¡Hola de nuevo! Últimamente le estoy cogiendo mucho gusto a escribir esto. Por cierto, me gustó la idea de «pandastica» de contar más a fondo la historia de los demás personajes, así que este capítulo lo voy a dedicar a contar lo que hicieron todas antes de irse a dormir esa noche después del toque de queda. ¡Sigamos!
CAPÍTULO 8
Habitación número 1.
-¿Quiénes eran?- preguntó Haru.
-Namatame y Kirigaya acompañando a una chica un tanto...extraña.
-¿Y qué querían a estas horas?-
-Buscaban a una chica llamada Hanabusa, no sé quien es, de todas formas, mañana las conoceremos a todas.- respondió con un tono considerable de cansancio.
Picaron a la puerta y Tokaku volvió a ir a abrir. Kouko apareció al otro lado del pasillo.
-Azuma Tokaku e Ichinose Haru.- dijo pasando lista.
-Aquí estamos las dos.- contestó abriendo un poco más la puerta para que viese que Haru estaba sentada al borde de su cama.
Kouko lo apuntó en su libreta y se marchó. Tokaku cerró la puerta y bostezó mientras se estiraba; se notaba a leguas lo cansada que estaba, así que se echó en la cama y mirando al techo preguntó a Haru:
-¿Cómo crees que será la vida aquí?-
La pelirroja, un poco extrañada porque su compañera quisiese tener una conversación siendo como era, se pensó su respuesta y contestó:
-Yo creo que va a ser genial. Mañana ya empezamos las clases y seguro que será complicado tener tantos exámenes y eso pero...pero haremos muchas amigas y tendremos muchos momentos para recordar durante toda la vida.- dijo sonriendo.
La peliazul la miró y, para sorpresa de Haru, sonrió.
-Espero que eso sea así. Buenas noches, Ichinose.- dijo mientras se arropaba y apagaba la luz de la mesita de noche.
-Buenas noches, Tokaku-san.- sonrió Haru felizmente mientras se acomodaba en su cama, y pensando en la imagen de su compañera sonriendo.
Habitación número 2.
-Isuke-chan, ¿me dejas tu quitaesmalte?- preguntó Haruki mientras observaba que su manicura ya estaba desapareciendo.
-Te he dicho que me llames Isuke-sama. Y toma- dijo mientras le lanzaba el bote.
-Muchas gracias, Isuke-sama.-
Haruki se sentó en su cama y se quitó su ya desastrosa manicura. Miró a Isuke, la cual estaba echada boca abajo en su cama mirando una revista de moda.
-¿Encuentras algo que te guste, Isuke-sama?- preguntó intentando mantener una conversación con su nueva compañera.
-Pues no, es todo horroroso. Una chica como yo tiene que lucir su cuerpo, no esconderlo con vestidos como estos.- se quejó mientras le enseñaba a Haruki la foto de un vestido que a penas tapaba las rodillas.
-Si quieres lucirte deberías ir desnuda. Todos te mirarían mucho, créeme.- bromeó su compañera.
-Idiota!- replicó con un tono molesto la pelirrosa.
Haruki dejó escapar una pequeña carcajada, después la miró fijamente y con una sonrisa añadió:
-No te preocupes, Isuke-sama, yo no necesito verte desnuda para apreciar lo hermosa que eres.-
La cara de Isuke cambió de color. Sus mejillas se volvieron de un color carmín, y apartó la mirada de la revista para mirar a Haruki, que ahora estaba contemplando sus uñas ya despintadas.
La pelirrosa guardó su revista y fue a abrir la puerta, ya que acababan de picar. Intentando disimular los colores de su cara, le dijo a Kouko que las dos estaban en la habitación. Cuando se marchó caminó hacia Haruki y le quitó el Pooky que tenía en la boca, intentando que su carácter fuerte no se viese afectado por aquella adorable idiota.
-...¿Isuke-sama?...- dijo confusa.
La ahora mencionada nada más echarse en la cama, se acercó el palito de chocolate a la boca y le dio un mordisco.
-Me da igual que tuviese restos de tu saliva, tenía algo de hambre.- respondió aparentando tener más fuerza en sus palabras de la que en realidad tenía ahora.
Haruki soltó una leve risa y apagó las luces.
-Hasta mañana, Isuke-sama. Espero que no te entre el hambre por la noche, porque no tendré un pooky en la boca que me puedas quitar...- dijo a la vez que bostezaba.
-Idiota...- murmuró Isuke, sin darse cuenta de la tonta sonrisa que ahora mostraba.
Habitación número 3.
La vergüenza de Shinya tardó pocos segundos en desaparecer. Pronto, la chica ya estaba con esa aptitud tan ruda y propia de ella, aunque intentaba tratar a Sumireko con toda la delicadeza que podía.
-Banba-san, ¿quieres un poco de té? Lo estaba preparando justo antes de que picases a la puerta.- ofreció educadamente.
-Bueno, quizás un poco no me vendría mal, me vendrá bien descansar y relajar.- dijo mientras se sentaba en una silla apoyando las manos detrás de su cabeza.
Sumireko vertió una proporcionada cantidad de té en una taza de porcelana de importación que había traído de su casa. Se había traído la mayoría del inmueble. Según ella, era para sentirse más cómoda.
Después de haberle servido su bebida caliente, se sentó en frente de ella y se sirvió a si misma con la misma proporción que a su compañera. Dio un pequeño y educado sorbo y optó por conversar un poco antes de ir a dormir.
-Cuéntame, Banba-san, ¿qué te gusta?-
-Pues bueno, me gustan los patos.- afirmó con la taza en la mano.
-Los...¿patos?- repitió Sumireko algo confusa. Una persona como aparentaba ser Shinya no era el tipo de persona que le gustasen las cosas adorables como los animales, y mucho menos los patos.
-Sí, es una de las pocas cosas que tenemos en común Mahiru y yo.- respondió tranquilamente mientras tomaba un sorbo de su té.
-Recuerdo que dijiste algo de ella antes de entrar en la habitación...¿tengo el gusto de conocerla?- preguntó la chica con educación.
-Lo tendrás por la mañana.- respondió Shinya al tiempo que se levantaba de su asiento para abrir la puerta en la que acababan de picar.
-Banba y Hanabusa Sumireko.- pasó lista Kouko desde el otro lado del pasillo.
-Aquí estamos.- dijo y cerró de un portazo seguido de una risa.
-Bueno, Sumireko, creo que voy a irme a dormir ya.- confesó mientras bostezaba y se estiraba.
-Si, yo también iré ya a descansar. Mañana nos espera un día realmente agotador.-
Sumireko recogió sus tazas y tras ponerse el pijama, se acostó en la cama.
-No apagues al luz, ¿vale?- le dijo Shinya.
-¿Por qué?- preguntó confusa la otra chica.
-Porque a Mahiru le da miedo la oscuridad.- y eso fue lo último que dijo antes de quedarse dormida.
Sumireko se quedó pensando un rato. Le parecía extraño el comportamiento de su compañera, no entendía el concepto de "Mahiru"...pero al mismo tiempo, le parecía adorable.
Aquella noche, Sumireko Hanabusa, hija única de una familia realmente adinerada y vicepresidenta de la empresa de su padre, soñó con patitos.
Habitación número 5.
-Shiena-chan, ¿no deberías llevar puestas tus gafas?-
Una chica de cabello morado en una coleta se burlaba de Shiena mientras sujetaba sus gafas en la espalda para que no las encontrase.
-Takechi, deberías saber que sin las gafas no puedo ver, y por lo tanto, tampoco las puedo encontrar...-
A la chica le estaba empezando a parecer mona su compañera agachada palpando el suelo por todas partes intentando encontrar su pertenencia.
El sonido de dos golpes secos y suaves en la puerta la despertó de sus pensamientos y fue a ver quién era.
-Takechi Otoya y Kenmochi Shiena.-
-Estamos en una misión de rescate de sus gafas, pero estamos.- rió Otoya divertidamente.
Cuando cerró la puerta al ver que Kouko se iba, caminó despacio hacia su compañera, procurando que no la viese.
Ahora mismo se encontraba con la mitad delantera de su cuerpo debajo de la cama; la pobre estaba desesperada por encontrarlas.
Otoya sonrió, realmente le parecía adorable, y decidió darle una alegría.
-¡Shiena-chaaaan! ¡He encontrado tus gafas!-
Shiena se levantó rápidamente y corrió hasta lo que le parecía la borrosa silueta de su salvadora. O al menos eso creía ella.
Cuando se las devolvió se las puso para comprobar que no estuviesen rotas ni les hubiese pasado nada, y suspiró tranquila, por saber que estaban bien.
-Gracias, Takechi, te debo una.- se agradeció mientras se metía en su cama.
Colocó las gafas en la funda, para evitar que se perdiesen otra vez, y apagó la luz.
Otoya se sentía bien consigo misma por haberla hecho feliz. Se sentía un poco confusa, ya que abusar de los demás era lo que más le gustaba hacer, pero esta vez, no pudo. Prefirió verla sonreír. No sé, cosas de Otoya, supongo.
Habitación número 6.
Suzu, una chica de carácter tranquilo, con corta melena azulada y ojos que transmitían tranquilidad, se encontraba ahora tumbada en el sofá esperando a su compañera de habitación que ahora estaba pasando lista por los demás cuartos.
Cuando la puerta se abrió, dio un pequeño brinco de la impresión, pero rápidamente se relajó al ver a la chica de las coletas de color azabache entrando en la estancia.
-¿Cómo ha ido el primer toque de queda?-
-Todas estaban en sus habitaciones.-
Se fue hacia su cama, y se puso el pijama. Se notaba que estaba cansada. Suzu ya había apreciado su forma de ser, un poco desinteresada y seca, pero le agradaba su compañía. Las dos se agradaban mutuamente.
La tranquilidad y el aura de paz que llevaba la peliazul siempre consigo, era perfecto para Kouko. Ni la molestaba ni le parecía irritante. Y esa sensación de seguridad y madurez que transmitía, le encantaba a Suzu. Se complementaban muy bien.
-Shouto, me voy a ir a dormir. Acuérdate de apagar la luz cuando te acuestes.-
Sonrió al ver a su compañera tan cansada. Ella prefirió quedarse en el sofá un rato más. No es que tuviese sueño, pero le gustaba ver el color de la noche que de apreciaba por la ventana. Le gustaba contar las estrellas que le permitía su vista ya cansada a esas horas, solía contar menos de cien, para entonces su cabeza ya no le permitía más trotes hasta la mañana siguiente. Se preguntaba todas las noches, el por qué de que las estrellas sólo se viesen cuando el sol no se encontraba en el cielo. De esta manera, no las podría contar de día, cuando su vista estaba descansada.
Quizás era lo hermoso que tenían las estrellas, lo que apreciaba de ellas. Quizás sólo se dejaban ver de noche para que unos pocos tuviesen la suerte de admirar su belleza.
Suzu se levantó a apagar la luz, miró una vez más por la ventana.
Y sintiéndose afortunada por haberlas visto, se fue a descansar.
Habitación número 7.
Nio estaba dándose una ducha antes de dormir. Había entrado con la tablet que le proporcionaba la directora Yuri, construida con material impermeable.
Tenía información de todas sus compañeras. Le gustaba saber cosas de ellas que los demás no sabían.
Cuando le pareció que sus dedos se estaban empezando a arrugar, salió a secarse.
Se puso el pijama, y se metió en la cama.
-A veces me pregunto como será tener una compañera para darle las buenas noches...- pensó en voz alta.
Dicho esto, cerró los ojos. Y no los volvió a abrir hasta el día siguiente.
Habitación número 4.
Kouko acababa de picar a la puerta, y tras apuntar que las dos se encontraban ahí, siguió su camino.
Hitsugi estaba considerablemente cansada después de todo lo que había pasado desde que el autobús la dejara justo delante del recinto.
Sus párpados le pesaban, y la gravedad hacía más efecto en su cuerpo que por la tarde.
-Kirigaya, voy a darme una pequeña ducha, ¿de acuerdo?-
-De acuerdo, Chitaru-san.-
La pequeña observaba como su compañera se metía en el baño, y al poco tiempo, el sonido del agua empezaba a brotar.
Se sentó en la cama, y puso su oso al otro lado del colchón.
Oía el agua, pero no sólo eso, quería sentirla. Quería notar el agua tanto como la estaba notando Chitaru, quería estar con ella.
Llevaba todo el día con ella, y una simple ducha ya estaba haciendo que sintiese nostalgia.
Le encantaba el contacto que tenían piel con piel cuando se cogían de la mano. Se sentía protegida al lado de la mayor.
Le gustaba mucho verla con sus mejillas ardientes de color carmín, le parecía muy dulce.
El sonido del agua resbalando por el esbelto cuerpo de la muchacha hacía eco en el cuarto, sobre todo en el subconsciente de la peliazul, la cual quería mantenerse despierta un poco más para poder darle las buenas noches.
La puerta del baño de abrió al poco tiempo de que el sonido dejase de ser oído. Chitaru salió envuelta en una toalla, ya que había cometido el mismo error que Hitsugi, y no se había acordado de coger el pijama antes de ducharse.
Las mejillas de la pequeña se empezaron a calentar un poco, la verdad es que admiraba a la chica, pero era la primera vez que veía tanta piel desnuda que no fuese la suya misma.
Tenía unas piernas largas, y se veían fuertes. Sus brazos y sus manos parecían delicados, pero sabía muy bien que poseían una fuerza excepcional. Su cabello estaba mojado, las gotas que se resbalaban por sus mechones humedecían suavemente su hermosa cara.
Un poco roja por el despiste, Chitaru se aproximó a su cama para ponerse el pijama. Hitsugi intentó mantener la mirada desviada de la otra chica.
Cuando la vio llevar la toalla al baño ya vestida, dejó escapar un suspiro. Cuando volvió, apagó las luces que quedaban encendidas, se asomó un momento a la ventana para contemplar la luna una última vez y luego se giró para ver a la pequeña.
Efectivamente, como pensaba. Sus ojos brillaban mucho más que aquel satélite natural.
-Buenas noches, Kirigaya, que duermas bien.- dijo a la vez que se sentaba en la cama, preparándose para descansar.
Hitsugi sabía que era la última oportunidad que tenía en el día de hoy, le parecía el momento perfecto, así que simplemente, se dejó llevar.
Tras levantarse de su cama, se aproximó a la mayor. Apoyó una mano en uno de sus muslos y con la otra acarició suavemente su hombro, todo ello mientras le daba un suave beso en la mejilla.
-Buenas noches, Chitaru-san.- susurró al tiempo que esbozaba una dulce sonrisa.
La cara de Chitaru, se encontraba ahora más roja que nunca. Daba gracias porque la oscuridad del cuarto escondiese aquel cantoso tono de piel que ahora poseía. Estaba echada, mirando al techo. De vez en cuando miraba a la otra cama, y contemplaba a la pequeña abrazando su osito y respirando con tranquilidad mientras dormía.
Con su mano, tocó la mejilla en la que la pequeña había depositado un beso. Un beso suave, dulce, y cariñoso.
Después de eso, movió su mano de posición, y pasó de tocar el beso de la pequeña en su mejilla, a tocar sus labios. Pensando qué sabor tendrían los de Hitsugi.
Pues bueno, hasta aquí este "capítulo especial". ¡Sigan leyendo!
