Entre sábanas de un blanco inmaculado y una funda nórdica de tonalidades azules, se encontraba Finlandia, abrazando la almohada y con los largos cabellos revueltos y extendidos por la superficie de la cama. Había pliegues sinuosos y caprichosos por doquier, resaltando la propia silueta del cuerpo de Finlandia, medio encogido para estar más cálido. Entonces, de repente, comenzó a sonar un pitido bastante desagradable, repetitivo, que no parecía tener fin: el sonido de un despertador electrónico. Tras unos segundos, los pliegues de las sábanas comenzaron a deformarse, pues Finlandia se estaba moviendo, bastante irritado por aquel sonido que lo había sacado de un dulce sueño para llevarlo a la realidad, la dura y extraña realidad. Ay... cómo odio este aparato... Se decía a sí mismo, mientras escondía la cabeza bajo la blanda almohada, como un vano intento de aislarse del sonido, pero sin lograrlo. Sacó una mano de su reducto de calor y comfort, para intentar atinar al despertador sin verlo; al quinto golpe que propinó a la mesita de noche que tenía a su derecha, consiguió apagarlo. Dejó caer su mano sobre el borde de la cama, como si estuviera sin vida, mientras seguía con la cabeza escondida y sin ganas de levantarse de la cama. Entonces, una pequeña bolita blanca que hasta ese momento estaba inerte en una de las esquinas de la cama se desperezó y fue directo a la almohada, mientras daba alegres ladridos y movía la cola, a la vez que buscaba el rostro de Finlandia para darle lametones y despertarlo completamente. Era Hanatamago, su fiel y cariñosa mascota.
- Hanatamago... ¿tú también? -eso decía Finlandia mientras movía la mano con la que había apagado el despertador para acariciar al perrito que, inquieto, no hacía más que moverse de un lado a otro de la cama, buscando sin descanso su rostro -. Venga, tranquilízate ya, que me levanto... -se quitó la almohada de la cara y Hanatamago, como un cohete, se dirigió a su cara y le dio un par de lametones a modo de buenos días. Finlandia no pudo evitar una tierna sonrisa, porque siempre le despertaban de esa manera. Apartó suavemente a su mascota, que no dejaba de dar ladridos de alegría, ahora moviéndose de un lado a otro de la cama, enredándose entre las sábanas -. Hoy veo que estás muy contento, Hanatamago -ya recostado en el cabecero de la cama, Finlandia estiró sus brazos, se frotó los ojos para desperezarlos un poco, y dirigió una mirada aún somnolienta y entrecerrada a la ventana. -Hoy va a hacer un buen día, por lo que parece -. Entonces, como si acabaran de pinchar y bajarle de la nube en la que estaba, volvió plenamente a la realidad. Miró su cuerpo, y vio que ningún cambio se había producido. Suspiró. Siempre que se acostaba pensaba que a la mañana siguiente despertaría y todo sería como antes: su cuerpo sería el normal, ya nadie le miraría raro, y tampoco sentiría todo eso que se agolpaba en su pecho. ¿Por qué seguía sintiéndose tan extraño? Ya no era por el mero hecho de ser del género contrario, sino que se sentía incómoda en algunas ocasiones, que a veces pensaba en cosas que nunca antes se había detenido a pensar, y que no sabía darles una respuesta clara y directa. Se sentía bastante estúpido.
Bueno, es hora de levantarse. Tengo que dejar esos pensamientos, no puedo deprimirme en un día tan hermoso como este, ¿no crees Hanatamago? -como respuesta, recibió un ladrido. Finlandia apartó las sábanas con las piernas, mientras se seguía estirando, y se levantó. Llevaba un sencillo camisón que llegaba hasta las rodillas, de un color azul claro, con ondulantes pliegues que caían lánguidos cubriendo su cuerpo. Con pasos lentos y un tanto torpes, se acercó a un espejo que había en el lado contrario de la habitación, y Hanatamago lo seguía dando vueltas a su alrededor. Se quedó mirando al espejo, como ensimismado por su propio reflejo; tomó uno de sus largos cabellos dorados, y lo alzó un poco para verlo mejor. Estaba lleno de enredos, un caos completo, y Finlandia no pudo evitar suspirar de nuevo, esta vez de cansancio auténtico. No es que me desagrade el pelo largo pero... Tener que pasar por lo mismo todas las mañanas acaba con la paciencia de cualquiera. No sé cómo la gente de pelo largo puede lidiar con esto... Eso pensaba Finlandia mientras observaba sus cabellos, con una mirada todavía algo adormecida. Dejó caer ese mechón de pelo, y empezó a buscar por la superficie de la mesita hasta que encontró un peine, con el que comenzó a desenredarse con paciencia y cierta lentitud. Ya había aprendido el truco para no hacerse más daño del necesario, ir primero desenredando las puntas y luego ir ascendiendo, hasta completar todas las partes. Lo que podía hacer la experiencia. Mientras realizaba esa pequeña acción, Hanatamago, que estaba sentado sobre sus patitas traseras observando atentamente a su dueño, se levantó repentinamente y se dirigió rápidamente a la puerta, mientras daba ladridos y movía la cola. Finlandia no se percató de ello, no hasta que de forma suave pero insistente llamaron a la puerta.
-Sí, adelante -decía Finlandia, un tanto distraído por la tarea que llevaba entre manos. La puerta se abrió y Suecia entró en la habitación. Vestía unos sencillos pantalones de color azul oscuro, lisos y bien planchados, así como una camisa negra de mangas largas, bastante holgada, con algún que otro pliegue sinuoso debido a que era un poco más grande de su talla. Se pensaba que iba a encontrar a Finlandia en la cama, todavía durmiendo, pero lo estaba viendo preparándose para bajar al desayuno. - Hola, Su-san -saludó Finlandia con una sonrisa radiante en el rostro. Siempre que veía a Suecia, por muchas cosas que pasaran, se sentía mejor, aliviado, como si los problemas no existieran -. Ahora mismo acabo. Estoy con un pequeño lío entre manos -y no pudo evitar reírse de su propio chiste, que reconocía que era pésimo. Por el reflejo del espejo, fijó sus ojos en la silueta de Suecia, y por unos segundos parecía que no existía nada más a su alrededor; el movimiento de su mano sobre los cabellos era mecánico, automático, mientras miraba al sueco. Solo duró unos pocos segundos, pero se sentía muy estúpido, porque no sabía por qué reaccionaba de esa forma, como si le maravillara Suecia, porque lo veía casi todos los días. Cerró los ojos y volvió a la realidad -.
- E' d'sa'uno 'st' list' (El desayuno está listo) -dijo Suecia con su tono monótono pero severo, como si fueran sus últimas palabras -.
- En unos minutos he terminado -respondió Finlandia, mientras intentaba alcanzar los cabellos de la parte trasera, que eran los más complicados -. No entiendo cómo la gente con pelo largo puede peinarse todos los días, se pierde un buen tiempo, ¿no crees Su-san? -Finlandia no sabía muy bien por qué decía eso, pero necesitaba que hubiera ruido, o algo parecido. No podía quedarse en silencio, porque se sentía más que incómoda, y esos pensamientos que la agobiaban no la dejarían en paz. Y tampoco podría evitar sonrojarse o ponerse nerviosa, y con una sola mirada Suecia sabría perfectamente que algo raro le estaría pasando... Si es que no lo sabía ya. Ojalá me tragara la tierra, se decía a sí misma. Estaba ya casi terminando, cuando percibió que Suecia, en rápidas zancadas, se había acercado hasta donde se encontraba, detrás de él, y sin decir nada tomó el cepillo que tenía entre sus manos y comenzó a peinar sus cabellos -.
- Es m's f'c'l qu' lo hag' algu'n (es más fácil que lo haga alguien) -dijo Suecia, como si lo que dijera fuera una verdad y no hubiera nada ni nadie que le contradijera. Finlandia iba a decir algo, había levantado la mano y había abierto la boca, pero ¿qué iba a decir? Cuando Suecia quería hacer algo, lo hacía sin decir ni pedir explicaciones, daba igual cuantas veces intentara sacar algo de información, que no conseguiría nada -. Gracias... Pero no tienes por qué hacerlo... -Finlandia se sentía bastante extraño, tenía algo que le oprimía el pecho, que casi no le dejaba respirar. Sentía cómo Suecia acariciaba su pelo, de forma suave pero ininterrumpida, como si fuera una caricia. Toda la habitación le daba vueltas, se sentía tan mal... y a la vez tan bien, que no sabía ni qué pensar, estaba tan confuso, y se sentía tan estúpido también, que no sabía ni a dónde mirar. Después de un muy breve espacio de tiempo, Finlandia retiró sus cabellos, llevándolos a uno de sus hombros, a la vez que se levantaba. Suecia hizo una mueca de incomprensión, mientras que con su mirada mostraba su desconcierto, porque no sabía lo que estaba haciendo mal. Ahora era el momento de sincerarse, de sacar todo lo que llevaba dentro, esa carga que lo estaba asfixiando. Pero cuando dirigió su mirada a Suecia, y sus ojos azules se clavaron en los suyos, de nuevo todo lo que tenía en la mente desapareció completamente, como si hubieran pasado un paño que borraba todo tipo de pensamientos. No pudo evitar morderse el labio inferior, mientras balbuceaba cosas sin sentido, en un vano intento de decir lo que quería expresar-.
¿Por qué Fin se comporta de esta forma, como si no quisiera ni siquiera verme? Se preguntaba interiormente Suecia, sin saber exactamente qué hacer. ¿Qué he hecho yo para merecer eso, si he realizado todo lo que estaba en mi mano para que se sintiera lo más cómodo a pesar de su transformación? Me gustaría preguntar el por qué de su reacción y de sus actos, pero no puedo decir nada, es demasiado embarazoso para mí, y no sabría expresarlo correctamente. Yo solo quiero que Fin sea feliz... ¿acaso no es feliz conmigo? Puede que el problema sea mi sola presencia, que sea la causa de todos sus males. Y si en verdad es eso, no dudaría en marcharme de su casa y de su vida si con ello él es feliz. Ojalá supiera esto, pero jamás me atreveré a decirlo. Todo eso pensaba Suecia mientras sus penetrantes ojos azules se quedaban fijos en Finlandia, como si no reaccionara o tuviera miedo a realizar algún movimiento del que más tarde se arrepentiría de haberlo hecho. Finlandia estaba en la misma situación, rojo como un tomate, sin saber tampoco muy bien que hacer. Pero por suerte, o por desgracia para Finlandia, esa extraña situación llegó a su fin.
Alguien llamó a la puerta. El timbre de la casa tenía un sonido agudo, penetrante, hecho especialmente para que pudiera ser escuchado en cualquier rincón de la casa. -Vaya, creo que llaman a la puerta -decía Finlandia. Quería que toda esa incómoda situación terminara, porque no iba a salir nada claro. Él no podía hablar, y Suecia... bueno, Suecia nunca hablaba, menos en ese tipo de situación. Debía de estar condenado a no ser capaz de decirle nada a Suecia. Quizá, después de todo, no confiara lo suficiente en Suecia como para compartir sus sentimientos y sus problemas, todo lo que pasaba por su cabeza. Podría ser que la solución a todos sus problemas fuera así de simple -.
- D'b' d' ser 'l (Deben ser ellos) -decía Suecia, más como si fuera un pensamiento en voz alta que como si quisiera mantener una conversación con Finlandia. Colocó su mano en la cabeza de su compañero, como si fuera una especie de mascota o lo estuviera medio consolando. Finlandia lanzó una mirada de desconcierto, pues no sabía a qué venía ese gesto. Suecia seguía siendo un completo misterio para él, y seguiría así bastante tiempo, temía -.
- ¿Acaso esperas a alguien, Su-san? No quiero que por mi culpa tengas que dejar asuntos importantes. Estoy bastante bien, me apaño cada vez mejor -. Se separó un poco del sueco, que dejó caer su mano lánguidamente sobre uno de los lados de su cuerpo. Lo estaba interrogando también con la mirada, implorando que por favor no sacrificara sus deberes como país que era. Primero la obligación, y luego el querer, siempre el deber por delante.
- N' 's trab'j'. S'mpl'men'e h' llam'do a Ingl'terr' p'r' qu' tr'ga a S'al'nd 'qu' con n's't's(No es trabajo. Simplemente he llamado a Inglaterra para que traiga a Sealand con nosotros).
- ¡¿Que has hecho qué?! -Finlandia no podía dar crédito a lo que Suecia estaba diciendo. ¡Sealand iba a venir a casa, y lo iba a ver así! ¡Y encima venía con Inglaterra! No podía permitir que lo vieran, no de esa forma. ¿Qué dirían? Seguro que se reirían de él, y sería la comidilla de todos. ¿Cómo Su-san podía ser tan inconsciente algunas veces? -. Su-san, ¿tienes una mínima idea de lo que has hecho?
- Uhm... -se quedó meditando unos segundos, como si fuera una pregunta muy complicada -. ¿Qu' pr'bl'm' h'? (¿Qué problema hay?)
- Qu... Que qué problema hay... -Finlandia ya definitivamente no podía dar crédito a lo que oía. Alomejor estaba en un mal sueño, le estaban gastando una broma, o algo parecido. Se pellizcó las mejillas, hasta se se sonrojaron y adquirieron un rojo intenso, que le recordaban que estaba en la vida real. No pudo evitar enfurruñarse, ir de un lado a otro de la habitación mientras daba patadas al suelo, como si tuviera la culpa de todo lo que estaba pasando -. ¿Es que acaso no ves que no soy yo, que mi cuerpo está todavía cambiado? -dijo Finlandia mientras señalaba su cuerpo, algo innecesario porque se veía a la legua -, ¿es que no piensas que yo no quiero que me vean así, porque me da vergüenza? ¡Imagínate lo que van a decir de mí! No podré aguantar con la humillación y la vergüenza... ¿No has pensado que quizá hubiera una remota posibilidad de que no quisiera visitas hasta que todo esto se hubiera arreglado? ¡Y viene Sealand! ¿Qué pensará de mí? -Finlandia seguía yendo de un lado a otro de la habitación, reprochándose cosas y casi hablando más en voz alta para sí que recriminando a Suecia lo que había hecho. Estaba muy nervioso, se sentía como acorralado, sin saber qué hacer. Estaba como en un callejón sin salida.
- ¿D's' cu'nd' t' ha imp'rt'd' lo qu' pi'ns'n los d'm's? (¿Desde cuándo te ha importado lo que piensen los demás?) -Finlandia se paró en seco tras escuchar la pregunta, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, pillado totalmente por sorpresa, no solo porque Suecia había hecho una frase más extensa de lo normal, sino por la propia pregunta en cuestión. Suecia, además, se acercó a su lado y colocó ambas manos en los hombros delicados de Finlandia, mientras lo seguía mirando con esos ojos azules, fríos, pero a la vez tiernos y llenos de empatía. Parecía que iba a decir algo, pero en vez de eso se quedó mirando fijamente, con una mirada que daba la sensación de que estaba muy enfadado. No pudo evitar dar un grito ahogado, de puro terror porque cuando Suecia lo miraba de esa forma aunque cerrara los ojos seguía sintiéndola, como si perforara cualquier cosa que se pusiera por delante -.
- Pues... es que esto es distinto... -empezó a balbucear Finlandia, presa de la sorpresa. La verdad es que nunca le había importado ese tipo de cosas, hasta ahora y el cambio que se había producido en su vida. Era despistado, alegre y tranquilo, disfrutando de las cosas sencillas pero buenas que tenía en su vida. Ahora era así también, pero se ponía de los nervios con cada cosa, y Suecia tenía que aguantar todos sus cambios de humor; estaba siempre a la defensiva, avergonzado por su aspecto, porque no lo aceptaran, aunque se pudiera cambiar (o eso le había asegurado Noruega). Suecia tenía razón: si se dejaba llevar por la situación, acabaría con él, por lo que tendría que seguir su vida, dejando a un lado lo que pudieran decir de él. Como él decía, nunca le importó lo que dijeran los demás -. Entiende mi situación, Su-san. Me siento distinto, siento que estoy cambiando y que mi físico no es el que era antes, lógicamente -y comenzó a reírse de forma nerviosa -. Solo... solo tengo miedo a que si esto sigue así todos se acaben alejándose de mí, como si fuera un bicho raro o algo por el estilo. Incluido tú... -nada más decirlo, la mirada de Suecia se tornó más dura, como si lo que hubiera dicho le hubiera ofendido -. No, no, tranquilo Su-san. Yo confío en ti, pero no puedo evitar tener un atisbo de duda. Si estuvieras en mi situación, seguro que pensarías lo mismo, aunque fuera un poquito -y sonrió de forma sincera, para calmar a su compañero -, ¿quién sino tú ha estado todo el rato a mi lado, apoyándome?
Y siempre estaré a tu lado, pase lo que pase. Eso se decía a sí mismo Suecia, pero no era capaz de trasladar sus pensamientos en palabras una vez más. Finlandia nunca conocería ni la más mínima parte de lo que sentía y pensaba, y todo por su culpa, no había nada más. No pudo hacer más que suspirar, rendido ya por las circunstancias. Solo le apenaba que Finlandia pudiera pensar eso, aunque solo fuera fugazmente. Eso significaba que algo estaba haciendo mal. Cruzó sus brazos en el pecho, y se quedó pensativo, mientras Finlandia lo miraba ahora con ojos llenos de curiosidad. Volvieron a llamar a la puerta, esta vez con más insistencia.
- ¿Qu'r's b'j'r? (¿Quieres bajar?) -preguntó Suecia -.
- Estaré en cinco minutos, prometo no demorarme demasiado -y sonrió de nuevo, otra vez con una sonrisa llena de sinceridad y auténtica alegría -. Pero no vuelvas a hacer algo parecido sin consultarme, ¿de acuerdo? -y lo señaló con un dedo acusador -.
- V'l' (Vale) -Suecia no quería saber más, con eso era más que suficiente. Despidió a Finlandia acariciando su cabeza de nuevo, sin decir absolutamente nada, y se marchó de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Finlandia volvió a suspirar, cerrando un momento los ojos, para volver a ver su reflejo en el espejo. Ahora que me acostumbro a verme así, tampoco está tan mal. Si todo sigue como antes, puede que me acabe acostumbrando a esto nada más pensarlo sacudió la cabeza, para alejar esos pensamientos de su mente. ¿En qué demonios estoy pensando? Tenía que dejar de pensar en ese tipo de cosas, porque a la larga empezaría a dudar seriamente. Tenía que concentrarse, que no desviarse de lo que quería realmente: volver a su cuerpo auténtico, volver a la tranquila y apacible vida que había llevado hasta ese extraño suceso. Con las energías y la alegría de nuevo en su cuerpo, alzó los brazos para estirarse una vez más, y se dirigió al armario para ver qué podía ponerse. Tampoco es que tuviera mucho que ponerse, la mayoría ropa masculina que la iba un poco ancha de piernas y un poco de ropa de mujer, que había conseguido en un centro comercial. Se había dejado llevar por los dependientes que había encontrado, más que nada porque llamaba más la atención una chica vistiendo ropa claramente masculina, y no quería atraer más miradas de las necesarias...
-C'nc' min't's (cinco minutos) -dijo Suecia, mientras señalaba las escaleras que conectaban con el segundo piso -.
- Nada, tranquilo, siempre es agradable venir aquí y veros a todos -especialmente a Finlandia, porque Suecia me da bastante miedo. Se acercó la taza a los labios y sorbió un poco de té. Como el té de Inglaterra, ninguno, la verdad -. Pensaba que iba a hacer más frío, pero hemos tenido suerte y hemos venido en un tiempo magnífico. Ya es primavera.
- Uhm -Inglaterra miraba hacia todas partes, incómodo y nervioso. Siempre que iba a dejar a Sealand con Suecia y Finlandia pasaba lo mismo: acababa él con la sensación de hablar solo, mientras Suecia no hacía más que contestar con ese sonido de aprobación. No podía echarle en cara que no le escuchara, sino todo lo contrario, pero cuando lo normal es entablar una conversación, Suecia se callaba y no hacía ademán de querer hacer nada más. Incluso te miraba más fijamente de lo normal, y te clavaba sus fríos ojos azules en los tuyos, haciendo que la atmósfera del lugar cada vez fuera más terrorífica. Eso era lo único que disgustaba a Inglaterra de sus visitas a esa casa. Solo esperaba que en verdad Finlandia tardara cinco minutos en prepararse y bajar -.
- ¿Sabes qué, papá? En la casa de Inglaterra llueve toooooodo el rato, no he visto apenas el sol. Me hubiera gustado que hubiera nevado, porque así podría haber ganado a Inglaterra en una pelea de bolas de nieve, como las que solemos hacer aquí.
- ¿Quién te ha dicho que me ganarías en una batalla de bolas de nieve?
- Es obvio. Yo soy mejor. Más joven, y con mejor puntería.
- Más... más joven... ¡¿C-cómo te atreves a decirme eso?! Salgamos fuera y te demostraré de lo que este "viejo" es capaz de hacer. ¡Vamos!
- ¡Acepto el reto! -ambos se levantaron del sofá, dispuestos a salir a la calle y realizar esa guerra para ver quién de los dos ganaba. Pero nada más levantarse y girarse para salir, se quedaron paralizados en el sitio, por lo que estaban viendo. Ante ellos se alzaba una muchacha de ojos violetas, de cabellos dorados que caían en caprichosas formas sobre sus hombros y llegando hasta la cintura. Llevaba puesto una sencilla camisa de color blanco de manga corta con un estampado de flores en los bordes y una falda de color azul claro que llegaba hasta las rodillas, con capas por debajo para darla mayor volumen. El conjunto terminaba con unos calentadores de color blanco y azul con motivos geométricos, en cuyos bordes sobresalía el forro peludo del interior, y unas botas resistentes y gruesas de color negro para aguantar la nieve del exterior. A su lado se encontraba Hanatamago, que rápidamente se lanzó para saludar a Sealand.
- Hola a todos -dijo Finlandia, levantando la mano a modo de saludo. El silencio era sepulcral, y nadie parecía atreverse a decir o hacer nada -.
- Vaya Suecia, no nos habías comentado nada de que teníais ya una visita -dijo Inglaterra, carraspeando un poco. No la cuadraba para nada una visita, y menos de una chica, además que no conocía a esa chica de nada en absoluto -. Encantado de conocerla. Mi nombre es Arthur -y realizó una exagerada reverencia, propia de un caballero inglés que era -. Creo que es mejor que nos marchemos, porque parece ser que hemos interrumpido algo. Saludad a Finlandia de mi parte, y ya vendremos en otra ocasión. Vamos Sealand -Inglaterra estaba dispuesto a salir de la casa, y ya se había girado para tomar a Sealand de la mano y sacarlo de allí. No dio oportunidad ni siquiera de que la extraña muchacha contestara a su saludo. Y lo que vino a continuación lo dejó ya de piedra -.
- Mamá... ¿eres tú?
- ... ¿Por qué dices que soy Finlandia? -no me gusta nada que me llame así, no soy su madre -.
Sealand se acercó a Finlandia, y la abrazó fuertemente. El abrazo fue correspondido, e incluso Finlandia agachó la cabeza para tener más de cerca a Sealand. La verdad es que le echaba mucho de menos, y no podía evitar abrazarlo con todas sus fuerzas, como si al terminar el abrazo no lo volviera a ver nunca más. -Porque siento que eres tú. Puedes cambiar todo lo que sea, pero yo seguiré sintiendo que eres tú. No te librarás de mí tan fácilmente -y mostró una amplia sonrisa, enseñando sus perlados dientes -. No sabría explicarlo, pero sé que eres mamá. ¿Qué otra persona podría haber en casa estando papá aquí?
- Sealand... -Finlandia lo abrazó más todavía -eres un niño demasiado listo y despierto, me temo. Pensaba que ibas a sorprenderte más.
- Solo me pregunto por qué has hecho. ¿Acaso así papá te va a querer más? Además, mamá va a seguir siendo mamá, con tal de que me quieras como antes, me basta -y sonrió -.
- No, no es por eso Sealand. Es... es un poco más complicado y extraño... -Finlandia no podía reprimir un sentimiento de orgullo y de ternura por las palabras de Sealand -.
- ¿Queréis tener hijos en vez de adoptar, como habéis hecho conmigo?
- ¿Qu-qué has dicho?
- Es que vi un libro en casa de Inglaterra que...
- Vamos, vamos Sealand, deja de hacer preguntas, vas a incomodar a Finlandia. Creo que deberíamos sentarnos, y hablar tranquilamente sobre este asuntos que me tiene bastante intrigado. Jamás había visto algo parecido -y se acercó a Finlandia, para verle mejor -. Es una transformación perfecta, ha cambiado todo el físico. Tiene que haber sido un espíritu o un hechizo muy poderoso -su rostro se acercó peligrosamente al de Finlandia, para observar mejor aquel cambio. Finlandia miraba hacia el suelo, un tanto avergonzado, porque sentía la penetrante mirada de Inglaterra, como si intentara penetrar en su mente. Entonces, de repente, Suecia se levantó y se colocó al lado de Finlandia, posando su mano derecha en uno de los hombros de Finlandia, a la vez que miraba a Inglaterra de una forma tan glaciar y asesina que parecía estar a punto de abalanzarse sobre él. Inglaterra retrocedió intimado, con un escalofrío en el cuerpo que no podía disimular, mientras se alejaba y alzaba sus palmas en símbolo de paz. También Finlandia tuvo que poner de su parte, recordando que era su invitado y que no se podía comportar así -.
Se sentaron los cuatro, y Finlandia tomó la taza que le correspondía. Suecia estaba a su lado, muy pegado, por si necesitaba algo, mientras lanzaba miradas de advertencia a Inglaterra para que no hiciera nada de lo cual luego se arrepintiera. Sealand tenía un zumo entre sus manos, mientras observaba con sus ojos inocentes a sus padres, a la vez que sonreía por la situación. Es cierto que se había sorprendido mucho, pero veía a Suecia igual de feliz con Finlandia, y lo mismo por parte de Finlandia hacia Suecia. Si las cosas no habían cambiado, ¿por qué preocuparse? Si podía estar con ellos, si Finlandia era igual pero con otra forma, no tenía de qué preocuparse. Solo si ya no querían estar juntos, solo si ya no eran una familia, empezaría a preocuparse. Además, tenía que demostrar que ya se estaba convirtiendo en todo un adulto, y estaba muy orgulloso de su reacción. Finlandia seguía un poco nervioso, pero intentaba comportarse como si no pasara nada, en gran parte gracias a Suecia y Sealand; sin ellos, no sabría lo que pudiera haber hecho. El tiempo pasaba, hasta que Inglaterra se excusó por la hora que era, debido a que todavía le quedaba un largo camino de vuelta a casa. Se despidió de Sealand con una cariñosa palmadita en el hombro, que fue respondida por un resoplido y un "no te pierdas por el camino", y se marchó junto a Finlandia, que había decidido preparar algo para comer, pues estaba bastante animado. Suecia lo acompañó hasta la puerta.
- T'ng' qu' preg'nt'rt' un' c's' (Tengo que preguntarte una cosa) -iba diciendo Suecia mientras se adelantaba a la puerta para abrírsela por cortesía. Inglaterra seguía bastante nervioso, pensando en lo que podría decirle, ya que no sabía por dónde iba a salir -.
- Cl-claro. Pregunta lo que quieras. Intentaré responderte -respondió Inglaterra -.
- ¿Qu' cr's qu' le h' pas'd' a F'n? (¿Qué crees que le ha pasado a Fin?)
- Pues... Bueno, he visto muchas cosas "curiosas" y extrañas, pero esta es bastante llamativa. Jamás había visto algo parecido. Me ha dejado sin palabras, por eso no podía dejar de mirarle, no es que piense que se ha convertido en una chica muy atractiva -empezó a sonreír de forma nerviosa, porque pensaba que iba a amenazarle o a llamarle la atención por no dejar de observar a Finlandia. Había una mezcla de curiosidad por el hecho en sí, a lo que se unía la idea de que se había transformado en una muchacha más que guapa... y se sentía un tanto atraído, no lo dudaba ¿Suecia pensaría lo mismo que él? -Pero vamos, ese no es el tema.
- ¿P'dr's ay'd'rle? (¿Podrías ayudarle?)
- Veré lo que puedo hacer... Pero no te prometo nada, porque no sé qué hechizo o espíritu lo ha podido hacer. ¿De verdad que quieres que cambie? -ante la mirada gélida de Suecia, tembló de pies a cabeza -. Vale, vale, no es de mi incumbencia. Yo solo pensaba que alomejor así... Bueno, bueno, mejor dejo de hablar... porque claro, acabaré diciendo algo de lo cual me arrepienta y... creo que me tengo que ir ya... solo espero que no os dé muchos problemas Sealand y ya nos volveremos a ver. Adiós.
- Uhm -dijo Suecia, mientras abría la puerta y lo despedía con la mano. Se quedó con la mirada perdida en el paisaje que se abría ante él, pensando en las palabras que le había dicho Inglaterra, o lo que más bien había insinuado. Tendría que pensar largo y tendido sobre ello, pero no ahora. Finlandia estaba en la cocina y era un peligro en esa zona de la casa. Tenía que vigilar que no quemara o no se cortara -.
