Ahora que oficialmente algo me ataba a los nuevos y extravagantes Cullen, la población del instituto por primera vez en dos años parecía notar que yo existía. Recibí algunos saludos al entrar, de gente con la que jamás había hablado, sonreí débilmente pero sin abrir la boca, mientras en mi interior mi subconsciente apretaba los dientes. No sabía como reaccionar ante tal atención, en especial porque en realidad me molestaba. Me ubiqué, como todos los días, en el último asiento junto a la ventana, abrí el volumen de Hamlet frente a mi y comencé a leer, como me era habitual, antes de que Mr. Mason, el profesor de Precálculo AP entrara. Aborrecía la clase y podría apostar que de no ser por mi apellido jamás habría aprobado los dos años que llevaba cursando matemáticas en el programa avanzado.

Como era usual para mí, en cuanto el hombre entró, escondí mi libro dentro del de ejercicios asignado para este nivel y me escurrí en la silla. La lección dio inicio y distraídamente seguí su curso, tomando apuntes de vez en cuando mientras seguía leyendo. No eran intelegibles, nada más cercano a garabatos, pero eso me daba la apariencia de estar interesada o al menos enfocada en la clase y aquí lo que más importaba era la apariencia, algo que no tardé en aprender en cuanto entré a la secundaria.

Era el turno de Rosalie de conducir su flamante convertible BMW, en donde entramos Alice, Jasper, Emmett y yo. Cuando pregunté dónde estaba Edward, Emmett soltó que el tenía sus propios medios de transporte, riendo después como si estuviese refiriéndose a un chiste privado. Me molestaba un poco que ellos si pudieran manejar, que su padre si les hubiera permitido sacar la licencia y además comprarles coches ostentosos. Adri ni siquiera había contemplado la idea de verme tras el volante del Rolls-Royce de papá.

En cuanto llegamos a casa, subí a mi habitación, cerré la puerta y esperé unos minutos a que mis nuevos parientes se ocuparan en algo. Revisé que el Doctor Cullen estuviera en el hospital, iniciando su nuevo empleo como director del Presbyteran Student Hospital y no en casa, como había pronosticado. Salí por la puerta delantera, simulando dar un paseo por el jardín delantero para luego colarme por el sector de la verja en donde las cámaras de seguridad no tenían rango.

Sabía que era peligroso mantener como secreto este punto débil en la seguridad de la casa, pero era la única forma en que podía salir sin que quedara registrado que lo había hecho. No quería tener que llamar a Adri a mentir sobre algo para poder obtener su permiso para salir.

Llevaba sesenta dólares en el bolsillo de mi falda junto a mi identificación escolar y la Metrocard que usualmente mantenía en el bolsillo más recóndito de mi billetera. Caminé hasta la estación en Lexington Avenue y pasé la tarjeta, la máquina me dejó pasar y merodee por la estación preguntándome que hacer ahora. Tendría dos horas o tal vez tres para regresar a casa, ella no llegaba del trabajo hasta las siete. Opté experimentar y tomar la línea que lleva a Brooklyn, encontrando luego un parque en donde se presentaba teatro callejero. Regresé a casa a las seis y cuarenta y cinco, y cinco minutos después Adri entraba por la puerta acompañada de su prometido, riendo respecto a algo que él acababa de decir. Su elegancia en su traje de negocios era envidiable, creo que jamás la he visto mal vestida, ni siquiera en pijama. No pude más que suspirar aliviada. Un minuto más y habría tenido que mentir mucho.

Salimos a cenar esa noche, lo cual fue algo novedoso para mi, nunca me había sentado en una mesa en un restaurante con tantas personas. Alice me mantuvo entretenida mientras múltiples conversaciones se desarrollaban en la mesa. Cuando mencionó que no me había visto en casa durante la tarde no pude evitar tensionarme, Alice me guiñó uno ojo aun sonriendo, ¿sabía acaso que yo había estado en Brooklyn?

"Tu secreto está a salvo conmigo, pero no le digas a Rose." Soltó una risita. "Ella mete a todos en problemas y no creo que haga una excepción por ti." Si, era obvio que no le caía bien a la rubia escultural.

Mi relación con ella no mejoró pero tampoco empeoró. Alice era con quien más hablaba, Jasper era educado al igual que Emmett, cuyas bromas y burlas se dirigían a todos menos a mi. Con quien más logré algo de empatía fue con Edward, el dios griego callado y solitario que tocaba canciones al piano.

Se suponía que el salón de la casa aún no estaba listo, sin embargo el sonido de una melodía hermosa me sacó de mi cuarto y me hizo recorrer el pasillo hasta entrar. Hasta ese momento yo había sido la única que usaba el salón donde un piano de cola estaba ubicado, la única que tocaba un instrumento en la casa. El lucía tan idílico como siempre con su cabello cobrizo desordenado y la camisa del uniforme remangada, mirando concentradamente las teclas mientras sus hábiles manos danzaban sobre ellas. Cerré la puerta detrás de mi en silencio y caminé lentamente. Se detuvo para mirarme, sus ojos verdes recorriéndome el rostro.

"Lamento interrumpir." Me excusé, porque yo soy de las que se distrae si alguien entra mientras estoy componiendo. Me sonrió de manera torcida.
"No hay problema. Lamento monopolizar tu nuevo salón." Se corrió para dejarme espacio junto a él en la banca. Tenía que reconocerlo, era demasiado apuesto, casi podía entender la fascinación de las chicas del instituto con él. Dudé por un instante pero me senté, no hacerlo sería poco cortés. Noté que aunque junto a Emmett él parecía delgado, sus brazos eran fuertes y obviamente se ejercitaba.

"Tu hermana dice que eres magnífica." Comentó, ofreciéndome demostrarlo con un ademán de su mano. Lo miré mientras sonreía a medias, mis dedos se deslizaron cómodamente sobre las teclas, tan familiares como e inicié una pieza de Bach, mi favorita. El tarareó a mi lado, conociendo la canción. "Eres buena." Elogió, algo agridulce pues pude notar la sorpresa en su voz.

"No compongo muy bien aun. La pieza que tocabas. Es tuya?" Cuestioné. El asintió.

"Si." Comenzó a tocar de nuevo esa canción. La música era hermosa. "Lamento invadir más que tu salón de música."

"No estás invadiendo nada." Respondí, barreras arriba de inmediato, cautelosa. El sonrió, evidentemente no me creía.

"No eres la mejor mentirosa, ¿verdad?" Se burló. Lo miré con los ojos entrecerrados. Estaba muy equivocado.
"No se a qué te refieres."

"En serio lo lamento, el hecho de tenernos es tu vida no es fácil y comprendo perfectamente que nos evites en el instituto. Adri cree que es un cambio fabuloso para ti y pues, hasta ahora comienza a darse cuenta de que el plan no esta llevándose a cabo como esperaba." Sus palabras eran dulces a pesar de que estuviesen desmantelando una cruda verdad. Suspiré.

"No es que quiera evitarlos." Aunque lo había hecho durante la última semana. Al igual que a las personas que me saludaban y me preguntaban si querría ir a la fiesta en casa de alguien el viernes o preguntas e intentos de conversación semejantes. "La felicidad de Adri es la mía. Ella tiene derecho a esto, no pienso echarlo a perder." No debí decir eso, pero ya era tarde.

"Pero eso te hace infeliz, no parece justo." Comentó mirándome directamente a los ojos de manera inquisitiva. No era una pregunta, el sabía. Fruncí el entrecejo.

"La vida no es justa." Puntualicé. "Ella lo sabe aún más que yo. Se merece algo de felicidad después de lo que ha tenido que sacrificar." Pensé en la serie de eventos desafortunados que un solo día en la historia había ocasionado; Padres muertos, CEO de una compañía multimillonaria, hacerse cargo de una mocosa de cinco años…era injusto que le hubiese tocado algo así, se merecía una vida normal y feliz y no tener que frustrar su doctorado por venir aquí a cuidarme y a cuidar a AM Corp. Edward me contempló durante unos instantes, pausando la reproducción de su composición.
"No suena como un buen trato." Parpadeé ante su apunte.
"Eso no tiene importancia." Contrarresté. El sonrió a medias.
"¿Los extrañas?" Supe que hablaba de mis padres de inmediato, aunque el cambio de tema había sido brusco, no se suponía que debía hablar con este extraño de temas tan privados. Clavé mis ojos en la falda del uniforme del colegio y me concentré en el patrón de la tela. "¿A tus padres?" Aclaró él, como si yo lo necesitara.

Asentí en contra de mi voluntad y el silencio me obligó a continuar. Tal vez era este salón, la luz que se colaba por los ventanales que aislaban el ruido de la ciudad, la hermosa vista a los jardines de la casa, o tal vez era que él era la primera persona con la que había sido más o menos sincera en mucho tiempo, la primera persona que me preguntaba lo suficiente como para que yo bajara un poco la guardia. Eso seguramente fue lo que me obligó a dar una respuesta completa.

"No los recuerdo muy bien pero es suficiente con lo que dice Adri para extrañarlos más" Él meditó la respuesta mientras asentía, sin comentar nada más.
"¿Qué hay de ti?" Yo sabía bien que todos ellos eran adoptados.
"No los recuerdo, me dejaron en el orfanato cuando era muy pequeño, todas mis memorias son de allí. Carlisle es el único padre que conozco y deseo conocer." Explicó con una seriedad rotunda. Agregando eso último como si quisiera cortar mi pregunta de si algún día el iba a buscar a sus padres biológicos.

"Ahora, en cuanto a mi nueva madre, desde que ame Carlisle y él sea feliz, estoy dispuesto a hacer una excepción." Su sonrisa era traviesa, como si creyera poder hacerle la vida imposible a mi hermana si quería. Era una máscara frente a lo que acababa de decir, un cambio rápido de actitud para borrar la anterior frase.

No comenté nada al respecto, no era necesario explicarle cuan confuso era para mi que ahora todos ellos fueran una familia y yo fuera su tía. Creepy. Tampoco hablamos más sobre mis padres muertos o la madre o padre que lo habían abandonado en el orfanato, nos concentramos en la música y él, como si no acabáramos de poner al descubierto temas personales como aquellos, me preguntó por mis piezas favoritas y los conciertos a los que había asistido. Yo, interesada y sobre todo aliviada, le seguí la cuerda.