Capitulo 18 Despedida

—Sydney… cariño… — susurraba una voz angelical desde lo lejos, voz que a la joven le parecía muy conocida, demasiado lo que no entendía era de donde provenía, al mirar a su alrededor notó lo difícil que era distinguir algo entre tanta luz pero enfocando sus ojos logró ver a distancia una silueta un tanto alejada de donde ella misma estaba.

— ¿Mamá?— susurró incierta, acercándose un poco más al origen de la voz.

Caminando también unos pasos la silueta se acercó lo suficiente hasta que su rostro fue visible ante los ojos de la joven quien silenciosamente comenzó a llorar, al ver a Indira sonriéndole de la manera más dulce podía haber recordado. En un gesto lleno de amor, ternura y admiración, gesto que recordaba más fervientemente de sus años como infante. — ¿por qué lloras, mi niña?

Sin parar de llorar miró directo a los oscuros ojos de su madre antes de hipar un par de veces y responder. — Porque te he perdido para siempre. Con ello uno de mis más grandes miedos se ha hecho realidad y creo que mi segundo miedo más grande se volverá también realidad ahora papá ya no tiene deseos de vivir, no sin ti.

—No me has perdido, yo estoy a tu lado y siempre lo estaré aunque quizás no como te gustaría. Con respecto a Julius, él elegirá el camino que más desee su corazón, puede intentar seguirme pero aún no es su momento… — comentó con una sonrisa melancólica al sentir la profunda tristeza de sus seres queridos. —… también puede seguir su vida al lado de la mujer que le ama casi tanto como yo y de igual forma tendrá mi bendición, se lo dije en vida y se lo he dicho también en este estado.

— ¿Estarás esperando por nosotros? — preguntó llena de confusión, en medio del mar de lágrimas que había en su rostro.

— Cuando sea el momento, si, les recibiré con los brazos abiertos. — respondió pacíficamente la mujer.

—Mamá, quisiera que ya fuera mi momento. — confesó intentando tomar la mano de su madre, pero como era de esperarse, esta solo se desvaneció como aire ante su toque.

— Sydney, hija, sabes que oírte hablar así siempre me ha roto el corazón. Así que si el amor que dices tenerme es tan grande, dejarás de hablar de ti como si valieras muy poco. Porque escúchame, hija mía. —pausó hasta saber que tenía la atención completa de la joven. — Formalizar mi relación con tu padre fue una petición muy especial de un hombre por demás inteligente, Albus Dumbledore sabía a la perfección que habiendo amor de por medio, el último descendiente de los Rodeneski, jamás ayudaría a El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado en su lucha por conseguir el poder absoluto y eterno. Desde tu concepción supe que serías la dueña de tu destino, sin importar cualquier profecía, sin importar la locura de un hombre lleno de odio, por lo mismo siempre me preocupó hacerte una joven mujer inteligente y sensible.

— ¿Dueña de mi destino, mamá? Entonces ¿porque siempre huimos de un lado a otro? ¿Por qué en cuanto papá decidía que lo mejor era mudarse tú aceptabas sin cuestionarle? ¿Por qué viajar si no huíamos de nada? — cuestionó un tanto desesperada y cansada de tantas ideas confusas que ahora mismo plagaban su mente.

Suspirando profundamente, la mujer desvió su vista al horizonte, antes de contestar. — Allá afuera existen personas que más allá de confiar en ellos mismos, dejan que otros rijan su vida, estas personas harían lo que fuera por cambiar su forma de vivir, incluido el volver realidad una profecía por más irracional que esta pueda llegar a ser con tan de tener algo mejor. Lo que la mayoría no sabe, es que esa lucha constante puede traer cosas que ni ellos mismos podrán controlar. El hombre es un ser complejo y eso debes tenerlo siempre presente, hija.

— ¿Mamá? — llamó al intuir el tono de despedida en la voz de Indira.

—Dale tiempo a tu padre y tú, deja salir ese dolor que tienes de la manera que creas más indicada. Solo te pido que no te encierres en tu mundo, estar sola en estos momentos puede no ser lo indicado, mi niña. —diciendo esto, besó la frente de su hija, gesto que la joven esta vez si fue capaz de sentir y como costumbre cerró los ojos y sonrió contenta de sentir a su madre tan cerca de ella. Más, al abrir los ojos nuevamente, notó que se encontraba nuevamente en su habitación.

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Tras caminar con la mayor lentitud que le fue posible, sin importarle parecer retrasado o algo parecido, finalmente llegó a las mazmorras. Mas específicamente, a la oficina de Snape. Antes de tocar la puerta suspiró con la misma falta de energía que lleno hasta allí, como resignándose a que nada cambiaría esta vez su detención. Al escuchar al hombre decir "Entre" hizo lo ordenado con tal de evitar una confrontación innecesaria con Snape donde este por mera gana le llamara lento, pero al verlo a los ojos, notó que difícilmente saldría de allí sin ser insultado sobre incompetencia un par de veces.

—Recuérdame, Potter. ¿Por qué servirás detención esta vez?

—Porque, según usted, me comporté insolentemente en la clase de hoy. — comentó frustrado el ojiverde, hoy por primera vez en todos los años que conocía a Snape, deseaba llevar la fiesta en paz, pero no, tan parecía que él tenía en mente todo lo contrario.

— ¿"Según yo"? Con esa respuesta, reafirmas mi pensar, Potter. —Señaló rodando los ojos, entintando su pluma y regresando su vista a los pergaminos que calificaba. —Mira, no tengo tiempo para perderlo contigo, así que encuentra algo útil que hacer y no me fastidies en las siguientes dos horas.

— ¿Útil como qué? —murmuró con cansancio aunque para Snape este fue un tono altanero con el cual llamó su atención.

—Veo que nada es sencillo tratándose de ti, ni siquiera una tarea tan simple como hacerte parecer invisible mientras yo trabajo. —Bufó, antes ordenar. — Limpia los calderos, deshoja los ramos de valeriana de aquel estante y colócalo todo en un frasco limpio. Haz lo mismo con los de lavanda y pon especial cuidado de no maltratar las flores o serán un desperdicio. Espero que algo así de simple sea fácil de obedecer.

Por primera vez se quedó callado sin deseos de discutir. En verdad que el descubrir que la muerte de Dumbledore estaba cercana lo tenía fuera de sí. Ahora pensaba lo que saldría por sus labios antes de tan siquiera pronunciarlo, tal como lo hacía en casa de sus tíos pero esta vez no lo hacía por temor a ser golpeado o castigado, si no que comprendía que debía ser más centrado y menos impulsivo.

A la par que terminaba las tareas encargadas por Snape, casi terminaba la hora de detención, que buen cálculo del tiempo tiene Snape pensó Harry mientras terminaba de colocar las flores de lavanda en un gran frasco de cristal.

—Potter, en cuanto termines puedes retirarte. —dijo el pocionista sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, más lo hizo cuando un sonido parecido al picoteo de una lechuza llamó su atención. Enfocó el oído para intentar escuchar mejor, al repetirse este, se puso en pie y caminó hasta donde reconocía provenía el sonido. Una vez allí abrió la ventana y una lechuza entró sobrevolando todo el salón y colocándose sobre el escritorio. Dirigiéndole una mirada mortífera al animal, regresó hasta el escritorio donde con cuidado de no ser picoteado por la lechuza desató la diminuta carta que esta portaba, con discreción realizó conjuros buscando la presencia de una maldición o algo parecido pero al no encontrar nada, la abrió con algo de dificultad debido al tamaño de esta pero una vez que pudo leerla no creyó lo que sus ojos leían.

No debería haber escrito, lo sé, pero tengo presente que para sus fines el conocimiento es un arma importante. Le informo que la agonía de mi madre terminó ayer por la mañana. Quizás cambiemos de residencia, aún no lo sé.

S.

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N/A: 01agosto2012 N/A.

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