¡Hola! Bueno, a partir de ahora la historia estará clasificada como M, que si no es por los pensamientos de Hitsugi, será por alguna que otra idea que tengo para más adelante. Fieles seguidores, me hacéis sentir famosa xd.

CAPÍTULO 16

Empezaba a atardecer. Todas las chicas pasaban el rato por los pasillos o en sus habitaciones. Empezaba a hacer algo de frío, y con la caída del sol de la tarde, decidieron resguardarse durante el resto del día.

Chitaru y Hitsugi acababan de entrar en su cuarto; aún seguían sudadas de aquella carrera que se habían pegado hacía a penas una hora.

-Kirigaya, ¿te quieres duchar tu primero?

-De acuerdo, Chitaru-san.

Mientras la pequeña se metía en el baño y se desnudaba, Chitaru permanecía apoyada en la pared que las separaba ahora.

No quería separarse de ella. Aunque fuese a penas media hora, quería seguir observando los ojos dorados de su compañera. Quería notar su piel; sus dedos entrelazados fuertemente.

Se asomó a la ventana para contemplar los últimos momentos en los que el sol se siguiese viendo durante aquel día.

Los ojos de Hitsugi brillaban mucho más que él, sin duda alguna.

El sonido del agua arroyando por su cuerpo empezó a sentirse en la estancia. La curiosidad también empezó a apoderarse de la pelirroja.

Para ella, el cuerpo y la mente de la pequeña eran unas incógnitas que deseaba descifrar con todas sus fuerzas.

Eran piezas de un puzzle sin encajar, eran sentimientos e ideas de las que se quería apoderar.

Sentía la necesidad de estar con ella, de cuidarla, de protegerla, de mimarla, de quererla.

Cada vez que se iba a duchar, la nostalgia se hacía hueco en su corazón. Una estúpida ducha de veinticinco minutos que quería que se acabase nada más empezar.

Mientras le daba vueltas a su subconsciente, se le vino a la cabeza una idea muy poco sensata para ser suya, pero le tentaba. Quizás fuese por lo arriesgada y anti convencional que era, pero quiso llevarla a cabo.

Se aproximó al armario de Hitsugi, y eligió un vestido que encontró sumamente bonito. También ropa interior. Se sonrojó al cogerla, y aunque lo quisiese olvidar, se quedó unos segundos hipnotizada mirándola.

Picó formalmente a la puerta del baño y entró.

-Siento molestar, Kirigaya, vine a traerte algo de ropa. En la otra sala hace algo de frío para cambiarse.

Pero no se acordaba de una cosa muy importante.

La mampara de la ducha era transparente.

Afortunadamente, la inmensa cantidad de vapor del agua caliente que había dificultaba bastante la visión. Pero aún así, vio su silueta desnuda, vio su piel mojada, sus hermosos ojos mirándola.

-M-muchas gracias, Chitaru-san. Eres realmente amable.

Antes no había tenido tiempo de considerar la idea de que la señalase de pervertida o incluso de que se enfadase. Pero no, al contrario. Estaba contenta, y algo roja. Adorable, como siempre.

No vio nada inoportuno, y en cierta parte, eso la alivió. Abrió la puerta y salió del baño. Estaba satisfecha, su plan había salido a la perfección. Aunque también estaba confusa, todavía no entendía esos ataques de insensatez que le daban de vez en cuando, no eran propios de ella. Pero le gustaban, funcionaban muy bien.

Se tumbó a la larga en el sofá, disfrutando del sonido del las gotas y gotas que resbalaban por la piel de su pequeña chica.

Algún día tendré más autoridad que ellas sobre Kirigaya, pensó.

Siguió fantaseando hasta que el grifo se cerró, y el sonido que tanta tranquilidad le traía se convirtió en silencio. A los pocos minutos se rompió al abrirse la puerta y una verdaderamente preciosa chica peliazul salió con un vestido rojo esmeralda.

Hitsugi estaba un poco avergonzada. Le gustaba aquel vestido, si. Pero estaba roja porque Chitaru lo había elegido, y eso significaba que a ella también le gustaba. Y su sonrojo se debía también, casi en su mayoría, a que la ropa interior también la había elegido ella.

-Ya puedes ducharte, Chitaru-san.

La nombrada se levantó aún asombrada por lo bien que le sentaba aquella prenda y caminó hacia el baño. La pequeña le agarró de la camiseta cuando pasó a su lado, indicándole un momento para que la escuchase, y con un leve tono, susurró:

-¿Cómo crees que me queda este vestido, Chitaru-san?

Se pensó unos instantes su respuesta antes de decirla con una sonrisa.

-Te queda precioso. Como me supuse que te quedaría cuando lo vi.

Hitsugi soltó una pequeña risita antes de mirar a su chica entrar en el baño. La adoraba. Le encantaba. La quería. Todo lo bueno que se podía sentir por alguien, lo sentía ella por Chitaru.

Empezó a danzar alegremente observan do como se movía con ella la falda del vestido. Solo de pensar que la pelirroja lo había elegido expresamente pensando que le quedaría bien hacía que se sintiese la chica más afortunada del mundo. Se sentía hermosa, porque Chitaru se lo dijo, porque la veía así. Aunque lo que no sabía, era que la veía así a todas horas. Durmiendo, riendo, corriendo, e ahora, incluso duchándose.

Daba vueltas al son del agua que caía desde el baño, y junto a su baile de alegría, una voz delicada y melodiosa se unió.

Se quedó quieta por un momento, intentando apreciar aquel maravilloso sonido. Caminó siguiéndolo, y le llevó a la puerta que la separaba de la mayor.

Chitaru estaba cantando, y lo hacía genial.

Apoyando su oreja derecha en la puerta, Hitsugi se deleitó de aquella voz, de aquel canto angelical. Su voz normalmente firme y dulce, se había convertido en una razón más para admirarla.

Cerró los ojos. Aquella melodía la llevaba al cielo, a las nubes, a la Luna. Con ella, recordaba todos los momentos significativos que había pasado junto a Chitaru. Los amaneceres, los atardeceres, el beso que le dio la misma noche que durmieron juntas...

Desde el principio cuando te necesité.

Desde el momento cuando la mirada alcé.

Los recuerdos, quizás no muchos, pero suficientes para conmoverla se abalanzaban sobre ella.

Desde ese día cuando sola me encontraba.

Cuando tu mirada en mi se fue a poner.

Todos los sentimientos confusos se juntaban, todos referidos a la pelirroja más hermosa y elegante que jamás había visto.

Supe que me amabas, lo entendí.

Alzó la voz, y sacó a la pequeña de sus cavilaciones.

Supe que buscabas más de mi.

Que mucho tiempo me esperaste.

...Y no llegué...

Junto con esos versos, recordó como pedía ayuda desesperada cuando Otoya le había quitado su osito de peluche tan preciado.

Supe que me amabas, aunque huí.

Lejos de tu casa yo me fui.

Recordó la soledad, el miedo y el rechazo que sentía. Como sin tener a nadie, el mundo empezó a mostrarle lo peor de él.

Y con un beso y con amor.

Me regalaste tu perdón.

Y como justo en el momento en el que pensó que todo le iba a ir mal...

...Y estoy aquí...

Aquella chica de cabello rojo como el sol de las tardes de verano, había acudido en su ayuda. La chica que la protegía de todo lo malo, con la que aprendió a apreciar todos y cada uno de los momentos hermosos que les regalaba el mundo cada día. La chica a la que amaba con todo su corazón; aunque aún no lo sabía.