Capítulo 12

Un corazón a punto de extinción

Un par de semanas habían pasado ya desde la visita inesperada del mortífago y no había tenido ninguna otra noticia del mundo exterior ni siquiera John le había dado algo de información en su respuesta, solo le reiteraba su apoyo incondicional. Puesto en palabras ciertamente no le servían de mucho, a las palabras se las llevaba el viento y eso lo sabía bien pero agradecía de todos modos la intención. Ahora más que nunca deseaba desaparecer y que nada de lo ocurría en su casa estuviera sucediendo, cada día que pasaba su madre salía menos de su habitación y ella a aumentaba la dosis de la poción para el dolor. Sabía que eso indicaba algo terrible pero desde el fondo de su corazón deseaba que no fuera cierto. Pasaba horas completas intentando inventar alguna poción que eliminara los dolores y se llevara la enfermedad pero siempre terminaba con diferentes variaciones de paliativos, era muy difícil buscar una cura sabiendo tan poco de medicina y solo basándose en las propiedades de los ingredientes utilizados en las pociones. Estaba frustrada y llena de ansiedad, de momento había hecho a un lado sus ideas de combatir al mundo y hacer una vida con libertad ahora eso era lo que menos le importaba, en esos instantes esos ideales pasaban a segundo plano sobre todo ahora que parte de su vida se le estaba escapando de las manos. Pensó en entregarse y mil opciones más pero ninguna le parecía lo suficientemente útil para obtener los frutos deseados, por una parte los médicos muggles ya la habían dado por desahuciada desde hace más de seis meses así que era obvio que no le sería de utilidad ninguno de sus métodos y la posibilidad de ir al mundo mágico era nula ya que según sabía su misma madre se había negado rotundamente ante la sugerencia alegando que no existía medimago capaz de curar una enfermedad tan avanzada y tampoco quería que curada o muerta lo primero que hicieran fuera capturar a su única fuente de felicidad. Así que resistiendo la impotencia que sentía se tragó sus palabras y respetó la voluntad de su madre.

Julius a cada día que pasaba estaba más ansioso, sabía lo que ocurría y no dejaba de sentirse impotente ante la situación, aunque después de la segunda negativa de su esposa dejo de insistirle en llevarla con un medimago porque recordaba claramente como si fuera ayer que dando a luz casi muere a causa de que los hechizos curativos no le provocaron la reacción deseada sino todo lo contrario así que por esa parte prefería tener a su esposa con él el tiempo que restara y no acelerar el proceso. Estaba en estas cavilaciones cuando escuchó a su hija tocar la puerta de la recamará donde Indira dormía profundamente. Poniéndose en pie, se dirigió a la puerta y la atendió.

— ¿Podemos hablar? –pidió su hija con los ojos cristalinos, era muy fuerte pero en ese momento volvía a ser frente a él la niña indefensa que le rogara porque no se fuera de su lado hasta que se durmiera.

— En mi despacho. –susurró como respuesta señalándole que le siguiera, acción que ella realizó, no sin antes dirigir una mirada a la cama donde se encontraba su madre. Una vez dentro del despacho Julius tomó la iniciativa y cuestionó a su hija. — ¿Qué pasa?

—He estado pensando y antes que me digas que es una ocurrencia, créeme que no le di una y mil vueltas más a lo sucedido. No me cabe en la cabeza como es que mamá enfermo tan gravemente en cuestión de poco tiempo, de un momento me enteré que estaba enferma crónicamente y un año más tarde casi está en el lecho de muerte no me lo explico. He buscado razones y causas pero no llego a ninguna explicación coherente, así que solo puedo plantearme una sola.

— ¿Cuál? – preguntó confuso, aunque realmente no quería escuchar su hipótesis.

—No hay ninguna otra explicación, la única forma de explicar las cosas es suponer que Quien tu Sabes maldijo a mamá.

—Eso es imposible, hija, él jamás la conoció.- explicó intentando razonar con ella.

—No me refiero eso, quiero decir que maldijo a la mujer que trajera al mundo a aquella herramienta que ayudara en su destrucción y no intentes negarlo porque aunque quizás suene irracional es la única manera de encontrarle sentido a esto. – señaló muy segura de lo que decía.

—Aunque así fuera, que lo dudo, no creo que en estos momentos se pueda hacer algo. – aseguró intentando calmar la furia que se reflejaba en los ojos de su hija, si bien había pensado en la posibilidad no creía que hubiera oportunidad de deshacer la maldición hasta que propiamente el Señor Tenebroso fuera vencido y para ello se necesitaba su hija según la profecía y obviamente no permitiría que fuera utilizada por ningún motivo o incluso la propia vida de su esposa sería una perdida sin sentido.

—Lo sé, ahora ya es muy tarde pero créeme padre, lo tendré más que presente cuando sea el momento indicado.- Mencionó parpadeando deprisa para evitar que una lagrima escapara de sus ojos.

— Cuando te escucho hablar así me cuesta creer la edad que tienes, solo porque yo mismo te vi nacer hace veinte años lo creo. –dijo con preocupación obteniendo una sonrisa de tristeza en el rostro de su hija.

—Quisiera que hubieras dicho eso antes de que todo esto pasara, en estos momentos me han dicho cosas que en otras circunstancias valoraría de sobre manera y ahora no tienen sentido, no para mí. ¿De qué me sirve que me vean madura y lista para enfrentar la vida ahora? De nada padre, ahora tengo terror si quiera de cruzar el umbral de la casa y regresar encontrando que el corazón de mamá dejó de latir. La poca valentía que había forjado hasta este momento me ha abandonado y no sé si regrese a mí. – Murmuró con sinceridad antes de salir del despacho de su padre y encerrarse en su habitación un par de horas más antes de que fuera tiempo de preparar los alimentos.

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En círculos caminaba el anciano dirigiendo de vez en cuando sus ojos a los retratos colgados en la pared de su antigua oficina, ya era viejo, lo sabía y no por ello había dejado de cometer ciertos errores los cuales tarde o temprano pagaría o mejor dicho trabajaría para redimirse.

— Fawkes, mi querido amigo, me temo que no tengo idea que hacer con el anillo. Estoy tremendamente tentado a usarlo pero la lógica me dice que ningún objeto perteneciente o usado por Riddle puede ser bueno.

Un largo canto perteneciente del fénix le informó al director que estaba de acuerdo con la información. Meditándolo por largos minutos más resolvió algo.

—Lo usaré. Pase lo que pase, procuraremos estar bien preparados, Fawkes. –aseguró al ave antes de colocar el anillo en su mano y por varios segundos sentir un dolor lacerante recorrer todo su desgastado cuerpo, perder el conocimiento largo rato antes de ser despertado por una voz preocupada que le llamaba por su nombre.

— ¡Albus! ¡Albus, por Merlín! ¿Qué te ocurrió? –cuestionó la delgada mujer que acababa de entrar y presurosa se acercaba hasta un lado de él.

Escondiendo la mano del anillo bajo el escritorio, posó lo mejor que pudo tratando de enmascarar también su desorientación, contestó. — No es nada Minerva, es solo que tenía un fuerte dolor de cabeza y decidir cerrar mis ojos pero por lo visto no solo los cerré si no que me quedé dormido encima del escritorio.

—Albus estoy vieja no tonta, tu no estabas dormido, estabas inconsciente. Dime realmente que es lo que pasó.- exigió la subdirectora con los labios fruncidos y los brazos cruzados en espera de una respuesta.

—Minnie, a ti nunca se te escapa nada debo aceptarlo. Lo que no acepto es que te preocupes por un desmayo sin importancia causado por la falta de azúcar en mi cuerpo. Ahora sabes que el que siempre esté comiendo caramelos de limón tiene su porque. – dijo una mirada de incredulidad por parte de su colega que fue cambiando varios segundos después por una de exasperación.

— La próxima vez que decidas quitar de tu dieta los dulces no olvides de avisarme antes para así evitarme un horrendo susto como este. – diciendo esto y olvidando el motivo de s visita al despacho del director salió por donde había entrado.

Más tranquilo sin el escrutinio de su compañera, se detuvo a examinar donde el anillo descansaba, era claro que había provocado un daño irremediable por el color negro en una quinta parte de su mano. Inspirando profundo antes de que algo más sucediera con esfuerzo sacó de su urna protectora la espada de Gryffindor y con la mayor fuerza que pudo reunir la clavó en medio del anillo partiéndolo en dos partes casi asimétricas, al instante que una ráfaga de viento invadía su oficina y una energía muy intensa le golpeaba. Si, en definitiva ese artefacto era lo más malévolo que no veía en mucho tiempo y, de momento, ya había causado suficiente daño. Recalcó mentalmente al observar más de cerca su extremidad que en esa zona se veía literalmente necrosada. Sin esperar más tiempo se acercó a su chimenea donde presuroso llamó a su espía, quien respondió al extraño llamado casi de inmediato no sin antes poner un hechizó estasis sobre las pociones en las cuales trabajaba.

— ¿Qué pasa Albus? Le sentí muy intranquilo en su llamado. – señaló contrariado, para el quien desde los once años conocía al hombre que tenía enfrente, era complicado verle en un estado preocupado. Muy pocas veces le había visto de esa manera y ninguna de las veces anteriores habían terminado con un suceso agradable, solo quedaba esperar una noticia mala, o muy inconveniente de menos.

—Cometí un error, caí en la tentación cegado por la curiosidad y me parece que ahora cargo con una maldición. Una muy fuerte maldición debo de resaltar por cómo me atacó de primera instancia.- dijo con tal parsimonia que cualquiera pudo haber dicho que solo le contaba un cuento a un niño.

— ¿De qué está hablando? No está hablando con sentido alguno, de una vez por todas hable sin acertijos. –pidió exasperado con el ceño fruncido.

— Me refiero a esto, Severus. – murmuró con igual tranquilidad antes de mostrar abiertamente su mano, posándola encima del escritorio.

— Sé que me arrepentiré de preguntar, pero necesito hacerlo para saber que hacer, ¿Cómo es que contrajo la maldición?

— Tentado, toque un objeto perteneciente a Tom, este de inmediato surtió efecto y atacó a quien no era su dueño. – explicó en un mero susurró con el cual intentó esconder su vergüenza ante su acto.

Apenas acababa de escuchar las palabras del anciano e inmediatamente una ola de ira conjugada con preocupación le invadió, claro estaba que él, Severus Snape, no era un hombre de expresar sentimientos de empatía y compasión por más que los sintiera así que solo atinó a ponerse a gritar furioso cuestionando al director. — ¡¿Por qué lo hizo? ¡¿En que estaba pensando? Sabe muy bien que nada relacionado con él puede ser inofensivo. ¡Por amor de Merlín! ¿Acaso sabe lo que ha hecho? ¿Reconoce tan siquiera que consecuencias traerá?

— Con certeza no las sé, Severus. Por eso mismo te llamé para que me dieras un panorama de lo que sucederá.

Sin omitir un gesto de ironía con el que enmascaraba su intranquilidad, criticó. — No necesito correr algún hechizo diagnóstico para darme cuenta que la maldición que cayó sobre usted es una de las favoritas de él. – dijo, antes de dar media vuelta y caminar en dirección a la salida.

— Severus, ¿A dónde vas?

— A encerrarme las horas necesarias con tal de tener lo más pronto posible la poción que aminorará la velocidad con la que corre la maldición. – murmuró sin dirigir su vista al director, azotando la puerta tras suyo.

—Creo que su reacción fue mejor de la que esperaba, Fawkes. – mencionó al fijar su vista en la puerta.

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En la mansión Black, la joven metamorfaga aún estaba en duelo por la perdida de el único familiar, aparte de sus padres, que le brindaba cariño desde que la conoció a la vez que se debatía si valía realmente la pena luchar por el amor de un hombre que ya más de una vez abiertamente le había rechazado. Estaba claro que ella le amaba, desde hace tiempo lo sabía, pero ¿era posible que él la quisiera? Parecía ser un hombre que no tenía cabeza para el amor, sin embargo y aunque quizás pareciese que se estaba volviendo loca, alguna que otra vez le había cachado observándola con un dejo de nostalgia como si antes de comenzar algo siquiera ya se hubiera negado a la posibilidad. Fuese como fuese estaba segura de que quería luchar por él, porque era posible que al día siguiente cualquiera dejara de existir finalmente estaban en guerra y ella misma no se perdonaría el perderlo sin siquiera haberlo intentado con todas sus fuerzas. Ya había perdido a uno de sus seres queridos, lo que menos deseaba es que eso se repitiera.

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Muy entrada la noche, un joven de ojos verdes a sus escasos dieciséis años, meditaba lo que había visto en una de sus visiones. Tenía tiempo sin tenerla pero esta vez había sido muy real e intensa pero no podía comentárselo a su mejor amiga o esta le daría un sermón reprochándole el que no hubiera evitado que Voldemort entrara en su mente, con alguien tenía que hablar pero no sabía si el director le haría caso o simplemente le daría una palmada en la espalda y le diría que todo estaba bien, golpeó el sillón con uno de sus puños, el que Dumbledore le ocultara cosas no le hacía gracia y recordar como se había comportado meses antes evitándolo alegando que no quería que Voldemort sacara información y todo este distanciamiento provocó le hacía sentirse peor más no tenía de otra ¿cierto? Era recurrir a Dumbledore y arriesgarse o simplemente investigar solo y aceptar todos los castigos que esto le traería. Suspiró larga y tediosamente, le dijera lo que le dijera Dumbledore, él por su cuenta investigaría pero era mejor si podía ahorrarse ciertos castigos. Mañana terminando el periodo de clases iría a hablar con el director.

— Hey… pensé que era el único pero vi tu cama vacía así que baje esperando encontrarte por aquí. –murmuró su mejor amigo mientras rascaba su cabeza y se sentaba a su lado en el sillón color rojo de la sala común.

— Deberías intentar dormir, Ron… - murmuró como si le regañara aún la vista clavada en la chimenea.

— Lo mismo podría decirte, amigo, pero sé que cuando tienes una pesadilla o como quieras llamarlas te es casi imposible volver a dormir.- replicó obteniendo con esto la atención de aquellos ojos verdes de su casi hermano.

— Lamento haberte mandado a la cama- dijo sonriéndole apenadamente y a manera de disculpa.

—Descuida, Harry, estoy acostumbrado.- respondió dirigiendo su vista al fuego, — ¿Otra pesadilla?

—Vi una reunión, planeaba algo, ahí estaba Draco Malfoy es la segunda vez que le veo presente. – susurró mirando con atención la reacción de su pelirrojo amigo, quien al escucharle frunció el ceño.

—Harry creo que debes decirle a Dumbledore, pero sobretodo cerrar tu cabeza. – comentó tratando de sonar despreocupado.

—Lo sé, mañana hablaré con él, pero por lo pronto necesito vigilar a Malfoy, sé que él le encargó algo muy importante.- declaró con convicción

—Con que no nos pasemos todas las horas de práctica en castigos por culpa de ello, te apoyo hermano. – dijo colocando su mano sobre el hombro del ojiverde antes de levantarse y caminar de regreso a la cama, dejando a su amigo solo con sus pensamientos.

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Era temprano y ya se encontraba en la cocina preparando el desayuno, un plato de fruta y un platillo sencillo, sería lo que prepararía como desde hace varios días turnándose con su padre. Desde hace varios días ellos dos se encargaban de la casa y la preparación de los alimentos, ya no recordaba el día en que su madre ponía un pie a fuera de la habitación más que a la hora de los alimentos. Triste, si, pero más patético era que para evitarle enterarse de sus largas estadías en cama le mandara con cualquier pretexto a casa de los vecinos. Rodó los ojos burlándose de lo irónico de la situación, cada mañana ella "obediente" salía de la casa fingiendo que iría a ayudar en el cuidado de sus pequeños vecinos y tras haber cerrado la puerta llamaba a Ika para que le ayudara a trepar por el ventanal de su propia habitación cual bandido. Estaba claro que en los días en que le veía menos pálida y con un poco más de vida, obedecía y salía hasta encontrarse con aquellos niños que la ayudaban a no perderse en la realidad que le rodeaba.

Al haber puesto la mesa y servido los platos, subió las escaleras de madera hasta la habitación de sus padres y con suavidad tocó hasta recibir una respuesta. — ¿si? - contestó la voz de su madre.

—El desayuno está listo. – dijo con claridad.

—En un momento bajaremos, cariño. – Escuchado esto regresó a la cocina y donde limpió los utensilios hasta que oyó pasos bajar por la escalera, podría haber salido y descubrir el teatro de su madre preguntándole el motivo de porque una simple tarea como caminar le costaba tanto trabajo, pero prefirió no, seguiría con su acto si eso era lo que ella quería. Aunque el fingir más que nunca le estaba lastimando. Una vez que les escuchó sentarse salió de la cocina y tomó ella misma asiento.

— Muy rico, hija. – comentó Indira al probar el sencillo guisado

—No es nada, mamá, me da gustó que lo apruebes. –replicó dedicándole una sonrisa mientras trataba de controlar el nudo que se formaba en su garganta.

—Es casi imposible que yo desapruebe algo que tú hagas, Sydney. Tú ya estás grande, sabes los peligros que existen y conoces lo que yo quiero para tu futuro, no puedo seguir pretendiendo que eres mi pequeña niña a la que manteniendo encerrada podía proteger.

— Indira, creo que deberíamos regresar a la habitación no creo que sea conveniente que…. – interrumpió Julius en un intento de pausar la tan temida confesión de su esposa

—No, amor ya no puedo seguir fingiendo ocultándole a mi propia hija la verdad, no cuando en cualquier momento... -Haciendo caso a las palabras de su esposa, calló permitiéndole continuar aunque sabía que no sería un momento sencillo, el mismo sentía la tristeza apoderarse de él..

Había esperado tantos días para escuchar la verdad en voz de su madre, tantas veces aguardó en silencio esperando sinceridad y ahora que sabía que esa espera terminaba sentía su corazón romperse en mil piezas. Su guardiana la calificaba como fuerte pero ella no se sentía así.

—Hija, tienes que saber que… llevo tiempo enferma, tomé distintos tratamientos pero ninguno dio resultado al contrario en su mayoría me hacían sentir peor; es posible que me quede poco de vida, cada día me cuesta mayor trabajo levantarme de la cama para bajar y volver a subir. Yo sé que tendría que habértelo dicho antes pero yo quería evitarte…

—sshhh… -murmuró mirando directo a los ojos de su madre. — No quiero escuchar todos los pretextos que tenías para ocultarme la verdad, porque ninguno de ellos me parecerá lo suficientemente valioso.

— No quise ocultártelo pero tampoco sabía como decírtelo.-alegó tomando su mano entre las suyas.

—Tal y como me lo acabas de decir, te hubieras ahorrado demasiado esfuerzo físico y emocional al tratar de ocultármelo, madre.-dijo alejando su mano del agarre de esta.- Pero respeté tu decisión de ocultármelo aun cuando descubrí ciertos frascos en tu buró, forzando una sonrisa perpetua en mis labios para completar el teatro. –viendo clara sorpresa en el rostro de su madre. —Si madre y soportar la impotencia que sentía al saberme inútil solo fue aminorada con noches enteras de desvelo para mejorar la fórmula de esa potente poción contra el dolor que necesitas, así que creo puedo respetar tu decisión de hablar hasta ahora. –concluyó haciendo un lado su fortaleza permitiendo que cientos de lágrimas surcaran su rostro.

— ¿Por qué no me dijiste que lo sabías? Podríamos haber hablado, hija, todo hubiera sido más sencillo. – cuestionó también llorando mientras se acercaba para secar las lágrimas de su hija.

Soltando una risa amarga, limpió ella misma su rostro y susurró —Nada hubiera sido más sencillo, aceptar que estas muriendo, es difícil, mami.- confesó mientras se arrodillaba a los pies de Indira y apoyaba la cabeza en su regazo. —Quisiera morir yo en tu lugar, así todo sería mucho más sencillo, ya no tendrían que mudarse, tu no estarías muriendo, todo es mi culpa. Yo no debí haber nacido jamás… jamás.

—No hables de esa manera hija, oírte hablar así me hace sentir una tristeza profunda, claro que debiste nacer.- Recalcó a la par que acariciaba con tremenda ternura la cabeza de Sydney. —Yo estoy completamente orgullosa de haberte llevado en mi vientre nueve meses y de haber soportado cada contracción hasta que tú estuvieras lista para nacer. No me importó nada en ese momento más que tu vida, es igual ahora, nada me importa más que tu. Cometí errores muy grandes al creer que no estabas lista para enfrentar las pruebas que te tenía preparado el destino y ahora debo sufrir a tu lado mirando cada caída tuya pero ser dichosa al ver como te recuperas. Será de la misma manera en cuanto ya no esté aquí físicamente, te veré caer pero me sentiré muy orgullosa de verte levantarte con mejor ánimo.

—No quiero perderte.-confesó en un susurro casi imperceptible pero Indira le había escuchado a la perfección.

—Nadie quiere perder a un ser amado, Gabrielle, pero la muerte es solo una parte más de la vida. Yo ya he aceptado que pronto llegará mi último día y créeme lo único que me duele es saber que no conoceré al hombre que te amará y te hará feliz, solo eso y el no despertar a diario al lado del único hombre que he amado.

—Te amo, mamá. –dijo alzando su cabeza y encontrándose con la mirada amorosa de Indira.

—Yo también te amo, mi pequeña guerrera. –replicó, confundiendo un poco a la joven con su manera de nombrarle, era como si supiera alguno de sus planes. — ¿Prometes ser fuerte?- cuestionó al acariciarle las mejillas, eliminado el rastro de las lágrimas.

Ante aquella pregunta, evadió la mirada de su madre, no tenía cara para mentirle diciéndole que sería fuerte, porque en realidad no sabía que pasaría al momento de perderla. Era verdad que antes quería ser libre y tener una vida normal pero ahora no sabía ni que rayos ocurría, estaba demasiado concentrada en que cada minuto podía morir su madre que ella misma se había olvidado de vivir.

Tomando el rostro de su hija entre sus manos hasta conectar su mirara, volvió a preguntar. — ¿Prometes ser fuerte?

—Prometo intentar serlo, pero no puedo mentirte asegurándote que lo seré, después de todo no estoy hecha de piedra.

Soltando la cabeza de Sydney, le dirigió una sonrisa llena de amor, —Me basta con eso. Ahora vete, - ordenó recibiendo un gesto de incomprensión por parte de su hija, — no pongas esa cara, sé que necesitas tiempo a solas, solo ten mucho cuidado. –explicó señalando la puerta.

Contemplando sus palabras por largos segundos, terminó por abrazar con fuerza a su madre, dirigirle una mirada de empatía a su padre y salir deprisa por la puerta principal directo al bosque.

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28/XII/2011