¡Hola! Muchas gracias por vuestros reviews y visitas, en serio, sobre todo a Maria Hatake-chan que no se pierde uno (chica, espero que mi historia sea de tu gusto, porque tengo muy en cuenta tus opiniones) ¡Y ya vamos por el vigésimo capítulo! Se que no los extiendo mucho, pero no quiero que os caigan muy pesados, así que creo que es mejor así. ¿Dejamos que Hitsugi nos lo cuente?
CAPÍTULO 20
Hitsugi PDV
La felicidad desbordaba mi cuerpo. Todo estaba saliendo como si lo hubiese imaginado. No. Todo estaba saliendo muchísimo mejor que en mi imaginación.
Siempre fantaseaba con ella, sobre todo en ese espacio de tiempo que pasaba a solas mientras se duchaba. Lo único que quería era entrar con ella y apropiarme de su cuerpo, de su corazón y de su alma.
Los días pasaba y mi deseo solo aumentaba, ya empezando desde el día en que la conocí.
Me acuerdo de aquel momento como si hubiese sido ayer... Estaba asustada, nerviosa, y sola. Un lugar tan grande me esperaba y lo último que tenía en la cabeza era que alguien como Takechi-san quisiese amargarme la existencia de esa manera.
Ni a ella ni a nadie le incumbe que lleve a mi oso a todas partes, aunque en el momento en que me lo dijo, pensé en que quizás sí que fuese un poco mayor para eso... Pero me dejó de importar muy rápido cualquier pensamiento cuando vi como el relleno empezaba a salirse de su tela rosada.
Sí, la verdad es que lo pasé fatal, yo, sola, contra el mundo grande e injusto. La abusona de pelo morado se reía de mí, y me hacía daño, y yo no podía hacer nada.
Quería ayuda; necesitaba ayuda. Pero no imaginé que el mundo se fuese a portar bien conmigo por una vez y mandarme a ese milagro que por cierto, desnudo es todo un bombón.
Desde aquel momento la vida empezó a sonreírme. Todos los días eran, son y serán perfectos, porque ella está conmigo.
Ahora, reposando mi cabeza entre sus pechos, los cuales olían a rosas silvestres, era muy, muy feliz. Había accedido ducharse conmigo, y oh, Dios mío, si tu llegases a saber lo reconfortante que fue sentir su aceptación de aquella manera.
La tenía a pocos centímetros, y desnuda. Sí, desnuda. Desnuda. Chitaru-san carecía de prenda alguna a poca distancia de mi piel. Intentaba mantener la calma, pero entonces noté sus caricias en mi cabeza, masajeando y esparciendo el champú de aquella manera tan dulce.
Disfrutaba de cada segundo, de cada caricia, de casa gesto de...de lo que me hubiese gustado que fuese amor.
Sus manos comenzaron a bajar y yo por lo consecuente, enloquecí entre tanto contacto gratificante.
Notaba a la perfección como sus extremidades resbaladizas recorrían mi cuerpo con interés, mientras yo, con los ojos cerrados, me centraba en sólo pensar en ella y en aquel momento que compartíamos en armonía.
Todas mis fuerzas me ayudaban a alejar aquellos pensamientos impuros que me invadían de sólo saber que estaba desnuda, pero al notar sus pezones rozar en mi espalda, no logré contenerme.
Posiblemente vosotros no me entendáis, porque no sois yo, y no sabéis como me siento; pero os aseguro, que es difícil ver cada noche a una mujer tan hermosa, con el pelo alborotado y durmiendo pacíficamente, y no querer hacerla tuya. Es complicado, por no decir imposible, conocer a alguien que te mire con buenos ojos, que te ayude, y que sea honesta, y no apreciarla.
Y es imperdonable, dejar que alguien se enamore de ella.
Porque Chitaru-san es mi chica, aunque ella no lo sepa. Algún día lo sabrá, y el único deseo que tengo, y que podría llegar a tener, es ser correspondida.
Al acabar de darnos ese largo y reconfortante abrazo, Chitaru-san me acarició la mejilla suavemente y me dedicó una hermosa sonrisa, como suele hacer. Era adorable, siempre tan bella y sonriente, dándome el privilegio de pasar con ella todos los días y las noches.
La luna brillaba y su luz se reflejaba a través de las ventanas, siendo ella el único foco de tenue claridad a aquellas horas.
Quizás era el ambiente, o quizás la misma luna, que me empujó a hacer mis deseos realidad, lo que impidió que la coherencia permaneciese en mi subconsciente por más tiempo.
Me separé de mi chica un poco, y mirando al profundo rojo de sus ojos, dejé caer mi toalla al suelo para luego despojarla a ella de la suya.
Aún estaba perdida en aquel intenso color cuando agarré bruscamente su cintura en busca de un abrazo de verdad. Un abrazo en el que fundirnos, en el que hacernos una sola. Un abrazo ausente de barreras entre nosotras.
Su piel hasta entonces caliente por la ducha empezaba a enfriarse, sus mechones se empezaban a secar y sus mejillas y orejas se cubrieron de un sonrojo considerable, seguido de una tonta y tierna sonrisa.
Sus brazos agarraban con fuerza mi espalda, acercándome aún más a ella, y su cabeza se escondía en mi cuello, haciéndome cosquillas. Notificando su falta de calor en el cuerpo, la agarré de la mano y le indiqué el camino hacia la cama, un lugar con una temperatura agradable y espacio suficiente para las dos.
Lo más probable es que Chitaru-san pensase que estoy loca, que soy demasiado atrevida o incluso que aquello no estaba bien, pero ella no se negó. Al contrario, siguió todos mis movimientos como si hubiese estado esperando por ellos. Ay, ojalá fuese así, y no mi imaginación la causante de esas suposiciones.
Nos metimos en su cama, la más cercana a la ventana, estando así bañadas por la luz de la luna, aquel maravilloso astro que nos había visto dormir tantas noches.
Ella se acomodó y yo junto a ella. Apoyé mi cabeza en un punto intermedio entre su hombro y su pecho, y agarré su cintura, a la vez que ella acariciaba mi pelo.
Podía escuchar los latidos de su corazón, siguiendo el compás con elegancia. Cada vez que respiraba mi cabeza subía con su cuerpo levemente. Nos habíamos tapado hasta poco más arriba de la cadera, por lo tanto, podía seguir contemplando su bello desnudo, digno de servir como musa ante artistas deseosos de plasmar semejante preciosidad en lienzo.
Me sentía afortunada, sentía que aquello no era para alguien como yo, pero aún así, lo tenía. Era demasiado para mi, no me la merecía. El sentimiento de egoísmo comenzaba a corroer mi conciencia, convenciéndome erróneamente de que aquello no estaba bien. No me podía permitir en lujo de seguir siendo feliz sin su consentimiento.
-Chitaru-san...¿está bien si...seguimos así?
Me miró con notable confusión y pasando a acariciar mi espalda y cintura en vez de mi cabeza me respondió.
-Claro que está bien. La luna y el sol pueden pasar tiempo juntos causado por su lujuria sin importarles nada de vez en cuando, ¿no crees?
La miré, y dentro de sus ojos rojos, sus ventanas al alma, vi como aquella noche habíamos tenido aquella conversación, vi como se acordaba de algo tan insignificante, vi como en el fondo, parecía importarle. Me quedé muda admirando todo aquello que nunca antes había visto.
-Si a ambos les hace feliz, ¿qué les impide serlo?
Una sonrisa se formó en su cara al pronunciar esas palabras. Su mano agarró mi cintura con algo más de brusquedad para acercarme aún más a ella.
No acababa de creer lo que acababa de decir. Estaba declarando su felicidad, con aquellas simples palabras estaba deleitándome, lo que siempre quise oír.
Le hacía feliz. Aquella situación le hacía feliz, como a mi. Y eso era lo único que ya importaba. Nada más tenía importancia, ni las maneras, ni las cosas correctas. Las dos éramos felices, y sólo eso se podía tener en cuenta.
Olvidándome de todo lo que hasta entonces me frenaba, me puse encima de ella, apoyando mis rodillas a los lados de su cintura y sentándome sobre su intimidad. Me agaché buscando su aliento, queriendo encontrar sus ojos rojos fuertes e intensos otra vez.
Ella posaba su mirada sobre mí, con esa expresión tan propia de ella en la que muestra un gran interés y tranquilidad al mismo tiempo. Con sus fuertes manos, agarró mi cintura, casi rodeándola entera, y me acercó a ella aún más.
Mi corazón se aceleraba por momentos, cada vez que rozaba su piel, cada vez que sentía como sus manos me agarraban con dulzura y pasión. No era cierto. Era imposible, era demasiado perfecto para serlo. Me perdí en sus ojos y su belleza de nuevo, intentando encontrar explicaciones a aquel comportamiento tan salvajemente reconfortante.
Pero entonces los cerró, justo un instante antes de que nuestros labios se juntaran.
Si no hubiese podido sentir como sus mechones rojizos se deslizaban entre mis dedos hubiese pensado que estaba soñando. Sus manos me agarraban con fuerza, y poco a poco, sus brazos me atraparon, impidiéndome escapar de las garras del amor en las que estaba envuelta.
Nunca había tenido aquella sensación, pero no quería que terminase. Sus labios suaves, y deliciosos, se volvían uno junto con los míos. Poco a poco, los movíamos en conjunto, dejando que nuestra saliva hiciese más resbaladizo y sencillo el movimiento.
Su olor a rosas llenaba el cuarto, aún con los ojos cerrados era capaz de sentir como su temperatura corporal iba aumentando poco a poco, y eso me hacía sentir bien.
Era maravilloso. Todo lo era, pero ella lo que más. Me separé de ella lentamente para coger aire, abrí la boca para inhalar más cantidad y noté como un hilo de saliva juntaba aún nuestras bocas.
Pude ver su sonrojo, realmente adorable y sensual, juntado con su agitada respiración.
Esta vez una de sus manos se aferró a mi pelo y la otra bajó un poco más, acariciando mi cadera y rozando con mi nalga.
Con las mías acaricié su cuello, luego apoyándolas sobre su pecho, mientras me centraba en profundizar nuestro beso.
Mi primer beso, mi primer amor. Todo era tan perfecto, que pensé que estaba en el cielo, pensé que Chitaru-san era mi ángel y que las sábanas eran nuestras nubes, conscientes de aquella situación, sujetando dos corazones ardientes y deseosos de contacto. Nuestras lenguas bailaban juntas un tango en pareja, siguiendo el mismo ritmo que mis pequeños gemidos imposibles de ser contenidos.
La noche fue larga, aquel beso tardó en acabar. La oscuridad de la habitación fue la única compañía que teníamos mientras nuestras pieles rozaban la una con la otra, bañadas bajo la luz de la luna que se podía apreciar a través de la ventana. Ese magnífico astro que aparecía en nuestras conversaciones con frecuencia; el único presente ante aquel acto de amor.
PD: He vuelto de Noruega, un país hermoso por cierto. Gracias a los que comentasteis y no os preocupéis, que vuestras ideas son siempre bienvenidas a mi historia. No fui capaz de guardar el beso por más tiempo, así que bueno, espero que os haya gustado el capítulo. Ya sabéis que si tenéis alguna propuesta para el capítulo de navidad o para cualquier otro, las apoyaré siempre. ¡Nos vemos en el próximo! Y gracias a todos de nuevo.
