Capítulo 8
La casa era una desastre cuando Allison llegó. Su familia la esperaba hasta el día siguiente, así que no podían estar más sorprendidos por verla cruzar la puerta esa mañana. Liam, su hermano, se enredó con la serie de luces que no parecía tener fin y su padre casi dejó caer la estrella del árbol que sostenía como si temiera que alguien pudiera arrebatársela. Ambos se volvieron al escucharla y pasado el asombro, se abalanzaron sobre ella para darle la bienvenida.
Hacía meses que no se veían, desde el verano en que la chica acudió a la presentación de chelo que su padre ofreció en uno de los teatros de la ciudad, así que tenían mucho de qué hablar para ponerse al día con sus vidas. Así se les fue la tarde, charlando en la sala, rodeados de un montón de adornos navideños que aguardaban a decorar el pino y más risas de las solieran resonar entre las paredes de la casa.
Ya que no sería una visita prolongada, pues Allison debía volver a Múnich para los ensayos finales del ballet que estaba próximo a estrenarse, los días que pasó en casa de sus padres con los hombres que la criaran e hicieran de ella la mujer que era hoy día, se le antojaron cálidos y brillantes. La mañana de Nochebuena, visitaron la tumba de Faith y brindaron por adelantado con ella, quien nunca hubiera estado ausente en las fiestas.
Más tarde, Liam los convenció de dejarle a él preparar el pavo con su receta especial y los otros se lo concedieron aunque una parte de ellos temía acabar cenando pollo frito del restaurante de comida rápida. No fue necesario, sin embargo, el asado salió a tiempo del horno y el sabor los dejó a todos impresionados. Entonces llegó la hora de abrir los regalos y como no podía ser diferente en una familia de músicos, hubo cuerdas, partituras, entre otras cosas, ocultas bajo las envolturas.
Su padre había sacado el chelo para interpretar algunas piezas y mientras lo preparaba, Allison se disculpó para hacer una llamada. Tomó tres tonos, pero Genzo respondió y a juzgar por lo animado que sonaba, le daba gusto que lo hubiera contactado.
—¿Lo están pasando bien allá? —preguntó, distinguiendo el ruido de una fiesta al otro lado de la línea.
—Vinimos al festival de Tollwood, ya imaginarás que Sho y Karl parecen niños en dulcería —Genzo explicó.
—Date un respiro, gorritas, no es bueno fanfarronear en exceso. Tú también has de estar pegando brinquitos con las atracciones y los shows musicales.
—Es divertido, hay varios juegos que valen la pena. La música no está mal, pero me quedo con los conciertos que ofrece cierta pulga —dijo y antes de que le pesara la vergüenza, añadió:— Ya he descifrado la segunda canción.
—¿Ah, sí? —Allison se interesó, volviéndose apenas al escuchar a su hermano llamándola para que se uniera a ellos—. ¿Y cuál es?
—La música de El castillo ambulante. No puedo creer que me confundieras enviando un fuego y una cebolla como pistas.
—Lo que yo no creo es que no lo adivinaras con sólo esos dos emojis —se mofó—. Como sea, tengo que irme. Salúdame a todos y dales un abrazo de mi parte.
—No abrazaré a Schneider.
Allison sabía que lo haría, esos dos podían tener una de esas relaciones amor-odio en que a ratos se adoraban y en otros no se aguantaban, pero eran buenos amigos y seguro que la euforia del momento les ganaba para compartir un cálido abrazo.
—Feliz Navidad, Genzo.
—Feliz Navidad, Allison.
Y colgó. El portero se quedó mirando el teléfono algunos segundos después de que la llamada hubiera terminado, una sensación cálida extendiéndosele en el pecho, como si en pleno invierno pudiera sentir la calidad de los rayos del sol que hacían brotar algo hermoso. No sabía bien lo que era, si tenía nombre o eran sólo locuras suyas, pero así como le agradaba sentirlo también le asustaba y es que era la primera vez en su vida que venía a experimentar algo igual.
—¿Qué rayos pasa conmigo? —se preguntó, al borde del colapso.
Dejándose caer sobre la cama en calidad de bulto, Genzo pasó unos largos minutos observando el techo de su habitación, preguntándose en silencio si no estaría enfermando. No que se sintiera mal, le dolía un poco la cabeza y se sentía como si algo le revoloteara en el estómago, pero eso bien podía ser por el vino caliente con que brindaron la noche anterior o la desvelada que incluía la celebración de Año Nuevo.
Para ser honesto, su único motivo para considerar la opción de visitar al médico, era esa serie de sensaciones que desde hacía días le removían desde dentro: el calor que se instalaba en su pecho, la ligereza con que parecía andar, cómo las sonrisas tiraban de sus labios sin que él pudiera controlarlas y una especie de cosquilleo que le acometía en las puntas de los dedos. Todos los síntomas teniendo un mismo patrón.
Cuando ella aparecía en su campo de visión o si escuchaba el sonido de su voz, cada vez que hablaban y era consciente de la cercanía entre sus cuerpos, las no pocas ocasiones en que se atrapaba a sí mismo evocando su recuerdo y anhelando su presencia. ¿Qué clase de hechizo vudú estaba obrando Allison Mondragón y por qué era Genzo el único afectado por su magia? «Debo estar muy mal si ya la ando tomando por hechicera» pensó.
El teléfono sobre la mesita vibró, una y otra y otra vez. Los chicos de la selección se estaban volviendo locos con la noticia que había encabezado los espectáculos nipones, la mejor premisa con que un reportero de espectáculos podría comenzar el año llevando el nombre de Izawa a lo más alto de los índices de búsqueda y las tendencias en redes sociales. Genzo lo encontraba divertido, tanto que no le molestaría unirse al cotilleo de sus amigos, pero en ese momento tenía sus propios problemas.
—Ya lo tengo —sonrió, estirándose para coger el móvil, aunque el chat del equipo no fuera su verdadero objetivo.
Apenas mirar la lista de contactos una pregunta interesante se instaló en su cabeza y es que de las dos opciones que se le aparecían como adecuadas, la primera era tan torpe que tendría que explicárselo con peras y manzanas antes de recibir una respuesta a su dilema y Genzo no estaba precisamente para andarse por las ramas. La segunda, aunque menos experimentada, tenía el don de las palabras y seguro que no haría un escándalo cuando se lo dijera, de modo que ni siquiera lo pensó y acabó escribiendo en la conversación con Taro.
W. Genzo: Necesito un consejo.
Misaki Taro: Vale, pues. Cuéntame que ocurre.
W. Genzo: ¿Cómo saber si estás enamorado?
No supo de dónde sacó la palabra con E, tan sólo que mientras formulaba la pregunta esa fue la única forma en que se le ocurrió nombrar a su problema y ya viéndolo bien… no parecía que estuviera mal empleada. Misaki se tomó su tiempo para responder, podía estar pensando la mejor respuesta o sólo haberse quedado muy sorprendido porque fuera Genzo quien lo contactara para escribir cosas tan raras, después de todo, no hacía tanto que el portero hubiera negado los rumores sobre citas que circulaban sobre él.
Podría haber dejado que sus amigos pensaran lo que quisieran sobre el asunto, al fin y al cabo no le debía explicaciones sobre su vida a nadie, pero prefirió ser sincero y dejar clara cuál era su relación con Allison porque recordaba su expresión de cuándo él mismo se atrevió a emparejarla con Karl y no creía que fuera a agradarle más que ahora se los relacionara a ellos. Entonces se dio cuenta de que esa fue la primera vez en que estuvo envuelto en un escándalo de citas.
Su nulo historial amoroso era fácil de explicar y es que aunque Genzo se las había ingeniado para tener varias amigas y gozar de cierta fama entre las mujeres, en realidad nunca conoció a alguien que le atrajera como para pensar en comenzar una relación. Hasta el momento, había invitado a salir a cero damas y las veces que ellas se lo ofrecieron negó amablemente pues no quería ser del tipo que fuera regando falsas esperanzas a personas que le profesaban sentimientos sinceros.
Tampoco que le interesara hallar el amor, pues la prioridad en su vida siempre había sido…
Misaki Taro: Tsubasa habría sido una mejor opción para responder tu pregunta, digo, tiene experiencia descubriendo que había alguien a quien amaba por encima del fútbol. Dicho esto, supongo que mi respuesta es justo esa. ¿La quieres más de lo que quieres a tu balón?
Desde niño, fue el sueño de convertirse en el mejor portero lo que le impulsó a luchar, sabía que no conseguiría nada sólo esperando de brazos cruzados, así que entrenó y se esforzó para alcanzar la meta que se volvió en su mayor ambición. Creció gracias a las pruebas que la vida le puso enfrente, a los duelos con los oponentes que se convirtieron también en sus amigos, llegó hasta donde estaba porque nunca perdió de vista el camino… aunque tal vez no estuviera viendo el panorama completo.
No sabría decir en qué momento decidió que el futbol era lo único que necesitaba, aunque no podía negar que casi todo en su vida giraba en torno a su carrera. El hobby de correr por las mañanas formaba parte de sus rutinas de entrenamiento, las comidas incluidas en su dieta eran todas recomendaciones nutricionales del preparador físico y hasta el lugar donde había elegido vivir se debía a que era en Alemania donde se practicaba uno de los mejores estilos de soccer.
«Todas las personas construyen sus vidas con base en sus profesiones» pensó, aludiendo a que los arquitectos compraban sus casas según los planos de la construcción y a que los médicos se ceñían a sus principios, manteniéndose sanos o atendiendo a las recomendaciones que ellos mismos daban a sus pacientes. «…pero no hacen de sus carreras toda su vida.»
Así como Levin, uno de los mejores jugadores del mundo, quien tan pronto saltaba a la cancha se entregaba con todo para obtener la victoria, pero una vez se sacaba los botines dedicaba su tiempo a la persona que había elegido para compartir su vida, esa chica que le devolvió la sonrisa y el brillo en los ojos, sembrando en su pecho sueños como comprar un apartamento para irse a vivir juntos y tener dos gatos, muchas plantas y un tostador rojo.
W. Genzo: No lo sé. Cuando estoy con ella me olvido de todo, pero al mismo tiempo se siente como si estuviera en la cancha y me dispusiera a atajar. Es emocionante, desconcertante y a veces hasta frustrante.
Sabía que su respuesta lo devolvía al punto de partida, ese en el que todo giraba alrededor del futbol, ya fuera porque su amigo lo mencionara y ahora no pudiera pensar en otra metáfora o sólo porque en verdad fuese incapaz de apartar sus ideas del deporte al que se dedicaba. Pese a ello, la forma en que se expresó era fácil de comprender, sobre todo para Misaki quien no tardara casi nada en devolverle una respuesta:
Misaki Taro: Hablamos de alguien capaz de atontar el corazón del hombre que ha ganado torneos sin permitir goles en contra. Debe ser bastante dura para derribarte y tan increíble que no puedo esperar a conocerla.
Como era de esperarse, había hecho bien al elegir a Taro para charlar del tema, pues al dejar en evidencia la prioridad en su vida y comparar su carrera con lo que una chica le provocaba, el castaño logró que Wakabayashi diera justo en el clavo y comprendiera que, aunque no iba por la vida esperando encontrar el amor ni se lo pasaba buscando con quien empezar una relación, había llegado a un punto en que el universo mismo juzgó que era el tiempo correcto para que se topara con ello.
Porque aunque no fue su intención y era probable que ni siquiera estuviera enterada de que lo hacía, Allison le mostró otra forma de ver el mundo.
Le enseñó a escuchar y disfrutar, a distanciarse del campo y al mismo tiempo sentirse como si se hallara a mitad de un importante partido. Tal como hacía con su piano, convirtiendo las notas en suaves arrullos o caóticas notas, la pelinegra marcó un antes y un después en su vida, a su modo y a su ritmo, a veces con pícaras sonrisas o miradas atormentadas y otras con comentarios mordaces o golpes accidentales. No sabría decir si la quería más de lo que adoraba el futbol, pero Genzo cayó en cuenta de que, sin duda, había cruzado una línea.
Se enamoró de ella y lo único más importante que sus sentimientos era descubrir si Allison también podía quererlo.
Las practicas se reanudaron tan pronto pasaron las fiestas, los jugadores debían rendir exámenes físicos para asegurarse de que las celebraciones no les pasarían factura y durante la primera junta de equipo, el entrenador aprovechó para mencionar que el partido con el que arrancarían el año sería nada más y nada menos que el encuentro contra el Stuttgart por la ronda de ida en los cuartos de final de la Bundesliga.
Ya que dejarlos ir sin antes obligarlos a soportar un sermón habría sido como premiarlos y darles la razón sobre lo aburrido que ello resultaba, Rudy-Frank echó mano a todos los discursos que antes hubiera ofrecido y sólo cuando sintió que la garganta se le resecaba de tanto hablar, accedió a dejarlos ir y los envió a calentar. Los primeros en presentarse ante el médico del complejo fueron los delanteros, a quienes les tomó todo el día completar las pruebas físicas.
Al día siguiente se envió a los mediocampistas y el miércoles por la mañana a los defensas. Genzo suponía que no le tocaría visitar la enfermería hasta la siguiente ronda de examinados, así que como los días anteriores, aprovechó aquel para darle vueltas al asunto que trajera metido entre ceja y ceja desde hacía varias noches.
—…guion de la segunda temporada de la serie —decía Stefan en esos momentos, ajeno por completo a la poca atención que uno de sus amigos les estaba prestando.
—Ya quiero verla, la primera no estuvo nada mal.
—También estoy esperando el ballet. Se estrena la próxima semana, ¿no?
—Ajá. Edeline dijo que en estos días nos darán nuestros boletos.
—¿Y qué cuenta Allison? —preguntó el sueco, dirigiéndose a Genzo.
El arquero no respondió y habría seguido ignorándolos, de no ser por el codazo que Schneider le metió.
—Hombre, ya deja fruncir el ceño o te volverás unicejo.
—¿Qué? Ah, sí. Seguro.
—Venga, ¿y ahora a ti qué mosca te picó? —Stefan arqueó una ceja—. Cualquier otro día y le habrías atinado un buen zape por ese comentario.
—No es nada. Bueno, no —se corrigió el portero—, sí que es algo, pero ya lo resuelvo.
—Uy sí, se nota. Anda, cuéntanos —lo animó Karl—. ¿Estás pensando en cómo confesártele a Allison?
—…hm, algo así.
La respuesta los dejó helados, aunque Genzo no lo entendía. Un momento atrás, parecían bastante seguros sobre sus sentimientos por la pianista y tan pronto como se los confirmaba, ponían esa cara como de que acababan de ver un fantasma. Empezaba a exasperarse de que lo miraran igual que si le hubiera aparecido un tercer ojo, cuando Levin reaccionó y se apresuró a contentarlo.
—No te enojes, es que no creímos que fueras a aceptarlo con tal facilidad. ¿Hace cuánto que lo notaste?
—Unas semanas, me sentía extraño y hasta creí que estaba enfermo. Tampoco fue tan difícil, sólo un tanto impresionante —admitió, pues ya había decidido que no lo escondería y no era de los que se echara para atrás.
—Oye, si fue increíble para ti, no imaginas para nosotros.
—¿De verdad?
—Que va, igual lo suponíamos —agregó Karl—. A mí me lo parecía desde que creían que salía con ella, pero nadie me hizo caso y admito que lo dudé cuando los vi atacarse en la fiesta de Ari.
Entonces se pusieron a hablar de las peleas que habían protagonizado y cómo parecía que saltaran chispas de electricidad cada vez que estaban juntos, hasta que Stefan mencionó que alguna vez habría creído que se hacían ojitos mientras charlaban y Schneider agregó que le provocaban náuseas cuando se les daba por andarse con sus sonrisitas de bobos enamorados.
—Así que, ¿creen que Allison sienta lo mismo por mí?
—Bueno, no me atrevería a afirmar nada, pero a juzgar por lo que hemos visto lo más probable es que a ella también le gustes —atinó Stefan—. ¿Tú qué piensas, oxigenado? Después de todo, la conoces desde mucho antes que nosotros.
—N-No lo sé… jamás la he visto enamorada, tampoco me ha contado de algún antiguo novio, así que no sé cómo actúe cuando alguien le gusta. Creo que está demasiado metida en lo de la música como para pensar en esas cosas. Entonces, incluso si siente algo por Genzo, lo más seguro es que le cueste admitirlo o no sea consciente de que lo hace.
Y tal vez no se equivocara, pero el arquero había decidido que necesitaba averiguarlo y ya fuera que la pianista le correspondiera o lo rechazara, debía sincerarse con ella.
Continuará...
