Capítulo IV.
La princesa Nainin, Alonso y "Diego" tardarían varios días en llegar a su destino, sin contar el tiempo que se quedaron acampando. El rey Arcthurus ordenó que buscaran a su hija por todo el reino al amanecer, desgraciadamente ella ya se encontraba lejos de Certes.
Mientras tanto, en el palacio de Byacuya, la casa real de Anyah se terminaba de ajustar al nuevo modo de vida que llevarían de ahora en adelante en cada una de las habitaciones. El palacio, con las paredes como las nubes y gardenias doradas pintadas con las propias manos de los pasados soberanos del reino. Las ventanas grandes hacían entrar la luz del Sol, tan brillante que no eran necesarias las velas.
Los pasillos tenían un azulejo color crema que relucía por los pocos diamantes incrustados rojos dentro de éstos. La luz que reflejaba cada rincón del castillo no era del agrado de los príncipes Max y Matías, por eso todo el día se quedaban en sus habitaciones y sólo salían a la hora de las comidas, exceptuando las veces que Max era llamado por asuntos de su boda. Pero todos los visitantes del reino ubicado al suroeste tenían algo en común: tapaban la luz con cortinas rojo escarlata que ellos mismos habían mandado a hacer.
Por la mañana, la reina llevó a su hija al jardín para que platicase un poco con su futuro esposo. La idea no fue del gusto de la princesa aun cuando su madre la hizo ir a la fuerza. El príncipe Anyah, en cambio, fue sin hacer le menor berrinche y sin que de su boca saliera una sola queja.
El jardín estaba lleno de árboles con frutos rojos, fuentes con agua fresca y pura, las rosas eran azules y rojas. Lo que más relucía en el lugar era una flor única e inigualable: un clavel color blanco que creció solitario, aislado de las demás rosas. Simplemente hermoso, nadie sabía a qué se debía tanta perfección.
─... Buen día, princesa. ─Saludó amablemente el príncipe Max.
─Lo haces por lealtad, ¿No? ¿Te casas conmigo solo porque tu padre lo pidió? ─Preguntó la princesa Nainin.
─¿Vos por qué no intentáis ayudar a vuestra madre? No lo hago por lealtad ni por nada relacionado con mi padre. Lo hago por mi reino, para acabar con las guerras.
─¿Por tu reino? Pero si en cada guerra vosotros ganáis, ¡Es vuestro padre quien disfruta de vernos suplicar cada vez más...!
─Entonces, ¿Por qué no acabáis con eso? ─Interrumpió con voz grave el rubio─. Como princesa debéis de ver por los demás primero, y no por vuestra felicidad.
─¡No!
Max frunció el ceño ante la negación. ─Vuestro carácter es muy patético. Sois envidiosa, preferís ser feliz a que hacer un pequeño sacrificio.
─¿Y qué haríais vos?
─¿Yo? ─Las iris plateadas del príncipe fijaron su vista en el clavel blanco─. La vida es un regalo hermoso, el mejor de todos. Luchar por mi gente y tratar de elegir buenas decisiones es lo único que hago para que todos estemos bien.
─Dejando de lado vuestro capricho. Princesa Mirai, estaría encantado de que me enseñases cada sala de vuestro hogar.
─¿Qué... ? ─Mirai abrió los ojos para encontrarse con los de su prometido─. ¿Por qué yo?
─Porque también os tengo que enseñar a ser valiente, a asimilar todo. ─Contestó Max, dándose la media vuelta─. Además de que me gustaría saber a qué habitaciones no debo entrar. Ya sea por la intensa luz o porque están prohibidas.
En ese momento al princesa de Byacuya se dio cuenta de otra diferencia que tenía con Max: ella era curiosa y él prefería mantenerse en la raya. Estaba pensando en si hacerle una pequeña broma para que éste se quitara el estrés y seriedad que se cargaba o dejarlo tal y como lo conoció. Luego recordó que una pequeño error para hacerlo reír un rato no estaría nada mal.
─Sé a dónde llevarte, seguro te gustará. ─La princesa de cabellos dorados sonrió y tomó del brazo a Max─. ¿Listo para hacer el mejor recorrido de tu vida?
─Será uno de los mejores, sin duda, si no tratáis de ejecutarme durante él.
Los dos salieron del jardín directo a las caballerizas. Éstas estaban repletas de caballos blancos y una vista preciosa al mar azul que rodeaba el reino. Después fueron a pasar por cada sala del reino, con excepción del trono y las habitaciones; Mirai llevo discretamente a su futuro marido a un lugar alejado de donde se encontraba toda la gente del palacio.
─Confía en mí, este lugar es precioso. ─Calló Mirai─. Inclusive más que el castillo entero.
Por una puerta entraron a una sala, con cortinas negras tapando la luz, paredes de color ocre, el piso de madera y candelabros colgando del techo. En los muros habían cuadros colgados, enmarcados con oro puro y tapados con una tela negra. Lo que verían en aquellas pinturas al momento de quitarles la tela no sería nada bueno.
─¿Esto es...? ─El príncipe de Anyah abrió sus ojos para comprobar lo que estaba viendo: la imagen de su nación en llamas lo perturbó en instantes, con su gente sufriendo mientras era consumida por las llamas─. ¿... Anyah? El fuego... un fuego tan ardiente como el del infierno. ─Max frunció el ceño y cerró los ojos, rozando lentamente el mango de su espada─. Esto... esto lo pintó un Byan, ¿Cierto?
─N-no tengo idea. ─Contestó la princesa de ojos verdes, dando pasos hacia atrás, dando a entender el miedo que le causaron Max y la pintura─. Max...
─Silencio. ─Ordenó el príncipe, mirando severamente a Mirai─. Nunca traigas a mi familia aquí, ¿De acuerdo?.
─¿N-no me harás... d-daño? ─Preguntó asustada la princesa de Byacuya, bajando la mirada.
─... No le haría ningún tipo de daño a la mujer que será mi esposa, podrás hacer lo que quieras pero mi espada no va a ser levantada en tu contra.
Sus miradas se cruzaron, el pulgar del rubio apartó de manera suave una lágrima que caía poco a poco del rostro de la mujer de cabello como el Sol. Ésta abrazó repentinamente a Max en lo que lloraba de alegría, él no correspondió al abrazo; no sabía cómo. Simplemente acarició el cabello de su prometida y le susurró al oído:
─... No quise asustaros. Mis disculpas.
Se quedaron así unos minutos, hasta que se abrieron las puertas de golpe. El joven príncipe Kenji había entrado con una de sus astas en mano, algo enojado. Mirai y Max se separaron casi al instante y lo miraron, su hermana confundida y al que consideraba su adversario tenía expresión seria.
─Mirai, todos les esperan en el comedor. ─Avisó el heredero al trono de Byacuya, guardando su arma─. ¿Y bien? ¿Te ha gustado el cuadro de lo que nuestros ancestros sintieron en la primera guerra contra ustedes?
─Mirai, apresúrense. ─Kenji se retiró de la misma manera en que llegó.
El príncipe de Anyah también se fue, acompañado de Mirai. Al llegar al comedor vieron a toda la familia reunida, ya sentados en la mesa grande, cada uno sentado frente a otro, dándose miradas de indiferencia en el silencio que reinaba.
Naomi, la pequeña princesa pelirosa de Byacuya decidió conversar un poco con su primo, Takeshi. Los demás seguían en silencio, exceptuando a Lida y a Camille, quienes platicaban sobre su nación y cuánto deseaban volver a caminar por las noches sobre los ríos torrenciales.
─¡Ta-da! ¿Te acuerdas del día en que hice magia?
─Sí, Lida, por supuesto que lo recuerdo.
─... Yo prefiero que te pongas a estudiar algo llamado silencio. ─Murmuró Yuki, jugando con la comida que quedaba en su plato.
─Sé que no lo preguntaste. No obstante, me veo en la necesidad de decirte que escuché tu murmullo. ─Dijo tranquilamente Matías.
─No me importa si me escuchaste o no. ─Se levantó enojada de su silla y luego azotó sus manos contra la mesa─. Porque es la...
Yuki se sentó, suspiró una que otra vez para no dar un salto y golpear con su lanza al tal Matías. Kenji seguía sentado, pensando en decirle a su madre lo que pasó en la sala "prohibida". Takeshi sonreía al ver como Lida intentaba hacer magia para acabarse las verduras de la comida, le daba risa de tan sólo pensar en que creía que en realidad podría hacer eso. Naomi estaba ayudando a Lida con la magia, resultó que las dos deseaban no comerse las verduras. Y Mirai no dejaba de pensar en lo que había ocurrido.
Los de la casa real de Anyah eran más callados. Terminado su plato, Matías se retiró haciendo reverencia a la reina y con un libro de verdadera magia abierto en sus manos. Camille se quedaría allí hasta que a Lida se le ocurriera comer. La rubia de ojos ámbar estaba ocupada con su acto mágico. Mientras que Max miraba una que otra vez a Mirai, preocupado por sí lo había hecho a propósito para causar su furia y que se fuera del palacio.
─¿Por qué no le cuentas a nuestra madre lo que hiciste en el salón donde se guardan las pinturas hechas por nuestros antepasados? ¿Eh, hermanita? ─Rompió el silencio Kenji.
─¿Qué? ¿Es eso verdad, Mirai? ─Inquirió la reina.
─S-sí, no es nada. Solo pasó que...
─Solamente quería ser amable conmigo y mostrarme la cultura de Byacuya. Por desgracia, el cuadro al que la tela no cubría se cruzo en el camino. ─Interrumpió Max, levantándose de su silla─. No es molestia, solo os pido que cubráis ése cuadro en lo que mi familia está aquí.
─Kenji, ¿Por qué...? ─Mirai miró decepcionada a su hermano mayor.
─No le podías ocultar algo a mi madre de tal gravedad. ─Fue lo único que le respondió Kenji.
CONTINUARÁ...
Quería agregarle ése toque de familias en completa guerra xD me encantó.
Disculpen los errores, desaparecerán mañana a más tardar.
¡Nos leemos!
