Una gran familia feliz, eso era lo que seguramente Adri había soñado para mí desde ese trágico once de septiembre, y seguramente es lo que yo debía haber estado soñando desde entonces, deseando inclusive; sin embargo seguro eso debió haber ocurrido en lo más profundo de mi subconsciente, pues no había forma de explicar entonces por qué en este momento podía sentirme de todas las formas, menos feliz.

El le había propuesto matrimonio en la cima de la Torre Eiffel, en ese restaurante giratorio cuya comida yo detestaba, donde sólo pedía entradas, de rodillas, con meseros cantando y demás parafernalia. Romántico, empalagosamente romántico, y ella había decidido contarme detalle por detalle mientras yo fingía que compartía el sentimiento de plenitud que ella obviamente experimentaba.

Los hijos adoptivos de Carlisle Cullen eran una poderosa razón para que en lugar de plenitud sintiera nervios. No todos los días, cinco adolescentes se aparecían en mi casa con el objetivo y fin de convertirse en mis "hermanos", o al menos así los había llamado Adrianne a falta de mejor calificativo. En realidad estaba casi segura de que nuestra relación filial no se acercaba ni un poco a la hermandad, no obstante cerré la boca y decidí guardarme tal información. Ella lucía demasiado feliz como para que yo le arruinara el momento. Jamás la había visto tan radiante, tal vez era así cuando papá y mamá vivían, pero sinceramente no lo recuerdo; Adri no aparece como una figura nítida en mi memoria hasta después de la muerte de mis padres.

No, ellos no podían ni iban a ser mis hermanos porque no era mi madre la que se casaba con su padre, era mi hermana mayor la que decidía fundar una familia, dándoles a ellos aquello que yo no tenía. A decir verdad la idea me parecía más incómoda con cada minuto que pasaba, no podía encajar aquí; ella tendría su propia familia y yo quedaría sola, me sentía desde ya como un estorbo. Adri seguro había dejado pasar ese pequeño detalle en su euforia, seguro había olvidado meditar que tal idea podría hacerme sentir realmente incomoda, fuera de lugar, aun más freak de lo que ya era.

Eran cinco, dos chicas y tres chicos. Alice, Rosalie, Emmett, Jasper y Edward; había memorizado sus nombres y esperaba que al verlos no los olvidara o los confundiera. Rosalie y Jasper eran mellizos, rubios, de dieciocho años, sobrinos lejanos de Carlisle; Alice era la menor, tenía mi edad, era pequeña, como una bailarina de ballet, su cabello era corto y negro, Edward tenía diecisiete, tenía el cabello cobrizo y por lo que había dicho Adri, no era muy sociable y finalmente Emmett era mayor, grande como un oso, atlético, de cabello castaño oscuro. Repetí las características en mi cabeza recordando la foto que mi hermana me había enseñado. Todos ellos eran adoptados lo cual hacía la situación aun más bizarra. No había recibido mas información al respecto y tampoco había preguntado por mas, tampoco me había hecho sentir mejor que Adri hubiese apuntado que ya no iba a ser la única con el cabello desordenado, pero había forzado una sonrisa para compensarlo.

"Solo cálmate, no hay nada de qué preocuparse, les vas a encantar. Solo sé tu misma." "Sólo sé tu misma", sonaba tan sencillo cuando ella lo decía, pero claro, mi hermana no se había pasado la vida intentando ser alguien más, mientras que yo había pasado gran parte de estos dieciséis años de vida intentando ser exactamente como ella, y fracasando estrepitosamente en el proceso. A pesar de lo anterior, hice lo posible por seguir su consejo, evitando que mis pies tamborilearan el suelo y que cada tanto mis uñas terminaran en mi boca.

Después de una espera de diez minutos que me pareció eterna, el timbre resonó por toda la casa y sin esperar que Agnes o cualquiera de las criadas atendiera la puerta, Adri se puso de pie, ordenándome el cabello por enésima vez, y se dirigió a abrir la puerta. El gesto en lugar de darme seguridad, me hizo sentir tremendamente nostálgica, como si ella me estuviera diciendo adiós.

"Relájate." Me recordó de nuevo mientras se dirigía hacia la puerta. Tuve que hacer un esfuerzo para no salir corriendo hacia mi habitación. Respiré hondo mientras ella giraba el pomo de la puerta.
"Carlisle!" Soltó con gusto y entonces escuché por fin la voz que había enamorado a Adrianne Markins.

"Prometí estar aquí, ¿No es así?" Su voz era madura y compaginaba muy bien con la de mi hermana. Una voz para respetar, una que seguro era escuchada, además sabía que indudablemente ese acento inglés derretía a Adri. Debía admitirlo, mi hermana tenía un excelente gusto, Carlisle no se parecía a ningún doctor que hubiese visto jamás, las fotos que me había mostrado no le hacían justicia. El hombre entró al recibidor y ambos se besaron en el umbral como en una escena. Aunque me confundía un poco, no quería que el beso terminara, sabía lo que vendría después. Los cinco adolescentes entraron al recibidor, evitando interrumpir el beso, luciendo tan incómodos como yo seguramente me sentía, aunque parecía que ellos estuvieran acostumbrados a ver a su padre adoptivo besando a mujeres hermosas. Yo no estaba acostumbrada a tal despliegue, que yo sepa, Adri no ha tenido novios desde que, bueno, desde que apareció en mi vida, o al menos ninguno que haya traído a casa.

Los cinco tenían la mirada en mí mientras yo los identificaba a ellos. Me sentí en el jardín de infancia de nuevo, cuando conoces por primera vez a los niños con los que vas a jugar, o en esas insoportables playdates a las que las niñeras solían llevarme, nada más incómodo que acabar de conocer a un niño o niña y que les dejen solos con la prohibición de encender la televisión y la obligación de compartir juguetes. En cuanto terminó su beso, Adri acudió a mi lado, me abrazó por los hombros y me arrastró hacia donde estaban Carlisle y su pequeña tropa.

"Así que tú eres la famosa Zoey Markins de la que tanto he escuchado." Carlisle me extendió la mano y yo la estreché mientras asentía. No atiné a decir nada al respecto. "Yo soy el no tan famoso Carlisle Cullen y esta es mi familia." Las introducciones apropiadas tuvieron lugar.

Alice tenía el cabello tan desordenado como el mío pero extremadamente corto. Parecía un hada, su sonrisa era amplia, como si esto fuera lo mejor que hubiese vivido en un buen tiempo. Era tan feliz como mi hermana, pero mil veces más hiperactiva. La rubia, cuyo nombre era Rosalie, no parecía feliz con mi presencia y sin embargo sonreía con cortesía; ella y Adri encajaron de inmediato, ambas rieron cuando Rosalie le susurró algo a mi hermana en el oído. No pude evitar sentirme celosa, había algo entre ellas que no lograba comprender. Emmett, el grandote, parecía un payaso, Carlisle le dedicó un par de miradas en cuanto le susurró algo al rubio, Jasper, y ambos rieron. Edward parecía tan retraído como yo, mientras la conversación fluía alrededor de la mesa en donde cenábamos cordero en jugo de arándanos.

Todos los Cullen, aunque diferentes entre ellos, eran muy bien parecidos. ¿Cómo es que, aún adoptados, la genética les había jugado tan buena pasada y yo no había podido heredar ni un mechón rubio de mis progenitores? Entre ellos el más guapo era Edward, intentaba no mirarlo mucho, la verdad, temía que se diera cuenta de lo que pensaba. Adri los llevó a recorrer la casa y yo seguí algo tímida al grupo y a su guía. Era extraño tener a tantos individuos aquí, usualmente estaba yo sola, o el fin de semana con Adri, era algo deprimente pensar que de ahora en adelante nunca estaríamos de nuevo las dos.

Me gustaba el tono que usaba mientras explicaba cuál habitación le correspondería a cada quien, los arreglos que planeaba hacer, lo que se debía remodelar. Rosalie, Alice y ella compartían la misma visión respecto a los arreglos, a la arquitectura y a la conservación de la casa. Carlisle sonreía satisfecho, mientras Edward seguro parecía sentirse tan fuera de escena como yo. El tono de Adri era alegre por lo que no me importó mucho que casi fueran a destruir la casa. No entendía que era lo que tenía de malo, la verdad la mansión que habíamos heredado de mis padres habría podido albergar el doble o hasta el triple de los Cullen si así lo hubiésemos necesitado.

Se mudarían completamente mañana, justo antes del inicio de clases. Además, los hijos e hijas de Carlisle entrarían a estudiar al Eileen Collins Institute. No estaban animados con la idea ni yo tampoco.

Brindamos por el nuevo futuro con gaseosas y vino para Adri y Carlisle. La reunión duró hasta bien entrada la noche, pero mi hermana me envió a dormir a las diez y media, para mi alivio, sin dejar de parecerme extraño. Adrianne tiene reglas para cuando está en casa, como mi hora de dormir, que es a las nueve y media, sin embargo ese día hizo una excepción, lo cual fue realmente bizarro. Adrianne Markins no hace excepciones por nadie, o al menos eso era así A.C. (Antes de Carlisle)

Me acosté pensando en ello y no dormí bien, era algo inquietante el saber que mañana el mundo al que amanecería no iba a parecerse en nada al de las últimas semanas.