¡Hola de nuevo! Seguimos con el capítulo número cinco.

CAPÍTULO 5

Apuntar, traspasar, dar la vuelta. Esos eran los movimientos que seguía repetidamente la aguja que sujetaba Chitaru. Apenas llevaba diez minutos cosiendo, pero la tensión empezaba a notarse en el ambiente, causada por el silencio que había.

Hitsugi estaba sentada con las piernas encima del sofá al lado de Chitaru. La miraba con interés, apreciando cada movimiento que hacía. Apreciaba la tranquilidad, la paciencia y el buen humor que tenía.

-¿Cómo has llegado a parar aquí?-

Chitaru giró la cabeza, un poco sorprendida por el hecho de que la pequeña quisiese empezar una conversación. Miró a los ojos de la chica, los cuales irradiaban inocencia y alegría. Una conmovedora sonrisa se formó en su cara y decidió seguir la conversación con toda la relajación del mundo:

-Pues bueno, mi mentora decidió meterme en esa academia ya que no tengo otro lugar en el que vivir.-

Hitsugi la miró con curiosidad y un poco de confusión. Quería saber cosas de ella, estaba convencida de que todo lo que tuviese que ver con ella sería admirable, así que siguió preguntando:

-¿Tus padres no puedes cuidarte?-

-La verdad es que no tengo padres. Mi mentora ya es muy mayor y ni si quiera es familia mía. A partir de hoy, este es mi hogar y no tengo ni si quiera a alguien al que poder tomar como un familiar...- confesó Chitaru con un tono triste en su voz mientras cosía el oso de la otra jóven.

Hitsugi se dio cuenta de que no debería haberle preguntado eso. Se sentía idiota y culpable por haberla puesto triste. Se sentía fatal por saber que Chitaru estaba sola en el mundo. No estaba dispuesta a ello.

-Pero ahora yo estaré contigo.-

Chitaru dejo de coser. Miró a la peliazul con una mirada de esas que te ven el alma. Veía el de la pequeña. Un alma pura llena de bondad y buenas intenciones. Aquella inocente chica había conseguido que a la pelirroja se le derritiese el corazón. Dejó cuidadosamente el osito de peluche a un lado del sofá y abrazó a Hitsugi.

-Gracias, Kirigaya.-

-No tienes nada que agradecerme, Chitaru-san.-

La peliazul sonrió, sonrió mucho. Apretaba sus estrechos brazos alrededor del cuello de Chitaru. Aspiraba su dulce aroma a rosas. Le encantaba esa sensación de tenerla cerca.

Chitaru disfrutaba mucho de aquel abrazo. Agarraba dulcemente la pequeña cintura de Hitsugi y apoyaba la cabeza en su hombro. Veía sus mechones celestes de pelo liso, y se quedaba hipnotizada con ellos.

Acababa de conocerla, y ya no quería separarse de ella.

Después de un largo abrazo, ambas se separaron lentamente. Chitaru cogió el oso y al ver que ya estaba, se lo entregó a Hitsugi.

La peliazul lo sujetó cuidadosamente. Lo miró con todo detalle; estaba arreglado, y muy bonito. Le gustaba aún más ahora que Chitaru había estado cosiéndolo. Ahora que tenía impregnado el olor a rosas que ella poseía. Lo abrazó y con una enorme sonrisa y una alegre risa le dio las gracias.

-¡Muchísimas gracias, Chitaru-san!-

Chitaru sonrió, y se quedó unos instantes admirando a la chica.

Era pequeñita, muy pequeñita. No le cuadraba la idea de que fuese a su misma clase.

-Kirigaya, ¿te puedo hacer una pregunta?-

-Claro que sí- respondió alegremente.

-¿...Cuántos años tienes?- preguntó la pelirroja con un poco de vergüenza.

Hitsugi se rió. Todo el mundo pensaba que tenía cinco o seis años menos de los que tenía por su apariencia. Le hizo gracia y decidió seguir rizando el rizo.

-¿Cuántos aparento?- preguntó con diversión.

-Eh...esto...pues...no sé...- Chitaru se puso un poco roja. No quería decirle que aparentaba tener unos ocho años por si le parecía mal.

-Tengo 14- sonrió.

Impresionante. A la mayor se le quitó un peso de encima. No sabía ni cómo ni por qué, pero así fue. Estaba aliviada de que tuviese casi su edad, ¿por qué sería...?

-Oh, que bien. Yo tengo 17.- contestó con un tono notable de alegría.

-Todo el mundo me confunde con una niña de primaria. Resulta gracioso.- rió divertida.

Chitaru sonrió a la chica, y miró por la ventana. El sol se estaba empezando a esconder. Eran las 20:00 más o menos. Recordó que Kouko les había dicho que la cena se servía a las 21:00.

-Kirigaya, en una hora se sirve la cena. ¿Te apetece ir a dar una vuelta por el edificio? No sé exactamente donde está el comedor, así podríamos buscarlo-

-Me parece una idea estupenda, pero primero voy a peinarme- dijo la peliazul.

-¿Te puedo peinar yo?- dijo sin darse cuenta la mayor.

No se dio cuenta de lo que había dicho y de lo precipitado que era hasta acabar la pregunta. Sus mejillas se tornaron de rojo, como hoy llevaban haciendo casi toda la tarde. Hitsugi percibió que lo dijo sin pensar, pero le encantó la idea.

-¡Por supuesto! Ven, mi peine está en el cuarto de baño.-

Chitaru siguió a la pequeña que iba brincando felizmente hacia el baño. Allí, en una especie de tocador, había dos espacios. El de ella y el de Hitsugi. En su espacio había un neceser con desodorante, colonia, alguna crema, y demás objetos. En el de Hitsugi había gomas del pelo, horquillas, peines y cepillos. Cogió un cepillo bastante grueso y se lo cedió a Chitaru.

Ésta lo cogió, y luego miró el reflejo de Hitsugi en el espejo. Estaba sonriendo, esperando a que le acariciase el pelo. Así lo hizo, primero lo acarició, su melena era muy suave, como la lluvia de verano. Sedosa y delicada. Su aroma a miel inundaba el cuarto. Chitaru la peinó hasta que no vio más nudos y todos los mechones se encontraban paralelos unos a otros. Salieron de la habitación, cogidas de la mano.

Por los pasillos del edificio se oían algunas voces de estudiantes. Al mirar por la ventana, se veía a muchos de ellos aprovechando el calor que no tardaría demasiadas semanas en desaparecer hasta la primavera.

-¡Tokaku-san! ¡Voy ahora a buscarlo!- gritó una chica que iba corriendo hacia ellas y mirando a su espalda, por donde venía andando una chica a la que parecía estar hablando.

Ni Hitsugi ni la chica se percataron la una de la otra hasta que chocaron brutalmente y salieron despedidas un metro hacia atrás, cayendo de una manera un tanto dolorosa en el suelo.

-¡Kirigaya!- gritó preocupada Chitaru.

-¡Ichinose!- gritó también la chica que ahora venía corriendo hacia ellas en vez de caminando.

La chica que había caído encima de Hitsugi se levantó rápidamente, asustada por si le había pasado algo grave.

-¡Lo siento muchísimo! ¿Estás bien?- preguntó preocupada.

Hitsugi se enderezó. El golpe la había dejado un poco desorientada, pero al menos estaba consciente.

-Oh, Dios mío...¿te duele?- dijo la chica al ver el enorme moratón hinchado que tenía la peliazul en su frente y cabeza.

-Bueno...algo sí que me duele...pero estoy bien.- afirmó Hitsugi.

Chitaru le dio el osito de peluche que había salido despedido al igual que ella, cosa que la pequeña agradeció bastante. La pelirroja la cogió y la ayudó a levantarse. Le miró detenidamente y con mucha preocupación por su salud, y decidió que lo mejor sería poner un poco de hielo sobre el moratón para bajar la hinchazón.

-Nosotras tenemos hielo en la nevera de la habitación, vamos a coger algo.- dijo la otra chica.

Mientras caminaban hacia su cuarto, que según dijeron era el número dos, estuvieron presentándose. La chica que había corrido y chocado contra Hitsugi, se llamaba Ichinose Haru. Tenía dos coletas de color rojo anaranjado, su cara desprendía felicidad y buen humor, vestía con una falda y un jersey sin mangas. La otra chica se llamaba Azuma Tokaku, su mirada era inexpresiva, y no parecía mostrar ningún tipo de emoción. Llevaba una falda, una camisa y una corbata. Su pelo era corto, y azul, como el mar, y como sus ojos.

Llegaron a su habitación y Tokaku sacó la llave. Entraron y se dirigieron a la nevera, de donde sacaron tres o cuatro cubitos de hielo. Chitaru sacó un pañuelo de tela que llevaba en el pantalón y en él metió los cubitos. Lo ató y se lo dio a Hitsugi, indicándole que lo mantuviese apoyado sobre su herida para que dejase de dolerle.

El cariño con el que trataba a la pequeña era un cariño que no había tenido con nadie. No quería que le pasase nada, sólo la quería ver sana y feliz.

Hitsugi, por su lado, estaba encantada. Dolorida, pero encantada de que Chitaru se preocupase tanto por ella. Además, el pañuelo que le había dejado olía como ella, a rosas. Y eso le gustaba mucho. Muchísimo.

Las cuatro chicas se dirigieron al comedor, que se encontraba en la planta baja de aquel edificio. La cena estaría a punto de servirse, y después de toda la tarde conociéndose, el hambre empezaba a aparecer en sus estómagos.