¡Buenas! Sin duda vuestras ideas son fantásticas, cualquiera que tengáis de cualquier tipo me la podéis comentar. Haré lo posible por que mi historia tenga de todo un poco.

¡Continuemos!

CAPÍTULO 11

Los ojos de la pequeña temblaban, al igual que el resto de su cuerpo. Otoya consiguió por segunda vez acelerar el ritmo de los latidos de su corazón, y no por amor o nervios, si no por miedo y pánico.

La pelirroja la miraba preocupada, pensando como hacer que se sintiese mejor. Todavía no la conocía lo suficiente, pero en ese poco tiempo que llevaban juntas descubrió que entre otras cosas, le gustaba estar con la menor cantidad de gente posible. Agarró suavemente su mano, y caminando a paso ligero, la llevó a su cuarto.

Cuando llegaron, después de todo el camino en silencio, se giró para estar frente a frente con Hitsugi, y así poder descubrir que seguía sin articular palabra, y a la vez, aguantando con todas sus fuerzas los sollozos que tenía anudados en la garganta.

Tenían toda la tarde por delante, toda la tarde para conseguir que se sintiese mejor, para lograr que se lo pasase lo suficientemente bien como para olvidarse de la abusona de cabello morado.

Tratándola con delicadeza, se colocó detrás de la pequeña y con sus manos, presionó suavemente su cadera, incitándola a caminar en la dirección que le indicaba. Se acercó a las camas, y se sentó en la suya, indicándole luego que se sentase de lado en su regazo.

Sin decir nada, la agarró delicadamente por la cadera, y con la otra mano, retiró de sus mejillas alguna que otra lágrima que se había derramado.

Se sentía fatal por no haber podido haber hecho nada antes. Se sentía un poco culpable; debería haber evitado que Otoya se acercase a ella, que le hablase ya desde un principio.

La miraba con preocupación y duda, no estaba segura de como hacer que se sintiese mejor. Pondría todas sus ganas, e intentaría de todo para verla feliz.

Dejó reposar su cabeza en el torso de la chica, y con la mano que tenía libre, acariciaba dulcemente la piel desnuda de sus piernas que dejaba el vestido que llevaba al descubierto.

Pasaron unos cuantos minutos, ninguna sabía como actuar.

Hitsugi estaba realmente cómoda en esa posición. Sentada encima de Chitaru, con sus cabeza llena de cortos mechones alborotados reposada en su pecho, sentía que tenía muchísima más confianza con ella de la que en realidad deberían de tener. Se sentía segura, protegida. Sola en la habitación con su chica.

Un momento.

¿Su chica?

Tenía que dejar de pensar ese tipo de cosas. Tenía que dejar de fantasear.

La firme aunque ahora algo tambaleante voz de la pelirroja la sacó de sus pensamientos.

-Kirigaya...¿puedo hacer algo para que te sientas mejor?

Ahora la miraba a los ojos, sus hermosos ojos rojos miraban a la peliazul como rogando una respuesta coherente.

Ella, hipnotizada por ellos, dejó que su mano se moviese libre, para acariciar su cara con cariño.

-No te preocupes, Chitaru-san. Tratarme con tanta dulzura es más que suficiente para hacerme feliz.

Hitsugi no era de ese tipo de personas que medían lo que decían. O al menos no lo era con Chitaru. Quería que supiese todo lo que pensaba, que la comprendiese y la aceptase. La pelirroja, sonrojada, sonrió.

Las pequeñas barreras que había entre ellas, desaparecían por momentos. Cada hora, cada minuto, estaban más unidas.

Un par de toques en la puerta las sacó de su felicidad interna compartida, y la pequeña se levantó para ver qué había sido eso.

Justo en frente de la puerta, alguien había metido un folleto por debajo de la puerta. Lo cogió, le echo un rápido vistazo y una encantadora sonrisa apareció en su cara.

-Chitaru-san, ¿te gustaría apuntarte al club de teatro conmigo?

La mayor pensó detenidamente la proposición que Hitsugi le había hecho. La verdad es que le encantaba el teatro, las poesías y la literatura, pero no había tenido en cuenta la idea de practicar todas esas manifestaciones artísticas junto a la chica más adorable y dulce que conocía. Veía su sonrisa y sus ojos, como los de un cachorro pidiendo un poco de comida, y no pudo resistirse.

-Por supuesto.

La peliazul dejó el papel en la mesa y corrió hacia Chitaru para darle un abrazo. Sin querer, su ilusión pudo con la expectación de la mayor, y las dos cayeron abrazadas a lo largo del colchón.

El sonrojo de la pelirroja no evitó su separación. Sólo tardó unos segundos en reaccionar; alargó sus brazos y abrazó la estrecha espalda y cintura de Hitsugi. El olor a miel que desprendía su pelo la hacía sentirse en lo más parecido al paraíso. Sentía sus cuerpos unidos, como si fuesen una sola alma, dividida en dos mitades que se acababan de encontrar.

La pequeña no era menos; estaba abrazada al cuello de la mayor, con la cabeza hundida en su pecho, el cual era cálido y reconfortante. Su olor corporal, similar al de los campos de Holanda, llenos de flores silvestres, como las rosas, le hacía soñar despierta. Soñar con Chitaru.

Cuando le pareció que el abrazo estaba durando demasiado, se enderezó con rapidez para no incomodarla por el hecho de estar tanto tiempo tan cerca de ella.

Chitaru, aún así, quería seguir abrazándola. Quería sentirla cerca, tocar su piel, oler su pelo. Quería muchas cosas con ella, pero no se atrevía a dar el primer paso.

La peliazul se acordó de que tenía que hacer alguna que otra tarea de clase.

-Chitaru-san, ¿vienes conmigo a la biblioteca?

Ella asintió, le abrió la puerta para dejarla pasar primer y luego le agarró la mano, para ir caminando juntas a aquel enorme nido de libros.


-¡Tokaku-san! ¡Si no nos damos prisa no encontraré el libro que necesito!

Haru rogaba a su compañera que no se lo tomase todo con tanta tranquilidad. Quería ir a la biblioteca a coger un libro en el que deberían estar las respuestas necesarias para cubrir su tarea de biología.

-No te apures, Ichinose. Tenemos toda la tarde.- aclaró antes de cerrar con llave la puerta de su cuarto.

-¡Pero tenemos que ir ya!¡Venga, Tokaku-san!- los ojos de la pelirroja suplicaban a su compañera.

Intentaba resistirse, pero era imposible.

-De acuerdo. Pero acabemos rápido.

Haru corrió a abrazarse al brazo de la peliazul inexpresiva, con una enorme felicidad en su interior.

-Dejad un poco para por la noche, chicas.

Ambas se giraron al oír aquella voz que no supieron identificar hasta que vieron a su portadora.

La jóven de largo cabello rojo atado en una coleta las miraba con una sonrisa apoyada en la pared, mientras comía un pooky. La miraron confusas, aunque de sobra sabían a lo que se refería.

-¿Qué haces aquí, Sagae?- la voz de Tokaku sonaba seria y apagada.

-Isuke-sama me dijo a la hora de la comida que luego se iría a la biblioteca. Me pareció muy raro, pero en la habitación no está, así que iba a ir a buscarla cuando me topé con vosotras.

Colocó las manos detrás de su cabeza y se acercó a ellas.

-¡Haruki-san! Puedes venir con nosotras, íbamos a ir allí justo ahora.

Haru iba andando más adelantada con Haruki, hablando de Dios sabe qué. Tokaku las seguía a sus espaldas. No quería meterse en la conversación, pero tampoco dejar sola a Haru. Se preocupaba por ella.

Al ver la enorme puerta de madera que cerraba la sala de la biblioteca, redujeron un poco el paso, y al acercarse, entraron.

La sala era realmente enorme. Decenas de estanterías gigantescas amontonaban miles de libros polvorientos. Había algún que otro estudiante buscando información, alguno estudiando y otros haciendo deberes.

-Me pregunto que podría hacer Isuke-sama en un lugar como este.- dijo Haruki intentando imaginarse a la pelirrosa estudiando. Era una imagen casi imposible de recrear en la mente.

Mientras Haru se disponía a buscar el libro que quería acompañada por Tokaku, la viciada a los pookys fue a buscar a su compañera.

Mientras caminaba por los pasillos llenos de información textual, leía el nombre de alguno de los libros. Muchos de ellos estaban llenos de polvo. Había que usar una escalera para poder coger los más altos. Aquel era un lugar realmente impresionante.

Tal era su concentración observando aquel monumental montón de palabras juntas, que no se inmutó de la chica que venía en la dirección contraria a la suya hasta que chocaron y el grupo de libros que llevaba, cayeron al suelo.

-Oh, Namatame, lo siento, no te había visto.

Haruki se agachó para ayudarla a recoger las enciclopedias que había en la moqueta.

-No te preocupes, Sagae.- amablemente, Chitaru sonrió y agradeció la ayuda que le acababa de prestar la muchacha.

-Oye, ¿qué haces por aquí? Viendo como estabas hoy en clase, no parecías tener pinta de prestar demasiada atención a los estudios.

Chitaru se sonrojó levemente solo de pensar que lo que había aprendido en clases aquella mañana, no era otra cosa que todas las curvas del cuerpo de su compañera de cuarto.

-Oh, bueno, estoy ayudando a Kirigaya con sus tareas. Necesitaba bastantes datos, así que me ofrecí para ayudarla a encontrar los libros necesarios.

-Ah, sí, claro... Por cierto, ¿no habrás visto a Isuke-sama por alguna casualidad, verdad?

La pelirroja de gran altura frunció el ceño a causa de la confusión que le produjo esa pregunta. Era difícil pensar en Isuke en una biblioteca. Aunque recordaba haber visto a una chica de exuberantes dimensiones durmiendo en una mesa apartada de los demás estudiantes.

-Ahora que lo dices, me pareció haberla visto durmiendo a un rincón de la sala, cerca de la sección de los libros de química.

-Muchas gracias, Namatame.

La ahora nombrada la observó marcharse buscando a su amiga, aún extrañada por la idea de ver a la pelirrosa centrada en sus estudios.

Buscó un par de libros más para llevárselos a Hitsugi. Quería que estuviese orgullosa de ella por encontrarle toda la información que necesitaba. Cuando le parecieron suficientes, volvió sobre sus pasos buscando a la pequeña.

Allí estaba, sentada sola en una mesa esperando por su querida Chitaru.

-Espero que sean bastantes.- dijo la pelirroja posando las enciclopedias en la mesa. La pequeña fascinada empezó a ojearlas.

-Muchas gracias, Chitaru-san. Eres fantástica.

La sonrisa y las palabras de la peliazul hacían que su corazón se derritiese. Adoraba oír su voz, adoraba oír su nombre proveniente de sus labios, adoraba que le regalase sonrisas; la adoraba.

Causando el menor ruido posible para que no les llamasen la atención, se sentó a su vera. No la quería molestar, así que se limitó a observar como trabajaba. Movía su pequeña mano construyendo montones de palabras. Le parecía monísima con ese afán de trabajar y esforzarse. Y aún le pareció más adorable, cuando se dio cuenta de que no llegaba con las piernas al suelo.

Cerró los ojos por un momento. El silencio de aquel lugar era placentero, sólo escuchaba la respiración de la pequeña y el sonido del bolígrafo rozando el papel. Pensó en como la había abrazado antes, tirándola a la cama. Pensó en lo hermosa y deseable que era. Pensó en ambas, juntas, cogidas de la mano. Pensó en el beso que le había dado en la mejilla. Sonrió, y sin apenas darse cuenta, se quedó dormida.

¡Hasta aquí este capítulo! Ya sabéis, agradeceré millones de veces vuestras visitas y reviews. Espero que os haya gustado. ¡Nos vemos en el 12!