Capítulo 10


El estadio retumbaba con el entusiasmo de la hincha, miles de alemanes reunidos para presenciar uno de los partidos más esperados de la liga y es que como si la rivalidad entre clubes o el hecho de que se tratara del primer encuentro por los cuartos de final, no bastara para avivar los ánimos y el espíritu competitivo no sólo de los jugadores sino también entre los asistentes, el juego de esa noche llamaba también al enfrentamiento entre dos grandes porteros.

Por un lado, el cancerbero que representara el orgullo germano en la selección nacional y portara los colores del Vfß Sttutgart, Deuter Müller. Por otro, la estrella nipona considerada entre los favoritos a nivel mundial, defendiendo los colores del actual líder de la copa, Genzo Wakabayashi.

Ya que ofrecer menos de lo que una afición (como la que había acudido a apoyarlos) merecía, habría sido como escupir en la cara al cariño y la confianza que el público les otorgaba, ambas escuadras comenzaron las hostilidades sabiendo que el equipo que obtuviera la ventaja en el marcador, definiría el rumbo del partido y quizás también el resultado global. «No podemos permitirnos derrochar un solo minuto» dijo Schneider, antes de que saltaran a la cancha.

Contagiados por la determinación de su capitán, los rojos se dedicaron a la ofensiva tan pronto escuchar el pitazo inicial, aprovechando la estrategia de pases que llevaran tiempo puliendo y las oportunidades a gol que el Joven emperador no desaprovechó, aunque todos sus intentos acabaran en fracaso gracias a la habilidad del guardameta contrario. Entonces, justo cuando Müller creía que podía empezar a relajarse, pues su escuadra había conseguido mudar la batalla a terreno enemigo, el Caballero del Sol de medianoche aprovechó para hacer de las suyas.

Interceptando el pase de los contrarios, Levin alardeó de su habilidad para driblear, sorteando a la defensa del equipo suabo hasta alcanzar posición de tiro, aunque debía saber que no por fanfarronear iría a intimidar al arquero que ya alguna vez le hubiera hecho frente a sus disparos. «Te falta visión» pensó Genzo, desde su sitio, conteniéndose para no sonreír al ver al sueco perfilarse y golpear la pelota... hacia atrás.

Nadie lo había visto acercarse, distraídos con el ataque repentino de Stefan, todos pasaron por alto al defensa que abandonó su lugar pisándole los talones a su compañero, preparándose para contrarrematar cuando el tiro de Levin se dirigiera hacia él. Ahora, con una nueva potencia y un movimiento irregular que impedía descifrar hacia donde caería, la pelota rozó apenas los guantes del portero y se incrustó en la red, concediendo el primer tanto al Bayern Munich.

Eufóricos, pues no cabía duda que aquella jugada había sido una absoluta maravilla visual, los aficionados se enardecieron cantando a todo pulmón las porras de su equipo, que demoraron lo suyo en apagarse y casi no dejaron oír cuando el árbitro pitó el final del primer tiempo.

—Acabamos de provocar a una fiera dormida, pero no importa cuán fuertes sean, nosotros debemos serlo todavía más —los animó Karl, al retirarse a los vestidores—. En la segunda mitad, apretaremos la defensa, pero no desperdiciaremos las oportunidades para anotar y aumentar la ventaja.

Todos se mostraron de acuerdo, así que una vez se reanudaron las actividades, Levin se unió al ataque junto a su capitán, encontrándose con un impenetrable muro que les cerraba el paso a la cabaña de Müller. No tardaron en perder el esférico, los delanteros del Sttutgart demostrando su valía al superar la defensa del Gigante de Baviera y enfrentarse al mismísimo Sho, quien no pudo hacer mucho cuando el enemigo halló la manera de adelantarse a su marca y alcanzar la zona de tiro.

Mucho se había hablado hasta el momento de la buena racha que Wakabayashi presumía tener y es que ya fuera en la Bundesliga o en la Liga de Campeones, el japonés había llegado lejos con un récord de cero goles en contra, de modo que para esas alturas de los torneos eran muchos los que se proponían a tirarle el teatrito y borrar de su rostro aquella sonrisa arrogante, el primer jugador en anotarle pasando a la historia como el Derribador del SGGK.

—¿Qué estás esperando? No voy a hacerme más joven aquí parado —provocó el arquero al capitán del Sttutgart. Y en ese momento, el balón salió disparado a su portería.


Los banderines se agitaron, las porras resonaron en las gradas y un montón de vítores le siguieron al silbatazo que anunciaba el final del partido. Había sido por mucho uno de los mejores encuentros de la liga, lo que dejaba bien alta la vara para el juego de vuelta que se disputaría dentro de algunas semanas y los enfrentamientos que siguieran al culminar la ronda.

Sólo cuando los ánimos se tranquilizaron y los seguidores del Bayern comenzaron a retirarse del estadio, Allison y Edeline controlaron ellas también su emoción y siguieron al staff que las escoltaría al área de vestidores. Mientras esperaban a que los chicos aparecieran para felicitarlos en persona por la victoria que acababan de obtener, aprovecharon para mensajear a Ariane y ponerla al día sobre los resultados del encuentro.

Hacía poco que la actriz hubiera retornado a las grabaciones de la serie que protagonizaba, así que esa tarde la había resultado imposible escaquearse de sus responsabilidades y unirse a las otras para apoyar a su novio. Levin no se lo tenía en cuenta, claro, sabía lo importante que era su carrera y no era de esos que pensara que en una relación sólo uno podía despuntar, aunque sus amigas lamentaban su ausencia, sobre todo por el increíble tiro que el sueco hubiera asistido.

—¿Quién es el rey del campo? —canturreó Sho, encabezando la comitiva.

Nadie podía culparlo porque esa noche anduviera por ahí vanagloriándose de sí mismo al haber anotado el primer gol, no obstante, Edeline estaba que se moría de ganas por reconocerle a Karl el empeño que había puesto para lograr la última anotación y Allison necesitaba pagar la apuesta que hiciera el día anterior, admitiendo frente a Genzo que no había disparo que el japonés no pudiera detener.

—¡Yah, que también existo! —estalló el chino, al comprender que nadie se unía a su celebración.

—Eso lo sabemos —Allison dijo, volviéndose en su dirección al escuchar sus lloriqueos—. ¿Quién si no el grandioso Sho Shun Ko nos habría dado la ventaja al devolver el tiro de Levin?

—También dirigió a la defensa cuando Genzo estaba lejos de su posición —añadió Edeline, sin haber querido ofender la sensibilidad de su amigo.

Fue un mal comentario, sin embargo, pues recordando aquel instante en que Wakabayashi había salido de su cabaña para recortar la jugada enemiga y la estrategia del delantero que no dudó en pasar la pelota al verlo fuera de su portería, el resto se centró en analizar todos los ángulos de aquella maniobra, olvidándose en el acto de seguir alimentando el ego de Sho.

Poco después, el grupo se despidió. Habían decidido desde mucho antes que esa noche no festejarían así obtuvieran la victoria, pues el estreno del ballet tendría lugar ese fin de semana y Edeline y Allison debían estar en forma para la función estelar. Sin mencionar la ausencia de Ariane, a quien no le habría importado que celebraran, aunque los otros ni en sueños se atreverían a hacer algo sin ella.

—¿Ahora van juntos? —se mofó Levin, al ver a Allison y Genzo apartarse del resto, en dirección al carro del portero

—Vivimos en el mismo edificio —recordó el japonés, deteniéndose apenas para responderle por encima del hombro. La pianista se colgó de su brazo y añadió:

—También es más barato aguantarlo que pagar un taxi.

Sus amigos sonrieron, aunque el trío bávaro no ignoraba los motivos por los que Wakabayashi se mostraba tan atento con la chica. Antes de que pudieran decirles nada, el portero y la pianista cruzaron el parqueo, dejando al poco las instalaciones del estadio. Era una noche hermosa, sin rastros de nieve y con el viento apenas soplando, aunque la brisa helada todavía calaba bajo los abrigos.

Genzo condujo hasta su hogar compartiendo con Allison comentarios sobre el partido y una predicción muy vaga sobre lo que ofrecería el encuentro de vuelta. Habían alcanzado el elevador, cuando la americana advirtió que el piso seleccionado no era el de sus apartamentos.

—¿La azotea? —curioseó. El guardameta asintió con la cabeza—. ¿Por qué vamos a la azotea?

—Sólo… hay algo que tengo que hablar contigo.

—Y supongo que mi casa o tu casa no son buenos sitios. Está bien, pero que sepas que te arrojaré desde allá arriba como me hagas enfadar —avisó y conociéndola, no estaba de broma.

Hacía un tiempo que no subía, así que Genzo se sorprendió cuando advirtió lo mucho que habían crecido las plantas de la Sra. Braun. El resto no era muy diferente a lo que recordaba, las luces todavía colgaban de la techumbre y una diminuta salita ofrecía un buen sitio donde tumbarse a la apreciar la vista. Allison no lo dudó cuando se dirigió allá, apretujándose bajo su chamarra y ocultando la barbilla en la bufanda cada que soplaba el aire.

—Entonces, ¿qué era eso tan importante que tenías que decirme? —preguntó ella, al cabo de unos minutos de silenciosa compañía.

El japonés, que hubiera permanecido de pie junto al sofá, tomó asiento a su lado buscando las palabras correctas para empezar a hablar. Lo había charlado antes con sus amigos, Levin le sugirió que no diera muchos rodeos y Schneider que no se pasara de directo, Sho no fue de ayuda al mencionar que de igual modo algo raro iba a pasar y es que hablando de dos seres tan mulas como Allison y Genzo, no sería de extrañar que hasta una declaración acabara volviéndose en una discusión.

—¿Te he contado de Misaki? —espetó, entonces, dándose de topes al instante porque ponerse hablar de sus amigos no era exactamente lo que tenía planeado. Allison sonrió.

—No, pero sé quién es. Lo vi jugar en el mundial antes de fichar al PSG y creo que venir a Europa le hizo bien a su estilo, se ha vuelto mucho más artístico.

—Es parte de su personalidad —aseguró—. También tiene un don para las palabras, por eso es a quien acudo cuando necesito algún consejo.

—Supongo que tampoco pasa seguido —Allison se mofó y Genzo no pudo hacer más que darle la razón—. ¿Qué clase de consejo sueles pedirle?

—Algo de esto y aquello. Una vez le pregunté cuál sería el mejor regalo de bodas y hace poco, cómo saber si estás enamorado.

Podía imaginárselo, después de todo, suponía que lo primero tenía que ver con el capitán japonés, aunque al escuchar lo segundo… Allison se quedó en blanco. De repente, algo cosquilleaba en su interior y no era parecido al deseo que la acometía cuando quería tocar el piano. ¿Quién podría haber encandilado al arquero, cómo para que este acudiera a sus amigos en busca de respuestas?

—¿Te convenció lo que dijo?

—No estuvo mal, quizás demasiado infantil… es decir, lo comparó con el futbol —admitió Genzo, haciendo un esfuerzo por no sonrojarse. La pianista rio por lo bajo.

—Bueno, creo que era obvio. Si fuera yo, habría ido por una explicación musical.

—¿Ah, sí? —Allison asintió— ¿Cómo sería tu respuesta?

—…sabes que te has enamorado, cuando oyes su nombre en cada nota. El tempo se ralentiza, las agudas se vuelven graves, la melodía brota casi sin que te des cuenta.

Genzo guardó silencio, procesando a su modo lo que acababa de escuchar. Nunca fue un verdadero conocedor, siempre tuvo a la música como algo hermoso pero no trascendental. Allison sí que lo hacía, para ella las armonías tenían un significado distinto, representaban momento de su vida y emociones que no tenían punto de comparación, a menos que se las igualara con notas y arpegios, tempos, claves de sol y quien sabe qué otros términos.

Parecía como si la charla hubiera llegado a su fin y la verdad era que ni siquiera había comenzado, entonces, justo cuando el portero se disponía a devolverlos al punto, Allison preguntó:

—¿Has descifrado la última canción?

—Tengo la mitad —admitió—. Sé quién es el artista, pero no logro precisar la melodía.

—Escupe —lo animó ella.

—Será… ¿Ed Sheeran?

La pianista sonrió, asintiendo con la cabeza. No tardó en buscar su teléfono y abrir la biblioteca musical, deslizando con cuidado, mientras decía:

—Se llama Fall, es una balada preciosa que… bueno, escucha.

Y realmente, era una bonita canción. Tenía un ritmo suave, como el de una dulce nana y aunque Genzo entendía a media la letra, pues una parte de él no podía concentrarse en las palabras recordando el sonido de la pieza interpretada en el piano, creía saber de qué hablaba. Allison la tarareó, en apenas un susurro, igual que si intentara no hacerse escuchar. La última línea, tradujo la oración completa y de alguna forma consiguió hacerla encajar en el tiempo, pero ahora en alemán:

Si me enamoro de ti, ¿caerás también?

Entonces lo miró, esos ojos tormenta atravesándolo hasta besarle el alma. Y lo comprendió, aunque no por ello se sintió menos tonto, pues no podía creer que la respuesta que tanto había ansiado conocer y a la que ni siquiera había estado cerca de llegar, realmente, había estado con él desde el momento en que Allison le regaló un iPod con sólo tres canciones grabadas.

—Ya lo he hecho —murmuró—. Me enamoré de ti y volvería a hacerlo, una y otra vez.

—¿Sabes que es lo genial?

—A ver, dime —la animó Genzo. Allison deslizó la mano hasta tomar la suya y no sorprendió, cuando el arquero entrelazó los dedos, como queriendo abrigar con su calor el frío que la hacía parecer un muñeco de nieve.

—También lo haría de nuevo. Cruzaría esa la línea, la línea entre el odio y el amor las veces que fueran necesarias para llegar a ti.

Y como no podía ser diferente, el arquero se inclinó y la besó. Fue un roce discreto, apenas prolongado. Genzo entibió con sus labios, los belfos de la pianista, que dio gracias porque estuvieran sentados pues no veía muy romántico el obligar al pelinegro a doblarse a la mitad para alcanzar su boca ni terminar escalando por su cuerpo hasta colgarse de su cuello. Y volvieron a hacerlo, una y otra vez, imprimiendo a la caricia cada vez más.

Más confianza, más cariño, más de aquello que había aflorado en sus corazones sin que ninguno lo buscara o lo creyera posible.


A finales del mes de abril, luego de disputarse el pase a la final en la Champions League en un encuentro que significó el fin de un récord para el arquero japonés al recibir su primer gol en contra, Genzo y Allison hicieron planes para cenar con el responsable de tal proeza y su novia, una dama a la que ambos terminarían adorando.

Parecía increíble que dos cabezas-de-balón como ellos hubieran encontrado finalmente el amor, aunque Misaki todavía no sabía qué le sorprendía más: que Wakabayashi tuviera pareja o que la pianista no hubiera salido corriendo al conocer el carácter de su amigo.

—Cuesta creerlo cuando la ves siendo toda sonrisas, pero que no te engañen las apariencias. Salgo con una pulga gruñona —le dijo Genzo, al oírlo cuestionarse.

Allison, que hasta ese momento charlaba de lo más animada con Jaqueline, la pareja del mediocampista del PSG, se volvió hacia ellos en actitud desafiante y aunque no debía (eso sólo alimentaba los comentarios de su novio) repuso:

—Y yo con un gigantonto presumido.

—Todavía pienso que debí haber sido quien pateara ese balón.

—Igual sigo sin arrepentirme por golpearte con la puerta del teatro.

—Pues yo creo que fue porque te dejé subir que mi carro acabó en el fango.

—No es como que sepas manejar, me chocaste al salir del estadio, ¿recuerdas?

Taro pensó que podía dejarlos seguir la noche entera y esos dos simplemente no se callarían, algo cómico y también impresionante, aunque bastante inconveniente dado que se hallaban en un restaurante. Jaqueline apoyó la idea de separarlos y regresarlos cada uno a sus esquinas, comentando lo emocionante que debía de ser haber recibido la notificación para participar en la ronda preliminar del concurso para el que Allison llevaba tiempo preparándose y su novio, por su parte, llevando a colación la noticia más reciente sobre uno de sus compañeros en la selección.

—Me sorprendió que lo mencionara en la rueda de prensa —espetó Misaki, sin ocultar su sonrisa—, no es precisamente el estilo de Hyuga.

—Y que lo digas —convino el portero—. Tanto tiempo huyendo a la prensa y terminó involucrado con una reportera. ¿Cómo se llamaba?

—Creo que era…

F I N


N/A: A todos, muchísimas gracias por acompañarme en este viaje. Nada de esto habría sido posible sin ustedes, fueron sus lecturas y sus comentarios los que me trajeron aquí, de modo que esta historia es tan mía como suya. ¡Hasta la próxima!

JulietaG.28


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