianoche. Todos sabían lo que significaba, así que sin dudarlo vaciaron la pista y aplaudieron cuando Levin y Ariane se colocaron al centro.

Los meseros empujaron el carrito donde un hermoso pastel se iluminaba con las 27 velitas que correspondían a ese año y un momento más tarde, los invitados entonaban una no tan afinada versión del Feliz cumpleaños. La actriz pidió un deseo y apagó las llamas, acto seguido se volvió para abrazar a su novio y compartir un tierno beso. Mientras partían la torta, Ariane se embadurnó un dedo, que terminó deslizando en la nariz de Levin.

—Qué lindo, cualquiera en su lugar se habría enfadado —observó Edeline, al notar que el sueco se limitaba a sonreír y buscar un servilleta con la cual limpiarse el glaseado.

—Supongo que está acostumbrado —espetó Karl—. La noche que se conocieron, Ari derramó el vino sobre su traje.

—Los accidentes pasan, ¿qué no?

Todos le dieron la razón a Genzo, aunque ojalá alguno hubiera negado. Había estado tan concentrado viendo a sus amigos disfrutar de todo lo que Stefan preparó para su novia, que no se dio cuenta de lo cerca que estaba de Allison hasta que el mesero se acercó para ofrecerles una rebanada de pastel. Debía ser su primera vez sirviendo en un evento, porque los nervios le traicionaron y de alguna forma, consiguió empujar al portero que se desequilibró y volcó lo poco que quedaba de su bebida sobre la pianista.

—E-Esto…

—Ya sé —suspiró Allison—, fue un accidente.

Y lo había sido, pero eso no le importó cuando alcanzó el primer platito con torta y lo estampó de lleno en el rostro del arquero.


Schneider no podía estar más contento de que la fiesta hubiera terminado y es que no creía que sobrevivieran como las dos bombas de tiempo que tenían por amigos siguieran haciendo de las suyas. Había confundido con celos la irritación de Genzo cuando los otros insistían en un noviazgo entre él y Allison, pero luego de verlo arrojarla al suelo, tirarle la bebida encima y que ella se lo devolviera pisoteándolo o estrellándole el pastel… bueno, que esos dos se gustaran, era casi tan probable como que lloviera en el desierto.

«Lástima, habrían hecho una increíble pareja» pensaba.

Los cinco (entiéndase Allison, Edeline, Genzo, Sho y él) aguardaban junto a la pareja anfitriona a que todos los invitados se retiraran, los autos en que habían llegado esperando a seguir el mismo camino que el resto y un viaje de 40 a 50 minutos separándolos del hotel más cercano. A nadie le había importado conducir mientras el sol brillaba en el cielo, pero entrada la madrugada no era de extrañar que les entraran los nervios. Sobre todo si como Allison o Sho, viajaban solos.

—¿Segura que no quieres venir con nosotros? —preguntó el Kaiser, habiendo llevado a Edeline hasta el jardín y teniendo la responsabilidad de devolver a la bailarina sana y salva hasta su hogar.

El resto podía no saberlo, pero su insistencia para conseguir que Allison montara en su carro, se debía también a aquello que la pianista le hubiera confesado varios años atrás y con mucha reticencia.

—Tranquilo. No hay de qué preocuparse, en serio.

—Sí, como no —rezongó él—. Es tarde, vas sola y hace rato que refrescó. Podría llover o enfriar tanto que la neblina…

—Bueno, pero con tu pesimismo no hay quien pueda, ¿eh?

Por más que lo intentó, la pianista se aferró en conducir de regreso y es que aunque la idea de volver sola a casa a mitad de la noche le apetecía lo mismo que acampar en la cueva de un oso, no le parecía correcto colarse en la burbuja que Edeline y Karl hubieran construido. No pasó mucho antes de que todos abordaran sus autos, uniéndose a la carretera no bien dejar atrás el sendero que conducía al jardín.

Allison no se sorprendió cuando los carros adelantaron al suyo y es que aunque sabía que en la autopista se podía acelerar un par de kilómetros más que en las pequeñas avenidas, tenía un problema con rebasar la velocidad mínima permitida, optando siempre por mantenerse en su zona de confort aunque ello significara no ser capaz de seguirle el paso a otros. «Justo por esto no me he comprado un auto» recordó.

De repente, el vehículo se sacudió. Parecía que le costara un enorme esfuerzo seguir adelante, lo que no podía ser posible pues se hallaba a mitad de la misma nada. Allison no sabía mucho de carros, de modo que tardó en notar que la marcha se ralentizaba aunque pisara el acelerador, la aguja que indicaba el combustible descendiendo a una velocidad alarmante. Todos sus miedos cobraron vida en el momento en que el auto ya no se movió, la oscuridad de una noche sin luna amenazando con absorberla.

—Venga, Mondragón. No puedes pasar la noche varada en medio de la carretera —se dijo, aunque la voz le temblaba, tanto o más que las manos al sacarse el cinturón y abrir la puerta.

Fingía saber lo que hacía al abrir el cofre y echar un vistazo a todas las piezas que conformaban el sistema operativo del carro, pero no importando cuando mirase el motor, la verdad era que no conseguiría arreglar el desperfecto ni aunque realmente supiera lo que ocurría. No se dio cuenta de lo cerca que estaba de sufrir un ataque de pánico (algo que hacía años no le sucedía) cuando un auto conocido se detuvo a su lado.

—¿Algo anda mal? —preguntó Genzo, sonriendo como quien más.

Había salido último y conducido a una velocidad mortalmente lenta sólo para no dejar atrás a la pianista, angustiándose un poco al perderla de vista y darle alcance sólo porque distinguió el carro parado a orillas de la carretera. No intentaba ser grosero, ni mucho menos, al preguntarle si pasaba algo con aquel tonito jocoso con que solía dirigirse a ella, aunque apenas encararle, Allison hizo que se arrepintiera por no haberse mostrado un poco más empático.

Ahí, en sus ojos… lo único que había, era miedo.

Continuará…