Capítulo 7
Viéndolo por el lado amable, pianista y portero debían admitir que las imágenes eran bastante buenas y es que el fotógrafo tras la lente no sólo había capturado sus mejores perfiles y sacado provecho al escenario como de película en que se encontraban, también tuvo la destreza para capturar ese brevísimo instante en que ambos bajaron la guardia, el cruce de sus miradas y las sonrisas apenas esbozadas alimentando la fantasía romántica del escritor cuya premisa se haría pedazos al conocer la verdad.
«O podría sólo demandarlos por difamación e invasión a la privacidad» pensó Genzo, todavía con el teléfono en la mano y el hombro de Allison recordándole que la enana se hallaba a su lado. Habían pasado la noche en medio de la carretera, estaban cansados después del esfuerzo que hicieron para sacar el carro del fango y les dolía el cuello por haber dormido en posiciones tan incómodas. La americana pasó todo el camino quejándose porque extrañaba su cama y el japonés no veía la hora de ducharse y cambiarse la ropa salpicada de barro.
Ser recibidos por una comitiva ansiosa de respuestas y un montón de fotos sacadas de contexto, era lo último que les apetecía, aunque tal vez debieran agradecer porque fueran sus amigos y no un enjambre de reporteros los que montaran guardia a la entrada de su edificio.
—¿Dónde crees que vas? —preguntó Sho, viendo a Allison apartarse y poner rumbo al interior del condominio.
—Hace frío, charlemos arriba —repuso ella, deteniéndose a mitad del camino—. Estoy a nada de empezar a temblar y los tacones me están matando.
Todos parecieron caer en la cuenta de que la chica todavía llevaba el vestido con el que se presentó a la fiesta, las zapatillas de tiritas dejando al descubierto los deditos que se encogían por el esfuerzo o quizás fuera debido al aire helado que soplaba esa mañana. En cualquier caso, Allison tenía razón y podían seguir su improvisada reunión en la comodidad de su apartamento o el de Genzo, cual fuera al que los invitaran a pasar primero.
—Por cierto, ¿cómo es que están todos aquí? —curioseó el arquero, tan pronto cerrarse las puertas del elevador.
—No contestabas el teléfono —murmuró Karl, dirigiéndose a la pelinegra—. Llamé anoche después de dejar a Edeline en casa, supuse que te tomaría un rato yendo a baja velocidad, así que te escribí al chat pidiéndote que me avisaras cuando llegaras. Esta mañana, noté que no había mensajes o llamadas y… bueno, creo que entré en pánico.
—Vino a verme para preguntar por ti —sonrió la bailarina con gesto enternecido—. Los dos nos pusimos algo paranoicos, creí que no te importaría si lo traía a tu casa y salimos a buscarte.
—Estábamos a medio camino cuando Levin mandó al chat el artículo con las fotos. Me sorprendí, claro, pero necesitaba encontrarte y les pedí a todos que nos ayudaran, acabábamos de juntarnos cuando ustedes llegaron.
Allison no sabía si reír por cómo fue que se reunieron ahí o abrazarlos a todos, pues no hacía tanto que conocía a Sho, Levin y Ariane y ninguno de ellos dudó en acudir en su búsqueda cuando supieron que estaba desaparecida. Más que nunca, agradeció haber tenido la confianza para contarles a Karl y Edeline la historia del accidente en que perdió a su mamá y sobre el trauma que aquel episodio le dejó. «Ahora Genzo también lo sabe y es gracias a él que no sufrí un ataque» pensó, mirando de refilón al arquero.
Llegaron arriba, Wakabayashi los invitó primero a pasar a su casa, creyendo que sería más cómodo pues los chicos y Ariane ya habían estado antes ahí y así Allison tendría tiempo para cambiarse la ropa sin el apuro de tener visitas. Mientras Sho se encargaba de atenderlos a todos (¿Gustan algo de beber? Agua, té de menta, un café… ofreció, tan pronto entrar y atrincherarse en la cocina, como hacía siempre que iba), el portero fue a su pieza para cambiarse el traje y lavarse la cara salpicada de lodo.
Volvía a la sala cuando la pianista llamó a la puerta y cruzó la habitación, enfundada en un pantalón de yoga y una sudadera que le sacaba un par de tallas. No creía que alguna vez pudiera entender porque si medía lo que un ratón, iba por la vida en zapatillas tenis y ropa que resaltaba su enanura. Igual, no era como si Genzo no lo disfrutara, pues el constante recordatorio de lo bajita que era, le daba para diez o veinte chistes sobre el tema. Tumbándose en uno de los banquillos frente a la barra de la cocina, el arquero escuchó hasta que Allison terminó de narrar las circunstancias de su desaparición.
—Así que, algo de príncipe azul si tienes, ¿eh? —se mofó Sho, codeando al japonés, al referirse a él de la forma en que se lo había descrito en el artículo que circulaba en internet.
—Cierra la boca —bufó Wakabayashi.
—No te equivoques —intervino la pianista—, que me salvara una vez no lo vuelve un caballero en brillante armadura, es más como el dragón orgulloso que no dejaría que se le escapara la prisionera.
—Bueno, con el carácter que se carga, algo de lanzafuego si tiene —sonrió Levin y todos se echaron a reír.
No hablaron más del camino de vuelta o las fotos que les mantenían en las tendencias de Twitter, ya tendrían tiempo para lidiar con eso cuando los otros se fueran, cada uno a su modo: Allison gozando de las suscripciones a su canal de YouTube, en donde compartía interpretaciones en piano de sus temas favoritos y Genzo sufriendo con los mil mensajes de la selección que inundaron su bandeja, luego de que el tonto de Ishizaki compartiera el artículo en el chat del grupo.
Esa mañana, las chicas ganaron el piedra-papel-tijera y enviaron fuera a los chicos para conseguir lo necesario para cocinarse el desayuno y una vez tuvieron todos los ingredientes, prepararon los panqueques de arándanos más ricos que ninguno hubiera probado. Sho volvió a sufrir la derrota cuando Schneider aplastó con una roca sus preciadas tijeras y fue condenado a lavar los trastes que hubieran acabado apilados en la pileta.
La vuelta por los octavos en la Bundesliga llegó antes de lo que ninguno esperaba. El entrenador había estado dándoles la lata los últimos días para que apretaran en las prácticas, pues decía que no debían confiarse sólo porque llevaran un punto de ventaja a los berlineses. Karl dudaba que hubiera motivos para preocuparse (el equipo nunca había rendido mejor y la línea ofensiva estaba más que pulida) pero tenía suficiente con su madre llamándolo cada dos días para que fuera a casa, así que prefería no cargarse presiones con su padre también.
Genzo coincidía con sus amigos en lo de que si el rubio fuera sincero con su mamá y le hablara a la dama de la bailarina que lo traía cacheteando banquetas desde hacía semanas, los llamados pararían y con ellos, también la insistencia de la Sra. Schneider por organizarle citas a ciegas. En lo respectivo al partido, tampoco creía que debieran andarse cuidado. No olvidaba el último encuentro y ese potente cañonazo que le dejó entumidas las manos al acercarse el final, pero mientras estuviera atento y confiara en sus compañeros, seguro que no le sería difícil detener ningún tiro.
La mañana del juego, el equipo se reunió en la estación para abordar el segundo tren, los aguardaba un viaje de seis horas hasta la capital alemana y una vez allá, una pequeña práctica antes de que tuvieran que saltar a la cancha. Pasarían la noche en tierra de osos, volviendo a casa la tarde del día siguiente.
—Repítemelo una vez más, ¿por qué decidimos venir? —preguntó Allison, contra su hombro, a medio camino entre el sueño y la conciencia. Edeline sonrió.
—Querías apoyar a tu equipo, eres la hincha VIP junto con Ariane.
—Vale, vale. ¿Y qué hay de ti?
—Tú me arrastraste contigo —le recordó la rubia—. Es mi primer día libre desde que comenzaron los ensayos y no podías dejarme dormir hasta tarde.
—Sí, claro —bufó— ¿Segura que no fue porque te gusta el capitán y le prometiste que lo vendrías a apoyar?
Sonriendo de lado a lado al ver a su amiga sonrojada, Allison se apretujó un poco más contra su cuerpo, intentando mantener el calor y no despertar del todo. Detestaba madrugar, lo odiaba tanto como el cereal con yogurt o que le pidieran que tocara la Balada para Adelina; las únicas veces en que se obligaba a desmañanarse eran esas en que se reunía con su maestro o en la escuela, cuando quería ganarle la sala de ensayos al prepotente de Armin Richter.
Que estuviera ahí esa mañana, hablaba de lo mucho que se comprometía cuando de sus amigos se trataba y es que no sólo Karl o Ariane (a quienes explícitamente les hubiera prometido que contarían con su apoyo), Sho, Levin y Genzo también entraban en el paquete.
El tren llegó, la novia de Stefan las hizo acercarse y seguirlos arriba, estaba acostumbrada a moverse con el equipo, tanto como los jugadores parecían hacerlo con ella, lo que no era extraño después de todo el tiempo que llevaba saliendo con el mediocampista. Se sentaron juntos, Sho, Levin y Ariane de un lado; Karl, Edeline, Genzo y Allison del otro. El bullicio reinó mientras todos se acomodaban, pero para cuando las puertas se cerraron y el tren partió, la calma y el silencio se instalaron en el vagón.
Las conversaciones duraron lo mismo que un suspiro, pues la mayoría había ido preparado para recuperar horas de sueño en lo que tardara el trayecto y no pensaban desperdiciar ni un minuto de su tiempo. La pareja de rubios que se había sentado con ellos, cayó rendida antes de que dejaran la ciudad atrás, pero habiendo despertado con el ajetreo del abordaje y la breve charla que mantuvieron entre los cuatro, Allison descubrió pronto que lo que tanto temía había ocurrido y es que ahora sería imposible que volviera a dormirse.
—¿Genzo? —lo llamó, viendo que el portero se había cruzado de brazos y echado la cabeza hacia atrás, con la gorra cubriéndole la cara. Respiraba tan tranquilo que no la sorprendería si estuviera dormido.
—¿Ahora qué quieres, pulga?
—Lo siento, te desperté.
—No sería la primera vez—suspiró él, el esbozo de una sonrisa asomando bajo la gorra—. ¿O ya olvidaste el concierto de madrugada que ofreciste hace un tiempo?
El recuerdo animó a la chica, no creía que alguna vez pudiera olvidar su pequeña travesura, aunque el día que se le ocurrió jugarla no había disfrutado tanto de los resultados, habiendo acabado maniatada con una bufanda que al sol de hoy seguía guardada en uno de sus cajones. A su lado, Genzo espabiló; se acomodó la gorra y giró con sutileza para mirarla a la cara mientras decía:
—Platícame algo.
—¿Algo como qué? —preguntó, volviéndose también para quedar frente a frente.
—Según entiendo, haces parte de la música para el ballet. He escuchado el Hada de azúcar más veces esta semana que en toda mi vida, pero no era eso lo que tocabas hasta hace unas semanas.
Allison se tomó su tiempo para responder, repasando la pregunta que el japonés no había formulado, pero que se hallaba implícita en su comentario. No que hallar las palabras fuera complicado, sino más bien que la sorprendía (y agradaba) descubrir lo interesado que Genzo parecía estar por su música.
—¿Recuerdas el día que nos conocimos?
—Oh, créeme —sonrió el portero—, dudo que alguna vez vaya a olvidarlo. Todavía sigo deseando haber sido quien pateara ese balón —se mofó. Allison le pegó en el hombro.
—Entonces también recuerdas que acababa de mudarme y que hacía tiempo que no veía a Karl, por lo que fue una sorpresa encontrarlo en el parque —continuó ella. Genzo asintió—. Luego de graduarme, pasé unos años en Viena, toqué con la filarmónica y participé en algunos concursos, todo para prepararme para este momento.
—¿Competirás de nuevo?
—El concurso Frédéric Chopin, es uno de los más importantes y mi gran ambición. Volví a Munich para reunirme con mi mentor, el maestro de orquesta de la sinfónica. Syd accedió a darme su recomendación si además de obtener el primer puesto, le devolvía el favor uniéndome al ballet para la única pieza que requiere de la celesta.
Genzo parecía sorprendido, también un poco confundido. Le preguntó por el instrumento que había mencionado (Es parecido al piano, pero su sonido es más cristalino, explicó ella), también por los preparativos para el concurso (Ya he enviado la inscripción, con la grabación del repertorio que son todas las piezas que estuve tocando) y si no era complicado compaginar dos eventos en su rutina de ensayos (No, debo esperar a saber si me permitirán participar y mientras lo hago, me viene bien tener con qué distraerme, aseguró.)
Así se les fueron los minutos y quizás un par de horas, hasta que el sueño poco a poco regresó, alentado por el murmullo de su conversación y el suave traqueteo del tren al acercarse a la capital. No supieron en qué punto se quedaron dormidos, sólo que cuando el viaje llegó a su final, Schneider y Edeline tuvieron que sacudirlos para que despertaran, las sonrisas divertidas en sus labios cobrando sentido al comprender que habían estado soñando en la posición más cursi: Allison sobre su hombro, la mejilla de Genzo apoyada contra su cabello.
Diciembre comenzó de la mejor manera. El partido contra el Berlín terminó en un marcador global de 2-0, concediendo al conjunto bávaro volver a casa con una nueva victoria y el pase a los cuartos de final que los acercaría un paso más a su ansiado objetivo. La fiesta de celebración que tendrían que haber tenido se retrasó, no sólo porque el equipo necesitara descansar después del viaje a la capital, sino también porque el regreso a Múnich coincidía con el cumpleaños de Genzo.
Risas, diversión, mucha cerveza y un tortazo a la cara que no les costó a todos un buen porrazo sólo porque habían tenido la amabilidad de sacarle la gorra antes de empujarlo al pastel, le valieron al pelinegro una de las mejores noches de su vida y es que no podía negar que pese a lo soberbio y distante de su personalidad, aun así la vida le había sonreído con amigos que ignoraban sus defectos, apreciando sus virtudes y concediéndole la oportunidad de labrar valiosas relaciones.
Como era de esperarse, algunas de las parejas de los jugadores acudieron a la reunión, entre ellas Ariane que ya tuviera un sitio entre el equipo, tan fijo como el de la esposa del mediocampista Pohl o el novio del defensa Jäger. No salían (oficialmente) pero dejar fuera del evento a Edeline habría sido una ofensa para Karl y un motivo para que los futbolistas corrieran en calzones el siguiente entrenamiento. Genzo también invitó a alguien, aunque sus razones eran mucho menos sinceras que las del capitán.
—¿A quién molestaré si no viene? Sho ya es bastante pesado, pero se pone peor cuando bebe.
—Hombre, claro que Allison está invitada —espetó Levin, intentando ocultar la sonrisita burlona que tiraba de sus labios.
Y tal como lo esperaba, la pianista se presentó aquella noche, enfundada en su típico atuendo de duende y con una bolsita en la mano.
—Feliz cumpleaños, gigantonto —le dijo, sin atreverse a abrazarlo.
No la avergonzaba tener un gesto cariñoso con él (hacía rato que Genzo dejara claro que los rumores sobre ellos no eran ciertos y ante la falta de explicaciones, hasta la prensa parecía haberse aburrido de ellos) pero sí que la aterraba el humillarse públicamente cuando todo el bar presenciara cómo tendría que saltar para conseguir pasarle los brazos por el cuello.
—Lamento no habértela devuelto antes, pero bueno… el verdadero regalo está al fondo.
Genzo habría vaciado la bolsa en ese momento, pero algunos de sus compañeros lo llamaron y Allison lo animó a ir con ellos; más tarde descubriría que su obsequio era nada más y nada menos que la bufanda con que la atara de manos hacía un tiempo y un iPod con sólo tres canciones. Todas piezas de piano, sin título o autor, como si la pelinegra lo retara a descubrir exactamente de cuáles melodías se trataba.
El juego, interesante hasta cierto punto, no dejaba de ser sorprendente pues ponía en evidencia lo mucho que su relación estaba cambiando. No que se privaran de molestarse a la mínima oportunidad (eso debía ser imposible dado lo mucho que les divertía) pero cuando lo hacían ya no parecía que se odiaran y a cada día que pasaba, sus miradas se encontraban con mayor facilidad, las sonrisas los delataban al no abandonar sus rostros si estaban juntos y el tiempo que compartían también parecía ir en aumento.
Se veían al volver a casa y cuando el recién formado grupo se juntaba, Genzo no se perdía ninguna tocada así Allison ejecutara el Hada de azúcar tres veces a la semana y con Karl y Edeline, eran otros que se pasaban horas pegados al teléfono, intercambiando textos, emojis, pero en su mayoría pistas. Sutiles indicios de la melodía que el portero intentaba descifrar, frases cortas que pretendían acercarlo a la respuesta o advertirlo de hacer trampa y pagar las consecuencias.
La primera canción era la más sencilla: Imagine de John Lennon. Allison dijo que era la única pieza popular que no le molestaba interpretar una y otra vez, pues adoraba el significado de las letras y tenía a The Beatles como grandes eminencias musicales. Genzo mencionó que a él también le gustaba el grupo, aunque a veces prefería a The Rolling Stones, lo que le valió una serie de emoticonos que según la americana, representaban una de las líneas más icónicas de su película Disney favorita. ¿Qué tenían que ver una familia, una chica y una vaca?
Para el partido de vuelta contra la Lazio, la pianista lo hizo olvidarse de su acertijo y centrar toda su atención en el encuentro que disputarían, diciendo que no se lo perdonaría si arruinaba tan pronto la racha de cero tantos en contra que llevaba construyendo desde comienzos del torneo. Genzo hizo lo suyo deteniendo los tres tiros a gol que los italianos le lanzaron y se enfadó cuando Allison se pasó la tarde enviando caritas emocionadas por los dos puntos que Schneider anotó.
Y entonces, en Navidad, todo se puso patas para arriba.
La comitiva se reunió en el aeropuerto, el plan inicial había sido despedir a Stefan y Ariane que ese año viajarían para pasar Nochebuena con la familia de la rubia, pero al final el grupo terminó por despachar también a Allison, quien tuviera planes para reunirse con su padre y hermano. Ya que el vuelo de la pianista saldría antes que el de la pareja, el grupo la acompañó hasta la sala de abordajes, donde pasaron los últimos minutos que les quedaban organizando el festejo de Año Nuevo, para el cual todos estarían en la ciudad.
Se decidió que la fiesta sería en casa de Schneider y que el asado correría por parte de Levin, quien hubiera perfeccionado la receta con el paso de los años. El resto ayudaría con lo que hiciera falta, desde hacer las compras hasta entrometerse en la cocina o sólo decorar el lugar; entonces, justo cuando terminaban de ponerse de acuerdo, el altavoz llamó por última vez a los pasajeros y Allison se despidió corriendo, abrazando a todos, deseándoles una feliz Navidad y…
—No me extrañes mucho, gorritas —le dijo a Genzo, deteniéndose frente al portero sólo lo necesario para ponerse en puntas y alcanzar a dejar un tierno beso en su mejilla.
¿En qué estaba pensando cuando lo hizo? Allison lo descubrió tan pronto subir al avión y es que hasta ese momento, no había sido consciente de sus acciones, entonces comprendió que era la primera vez que tenía un gesto parecido con el portero y que aunque a veces se saludaban de beso, aquella caricia fue distinta por el simple motivo de poseer más significado que el de un hábito de cortesía: le había dicho que no la extrañara, pero en la semana que pasara fuera, realmente sería ella quien echara de menos a su (ya no tan) molesto vecino.
Atrás, Genzo parecía haberse quedado congelado al recibir aquel beso. Todavía podía sentir el tacto suave de los labios que le acariciaron la piel, el roce frío de la nariz que delineó su mejilla en cuestión de segundos, incluso el tenue aroma a limón que emanaba del cuerpo de la pianista. Ninguno de sus amigos hizo mofa de aquello, nadie lo mencionó mientras se movilizaban a la sala de abordajes por la que el avión de Levin y Ariane despegaría, aunque todos habían notado la reacción que le provocó y en silencio, esperaban que no tardara en organizar sus sentimientos.
Pobrecillos, tanto tiempo de conocerlo y todavía no sabían lo lento que podía llegar a ser el portero para algunas cosas.
Continuará...
