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Título: La joven secretaria
Autora: Mazii.
Resumen: Hinata Hyuga era la secretaria del magnate Sasuke Uchiha pero una noche ambos cometen el error de compartir sabanas. Hinata se enamoró de su jefe sabiendo que era prohibido. "Esa noche nunca pasó." Le había dicho Sasuke, pero… ¿Cómo iba a olvidar si estaba esperando un hijo de él?
Advertencia: Posible OoC. Contenido levemente sexual. Sasuke es mayor que Hinata. Universo Alterno.
Declaración: Los personajes de Naruto no me pertenecen
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Hinata estaba en un pequeño cubículo, sentada en una camilla con ruedas. Sólo una cortina azul la separaba del pasillo y de los demás cubículos. Oía a la paciente de al lado hablando en francés. Le dolía el tobillo y casi deseó haber aceptado el calmante que le habían ofrecido, pero miró la curva de su vientre y se alegró de no haberlo hecho.
No sabía cuánto tiempo llevaba en el hospital, aunque había recuperado el conocimiento en la ambulancia. Le parecía una eternidad, llena de extraños examinando sus ojos, poniendo electrodos en su vientre y vendando su tobillo. El miedo había dado paso al agotamiento y estaba deseando irse a casa.
La cortina se abrió, dando paso a Sasuke. Se acercó a ella y agarró su mano.
—Hinata –dijo con voz ronca.
—Sólo me he dislocado el tobillo –dijo ella con coraje fingido —. Y el bebé patea como un karateka.
Sasuke besó su mano, y ella sintió una oleada de calor reverberar por sus vapuleados miembros. Sintió la necesidad de abrazarlo, pero su cuerpo dolorido y su mente cautelosa se lo impidieron.
—Es un milagro, que estés bien. En un accidente como ése, podría haber ocurrido cualquier cosa.
La intensidad de su voz estuvo a punto de desencadenar la riada de emociones que había estado conteniendo desde que recupero el conocimiento, con una luz en los ojos y oyendo voces desconocidas.
—Me duele todo –admitió. Y no sólo se refería al tobillo. También sentía el dolor de sentir el amor y consuelo de alguien que la quisiera de verdad. Justo cuando iba a rendirse a la tentación de abrazarlo, los rasgos de él se endurecieron.
—Tengo que llevarte a casa.
—Creo que la enfermera traerá el alta en unos minutos. El médico quería que pasara aquí la noche, por la conmoción. Pero como el bebé se mueve con normalidad, y mis constantes vitales están bien, ha accedido a dejarme marchar.
Excelente –Sasuke dio una palmada —. ¿Dónde está esa enfermera? –apartó la cortina y miró el pasillo —. Vendrás a casa conmigo, por cierto. Y no discutas.
—Al contrario, te agradezco que me llevas a casa.
—Cuando he dicho "a casa conmigo" me refería a mi casa –advirtió él, enarcando una ceja.
—Oh, no. No puedo hacer eso.
— ¿He pedido tu opinión? –salió a buscar a la enfermera.
Hinata intentó ponerse en pie, pero el dolor de tobillo fue intenso, que lanzó un gritito.
— ¿Qué ocurre? –Sasuke regresó de inmediato.
—He intentado ponerme de pie –confeso ella.
—No he empeores las cosas –dijo él, exasperado —. Yo te llevare en brazos si hace falta.
Hinata casi se rió al imaginárselo llevándola con vientre en pompa, como un gran Buda de porcelana.
—De verdad quiero volver a mi casa –anhelaba caer en su cama y dormir.
—Imposible –dijo él, sin mirarla. Hinata se indignó. Sasuke era su jefe, pero en la oficina, no fuera de ella.
— ¡No tienes ningún derecho! –exclamó
—Puede que no, pero si dos piernas sanas y brazos fuertes, que es más de lo que puedes decir tú ahora mismo. ¿Dónde estará esa enfermera?
La enfermera llegó en ese momento
—Aquí traigo el alta, tiene que firmar abajo –le entrego una tablilla portapapeles a Hinata.
—Hinata recibió un golpe en la cabeza –dijo Sasuke —, aún hay riesgo de conmoción, ¿correcto?
—Sí. No hay hinchazón, pero…
— ¿Debería estar con alguien que se ocupe de ella y la traiga aquí si tiene algún síntoma extraño?
—Por supuesto.
Sasuke le aseguró a la enfermera que estaría en buenas manos, excelentes. Su expresión satisfecha enervó a Hinata aún más. El efecto que había sentido por él minutos antes se evaporó por completo.
Su empeño en llevarla a su casa debía ir unido a su campaña para conseguir que se casara con él. Mientras Sasuke empujaba su silla de ruedas pasillo abajo, casi sintió que su sonrisa le quemaba la nuca.
—Relaje, Hinata, la tensión retrasará tu curación.
Su voz sonó tan risueña, que ella rechinó los dientes. Haría lo que fuera para curarse y alejarse de las excelentes manos de Sasuke y volver a la paz e intimidad de su casa.
Si creía que esa clase de comportamiento iba a convencerla para que se casara con él, se equivocaba.
(…)
—Tengo que confesarte algo, Hinata.
Estaba cómodamente recostada en la salita de estar, con aperitivos, zumo, libros y el mando de la televisión al alcance de la mano.
— ¿Qué? –enarcó una ceja y lo miró con frialdad.
—Es posible que haya anunciado la paternidad del bebé, sin darme cuenta.
Ella dio un respingo, pero no dijo nada.
—Había mucho gente en el aparcamiento cuando llegó la ambulancia –se rascó la cabeza y la miró a los ojos —. Dije algo como: "Va a tener a mi hijo".
Hinata abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Tenían que enterarse antes o después.
Ella se miró las rodillas y tensó los hombros.
—No me dejaron subir a la ambulancia –explicó él —. La verdad, no recuerdo lo que dije. Pero sí que deseé decir: "es mi esposa".
Hinata lo miró un instante.
—Pero como no has aceptado mi proposición, aun, me limité a decir la verdad.
—En el fondo, a ella le gustó que el secreto ya no lo fuera. Ocultar algo tan importante no podía ser bueno. Los secretos originaban mentiras y medias verdades, feas sombras que distorsionaban la realidad.
— ¿Te dejaron subir? –aunque no lo miró, dio un tono bondadoso a la pregunta.
—No, pero da igual. Fui de todas formas.
—Siento que no te dejaran subir a la ambulancia –ella estudió sus piernas, una estaba cubierta con una venda elástica color negro. La otra parecía muy delicada, larga y morena en comparación.
—Supongo que tenían que enterarse en algún momento. Apuesto a que fue una sorpresa para todos.
—Lo que piensen no me concierne.
—Supongo que tendré que acostumbrarme a la idea –su expresión se suavizó un poco, y él se alegró.
— ¿te duele el tobillo?
—Un poco.
— ¿Necesitas algo?
Hinata se puso un dedo en los labios, pensativa.
—Sí, la luna en una cuerda –dijo, muy seria —. Estoy aquí con todo tipo de comodidades. No creo que me falte nada, excepto la libertad de volver a mi casa.
Desvió la mirada y tiró del bajo de los pantalones cortos que le había dejado. Se amoldaban a su figura igual que la camiseta talla extra grande. Era extraño que dos personas pudieran encajar tan bien teniendo tallas tan distintas.
—Oigo tu sonrisa –se quejó ella.
—La sonrisa queda oficialmente borrada de mi rostro –dijo él, pasándose la mano por la boca. La sonrisa, sin embargo, no desapareció. No le gustaba tenerla prisionera, pero si a su alcance y a salvo.
No quería que Hinata sufriera dolor, pero tampoco que el tobillo se curara demasiado pronto. Teniéndola cómodamente instalada en su casa, disfrutando de sus cuidados, llegaría a comprender que casarse con él era la mejor solución para lo que estaba ocurriendo dentro de su delicioso cuerpo.
(…)
Todo el mundo sabía que se había acostado con su jefe. Era vergonzoso, pero verdad. Así acababa su cultivado aire de fría profesionalidad. Flotando al viento, como todos los demás en su vida.
Y se estaba volviendo loca. Sasuke pululaba a su alrededor como el genio de la botella, exigiendo conocer todos sus deseos.
Verlo con un traje a medida era suficiente para embobarla. Pero su enorme, cálida y masculina presencia sin más que unos vaqueros desteñidos la desquiciaba del todo.
Sabía que él lo hacía a propósito. Quería que viera el movimiento de cada uno de los músculos de su físico perfecto. Era una tortura cruel e inhumana.
No bastaba con que tuviera un tobillo dislocado y el trasero amoratado- No. Él además quería asegurarse de que pulsara y se estremeciera por dentro y en todo tipo de lugares inconvenientes. De que sus pezones estuvieran siempre erectos bajo el suave algodón de la camiseta prestada. De que no se concentrara en las revistas, libros y videos que le llevaba.
Porque no podía dejar de pensar en él.
Y se portaba de maravilla. Atendía sus necesidades día y noche, organizando la habitación a sus gustos, ahuecando las almohadas, llevándole sus comidas favoritas y un inacabable surtido de bebidas frías y calientes- Esperando convertirla en su esposa.
Era suficiente para que cualquier mujer se rindiera. Para que olvidara el mundo exterior y se acomodara allí para siempre. Para que sus planes, sueño y objetivos se evaporaran ante un plato de trufas caseras servido por una mano grande y ancha.
Casi.
— ¿Te apetece un masaje? –apareció de nuevo, con los músculos brazos cruzados estilo genio de la lámpara y una sonrisa risueña.
—No. ¡No me apetece un masaje! –le gritó sorprendiéndose a sí misma —. Perdona. Creo que estar aquí encerrada me desquicia.
— ¿Tu me cuidarías si estuviera herido? –preguntó él con un brillo travieso en los ojos.
—Ni en broma. Te habría dejado pudriéndote al lado de la carretera –abrió una revista con rabia.
—No te creo.
— ¿No? –ella lo miró con una ceja arqueada –Si fuera Florence Nightingale (*), habría estudiado Enfermería, no Dirección de Empresas.
—Entonces, es una suerte que nuestros hijos vayan a tenerme a mí para ocuparme de sus heridas. –su boca se curvó con una sonrisa de medio lado.
— ¿Nuestros hijos? –su voz sonó estrangulada por la furia —. Voy a tener un bebé. He visto la ecografía.
—Por ahora –sonrió enigmáticamente —. Te hace fala un masaje. Pareces muy tensa –afirmó él con voz suave y sensual.
Antes de que pudiera protestar, se situó detrás de su sillón y le retiró el pelo del cuello.
Puso los pulgares a ambos lados de su columna y empezó a presionar con suavidad y firmeza el musculo agarrotado.
— ¡Ay! –gritó ella con mezcla de dolor y alivio.
—Necesitas un masaje de tejidos profundos –gruñó él en su oído —. Muy profundos.
Ella gimió cuando los curtidos pulgares encontraron un nudo de tensión. Su varonil y delicioso aroma la envolvió; una peligrosa mezcla de jabón, caballo y almizcle. Tal vez incluso unas gotas de petróleo.
Los pulgares recorrieron su espina dorsal, trazando círculos y aliviando el dolor. Su cálido aliento le cosquilleaba la nuca.
—Tengo otra confesión que hacer –murmuró él.
Hinata tragó saliva, preguntándole si iba a confesar sus aventuras. No quería oír nada al respecto.
—Debo pedirte disculpas por haberte cargado de trabajo –clavó los pulgares justo encima de su cintura.
—Al contrario –dijo ella —. Te agradezco el detalle de haberme dado la oportunidad de demostrar mi valía. Pocos jefes lo habrían hecho.
—Ninguno, creo yo –Sasuke soltó una risita profunda y peligrosa que ella sintió en el vientre —Confieso que mis intenciones no eran de todo honorable.
Tal y como Hinata había imaginado. Ella sintió un destello de furia recorrer sus músculos.
—No imaginaba… -su aliento volvió a cosquillearle la nuca —, que respondieras a cada reto con tanta brillantez. Comprobé que, sin duda, eres la única mujer para mí.
Mientras sus palabras la penetraban como un rayo, provocando un destello de orgullo, sus labios tocaron la base de su cuello. Sintió dientes, lengua y la sensación de estar siendo devorada. Dejo escapar un gemido y oyó campanas de alarma.
—Espera…
—No lo dices en serio –rozó su cuello con los dientes.
Tenía razón. Ella no podía resistirse mientras sentía sus manos en la piel, acariciando y palpando, mientras oía su respiración en la oreja.
—Eres mi destino, Hinata. La mujer elegida por el universo para ser mi esposa. Fui demasiado testarudo para verlo, estaba ciego, hasta que el destino puso a mi hijo en tu vientre, dejando claro que debemos ser marido y mujer.
Hinata se estremeció en lo más profundo. Lo que él decía sonaba correcto, obvio.
Con un ágil movimiento, se sentó ante ella; con los ojos bajos, agarró el borde de su camiseta y lo levantó.
—Quiero sentir tu piel junto a la mía.
Antes de que pudiera quejarse, le sacó la camiseta por la cabeza. Y sólo llevaba pantalones cortos y un sujetador deportivo. Él rodeó su cintura con las manos y la atrajo, igual que aquella noche.
—Mi Hinata –dijo, rozando un pezón con el pulgar.
La posesiva frase la alarmó y excitó a un tiempo. Se le aceleró la respiración cuando sus pómulos y su aristocrática nariz se acercaron. Durante un segundo, sus labios estuvieron a milímetros de los de ella. Sintió el calor de su piel e inhalo su viril aroma. En ese instante pensó que se moriría si no la besaba.
Después sus labios atraparon y envolvieron en un torbellino de emociones.
Nunca había conocido a un hombre como él. Peligroso en su poder, fiero en su pasión y tierno en sus caricias. Un hombre de emociones profundas enterradas bajo una vida de duras pruebas y triunfos.
Mientras el gruñía en su boca, supo que si insistencia en mantenerla prisionera se debía a su afán de protegerla. De mantenerla a salva. Y sintiendo sus poderosos brazos rodeándola, deseó que la mantuviera a salvo… para siempre.
"Te quiero…", sintió las palabras surgir de su interior. Sasuke besaba sus labios, lamiendo y jugando, hasta que estuvo a punto de decirlas. Pero algo las contuvo.
Enredó los dedos en su espeso cabello, acercándolo hacia ella, mientras su cuerpo temblaba, locamente excitado. Se preguntó por qué no podía decirle que sus sentimientos por él iban más allá de la lujuria.
Como una ducha de agua fría, el recuerdo de sesenta mil dólares en joyas traspasó su cerebro y le puso la carne de gallina. Se apartó de él, jadeando.
Sasuke entreabrió los ojos, oscuros de pasión. La miró con los labios húmedos.
—No puedo –dijo ella con voz clara y firme.
La mirada de él la traspasó. Con media sonrisa, tiró de su cintura y volvió a atraerla.
— ¡No! –exclamó ella, rígida —. No seré una nueva en tu harem.
Para cuando terminó de hablar, estaba de pie, a pesar del pinchazo de dolor que sintió en el tobillo.
— ¿De qué estás hablando? –él arrugó la frente —. No tengo ninguna intención de admitir a otras mujeres en mi vida. Tú, más que nadie, deberías saber que estaba harto de las mujeres hasta que apareciste.
—La señora Shizune me contó que habías encargado joyas –alzó la barbilla con despecho —. Para que las entregaran en una dirección de Las Vegas. Todos sabemos lo que ocurre en la Ciudad del Pecado.
Se sonrojó. Repetir en voz alta el cotilleo de una secretaria sobre su vida personal la rebajaba.
— ¿Eso te dijo la señora Shizune? –Sasuke soltó una carcajada —. Me sorprende. Parecía la discreción personificada. Creí que podía confiarle mis secretos.
Que se riera de su preocupación la enfureció.
— ¿Cómo puedes reírte? ¿Cómo crees que me siento cuando me prometes una vida de compromiso y le compras joyas a otra mujer?
Sasuke volvió a reírse a carcajadas.
—Vaya, ¡una gata celosa! En cualquier momento tendré arañazos en el pecho. Hinata, eres la mujer más maravillosa del mundo.
—Y tu eres… -buscó palabras —. ¡Un cerdo!
Sasuke volvió a reírse, ¡encantado!, se pasó una mano por el rostro y luego por el pelo revuelto, risueño.
Hinata estaba a punto de soltarle un tortazo. Sasuke debió notar que estaba perdiendo los papeles, porque se puso más serio.
—Encargué las joyas para ti.
A ella se le heló la sangre en las venas. El mentía.
—No te creo. Yo no vivo en Las Vegas.
—No –titubeó —. Pero la coordinadora que contraté para ocuparse de la boda sí. Quería ver las joyas para elegir un vestido que las complementara. Veo que mi subterfugio se ha vuelto en contra mía.
— ¿Nuestra boda? –Hinata se sentía incapaz de procesar la información. Parpadeó.
—Hinata, espérame –pidió Sasuke con una sonrisa avergonzada. Salió de la habitación.
Ella volvió a sentar a pata coja, le dolía el tobillo. El había seguido adelante con la planificación de la boda aunque lo había rechazado.
Debería sentirse furiosa. Su arrogancia no tenia limites. Sin embargo, la idea de que le comprara tesoros y vestidos con el fin de hacerla su esposa le provocaba un emocionante cosquilleo.
Él regreso con las manos ras la espalda, risueño.
—Hinata, me gustaría ofrecerte un pequeño regalo que ha originado cierta confusión. Llegó de Las Vegas esta mañana, con otras cosas para nuestra boda.
Mostró las palmas de sus manos. Un lio de joyas destelló con el sol que entraba por el ventanal. Alzó una con el dedo y el pulgar. Una ristra de diamantes engarzados con una filigrana de hilos metálicos.
— ¿Puedo ponértelo?
—Hum, bueno –aceptó ella. Tragó saliva. Era obvio que él se había esforzado.
Se sentó frente a ella y colocó el collar alrededor de su cuello. El roce de sus antebrazos en los hombros cosquilleó la piel de Hinata.
—La belleza del diseño mejora con el encanto de la mujer que lo luce –dijo él, satisfecho, tras examinar el resultado —. Iré a por un espejo.
Regresó con un instante después.
—Oh, Dios mío –delicados hilos de metal pálido, tal vez platino, flotaba entre diamantes de talla perfecta, tejiendo un intrincado patrón que parecía moderno y ancestral a un tiempo. Las gemas iluminaban su piel y recogían las chispas de sus ojos.
—Deja que te ponga la pulsera.
Ella le ofreció la muñeca y la impresionó la facilidad con que sus enormes dedos controlaban el cierre.
—No compré pendientes porque he notado que no llevas. Tus preciosas orejas no necesitan adornos –se inclinó hacia ella y succionó el lóbulo de unas de ellas.
—Yo… no sé qué decir –llevó la mano al collar.
Sesenta mil dólares en joyas. Para ella.
—Son una sencilla muestra de mi afecto. Una mujer brillante y bella como tú se merece regalos más impresionantes y significativos que unos brillantes.
Agarró su mano temblorosa. El cuerpo de ella reacciono al contacto, calentándose y estirándose hacia él con los pezones erectos. Él alzó su barbilla hasta que lo miró a los ojos.
—Eres mi Hinata –dijo.
—Creo que sí lo soy –sonó tan sorprendida como se sentía. Las lágrimas inesperadas le quemaron la garganta, y se mordió el labio para contenerlas.
Él se acercó más. Sus bocas se encontraron con la fuerza de un imán.
Ella echó la cabeza hacia atrás y rodeó su cuello con los brazos. Dio la bienvenida a su lengua, introdujo los dedos entre sus cabello y los clavó en los duros músculos de su hombros.
Sus pechos, pesados y sensibles, anhelaban sus caricias. Él obedeció a la llamada, quitándole el sujetador y tomándolos en sus manos. Sus pezones se tensaron de placer cuando los ásperos dedos los frotaron delicadamente.
Gimió al sentir su lengua en los dientes y la suave piel interior de sus labios. Besó su barbilla y luego dibujó un camino de besos en su vientre.
Le quitó los pantalones y posó la boca en el vello suave de su entrepierna. La acarició con la lengua y ella dio un bote, sus neuronas se dispararon cuando él prendió la mecha de lo que prometía ser todo un despliegue de fuegos artificiales.
Enterró el rostro entre sus piernas y labio y chupó, absorbiendo sus jugos con la boca. Los pechos y el vientre de Hinata se estremecieron mientras él la llevaba nuevas cumbres de sensación. Lo arañó mientras se debatía bajo su fiera caricia.
Y los fuegos artificiales se dispararon, llevándola al frenesí mientras su piel siseaba con el calor de la pasión. Cada centímetro de su cuerpo se sentía vivo y jubiloso, maravillado de hacer el amo con Sasuke.
Las semanas de deseo, de control, se disiparon como un recuerdo lejano, mientras se entregaba al hombre al que amaba. Todo su ser deseaba unirse a él, compartirlo todo, cada aspecto de su vida, de sí misma y de su amor.
Un último destello la recorrió, dejándola sin aliento, temblorosa y latiendo de éxtasis. En brazos del hombre que había sitiado y ganado su corazón, la inundó la paz. Lo rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en su pecho. No podía imaginarse en otro sitio más que allí, con ese hombre.
Se tendió a su lado y cubrió su pelo y su rostro con tiernos besos. Después se acurrucó contra ella y puso la mano en su cintura, como si la reclamara a ella y al bebé de ambos.
—somos buenos juntos, tu y yo –la miró fijamente. Sus ojos oscuros brillaban maravillados.
Tentativamente, ella puso la mano sobre la de él, y él dio la vuelta y la rodeó con los dedos.
—Hacemos buena pareja en los negocios –dijo él con voz grave y aterciopelada —, y en el dormitorio.
—No estamos en el dormitorio –apuntó ella.
—Ah, Hinata, eres un soplo de vida para mí –Sasuke rió en su oído —. Y tienes razón. Nunca hemos estado juntos en un dormitorio. Pero eso puede arreglarse.
Deslizó sus poderosos brazos bajo ella y la levantó. Por primera vez, ella no sintió deseos de resistirse, mientras la llevaba por el fresco pasillo hacia una doble puerta de roble.
—El dormitorio espera, mi lady.
—Gracias, mi lord.
Sasuke abrió la puerta con el codo, y Hinata se enfrentó al dormitorio más bonito que había visto en su vida. Todo era blanco: el suelo de mármol travertinos, las paredes encaladas, y una enorme cama con dosel y cortinas de gasa que flotaban en la brisa.
Una pared de ventanas mostraba a la ciudad como un gigantesco y colorido óleo, que iba del visón de los edificios al azul índigo del cielo despejado. Él la depositó cuidadosamente en las níveas sábanas de satén.
—Es tan… blanco.
—Podemos cambiarlo como quieras.
—Me encanta. Nunca había visto nada igual.
—Es práctico en verano. El blanco es el color más fresco.
Sus ojos la reclamaron, recorriendo su rostro, su cuello, sus pechos y su vientre, hasta llegar a las piernas. Hinata contuvo un temblor, tenía la extraña sensación de estar siendo tomada a la fuerza, con una simple mirada.
La sobrecogía su reacción a Sasuke. Los unía un vínculo tan poderoso e incontrolable que daba miedo.
— ¿Hinata? –Sasuke agarró sus dedos y se los llevó a los labios, entreabriéndolos para dar un beso. La miró a los ojos con tanta intensidad, que la dejó sin aliento — ¿Serás mi esposa?
—Lo seré.
Ya no había caso en resistirse más, ella lo amaba y él la amaba.
(…)
Todo había sido un caos luego de eso. Hinata había rechazado que otra persona organizará su boda así que, una vez, recuperada tomó el control de la situación. Como siempre.
Días después se enteró que su familia había llegado a su antiguo hogar y les tuvo que avisar cuál era su nueva dirección. No habían pasado ni dos horas de eso cuando toda su familia ya estaba en la puerta tocando el timbre.
—Sí que le has dado al gordo –dijo uno de ellos, al observar toda la casa.
La madre de Hinata había quedado impresionada y aun así no se lograba imaginar a su hija en esa enorme propiedad. Habia algo distinto en su hija y ella lo pude ver, además de esa sortija de compromiso que resplandecía en su mano
—Me alegro de que pronto te cases -. Habló la madre.
Hiashi, sólo dio un gruñido y miró directamente a su hija viendo si podía encontrar algo para matar al futuro esposo.
—¿Dónde está? –fue la sencilla pregunta de Hiashi. Venia preparado para romper los huesos de ese cretino.
—Aun no llega del trabajo. Pasen a tomar una taza de té. – los invitó al comedor Hinata, esperando que los ánimos se calmen.
No había pasado mucho cuando Sasuke había llegado a la casa, estaba realmente agotado, pero su futura esposa le lograba levantar el anime con sólo darle la bienvenida a casa.
Sasuke escuchó varias risas del comedor y se pudo hacer una idea de lo que le venía encima.
—Sasuke, ya has llegado –le saludo Hinata con un corto beso en los labios que el recibió feliz —. Te quiero presentar a mi familia….
Él no estaba nervioso, aunque el padre de Hinata no le diera la aprobación él se casaría igual. Ya había tenido bastantes problemas como para que alguien más le prohibiera casarse con la mujer que amaba.
Hiashi lo vio de mala manera, no le gustaba para nada su futuro yerno. Pero debía reconocer que los ojos de Hinata resplandecían con sólo hablar de él.
Estaba claro que Hiashi siempre odiaría a Sasuke por quitarle la luz de sus ojos, pero aún podría tener a su nieto o nieta, que muy pronto llegaría a este mundo.
—Soy el padre de Hinata -, le tendió la mano, como gesto de saludo. Sasuke le saludo de igual forma pero no espero que el hombre le diera un abrazo y le susurrara —: Si le haces algo te mato.
Y con esa pequeña advertencia, Sasuke sudo frio porque sabía que iba en serio.
Al menos nadie había salido herido… ese día.
Los siguientes fueron más calmado, pero para Hinata no fue así ya que la fecha de la boda estaba cerca y aunque tuviera miles de manos ayudándole sentía que nada quedaría perfecto para ese día.
Milagrosamente para cuando llegó el dia de la boda, nada resultó mal a excepción de que Kiba y Naruto se pusieron a discutir por quien sería el mejor padrino del bebe en mitad de la fiesta pero Sasuke los supo controlar perfectamente.
Hinata que miraba todo desde lejos sonrió con nostalgia y recordó por todo lo que pasó para estar con el hombre que amaba.
Ya pronto estaría que los dos hombres que más amaba en el mundo: Su jefe y su hijo.
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Fin
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Agradecimiento:
A ti, lector, que estuviste en cada palabra de esta historia retorcida.
Al que comentó está historia y le gusto.
Al que simplemente le gusto.
A todos.
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