Ella regresó cinco días antes de lo esperado, por lo que mi plan de ir a jugar paintball tuvo que ser eliminado; no es que no me gustara que estuviera de vuelta, en realidad me alegraba muchísimo, el problema es que cuando ella estaba en casa las reglas se volvían, como decirlo, un poco mas estrictas.

"Ha sido un verano espléndido, ¿no es así?" Apuntó Adri, con su acento algo afectado por las últimas semanas en Francia, modales perfectos y sonrisa radiante. Su vocabulario tan edificado como el de un diccionario, uno cosmopolita, tributo a las tres culturas que conocía a la perfección. Me encogí de hombros mientras asentía y me llevaba a la boca un trozo de cheesecake de pecan, el postre favorito de Adri, preparado en honor a su regreso.

"Sabes que lamento no haber estado aquí, de alguna manera lo compensaré." Prometió con dulzura en su voz usualmente rígida. Me colocó el mechón de cabello detrás de la oreja y me sonrió. Sus ojos verdes brillaron, estaba feliz de estar de vuelta.

"No te preocupes, no hay nada que compensar…Estas aquí ahora, ¿no?" Balbuceé rápidamente, ella frunció el ceño un poco pero se guardó su regaño, sé que odia cuando balbuceo.

No mencioné nada sobre el verano, después de todo no entendía muy bien a qué se refería con espléndido, seguro hablaba de las dos semanas que pasamos en Villa Villekulla, la casa de playa que teníamos en los Hamptons. Adrianne le puso ese nombre porque cuando me llevó por primera vez, yo había estado leyendo sin parar las aventuras de Pippi Longstocking y no pude más que gritar emocionada que la casa era idéntica a la de Pippi. No lo era en realidad, sin embargo Adri le cambió el nombre ese mismo fin de semana.

"¿Como van las clases de piano? ¿Alguna pieza nueva para este verano?" Llevó la copa de vino tinto a sus labios sin dejar de mirarme, como esperando ver mi alma con sus ojos verdes.

No importa cuanto la mire, aún me sorprende lo poco que nos parecemos; su cabello era dorado mientras que el mío es el más oscuro de los cafés, casi negro, mis ojos eran grises pero no es un gris que siquiera se acerque al esmeralda de los suyos. Tal vez nuestra piel es lo más parecido, y alguno de nuestros rasgos, pero la verdad parecía, a veces, que más bien yo era adoptada.
"No, he estado practicando los clásicos." Antes de que ella cuestionara el porqué, decidí cambiar de tema. "¿Qué tal la ville de l'amour?" Ella rio por lo bajo, probablemente ante mi desastroso acento.
"Amorosa y hablando de Paris…" No dijo Paris como las personas normales lo dicen, sino Pari, omitiendo completamente la última letra tal y como lo hacen los franceses, con ese acento tan extraño en la r "..tengo algo fabuloso que mostrarte." Se limpió las comisuras de la boca con una servilleta y se puso de pie, me tomó luego de la mano y me guió hacia su oficina en casa.

Su voz era alegre, una felicidad que solo la había escuchado un par de veces, así que mi curiosidad se despertó en seguida. Seguro la palabra fabuloso en su vocabulario no tenía el mismo significado que en el mío, pero por eso estaba aun más curiosa. Todas las veces que tiene algo muy importante, privado, que contarme me lleva a su estudio, y debo admitirlo, cuando lo hace me siento especial, querida, como cuando ellos vivían.

" ¿Y bien? ¿Qué opinas?" Inquirió ansiosa. Ella jamás había estado tan ansiosa y emocionada por una de mis respuestas. En ese preciso instante era incapaz de edificar una réplica inteligible, porque todas mis múltiples funciones cerebrales se habían limitado a contemplar la fotografía que tenía frente a mí. Fue gracias a, al menos, una parte del destino a mi favor, que Adri estuviese detrás de mí y no pudiese ver la expresión desencajada en mi rostro.

El hombre de cabello rubio y ojos dorados que le sonreía a la cámara sin preocuparse debía tener unos treinta y algo años de edad, lucía tal y como un actor de cine luce en los pósters de las premier; tenía sumergida parte del rostro en el cabello de la mujer que abrazaba por detrás y que lucía radiante como las modelos de las revistas. Detrás de ellos el paisaje parisino hacía su presentación reglamentaria al completar la fotografía. La mujer era mi hermana mayor, Adrianne Markins, y el apuesto actor de cine era el Doctor Carlisle Cullen, su prometido.

"Yo…yo…esto es inesperado." Dije entrecortadamente, intentando apartar mi vista de la fotografía. A mi lado, una radiante Adrianne brincaba de alegría. Me abrazó con fuerza, lo que no me impidió seguir mirando la foto.
"Ahora seremos una gran familia feliz." Afirmó, mientras yo la abrazaba torpemente. Miré por encima del hombro a los dos, en la imagen, ambos enamorados, perfectos e irreales y no pude más que susurrar.
"Si, por supuesto. Fabuloso. Perfecto."