-Su-san, por mucho que me intentes convencer, no veo que esta idea sea buena…

-¿P'r q' n'? (¿Por qué no?)

-Ay… -Finlandia no pudo evitar suspirar. En estas ocasiones, cuando Suecia se comportaba de esa forma, no había manera de hacerle ver el error en el que se encontraba. No sabía exactamente si era por cabezonería, por orgullo, o simplemente porque era demasiado inocente, y no pensaba que ciertas acciones o hechos tuvieran diferentes puntos de vista, o que la gente lo tomara de otra forma a la que él se imaginaba, o que quisiera decir -. ¿De verdad no lo ves? Imagina lo siguiente, que de repente, aparece ante ti alguien a quien conoces muy bien, pero con un… gran cambio. Y no hablo de que se haya cortado el pelo, cambiado la forma de vestir, o que haya crecido… ¡sino que ha cambiado de sexo! ¿No te sorprenderías?

-P'r' n' d'jar'a d' habl'rl' (pero no dejaría de hablarle) –empezó a razonar el sueco -, n' habr'a pr'bl'm' (no habría problema)

-Nada, que no lo entiende… -Suecia le extendió una chaqueta, pues en esa región siempre hacía bastante frío, incluso en verano, mientras sus ojos azules se clavaban en los de él - ¿de verdad que tengo que ir?

-… C'm' q'r's (Como quieras)

-No, como quieras no. Si no voy, seguro que me lo vas a estar recordando toda la vida, y empezaré a comerme el coco. Creo que es peor que no vaya, a que vaya. Aunque si voy, también será horrible, por la vergüenza y las caras de sorpresa que voy a ver. Y para que te me quedes mirando, esperando que haga lo que quieres, es mejor que lo haga directamente. ¡Venga, vámonos ya! Antes de que me lances otra mirada que congela la sangre –esas últimas palabras las dijo en un susurro, pues no quería que el sueco las escuchara. No sabía muy bien por qué, pero no le sentaba muy bien que dijera ese tipo de cosas, parecía como… como si le sentara mal. Cosa que no entendía, porque era la simple y pura verdad. Si tan mal le sienta, que cambie su actitud. Es lo que se debe hacer en ese tipo de situaciones. Pero justo antes de que salieran de la casa, se giró bruscamente para encararse con Suecia -. Voy con una condición: debes decir que soy tu ayudante, secretaria, amiga… lo que sea. Bueno, menos amiga, lo que quieras. Eso de amiga no se lo creería nadie. ¿De acuerdo? Es lo único que te pido.

-… -se quedó unos segundos pensando, como si la propuesta hecha fuera muy difícil de aceptar. Al menos así parecía serlo para el sueco -. D' ac'rd' (de acuerdo) –concedió el sueco -. P'r' n' 'nti'nd' 'l p'rq'. (Pero no entiendo el por qué).

Dejaron comida y agua fresca para Hanatamago, pues estarían de viaje unos cuantos días. Cada uno llevaba su maleta, aunque tuvieron otra pequeña discusión porque Suecia no dejaba a Finlandia llevar su equipaje. Mientras Finlandia pensaba que ese hombre le iba a volver loco, mientras se quedaba mirando cómo cerraba la puerta y se despedía de la casa. En ese momento, un sentimiento inundó el corazón del finés, un sentimiento que a la vez le hizo temblar de miedo por el solo hecho de que existiera. Así sería nuestra vida si estuviéramos juntos. Como una auténtica familia: un niño, los dos juntos, un perrito como animal de compañía… estar rodeados de la quietud de la naturaleza, sin vecinos cotillas o ruidosos… sería una vida de ensueño. ¿De ensueño? Se dio unos golpecitos en la cabeza, para que eso desapareciera de su mente. ¿En qué demonios estaba pensando?

-Bueno, creo que después de cinco horas para decidir las nuevas bases sobre las leyes del calentamiento global, ya podemos decir que hemos terminado. Mañana seguiremos con los puntos a tratar establecidos, así que se cierra la reunión –dijo Alemania en un tono sereno, como si se encontraran decidiendo algo de vital importancia. Todos tenían una cara de aburrimiento extremo, con ganas de irse a sus respectivas habitaciones de los hoteles en los que se alojaban para tener un poco de tiempo para ellos solos, comer o simplemente salir de allí por el tedio que se respiraba en la sala, y que succionaba las energías de cualquiera.

-Ahora voy a comer un enoooorme y delicioso plato de pasta –decía Italia mientras se levantaba -, ¿no quieres acompañarme, Alemania? Seguro que quieres un poco.

-No estoy ahora para comer, Italia. No tengo un estómago sin fondo como tú.

-Venga, venga, venga, venga –no hacía más que decir esa palabra, a la vez que pinchaba con su dedo en el brazo derecho de Alemania -.

-¡No insistas más, no voy a ir!

-Como siempre, esos modales que tienes dejan mucho que desear –dijo Francia mientras se acercaba a los dos países -. Yo puedo acompañarte encantado, Italia, aunque la cocina francesa es infinitamente mejor, nunca está de más probar comida de otro tipo. Aceptaré tu invitación. ¡Ey, Inglaterra! Tienes que venir también, así probarás comida de verdad, no lo que tú haces.

-¿Qué has dicho? –dijo Inglaterra, dando unas enormes zancadas para acercarse al grupo -, para tu información, estoy empezando unas clases de cocina, así que ese comentario no tiene lugar.

-Bueno, no creo que solucionen tu problema. Lo mejor es que lo asimiles.

-Ya empezamos… -dijo Alemania, suspirando. Siempre que se encontraban Inglaterra y Francia, parecía que no podían evitar meterse en cualquier discusión, por muy estúpida que fuera -. Vámonos Italia. Prefiero comer pasta otra vez antes que verlos discutir.

-¡Bien! Alemania va a comer conmigo. Ya verás que ricos van a estar… -mientras se iban, Italia dando saltos y hablando de todo tipo de cosas, los otros seguían discutiendo sobre la comida, tema que claramente tenía ganado Francia, pero Inglaterra no iba a dejarle el placer y gusto de saber que lo había ganado en algo. Y no se dieron cuenta de que una muchacha de cabellos dorados, vestido sencillo y elegante de color blanco del mismo color que la boina que llevaba, se acercaba a ellos con paso temeroso.

-Ehm… perdón pero… ¿sabéis dónde está Su-s… digo… el señor Suecia? –nada más oír eso, ambos se giraron a la vez, como si lo hubieran ensayado, sobresaltados por lo que habían escuchado, y para ver a quién preguntaba por el paradero de Suecia. Francia se giró sobre todo porque había escuchado el sonido dulce y melodioso de una mujer, e Inglaterra porque le parecía familiar -. Pero si molesto, no pasa nada. Puedo preguntar a otra persona.

-Oh, la, la –y se acercó a la muchacha -, qué tenemos aquí. Nunca te había visto en estas reuniones aburridas, seguro que me acordaría de tu hermosa cara –y la muchacha empezó a sonrojarse -. ¿Por qué buscas a ese estirado y frío? Yo soy muchísimo mejor que él, fogoso e impetuoso. A las mujeres os va más ese rollo.

-No es por ofender ni nada –y colocó sus manos delante, a modo de barrera con Francia, que se acercaba cada vez más -, pero solo quiero saber dónde está, nada más –Inglaterra seguía mirándola, anonadado -. De saber cómo era Francia, jamás me habría acercado a preguntar. Creo que he metido la pata.

-Seguro que te incomoda la reacción de mi compañero, pero no está acostumbrado a actuar educadamente ante una señorita –y dio un golpe seco en la cabeza del inglés, para dar un giro de 180 grados a la conversación. Me la ganaré siendo amable y considerado, pensaba para sí -. No es de un caballero estar babeando delante de una dama, pensaba que al considerarte todo un caballero inglés lo sabrías –esas últimas palabras las dijo con cierto sarcasmo, mientras sonreía y volvía a prestar atención a Finlandia -. Todavía no nos has dicho quién eres, pero qué modales, no nos hemos presentado nosotros tampoco.

-Es que tengo algo de prisa… -de haber podido, se habría marchado corriendo, pero eso causaría más revuelo aún del que ya se estaba montando -.

-Yo soy Francia, y aquí mi compañero, Inglaterra. Pero no es necesario que lo conozcas, seguro que estás deseosa de hablar conmigo, querida. Ven conmigo, nos lo pasaremos bien –e hizo ademán de tomar su mano. En ese momento, Inglaterra reaccionó -.

-No creo que sea buena idea, Francia. Si tienes apego a tu vida.

-Qué cosas más raras dices. ¿Qué problema hay en ser educado con una damisela? No tengo la culpa de que tú no puedas hablar con ellas –y se aclaró la garganta, para volver a adoptar una voz de seducción -, insisto en que vengas conmigo, madame.

-Déjala en paz, no quiere ir contigo. ¿No ves que tiene miedo? ¿De verdad te funciona este truco con las mujeres? Es patético.

-¿C-cómo que patético? Yo he estado con muchas más mujeres que tú, Inglaterra. Eres un estirado, un conservador, y eso no atrae a las mujeres. Yo soy rebeldía, soy lo que ellas piden que sea, soy…

-Sí, sí, lo que tú digas –y de un solo movimiento, tomó la mano de Finlandia -, Fi… digo, muchacha, vámonos. Tendrás que disculparlo, pero es lo que tiene la desesperación. Además, yo creo que tiene un problema, un problema muy serio con las mujeres. No se lo tomes en cuenta. Nos vamos de aquí antes de que haga algo de lo que se arrepienta.

Y se marcharon, ante la mirada atónita de Francia, que no pudo menos que enmarañar sus dedos en los dorados cabellos de su cabeza, indignado por las cosas que le había dicho Inglaterra, y por la chica que había perdido por su culpa. Mientras se marchaban, Francia pensó que la guerra solo acababa de comenzar y que, si estaba aquí como acompañante de Suecia, tendría que venir mañana, otra oportunidad para hablar con ella. Estúpido Inglaterra, no sabes que un francés nunca se rinde, y menos si se trata de un tema relacionado con las mujeres.

Cuando consiguieron estar en un lugar más apartado, Finlandia se sentía un poco incómoda por la situación, y porque Inglaterra la estaba apretando bastante la mano, seguramente por el enfado que tenía a causa de Francia. Pero no se fijaba en que su salvador estaba un poco sonrojado, debido a que estaba tomando de la mano a una mujer, aunque supiera que en el fondo era un hombre, pero era bastante guapa, a decir verdad. Y, como todo hombre, sentía debilidad por las damiselas en apuros, le hacía sentir alguien que controla la situación, que es superior al otro, que está haciendo lo que debe hacer. Salieron de aquella sala plagada de gente –gracias a que había mucha, pasaron desapercibidos -, y se quedaron en el pasillo, uno frente al otro.

-¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Tantas ganas tienes de ver a Suecia?

-Encima la culpa es mía, ¡de eso nada! –Finlandia estaba enfadado, porque siempre le echaban la culpa, y quien le metía en esos embrollos era Suecia. Ya era suficiente, no iba a permitir que le echaran la bronca otra vez -. Yo no quería venir aquí, ¡es de locos! Con lo a gusto que estaría en mi casa, frente a la chimenea, bebiendo una bebida caliente y viendo la tele de vez en cuando, dar paseos con Hanatamago, leer un buen libro… esas cosas. Pero no, tenía que venir aquí porque a él le dio la gana, me deja de lado por la reunión, entro para ver si está, e intentan ligar conmigo. Y la culpa es mía –se paró. Le faltaba aire, pero estaba realmente molesto. En esta ocasión, no había hecho nada malo. Hasta unas lágrimas de rabia corrían por sus mejillas, que estaban encendidas de un rojizo que contrastaba con su pálida piel -.

-Bueno, tranquila, digo, tranquilo. En fin, lo mejor es que te acompañe y te ayude a encontrar a Suecia cuanto antes. Puede que mañana debas quedarte en la habitación del hotel, por tu seguridad al menos. Pero tranquilízate.

-Muchas gracias Inglaterra. No sé cómo agradecértelo –y le dio un abrazo. Inglaterra al principio no sabía cómo reaccionar, pues no se esperaba ese gesto por parte de Finlandia. Siempre había pensado que era un poco como Suecia, pero en realidad era justo lo contrario. Y no podía decir que no se encontrara incómodo, pues seguía sin estar acostumbrado a que una mujer le diera ese abrazo. Sentía su cuerpo pegado al suyo, su aroma, sus cabellos, su respiración… pero todo eso voló de su mente cuando, al abrir los ojos vio la cara de Suecia, con esos ojos gélidos que congelaban, esa mirada mezcla de enfado y de amenaza absoluta. No pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió el cuerpo, de arriba abajo. De forma instintiva, se separó bruscamente de Finlandia, como si hubiera sentido un calambrazo -.

-B-bueno, creo que el abrazo ha sido lo suficientemente largo –mientras lo decía, Suecia se acercaba, hasta colocarse justo al lado de Finlandia. Apoyó una de sus manos en el hombro del finés, que se sorprendió. Una mezcla de alegría y de reproche se podía percibir en sus ojos -. Te puedo asegurar que no ha pasado nada, Suecia, seguro –no entendía por qué lo decía, pero tenía la necesidad de decirlo. Por si había algún posible malentendido -. Creo que América, o China, o… o alguien me está llamando. Ha sido un placer, espero que nos volvamos a ver pronto. Adiós, adiós –y con una sonrisa nerviosa en sus labios, se marchó -.

-Su-san, ¡por fin te encuentro! ¿Sabes la vergüenza que he pasado por tu culpa? Si es que no tenía que haber venido, vaya idea que has tenido. Me he sentido muy observada, encima preguntando por tu nombre, la gente se extraña aún más –y siguió sacando pegas de su estancia allí, pero en el fondo se alegraba demasiado de ver al sueco. Se sentía, como siempre que estaba a su lado, protegido, y estimaba en demasía su compañía. Casi ni se había percatado de que Inglaterra se había ido, de la alegría de volver a ver a Suecia -. Pero bueno, al menos ya estamos juntos, que es lo que importa.

-V'm's a c'm'r 'lg' (vamos a comer algo) –dijo Suecia cuando Finlandia acabó de echarle la bronca. Había escuchado todo lo que le había dicho, pero él no veía lógico discutir por algo tan estúpido. En esos casos, era mejor cambiar de tema, aunque a Finlandia eso le enervara más. Pero no lo hacía con esa intención, sino simplemente para no echar más leña al fuego -.

-A veces no sé para quién hablo, si para una persona o una pared –y suspiró. Él también sabía que en esos casos, lo mejor era cambiar de tema, hacer como si nada hubiera pasado. En ese momento, se ruborizó un poco, porque desde fuera todos estarían pensando que ellos eran una pareja, pues actuaban como tal -. Su-san, es mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes, me siento incómodo.

-Cl'r' (claro) –y tomó la mano de Finlandia, para tirar de él y salir de aquel lugar. Quería imitar a Inglaterra, porque pensaba que sería agradable darle la mano, porque se moría de ganas de hacer eso. Pero en vez de hacerlo suavemente, de forma cariñosa, lo hizo bruscamente para salir cuanto antes, algo que Finlandia interpretó como una señal de que se dieran prisa. Pero por su cabeza pasó otro pensamiento, se imaginaba que ella era una especie de damisela en apuros, y que Suecia acudía a su rescate, un alto, rubio e imponente caballero que tenía como misión protegerla de los desalmados y peligrosos. No pudo evitar sonrojarse ante ese pensamiento, y sonreír nerviosamente. Vaya cosas que pienso, se decía a sí mismo, mira que tengo una gran imaginación. Princesa en apuros… caballero que va a rescatarme… tengo que leer menos novelas de fantasía.