Y seguimos con la historia. Me gustaría deciros que la semana que viene me voy de viaje a Noruega y no podré subir ningún capítulo hasta que vuelva, por otra parte, si vengo encantada haré algún que otro capítulo especial para Navidades, he estado pensando algo como que Sumireko invitaba a todas a pasar las fiestas en Noruega, e iban todas en su avión privado o algo jajaja, bueno, ya veré, (¿alguna idea?). ¡Continuemos!

CAPÍTULO 19

El aullido del viento sonaba en las ventanas de la habitación, acompañando el danzar de la luna haciéndose lugar en el cielo y siendo dueña de la noche. Dueña, como Hitsugi quería ser de Chitaru.

Hacía pocos minutos que habían subido del comedor, estuvieron cenando con Tokaku y Haru, escuchando lo que habían echo durante la tarde. Haru las invitó a ir con ellas a los baños públicos, a los que todavía no habían ido, pero una vez más, rechazaron la propuesta. En realidad fue Chitaru la que la rechazó, porque sabía que a la pequeña le gustaba más estar sola y tener intimidad. Intimidad...aunque no le pareció molestar que la pelirroja entrase al baño a dejarle algo de ropa...

Mientras las luces de los lejanos edificios brillaban a través del cristal, Chitaru pensaba en como se comportaba su compañera. Su comportamiento cambiaba mucho dependiendo de con qué compañía se encontrase. Por ejemplo, si estaba con Haru, era amable, pero reservada, era agradecida y sonriente, pero siempre dejando un espacio ya que no tenían demasiada confianza entre ellas.

Aunque al contrario, no podía dejar pasar de largo aquella noche en la que le había masajeado la espalda, acercándose peligrosamente a zonas extremadamente sensibles para la mayor. Con ella, dejaba escapar toda su vergüenza y en ocasiones, su inocencia se desvanecía por completo.

Físicamente, cualquiera podría pensar que sólo se trataba de una pequeña niña inocente, que va a todos sitios con su peluche favorito. Pero en realidad, era mucho más madura, y de inocente, no tenía mucho, por no decir nada.

Los ojos rojos esmeralda de Chitaru se perdieron entre la oscuridad de la noche, hasta que notó una caricia en su espalda, la cual fue subiendo hasta llegar a su pelo, y terminó posándose sobre su hombro.

-¿Te quieres duchar tu primero, Chitaru-san?

Le daba igual ducharse primero o después, lo único que le importaba era ese tiempo que pasaba imaginándose a la pequeña bajo el chorro de agua... Aún seguía sin entender como esos sentimientos y pensamientos tan impropios de ella la inundaban cuando se trataba de Hitsugi.

No le importaba la respuesta a aquella pregunta, pero lo que sí apreciaba, era la suavidad con la que la mano de la pequeña había echo estremecer su cuerpo internamente, desatando un pequeño tornado de sentimientos y sensaciones.

-Me da igual, Hi...K-Kirigaya.

¿Qué fue eso? ¿Un arrebato? ¿Un despiste? No, eso no podía ser, Chitaru se controlaba, mantenía las distancias. Distancias que deseaba que no existiesen.

Notó como su compañera se sentaba a sus espaldas en el sofá. Sintió como su dedo índice recorría las marcas de la camisa, ya sabéis, esas que tanto le gustan, por donde se aflojaban en la cintura, y donde se tensaban en la espalda.

A ambas les costaba guardar sus pensamientos bajo llave, como hacían a duras penas. El deseo contenido, aumentaba con el paso de las horas, los días y los acontecimientos. Cuánto Hitsugi más se deleitaba acariciando la suave piel de Chitaru, más quería tocar, poseer,...dominar.

-Y si...¿nos duchamos juntas?

El corazón de la pelirroja se paró por un momento para asimilar la tentadora propuesta que le acababa de hacer la peliazul. No se creía que eso estuviese pasando de verdad, no asimilaba las palabras, no se creía la situación que estaba viviendo. Tan apetecible, tan tentadora...

Una fría noche de otoño, sola en la habitación con su pequeña, disfrutando de su compañía, y de su belleza. No se lo pensó dos veces.

-Me parece una buena idea.

Se giró buscando los ojos dorados que anhelaba ver, y los encontró. Enormes, hermosos, brillantes. Sus mejillas estaban rojas, un leve tono, pero visible. Y una pequeña y realmente tímida sonrisa empezaba a formarse en su rostro.

Se levantó y cogió de la mano a Chitaru, intentando disimular la asombrosa velocidad a la que le latía el corazón. Su chica había aceptado su invitación, le parecía un sueño. Todos los momentos con ella, los recordaba como si de eso se tratasen; de sueños. Tan perfectos, tan memorables, incluso demasiado, sólo dignos de parábolas de su mente.

Entraron en el baño, y cerraron la puerta. Todo estaba a oscuras, a penas podían ver, hasta que Hitsugi encendió la luz. Pero no la luz que hay en una bombilla blanca en el techo, no. Si no una pequeña y acogedora luz amarillenta que hay en una pared, la cual daba un ambiente mucho mas romántico al lugar.

Mientras ella se desvestía, Chitaru fue a abrir el grifo, esperando a que el agua saliese y se fuese calentando. Cuando se giró hacia su compañera, incluso sus orejas se inundaron en un intenso sonrojo.

La pequeña se había quitado sus botas y su vestido, pero la camiseta negra que llevaba debajo de él se había enganchado en una de sus coletitas, y no podía moverse.

Mentiría si dijese que no se había fijado y enamorado en secreto de sus braguitas blancas.

Se acercó a ella y le presto su ayuda, como acostumbraba a hacer. Le sacó la camiseta de los brazos y sin darse a penas cuenta, la dejó semidesnuda.

-Gracias, Chitaru-san.

El sonrojo de Hitsugi era considerablemente vistoso, y sonriendo maliciosa pero tímidamente a la vez, se desnudó por completo.

Chitaru PDV

Pensé que había muerto. No sé, eso es lo que pensé durante la primera milésima de segundo que pasé frente al diminuto pero bello cuerpo de Kirigaya desnudo, y bañado por la reconfortante luz del ambiente.

Dicen que cuando el alma se desprende de tu cuerpo, va a un lugar donde todo es mucho mejor que los sueños. Y este momento era digno de ello. Como en mi imaginación, dónde ella era mía, y yo era suya. Pero mejor, porque estaba pasando de verdad. Mejor, porque si quisiese, la podría incluso tocar. Y quiero, pero no debo.

Me quedé unos segundos petrificada contemplando al pequeño ángel que había bajado del cielo sólo para ducharse conmigo, cuando me di cuenta, me ruboricé y la invité a pasar primero mientras me desvestía.

Cuando me había invitado a aquella extraña pero buena situación no me paré a pensar en la vergüenza que podría llegar a pasar, me daba igual. Todo me daba igual, porque lo importante era estar con ella, y por una vez, aquella estúpida ducha no consiguió separarnos.

Me quité la chaqueta y los pantalones, empecé a desabotonarme la camisa mientras me miraba en el espejo.

Mi pelo; alborotado y agraciado, mis ojos, siempre calmados y mi cuerpo, no tengo nada que pensar sobre ello. Me preguntaba que pensaba Kirigaya de él, eso si que despertaba mi curiosidad. Estaba algo asustada...y si...¿no le gustaba?

Traté de calmarme, al fin y al cabo, sólo me invitó a ducharme. Una simple ducha. Aunque para mí, significaba mucho más que eso.

Cuando ninguna prenda cubría mi piel, cogí aire y dejé escapar un largo suspiro. Mi cuerpo estaba en tensión, estaba nerviosa, pero no podía echarme atrás. No quería echarme atrás. El vapor del agua no dejaba ver a través de las mamparas de cristal, así que me acerqué, la abrí y entré.

Mi pequeño ángel estaba de espaldas, no quería mirar...pero no pude evitarlo.

Se giró hacia mi cuando oyó el sonido de la mampara, y se sonrojó bastante. Yo también. Ese momento fue un poco incómodo, pero todo se empezó a relajar en cuanto el agua tocó nuestra piel.

La veía, ahora ya no tenía que imaginármela. Yo estaba de pie, justo detrás de ella, a su espalda. Sus largos mechones celestes se empapaban a la vez que caían por su estrecha espalda, se estiró para coger el bote de champú, pero el día anterior yo lo había dejado demasiado arriba para ella. Estiré un poco el brazo y lo cogí, miró hacia mi esperando a que se lo diese, pero no sé si fue por lo hermosa que se encontraba, desnuda e indefensa desprendiendo calor, o por uno de mis arrebatos, que decidí actuar por mi misma.

Eché un poco del champú en mi mano, y luego comencé a masajear su cabeza con suavidad y ternura. Probablemente ella no se hubiese dado cuenta, pero soltó algún que otro ruidito mientras lo hacía.

Su pelo era suave, y mojado, se veía sensualmente apetecible de acariciar. Bueno, al igual que su piel. Esa con la que tantas veces había fantaseado, aquel premio por el que combatía contra el agua. Si, esas gotas que siempre se llevaban la mejor parte... siempre ganaban...

Hasta entonces.

Me dejé llevar, y con eso, mis manos tomaron el control. Su espalda suave, y estrecha, sus hombros pequeños, su cintura, su cadera...ella entera. Mucho mejor que ningún sueño.


Entre agua y jabón las dos chicas disfrutaban del tiempo juntas, adoraban cada segundo sintiendo el roce de la otra en sus carnes.

La pequeña tenía que hacer un gran esfuerzo para intentar mantener ocultos sus sentimientos y sus ganas de soltar la tensión en forma de sonidos. Sí, esa clase de sonidos.

Notaba las fuertes manos de su chica recorrer suavemente su espalda, su cabeza, y en ocasiones, su cintura. Se sentía en el séptimo cielo; cada caricia la volvía loca, despertaba sus sentidos, deseosos de más contacto.

Chitaru se acercó a ella levemente, hasta juntar piel con piel. Hitsugi no pudo más. Notó los pezones de la mayor contra su espalda, y desistió ante cualquier intento de esconder las expresiones de su corazón.

-Aah...

Los sonidos, suaves y a penas sonoros, llegaron a oídos de la pelirroja, que rápidamente entendió a qué se debían y sonrojada, se apartó un poco de ella.

No pudo hacer nada para evitar la satisfacción que sintió al oír aquel pequeño gemido. Se sentía culpable, creía que no estaba bien. Pensó estar abusando de ella, y no debería.

Sabía muy bien que nunca la vería como algo más que una compañera de cuarto.

Trataba de dejar de luchar por eso que tanto deseaba, pero algo se lo impedía. Quizás fuesen sus ganas, quizás su corazón, pero lo que en realidad era lo causante de aquello, fue Hitsugi.

Una pequeña fémina que escondía la perversión en su interior. Ella era la que no dejaba a Chitaru desistir.

No es que fuese un tipo de persona como el que probablemente estéis pensando. Era una chica amable, educada, algo tímida y sobretodo, conducida por corazonadas. Solía desconfiar de la gente, hasta que conoció a Chitaru. No sabía el qué, pero algo distinto latía en su corazón cada vez que la veía, que la pensaba, o que oía su nombre. La adoraba, la deseaba. No era buena disimulando cosas tan obvias, sólo sabía que la quería. La quería para cuidarla, para abrazarla, para ella. Sólo para ella. Y aunque fuese lo único que tenía claro, era más que suficiente.

Entre unas y otras cosas, entre sentimientos contenidos, y contactos más que deseados, las dos optaron por salir de la ducha, ya que llevaban ahí bastante tiempo. Se les pasó tan rápido, que a penas se dieron cuenta de que era la hora del toque de queda.

-*Pum, pum*

Ayudando a (la desnuda y deseable) Hitsugi a salir de la ducha para que no resbalase, Chitaru le colocó una toalla alrededor de su cuerpo, y cogió otra para ella, todo rápido para ir a abrir a Kouko.

-Namatame Chitaru y Kirigaya Hitsugi.

-Presentes.

-Oh, Namatame, ¿ahorrando agua, eh?

-¿Q-qué?

El comentario de Suzu dejó desorientada a la pelirroja.

-Sí, ya sabes, una ducha gasta menos agua que dos.

Se dio cuenta de a lo que se refería justo al percatarse de Hitsugi a su espalda, escuchando la conversación con su toalla verde.

-No os preocupéis, yo os entiendo y apoyo. Buenas noches, chicas.- dejó escapar una pequeña y amable risa antes de seguir a Kouko hacia el siguiente cuarto.

Con las orejas levemente rojas cerró la puerta y se giró para contemplar a su hermosa compañera, que la miraba con ojos dulces y tiernos, incitándola a acercarse, y verla mejor.

-Chitaru-san...

-¿Sí, Kirigaya?

Se pensó durante un breve periodo sus palabras.

-...gracias.

Esto dejó confusa a la mayor. Intentó procesar la información que le daba eso, pero no le encontraba sentido.

-¿Gracias por qué?

Hitsugi sonrió tímidamente, se acercó a ella, y la abrazó con toda la fuerza que tenía, escondiendo el rostro entre sus pechos.

-Por hacerme tan feliz.

Y entonces lo entendió.

Ella no lo creía, al menos hasta entonces, todo lo que tuviese que ver con la pequeña, le parecía relacionado con el cielo. Cada minuto que pasaba con ella, era un minuto de felicidad, un minuto bien invertido, y a partir de ese sólo minuto, se podía pasar toda una noche imaginando hasta donde podrían llegar si se lo propusiesen. Pero ella sólo lo veía como algo suyo, sentimientos suyos, inconfesables, solitarios y no correspondidos. Aunque ahora, por primera vez, se replanteó la idea. Y mientras depositaba un beso con ternura en su cabeza, imaginó un futuro a su lado, todo ello al mismo tiempo que una tonta sonrisa se hacía lugar en su cara.